Voyeurismo y actuación
Cuando comenzó a cursar el tercer año de sus estudios secundarios, Marcia Paula se encontró con que su compañera de habitación, Irene Dangelis, acababa de ingresar al colegio proveniente de otro establecimiento. Se trataba de una chiquilina de dieciséis años, hija de un industrial, de baja estatura, algo rechoncha y de piel muy pigmentada, especialmente en el rostro. Dudosamente atractiva, tenía, empero, la costumbre casi maníaca de referirse asiduamente a temas de sexo en todas sus versiones. Y lo hacía con tal sutileza y gracejo que inspiraba una profunda simpatía en sus camaradas, quienes en ocasiones se desternillaban de risa con sus ingeniosas ocurrencias. Ni que decir que era la campeona de cuentos y chistes relativos a tal materia.
A los pocos meses de convertirse en la compañera de pieza de Marcia Paula y en tanto que la natural consubstanciación de camaradería entre ambas elevaba su nivel, Irene comentó, una noche, a su amiga:
—Todas mis compañeras me consideran muy apegada a las cuestiones del sexo y no pocas veces piensan que fabulo. En verdad que no se equivocan demasiado, pero en esta ocasión te pido que atendás bien a lo que he de decirte, pues es rigurosamente cierto: si lo deseás podremos observar el jueves por la noche una función de sexo escasamente ortodoxo.
—¿Sexo no ortodoxo? —Inquirió Marcia Paula con expresión de curiosidad— ¿Me podés explicar de qué se trata?
Debido a la propensión de Irene por tales temas, comenzó a sentirse tentada por la risa.
—Sencillamente que te haré presenciar cómo se hacen los amores una mujer y un perro: la estereotipada señorita Hebe se las ha con Sultán, la mascota del colegio, al que nuestras compañeras han bautizado «canis lupus».
—¿La señorita Hebe Berta?… ¿La preceptora de segundo?
—Efectivamente… Cuando le corresponde cumplir su servicio nocturno en el colegio, a una determinada hora después de la cena, desaparece del entorno por un buen rato, llevando de paseo al perro por los patios del edificio y, según lo he visto yo misma, se pierde por los aposentos y locales en donde se halla el lavadero general. Allí, en un depósito lleno de ropa vieja, trastos y cosas, tiene lugar la función.
—¿Asegurás que vos la viste con tus propios ojos?… ¿Cómo se entiende que hiciste para pasar desapercibida por ella?
—¡Ah!… Querida. Tengo la fórmula para llegar hasta un puesto de observación a través de una gran ventana-balancín cenital ubicada próxima al cielorraso del ambiente, que tiene los cristales opacados por falta de higiene, pero deja ver con bastante claridad hacia el interior del local. Lo más destacable de la cuestión es que, como se halla por encima de los focos de luz y a favor de los reflejos que los cristales provocan hacia el interior del ambiente, no es posible, mínimamente, la observación desde adentro; condición que he verificado personalmente antes de observar nada. Yo te diría que ella ni está enterada de la existencia de tal ventana. Ésta da a una terraza llena de trastos y el antepecho se halla más o menos a un metro y medio sobre aquélla. Hay allí una mesa vieja, medio deshecha, que he adosado a la pared.
»El único inconveniente es que la visión no es de mucho detalle. La preceptora suele asumir distintas direcciones en sus posturas y, a veces, ¡maldita sea la claridad de la escena para un observador tan condicionado como es el que se halla tras aquella ventana!
—O sea que te subís a la mesa y podés observar con total discreción lo que ocurre en el interior de la habitación, sin temor a ser descubierta.
—Así es… y a la terraza accederemos con una escalera de albañil que se halla permanentemente apoyada sobre una de sus paredes. Hay que llegar hasta el patio de servicio del sitio destinado al lavadero.
—¡Caray! ¡Que lo tenés estudiado todo! Mas, ¿conocés también a qué hora tiene lugar la cita?
—Bueno… Después de la cena nos haremos una llegada hasta la casilla de Sultán; si no está allí, simplemente nos dirigimos al lavadero y nos ubicamos en nuestras posiciones. Verás que no tardarán en concurrir al teatro de sus reuniones.
»Asimismo, podrás comprobar la excitación del perro, que tal parece conocer a la perfección la acción que devendrá y da la sensación que manifiesta gran gusto por ella; yo diría que es un animal muy lujurioso.
—¡Vaya con tus apreciaciones!… No podés con tu genio.
Marcia Paula quedó asombrada por las expresiones de Irene y, aún con algo de dudas, tuvo que admitir que no era posible que estuviese fabulando, pues se hallaban a tan sólo dos días de su imprevista invitación a la terraza.
—Y… ¿consiguen hacerlo sin problemas? —Inquirió—. «Canis lupus» es un manto negro de inusual envergadura y posee una gran vitalidad; es obvio que se halla muy bien alimentado. Debe pesar alrededor de sesenta kilos.
—Ya lo verás… ya lo verás… Y te asombrarás con las manifestaciones de placer de ambas partes y de las dimensiones del apéndice de Sultán.
