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Chueca, por primera vez

Hola de nuevo a todos, como ya he dicho en otros relatos anteriores, mi nombre es Alejandro y soy de Madrid, España. En esta misma página he escrito otros relatos como “Mi amigo gay” (sección Gay), “Mi tia la cincuentona” (Maduras), “Qué bueno es ser entrenador” (Heterosexuales) o “El increíble miembro don Cipote del Colega” (Orgías), todos ellos ocurrieron en realidad, como el que hoy cuento.

Cuando ocurrió lo que me dispongo a contar hacía un año desde que me había acostado con Fernando, “mi amigo gay”, fruto como ya conté de una buena borrachera, y a pesar de no haber sentido nunca nada por nadie de mi mismo sexo. Dicho esto, también hay que decir que aquella experiencia me excitó considerablemente. El caso es que había pasado un año, y yo apenas había mojado, pues estaba en mala racha, pero a pesar de todo seguía siendo heterosexual convencido. Sin embargo, sin saber muy bien por qué (creo que por mezcla de curiosidad y falta de sexo) y sin decírselo a nadie, decidí darme una vuelta por Chueca (el barrio gay de Madrid) y sus locales nocturnos.

Eran sobre las doce de la noche de un Viernes cuando entré al primero de los locales, mirando a un lado y a otro, no fuera a coincidir con alguien que me conociera. Así, vestido con una camisa ajustada de color negro y rayas finas blancas, así como unos vaqueros desgastados y zapatos negros, llegué a la barra. En el camino había pasado junto a mucha gente, notando ciertos roces en mis nalgas y piernas, y ya estaba yo haciéndome hueco para pedir una copa con mi uno setenta de estatura y apenas sesenta y nueve kilos de peso. El local estaba lleno, así que era difícil ser escuchado por el camarero.

– Un Vodka con limón, por favor – dije, a lo que el camarero contesto con un asentimiento de cabeza. Acto seguido, trajo un vaso de tubo, echó los tres hielos y derramó el Eristoff en el interior. Una vez lleno hasta la mitad, fue a por el limón.

– ¿Cuanto es? – Le pregunté cuando ya me lo había puesto, pero cuando me contestó no pude oirle debido al volumen de la música, así que me apoyé más sobre la barra, tratando de acercar mi oído al camarero. En ese momento, noté como dos manos se posaban sobre mi culo y lo acariciaban descaradamente, por lo que volví mi cabeza para ver de quien se trataba. Entonces pude ver a un hombre de algo más de metro ochenta, cabeza rapada y considerablemente fuerte que quitaba sus manos rápidamente y trataba de disimular. No dije nada, pero de nuevo no había oido al camarero así que volví a apoyarme sobre la barra.

– ¡Cinco euros! – Gritó el camarero, ya un poco harto tras decírmelo tres veces. Pero esta vez, mientras trataba de escucharle apoyado en la barra, noté como las manos que antes se habían apoyado en mis glúteos rodeaban estos y seguían hacia adelante, a la vez que el hombretón ya mencionado apretaba su entrepierna contra mi trasero. Eso me excitó, quizá fuera por sentirme deseado, antes incluso de que sus manos terminaran de rodearme y llegaran a acariciar mi bulto. Yo, nervioso, dirigí mi mano al bolsillo para sacar el dinero, pero mi acompañante se adelantó y pagó él.

– No hace falta – le dije mientras le apartaba un poco y le devolvía el dinero.

– Tranquilo, me sobra el dinero – respondió él -. Lo que sí podrías es decirme tu nombre, yo me llamo Asier – mientras tanto, trataba de arrejuntarse a mi, y yo, con muchas dudas de lo que había ido a hacer allí, me alejaba de él.

– Me llamo Alex, y soy hetero – respondí, cortante.

– Vale, tranquilo, no pasa nada – dijo él -. Hasta luego.

Me dejó en paz rápidamente, sin preguntas ni nuevos intentos. Así, ya con un cubata en la mano, seguí deambulando por el local, que era bastante grande y observé a todo el que me rodeaba. Pude ver gays, lesbianas, transexuales, parejas heterosexuales, incluso me atrevería a decir que grupos de chicas heterosexuales en busca de un sitio sin buscones y ligones de playa patéticos, pero creo que era el único chico heterosexual que había ido sin conocer a nadie allí. Pasó el tiempo, y tomé más copas, me entraron más chicos e incluso una travesti, pero empezaba a aburrirme y a preguntarme como había acabado allí.