Sin saber por qué la juvenil Marcia Paula entró en estremecimiento; un extraño y agridulce flujo corrió por su médula; su periferia vibró en «piel de gallina».
—Francamente —apuntó—, nunca pensé que nada que no fuera perra podría hallarse en las ansias sexuales de un can macho. En la estancia de mi padre he presenciado innúmeros apareamientos de animales y, entre ellos, los de perros; claro está que siempre se trataba de tamaños comunes, inferiores al de un ovejero. No me parece que el apéndice de sus machos baste para satisfacer a una mujer…
—¡Que no; con Sultán te equivocás rotundamente!…! Te repito: tiene una verga enorme. Por otra parte, no todo sería cuestión de dimensiones, querida Marcia; el montaje y los preámbulos también cuentan… Además, se escapa a tu consideración una cuestión de la máxima importancia: Hebe y Sultán se aman; él está entrenado para amarla.
—¿Se… aman? ¡Qué cosa más extraña estás diciendo!
Irene hizo un sintomático silencio y luego, levantando el dedo admonitorio, apuntó:
—Existe un verdadero cariño, una extraordinaria afinidad entre ambos. Yo me he extasiado en numerosas circunstancias contemplando las jubilosas manifestaciones de Sultán en presencia de Hebe. Y en cuanto a ella, que normalmente se muestra como una estatua de piedra para con sus congéneres, te diré que se lee en sus ojos (y en su rostro todo), las delicias que le provoca el perro… ¡Si vieras el placer enorme que recibe cuando le acaricia la vulva con su larga lengua!
—¡Es cosa de no creer!
—En cuanto a los goces de sus acoplamientos y los diferentes pasos y acciones que éstos imponen, me libra de todo ulterior comentario el hecho de que los veás con tus propios ojos, como, espero, ocurrirá el jueves.
Concluida la cena en la fecha prefijada, ambas amigas salieron en conjunto con todo el grupo de alumnas por la galería maestra, desde la cual cada uno tomaría la dirección de sus respectivos dormitorios. Cuando la mayoría se hubo dispersado, ellas se escurrieron disimuladamente por una galería lateral y desde allí fueron a dar al patio principal que, a la sazón, se hallaba desierto. En medio del mayor sigilo llegaron hasta el sitio en que se ubicaba la casilla de Sultán. Desde mucho tiempo atrás había allí un letrero que rezaba «canis lupus».
—Tal como te previne —manifestó Irene—: ni Sultán, ni la soga de nylon y el collar se hallan aquí… Obviamente la amante señorita Hebe debe estar paseando al perro por los patios… o, quizá, ya camino del lavadero. Será preciso que nos apresuremos.
Marcia Paula esbozó una sonrisa cómplice advirtiendo la seguridad con que se conducía Irene y cómo se avenían los hechos con sus prevenciones.
En uno de los sitios más recónditos de aquel patio se encontraron con una doble puerta de rejas cuyas hojas estaban tomadas con una corta cadena fijada con un candado. Marcia Paula miró a su amiga en actitud inquisitiva.
—Normalmente la cadena no está puesta durante el día —aclaró Irene con total tranquilidad—; habrá que trepar y saltar la puerta.
Tarea que para nada significaba un obstáculo para dos adolescentes muchachas quinceañeras. La altura de la puerta era de dos metros y presentaba varias barras transversales: escalarla y pasar al otro lado era cosa de niños.
Cuando hubieron arribado al patio de servicio de la zona del lavadero surgió el primer inconveniente no previsto: la escalera no se hallaba en su sitio usual. Alumbrándose el camino con una pequeña linterna que portaban fue menester que realizaran una prolija inspección por los borrosos costados del patio. Finalmente, al cabo de una búsqueda de diez minutos, lograron ubicarla en un recodo. La transportaron hasta la pared de acceso a la terraza de observación y de inmediato se hallaron en la revuelta azotea. La desvencijada mesa que serviría de plataforma a las observadoras en ciernes se hallaba exactamente debajo del balancín, pues Irene nunca se había preocupado en transportarla hasta el sitio en que la halló por vez primera, ya que conocía el hecho de que la terraza no era usualmente visitada.
—Aún no han llegado —apuntó Irene—… no se ve destellos de luz en el balancín.
Mientras se hallaban a la espera de los actores, Marcia Paula comentó a su compañera:
—No me explico cómo, a tan escaso tiempo de ingresar a este colegio, has adquirido tan diestro manejo de estos recovecos que, tengo para mí, es seguro que pocos conocen. Además, ¿cómo pudiste tomar conciencia de la relación de la señorita Hebe y nuestro enorme manto negro?
Irene sonrió pícaramente y mientras golpeaba la coronilla de su cabeza con el índice encorvado, arguyó:
—Inteligencia, querida… ¡Inteligencia!… Para serte franca: Servicio de Inteligencia. En realidad, antes de ingresar a este colegio, una ex alumna me lo comentó todo. La relación entre el perro y Hebe data de un par de años atrás. La fulana hasta me dibujó un croquis del camino que conduce a esta ventana cenital.
—¿De manera que no bien ingresaste ya pudiste saciar tu curiosidad?
—Así es. Estuve aquí varias veces.
En ese momento se encendió la luz del interior del local y apareció ante la vista de Marcia Paula un ambiente muy amplio y de utilidad diversa. Mayoritariamente parecía oficiar de depósito de algún moblaje de recambio; había varios pupitres antiguos, escritorios radiados, viejas máquinas eléctricas de calcular, algunos roperos, un sofá de dos cuerpos, etc. Asimismo mostraba servir de reservorio de ropa vieja, colchonetas arrolladas, cojines antiguos de diverso cuño, de prendas y trapos a la espera del lavado… y otros. La resolución final de tal escenario no era otra cosa que el desorden.
Muy tiesa en su andar de hielo, Hebe cerró la puerta que le dio acceso al ambiente trabándola con un cerrojo. Y, tal como su compañera le había informado, comprobó Marcia Paula que la actitud del can era la antítesis de la de la mujer: sumamente excitado, jadeante y con un buen tramo de su lengua colgando de su boca, no cesaba de expresar su jolgorio mediante enormes brincos, giros alrededor de sí, cortas carreras en círculo y, lo más destacable, un intensísimo meneo de la cola que bien podría propinar un fuerte latigazo a todo aquello que encontrara en su derrotero.
Prestamente la señorita Hebe, con tenues susurros y caricias en su cabeza, lo calmó como por arte de magia, aunque no atenuó su constante acezar. Era más que evidente el dominio de mando que ella ejercía sobre el animal.
Ambas observadoras se hallaban hechizadas en su precaria atalaya y se dispusieron a seguir atentamente el desarrollo de los acontecimientos. La visión, un tanto opacada por el estado de los cristales, era, empero, muy amplia y lo suficientemente clara.
Lo primero que hizo la inefable preceptora fue fijar la argolla con la que remataba la soga de Sultán a una gruesa grapa de soporte (seguramente antigua fijación de algún ya no existente artefacto) que presentaba un tramo vertical. Allí fue a ensartar la argolla y como se hallaba a considerable altura con relación al can, resultaba para éste imposible zafar de ella. Así acotó Hebe la zona de influencia de las efusiones del perro.
La preceptora vestía una blusa de uniforme, una amplia falda estampada que le llegaba a media pantorrilla y calzaba unas muy sencillas zapatillas de lona color carne. Dejó a un costado un bolso que traía colgando de su hombro mediante una correa. De inmediato llevó sus manos al costado derecho de su cintura y en un abrir y cerrar de ojos desprendió el broche que cerraba su falda; ésta se desprendió según su directriz y vino a configurar un trozo de tela plano y cuadrangular, pues simplemente se arrollaba en torno a su cintura. Se vio que no llevaba bombacha.
Marcia Paula no pudo menos que sorprenderse de la admirable estampa que presentaba su cuerpo. «Es muy bella —susurró—; ningún atildado varón dudaría en considerarla una apetitosa amante. ¿Te diste cuenta con qué rapidez quedó en condiciones de accionar? Fijate que ni siquiera se quita la blusa ni las zapatillas.
Entretanto el perro entraba en estado de desesperación y se pasaba la mayor parte del tiempo parado sobre sus patas traseras y sostenido del cuello por la tensada soguilla de nylon.
—Mirá la gran altura que despliega —musitó Irene—. ¿Ves que me asistía razón cuando te advertí que se trataba de un perrazo descomunal?
Marcia Paula asintió con un imperceptible movimiento de cabeza.
—Mirá… Ahora está despuntando su roja verga; cuando salga toda te vas a sorprender de nuevo.
La preceptora extrajo del bolso un par de pequeñas fundillas de tela gruesa que oficiaban de guantes de las patas delanteras del perro. Se las colocó y las prendió con sendos broches que dichas fundillas poseían, operación que Sultán aceptó extendiendo, anhelante, sus miembros anteriores y con un aire de gran gusto.
—Verás —explicó Irene a su amiga—: así cuida que los espolones del animal no la arañen… El abrazo de Sultán, cuando se halla poseído, es muy fuerte.
Acto seguido Hebe se reclinó sobre el respaldar del viejo sofá dejando sus pies en el piso. Abrió las piernas y comenzó a masajear su sexo en tanto que ondulaba cadenciosamente la pelvis. El can, que se hallaba enfrente de ella, no cesaba de agitarse y de emitir cortados aullidos que sonaban gozosos. La cuerda estaba tan tensa que parecía querer cortarse.
Al cabo de unos diez minutos, la mujer se levantó y libró a Sultán de su collar. Inmediatamente volvió a su anterior posición dejando su sexo bien expuesto; sus labios, muy separados en el ecuador, aparecían como dos rosadas medialunas que se besaban en sus extremos. Ni corto ni perezoso, Sultán fue a meter su hocico entre ambos. Se percibió claramente que el frío de su nariz produjo un estertor en la señorita preceptora. De inmediato el perro comenzó a realizar un meduloso lengüeteo de todas las áreas genitales.