De esa manera llegaron aproximadamente las cuatro de la mañana y yo iba por el octavo cubata (más o menos). Estaba en un rincón de una de las salas, observando como múltiples parejas se daban el lote, mitad excitado, mitad envidioso, hasta el punto de empezar a acariciarme sobre el pantalón y verme muy excitado. Entonces, sin que yo me percatara, alguien se acercó a mi y tras cogerme por un costado acercó su boca a mi oreja.

– ¿No dijiste que eras hetero? – me susurró. Fue entonces cuando le miré y vi a Asier.
– Y es verdad – respondí al instante.
– Y entonces, ¿por qué te pasas aquí solo toda la noche? ¿Eres un mirón?

Le miré a la cara, y luego agaché imperceptiblemente la mirada mientras buscaba la respuesta más adecuada. Su mano aún permanecía en mi costado, y la cara bien cerca de la mía, apoyando su hombro derecho en la misma pared que yo mi espalda. Él vestía una camiseta sin mangas de color negra, bien ajustada, de modo que marcaba sus pectorales bien entrenados en el gimnasio, así como sus pezones, y por el cuello de la camiseta se veían asomar cierto numero de pelos del pecho. Además, llevaba pantalones de cuero negro bien ajustados, que marcaban su abundante paquete.

– Es simple curiosidad, para ver como era esto – respondí por fin.
– ¿Y no tienes curiosidad por ver como se siente uno haciendo eso? – Señaló a dos chicos que se estaban besando apasionadamente, al tiempo que se sobaban y se dirigían al cuarto de baño.

Iba a decir que no, pero no se muy bien si el alcohol, la necesidad, la excitación o la propia curiosidad evitaron que lo dijera, y quedé callado mirando la puerta del baño que acababa de cerrarse tras los dos chicos. Entonces Asier apretó su mano sobre mi costado acercándome a él, puso su otra mano en mi cabeza y comenzó a besarme en el cuello. Pasó sus manos por todo mi torso y espalda llegando hasta mis pantalones, sobando mi culo y mi entrepierna bruscamente. Así continuó, besándome ya en la boca, sin yo colaborar en exceso, sólo tocando su fuerte pecho y abrazando su brutal espalda, y poco a poco fuimos andando, juntos, llevándome él hasta la puerta del baño. Me percaté de ello cuando ya estábamos dentro y la puerta se cerró tras de nosotros. Todavía había gente allí, mas a Asier pareció darle lo mismo y fue hacia la puerta de un retrete, abriéndola y haciendo que yo pasara dentro. Tras cerrarla, siguió como antes, besandome y acariciándome, mientras yo seguía caliente pero nervioso a la vez. Pocos segundos después, se quitó la camiseta que llevaba, dejando ver sus pectorales y abdominales, dúramente esculpidos a base de gimnasio, entre una exagerada mata de pelo negro, como nunca antes había visto, hasta el punto que más parecía un animal que un hombre. Me cogió de sus manos y me hizo tocarle el pecho, la sensación no fue agradable para mi, y cuando acto seguido me besó en la boca y comenzó a desabrochar la camisa, me eché hacia atrás y sentándome sin querer sobre el retrete, dije:

– Lo siento Asier, pero no puedo.
– ¿Que no puedes? – Parecía tranquilo – ¿que no puedes qué? Antes si que querías, así que no eres un mirón, sino un calientapollas. – La sonrisa que esgrimió en ese instante me dio incluso miedo, pero se tranquilizó al momento -. Pues sí, me la has calentado, así que es a ella – mientras hablaba se bajaba los pantalones y pude ver el enorme bulto que apretaba bajos los boxers, que también se aprestaba a bajarse – y no a mi a quien tienes que decirle que no puedes. Venga, díselo – señalaba su polla que se encontraba parada frente a mi, extendida en sus más de veinte centímetros.
– Emm – no sabía que decir, no me esperaba eso, pero tenía que decir algo – Yo…- En el momento en que mi boca se abrió, él me cogió de la cabeza con su mano derecha y me la apretó contra su entrepierna, de forma que introdujo su pene en mi boca.
– Ves como si que podías, que mamón que estás hecho…(to be continued)

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