En un principio aquella húmeda e intensa caricia vagaba erráticamente por toda la región, pero después de un cierto tiempo ella le tomó la cabeza y tal pareció que comenzó a monitorizarla con la increíble consecuencia de restringir la acción de la lengua casi exclusivamente a la zona clitoriana. La señorita preceptora no hacía sino manifestar ostensibles signos de placer, en tanto que Sultán obedecía ciegamente.
—Parece que el pichicho ha recibido riguroso entrenamiento —comentó Irene con gran regusto—; él «sabe» dónde debe atacar para procurar el máximo efecto.
—Es indudable que su maestra Hebe ha logrado pleno éxito en tal materia —dijo Marcia Paula. Y a continuación se le cruzó por la mente que ante similares estímulos el can no repararía en la identidad de la persona de su contraparte.
—Pero, atención —dijo Irene—, que Hebe ya se halla próxima a paroxismo… Aún te resta observar el segundo capítulo de esta obra.
Y, en efecto, la señorita Hebe, transfigurada y dulcificada por el deleite, explotó en un sonoro orgasmo cuyas manifestaciones y contracciones parecieron eternas a las jóvenes curiosas.
Luego, cuando la intensidad del estímulo que el perro no se cuidaba en detener sobrepasó la capacidad de recepción del sistema nervioso de Hebe, ésta apartó bruscamente la cabeza de su sexo, lo cual logró con bastante dificultad, pues Sultán no era fácil de convencer. Finalmente volvió a fijarlo al soporte de la pared.
Ahora Hebe se recostó íntegramente en el diván, cerró los ojos y pareció decidida a relajarse. El perro, por su parte, también se calmó un tanto.
—Parece que esto es todo —comentó Marcia Paula—. Está claro que Sultán posee las armas y la maestría como para realizar un sabroso sexo oral para la señorita Hebe. Creo que ésta lo ha gozado en todo su esplendor.
—Pero, querida Marcia, ya te he advertido que hay un segundo capítulo en esta presentación. Tené paciencia y aguardá unos instantes más.
Y, en efecto, alrededor de diez minutos después, Hebe, la amante preceptora, extendió una colchoneta sobre el piso, se arrodilló sobre ella en posición de banco y, después de colocar a mano una toalla que había sacado del bolso, comenzó a masajearse el sexo al tiempo que meneaba la cadera. Se había ubicado con el trasero hacia el can, pero fuera de su alcance. Nuevamente una afiebrada exaltación atacó al animal y comenzó a emitir lastimosos quejidos de desesperación y angurria.
Cuando ella consideró que la temperatura se hallaba a punto se levantó raudamente, liberó a Sultán de su collar y volvió con toda ligereza a tomar su anterior postura. Ahora bajó el torso apoyándose en los codos dejando así su trasero en el pináculo de la posición y, entreabriendo las piernas, expuso su sexo de una manera olímpica.
El enloquecido can dio varias vueltas alrededor de ella en tanto que la perruna verga emergía, oscilante, de su funda.
A continuación se colocó por detrás de Hebe, incrustó el hocico en su sexo y, al igual que antes, comenzó a lamer con firmes lengüetazos toda la región genital.
De repente Hebe dio un palmetazo en el piso acompañándolo de una especial oscilación de la pelvis y de un imperativo «¡arriba!». E inmediatamente Sultán se montó sobre la preceptora con la verga enhiesta y oscilante en busca de su destino. Se podía observar claramente que el tallo, tramo inicial del pene, estaba constituido por una masa bulbosa de forma troncocónica con un notable ensanchamiento en su empalme con la ingle, una suerte de volcán de cuya boca emergía, como un estilete, el rosado, brilloso y regular apéndice con su puntiagudo extremo.
—¡Caray! —se asombró Marcia Paula—. ¡En verdad que es enorme para un perro de su tipo!… Se ve muy hambriento a ese instrumento; así lo delatan su vibración y avance. Y parece tener la rigidez de un cartílago.
—¿No te lo había advertido? —Enfatizó Irene. Hay que verlo cuando lo saca, pues crece desmesuradamente en el interior de la vagina. Luego, en contados minutos, desaparece dentro de su funda como por arte de magia sin que llegués a preguntarte dónde lo ha metido.
Hebe pasó su diestra por entre sus piernas, hacia atrás, y tomando sutilmente el apéndice del can fue a ubicarlo en el vestíbulo de su vagina. Sultán dio entonces un tremendo topetazo y así, en un santiamén, mujer y perro se hallaron brillantemente copulando. El perro se había adosado apretadamente al cuerpo de la preceptora, aferrándolo poderosamente con sus manos y su espalda describía una curva de increíble belleza.
—¡Es sorprendente lo que estoy viendo! —se pasmó, una vez más, Marcia Paula. Y se vio tan poseída de inefable excitación que los pelillos de su nuca se le erizaron.
El can realizaba sus impulsos de vaivén con inusitada frecuencia, poniendo de manifiesto el gran frenesí que le embargaba… el cual no era de menor calibre que el meneo de la señorita preceptora.
Al ritmo impreso por el gran perro todo el conjunto oscilaba hacía atrás y adelante en medio de suspiros, jadeos, cortos aullidos y lamentos de gozo. La lengua del can sobresalía desmesuradamente de su hocico y de ella manaba abundante baba.
De repente, habiendo transcurrido tan sólo unos pocos minutos del inicio del acoplamiento, Sultán se desmontó, acción que no pareció inquietar a Hebe. Con el pene en virulenta erección, emitiendo una intensa y caleidoscópica iridiscencia por la acción de un líquido viscoso que lo envolvía y aun babeando un hilillo del mismo, dio un par de vueltas alrededor de ella. �?nterin Hebe no cejaba de masajearse. Luego el can tornó a montarse sobre su espalda y de un único y certero topetazo la penetró raudamente, reiniciando así su afiebrado vaivén.
—Si algo me ha llamado la atención hasta el momento —susurró Irene— es el acierto del perro al volver a montarse. Esto es cosa que realiza varias veces en cada sesión y nunca le he visto errar el chuzazo, pese a la rapidez con que acomete su blanco.
—Nunca supe que los perros se desmontaran mientras realizan el acoplamiento, por lo que deduzco que Hebe lo ha de haber entrenado específicamente en tal sentido. Por otra parte, es obviamente de impulsos un tanto erráticos este perro… ¡Qué bárbaro! ¡Le dio tal empellón a Hebe en su trasero que poco faltó para que la acostara de vientre!
—No es de temer tal —dijo Irene—. Ella bien aguarda la contingencia y siempre se halla convenientemente plantada en su defensa.
Ahora Sultán anuncia la inminencia de su clímax. Estira, extático, la cabeza hacia delante y desacelera su agitación. Toda la parte posterior de su cuerpo entra en estertóreo frenesí y sus patas traseras golpetean nerviosa y alternativamente sobre el piso.
Finalmente se desencadena su paroxismo y, extrañamente, el de Hebe le sigue casi en simultaneidad. Ella parecía haber graduado convenientemente su masajeo para que así acaeciese.
Ambos se llamaron a reposo quedando, estáticos, íntimamente acoplados y gozando de los efectos del orgasmo hasta arrancarle la última partícula de deleite. Acto seguido el can, completamente tranquilizado, se desmontó y quedó quieto junto a su dama, dando una clara sensación de relajación. Su miembro copulador ahora aparecía de tan inusual tamaño que puso espanto en los ojos de Marcia Paula. Su base bulbar era de tal envergadura que la princesa se negaba a creer que habría estado en el interior del inicio de la vagina de la preceptora.
—¿Puede concebirse que tal ‘prenda’ haya quedado dentro —dijo a su compañera, señalando aquella masa de carne.
—Según lo tengo aprendido —repuso Irene— ese bulbo aumenta de volumen paulatinamente a lo largo del acoplamiento y al final es retenido por la vagina de la perra que lo cierra por detrás; he ahí el origen del abotonamiento.
Mientras así discurrían, Hebe tomó la toalla que tenía a su lado y la puso entre sus piernas para absorber el semen que manaba abundantemente de su aparato genital. De esta guisa se recostó en la colchoneta y se tomó un breve descanso.
Luego, en un santiamén, se colocó la desplegada falda arrollándola sobre su cintura y fijando el broche. Puso el collar al perro, que aún mostraba su verga inflamada pero en evidente retirada, quitó los protectores guantes de sus manos y después de apagar la luz salió del local.
Con el mayor de los sigilos ambas adolescentes regresaron a su dormitorio, encomendando al Cielo el no hallar persona alguna en su derrotero. Sabían que la preceptora de turno se hallaría ocupada, al igual que ellas, en la tarea de eludir miradas indiscretas mientras dejaba el perro en su cucha. Y únicamente una preceptora de turno era quien podría, eventualmente, realizar una última inspección por los patios y circulaciones del colegio, antes que se abata sobre él el pasado manto del sueño de la noche. Pero, evidentemente, en aquellos precisos instantes, Hebe no estaba para esos menesteres.
Caminaron adosadas a las paredes de las galerías, con paso nervioso y rápido, y sin intercambiar palabra.
Pronto se hallaron en sus camas, de espaldas, con las manos en la nuca y los brazos abiertos hacia los costados de la cabeza. Contemplaban el cielorraso con los ojos desmesuradamente abiertos, fruto de sus ánimos impresionados por el espectáculo que acababan de presenciar.
—¿Te diste cuenta del tamaño impresionante de la verga? —Irrumpió Irene después del prolongado silencio—. Nunca había pensado que el «aparato» de Sultán tendría tamaña dimensión. Es… realmente colosal: rojo como una llamarada y puntiagudo como lanza. ¡Y qué tallo piramidal! ¿Dónde guardaría en su seno tal «bicho»?
—Como no puede ser de otra manera, haciendo gala de la fama que te supiste ganar, querida Irene, te has detenido a lucubrar sobre esta especialísima sesión de sexo no ortodoxo. Me parece que te complacés en exceso con el acto de Sultán y Hebe
—¡Claro que sí! Me excita sobremanera.
Marcia Paula sonrió con un sobrador gesto de aprobación.
—Ya me había dado cuenta de ello —apuntó—. ¿Acaso querrías ocupar el lugar de Hebe?
Le siguió un significativo silencio. Luego:
—Definitivamente, ¡sí! Creo que puede lograrse fácilmente; pues si se siguiese la misma operatoria de la preceptora, no es razonable pensar que Sultán se niegue a asumir su misma conducta… ¡Claro que sí! El perro le ha de dar para delante, repitiendo todas las acciones a las que su instinto le motive, con el agregado de los matices que Hebe le ha enseñado con relación a la contraparte.
—¿Y te animarías a soportar semejante mole da carne en vos?
—¿Y cómo lo soporta la señorita preceptora?… ¿Y de tan buen grado?
—Bueno, tenés que tener en cuenta que se trata de una casi cuarentona y que ya se halla suficientemente distendida. A ella tal aparato la colma totalmente, según hemos visto. Pero no es tu caso; el de una niña de quince años.
—¡Con mayor razón! ¿No tenés entendido, también vos, que cuando la persona es más joven posee mayor elasticidad?
La princesa optó por encogerse de hombros por toda respuesta.
—Decime —prosiguió Irene—, ¿vos no sentís lo mismo?
Marcia Paula, que se hallaba a la espera de tal tipo de pregunta, experimentó nuevamente un extraño escalofrío que le fluyó por el cuerpo y le puso «piel de gallina».
—En realidad lo que vi esta noche me aterra: pero es precisamente porque también a mí me excita. Sin embargo, al revés de lo que vos deseás, no se me ocurre vivir esa experiencia. Le tengo… cierto temor.
—¿Te diste cuenta, por otra parte, que el perro se desmontó después de su clímax y que quedó totalmente liberado? Quiero decir que no permaneció «abotonado» como ocurre con la hembra de su especie. Es obvio que el asunto no funciona así cuando se trata de una mujer.
—¡Claro que me fijé en tal detalle! Cuando salió de la vagina su verga se hallaba muy dilatada; pero es obvio que la contraparte no rige.
—¡Uyyy!… ¡Cómo deseo intentarlo!… ¿Me… ayudarías, Marcita?
—Bueno… Talvez. Pero es tarde ya; ¿por qué no dormimos?
Los siguientes quince días fueron de febril actividad en la expandida imaginación de Irene Dangelis y, asimismo, de su puesta en marcha para conseguir satisfacer aquel creciente deseo. Visitaba permanentemente a Sultán, le llevaba bocados y le acariciaba con grandes muestras de cariño. El perro estaba acostumbrado en realidad al conjunto de las adolescentes del alumnado, profesores y personal de servicio; en estos dos últimos casos se trataba mayoritariamente de mujeres. Todas le mimaban y, consiguientemente, carecía absolutamente de agresividad; por el contrario, se había desatado en él un ansia lujuriosa para con las mujeres. Por ello, en cuestión de dos o tres días, ya mostraba tratamientos preferenciales para con Irene.
Marcia Paula seguía paso a paso la relación que su compañera de pieza estaba construyendo con Sultán, aunque no con todos los detalles. La amiga le exponía los adelantos que verificaba a pasos agigantados. Una noche, en esas conversaciones de últimas horas del día, previas al descanso, Irene comentó:
—Realmente la talla de Sultán equipara a su proverbial mansedumbre. Te diré que él parece entender a la perfección mis deseos e intenciones; de modo que, según pienso, se halla a punto para la instancia final.
—¿Tan rápidamente has llegado a esa conclusión? —inquirió Marcia Paula.
—Verás: recibe mis caricias con gran deleite. Al principio me limitaba a sobarle el lomo y la cabeza. Pero ayer, mientras se hallaba sentado, comencé a cosquillarle con las uñas el bajo vientre: dejó entonces de acezar, bajó un tanto la cabeza y entrecerró los ojos dando cabales muestras de hallarse embargado. En cuestión de un minuto apareció el puntiagudo extremo de su pene con su sonrojada tonalidad.
—Bueno… eso constituye un avance importante.
—No pude contenerme y comencé a acariciárselo; pronto mostró su órgano cuan largo es. ¡Ah, qué maravillosa sensación, Marcita!… Puse ambas manos sobre él y no me cansé de palparlo y sobarlo; estaba caliente y algo untuoso. Sultán quedó estático como un monumento de bronce. En un momento tuve deseos de besarlo, pero en verdad algo me inhibió y de inmediato me puse de pie. El perrazo hizo lo propio y acto seguido se pudo a olfatear mi sexo con vigor e insistencia.
»Sin pensar que podría ser blanco de alguna mirada, dejé ingresar su cabeza al interior de mi pollera y deslizando la bombacha le ofrecí lisa y llanamente mi genital al desnudo. El colocarlo ante sus narices y comenzar él el más deleitoso lengüeteo que jamás sintiera, fue todo uno. ¡Quedé electrizada, Marcita!…
—¡Oh! Eso significa que ha comprendido el mensaje a las mil maravillas. No debe haber realizado Hebe, en un principio, tareas muy diferentes.
—En definitiva, sin excesivos preparativos ni prolongadas aproximaciones eróticas, la salsa se vio en su punto justo; ahora es llegado el momento de pasar a la acción directa. Decime, Marcita: ¿querrías ayudarme?
—Bueno… yo… yo, sabés, te dije… que la cuestión no es muy de mi agrado.
—Necesitaría, al menos, alguien que pueda oficiar de campana.
—¿Has concebido ya la solución en tiempo, espacio y forma?
—Precisamente allí está la cuestión. He considerado varias alternativas; pero la principal condición será que Hebe Berta no se halle presente en el establecimiento… No vaya a ser que coincidamos en el momento de nuestros deseos con Sultán. En cuanto al día te diré que será menester aprovechar este fin de semana en que ella estará de franco. Como sabés, vos y yo, junto a otras pocas alumnas, nos quedamos a estudiar para los inminentes exámenes… ¿Qué mejor oportunidad?
»Desde luego el sitio ideal no es otro que el depósito del lavadero; exactamente el mismo ambiente que utiliza Hebe y al cual el perro ya se halla acostumbrado. El viernes por la noche, cuando ya el establecimiento se halle prácticamente vacío, pienso que es el momento propicio.
—Claro está, los fines de semana quedan siempre un par de preceptoras y el personal de guardia en portería; no habría ocasión más a propósito para garantizar que el lavadero y sus alrededores estén más desiertos que el polo.
También Marcia Paula se sentía invadida por una extraña sensación de erotismo y poniendo a buen recaudo sus anteriores aprensiones, prosiguió:
—Estoy con vos. Podría andarme por los alrededores del lavadero por si surgiere alguna novedad.
Sin embargo, el deseo de Irene corría por otra vía.
—Yo preferiría —avanzó— que formés parte integrante de la escena y que lo hagamos entre los tres. Podrías controlar con la soguilla cualquier exceso de Sultán. Yo… yo te iría señalando, en caso de necesidad, qué debe hacerse.
Era precisamente la instancia a la que Marcia Paula no habría querido arribar, pues su razón se la señalaba como la más inconveniente; por ello había recurrido a la figura del merodeador en resguardo de la tranquilidad de su amiga. Empero, la proposición de Irene Dangelis la subyugaba. Aún, en su fuero íntimo, pretendió una evasión a ese hechizo: «claro está —se dijo— que por nada del mundo ocuparé el lugar de ella»… Pero no estaba tan segura.
—¿Es que temés que la conducta del perro se salga de madre? —Inquirió.
—Para decirte la verdad, Marcita, lo que realmente quiero es que vos estés presente… y que… y que…
—Y que después me coloque en tu lugar, ¿no es así?
—Sí.
—Pues, como ya te lo he expresado, me siento reacia a ello. Por otra parte no creo que Sultán se banque las dos relaciones. En la primera ya habrá desaguado bien sus depósitos y poco espíritu y materia le habrá quedado para iniciar una nueva pugna…
—Pues, te equivocás de pe a pa —acotó Irene, con verdadero énfasis—. Yo misma he visto a Sultán montar a Hebe hasta tres veces, completando el ciclo en cada caso. Se trata, querida, de un verdadero padrillo y tengo para mí que si ella no corta la escena el perro habría de proseguir. Sólo es menester darle un pequeño intervalo entre una y otra relación y nuevamente se hallará presto al combate.
—Bueno, está bien. Dejemos el asunto; luego lo analizaré con más detalle. Empecemos a programar cómo procederemos el viernes, después de la cena. Para esa hora la mayoría del alumnado se hallará en su casa o en tránsito. No debés olvidar la muy importante cuestión de los guantes.
—Claro. Ya los tengo preparados. También llevaremos la toalla.
—Te propongo que mañana en la noche, miércoles, hagamos una inspección al depósito del lavadero para echar una ojeada.
—Me parece excelente idea.
Y, efectivamente, en aquella noche ambas adolescentes ingresaron sigilosamente al ambiente que deseaban auscultar.
—Lo primero que me llama la atención —acotó Marcia Paula, que era a todas luces la más perspicaz de ambas— es que la puerta de acceso no tiene llave y que su cerradura lleva años que no se acciona. Por otra parte no parece requerirla pues es obvio que muchas personas han de llegar aquí. Sin embargo, se observa que posee un pestillo interior que muy bien supo aprovechar Hebe para aventar cualquier peligro de ser descubierta en flagrancia por la inoportuna llegada de alguien.
—Es lógico pensar que el local no siempre tuvo este uso y entonces debió existir llave, la cual seguramente habrá terminado por perderse; así el cerrojo es un remanente de otros tiempos y hoy no se utiliza para nada. Enhorabuena que esté ahí y nosotras seguiremos la inteligente actitud de Hebe de trabar la puerta… Veamos ahora hacia el interior, pues es seguro que habrá, al menos, otra salida.
El local era espacioso e irregular y mostraba varias puertas que se hallaban monolíticamente cerradas. En algunos casos se trataba de simples compartimentos o boxes que se hallaban contenidos íntegramente en el interior del depósito. Finalmente encontraron una puerta de dos hojas del tipo mampara que se abría libremente; accedía a un pequeño hall, muy oscuro, que presentaba, enfrentada a la anterior, una puerta en tablero que se veía cerrada. Al llegar a ella comprobaron que no tenía traba ni pestillo; fueron abriendo, muy sigilosamente, y comprobaron que comunicaba a una ignota galería, que a su vez colindaba con un patio secundario. Globalmente el sitio se hallaba escasamente iluminado y, a ojos vista, era poco visitado. Naturalmente, a aquellas horas de la noche se hallaba totalmente desierto.
—He aquí el quid del asunto —susurró Marcia Paula—. La lógica de evasión que pudo pergeñar Hebe engarza perfectamente. Si alguien hubiese intentado penetrar por la puerta de acceso al lavadero mientras ella se hallaba en plena función, es evidente que se sorprendería de encontrar trabada la puerta e, inmediatamente, sospecharía que hay gato encerrado. Entretanto nuestra preceptora dispondría del tiempo necesario para vestirse con tan práctica pollera y luego escurrirse por esta puerta con perro y todo… Luego que le echen un galgo.
»También explica el por qué de su más que dinámico atuendo: ella no hubiera necesitado sino un par de segundos para colocarse esa majestuosa pollera-libro y habría estado en plena capacidad para emprender su retirada completamente vestida. Es obvio que para cuando el imprevisto visitante decidiera acceder por esta puerta, ya Hebe y el perro se habrían puesto a buen recaudo. La vuelta es larga y requiere su buen tiempo.
—Pero no existen, Marcita, probabilidades de que alguien visite este sitio a tales horas de la noche y menos aún, como será en nuestro caso, en un fin de semana. Podemos quedarnos muy tranquilas por ese lado.
»Vayamos ahora a visitar a Sultán. Traje una bolsita con un poco del puchero del mediodía. Dáselo vos y hagamos que te conozca más de cerca.
—No temás por eso; en numerosas ocasiones he estado con el perro y te digo que hacemos buenas migas.
µ µ µ
Al arribar el día y la hora prefijados, las dos adolescentes, provistas del bolso con los indispensables elementos y de un par de linternas, se encaminaron hacia la cucha del «canis lupus». Le hallaron ansioso y expectante, como si hubiera conocido por mera premonición las sabrosas horas que se avecinaban. Estaba tenso y cuando comprobó que Irene se dirigía a tomar la soguilla, comenzó a menear la cola con inusitada velocidad.
—No hay dudas de que Sultán ya ha entrevisto los momentos que se aproximan —dijo Marcia Paula—; ni menos de que la prefiguración del acto le es de grandísimo gusto. Esto es magnífico augurio, querida Irene, de que ha de ser socio complaciente en la empresa. Pero debo decir más: creo que es sumamente libidinoso y que desea sobremanera la hembra humana; tengo para mí que debe llevar varios premios en los anales del establecimiento…
—No me había puesto a pensar en eso. Pero también estimo que la cosa pasa por ahí.
Cuando hubieron ingresado al depósito, nuevamente el perro se manifestó excitadísimo y a duras penas pudieron contenerlo. Indiscriminadamente incrustaba su hocico tanto en la entrepierna de la una como de la otra. No sin esfuerzo lograron insertar la argolla del extremo de la soga en el soporte de la pared, tal como habían visto hacer a Hebe.
—Aunque no me lo has certificado específicamente cuando te lo pedí, asumo que te has de quedar aquí —acotó Irene.
Marcia Paula obvió toda afirmación explícita:
—Comenzá, pues. Convendrá, en la medida de lo posible, repetir todas las secuencias de la preceptora.
Irene se quitó su pollera y, desnuda de la cintura para abajo, se colocó directamente en el diván recostándose en él y abriendo sus piernas, más bien gruesas aunque proporcionadas, comenzó a masajearse el sexo cuyos labios fueron distendiéndose perezosamente.
Sultán, entretanto, había entrado en ebullición. Después de unos minutos, la yacente Irene no quiso esperar e hizo una seña a su amiga para que liberara la argolla de la soga.
—Dejalo hacer —reclamó.
No bien sintió aligerada la tensión de la soguilla, Sultán se dirigió incontinenti hacia los humedecidos labios y comenzó a hurgar con afiebrada tensón todos los pliegues y recovecos de aquel capullo en flor. Irene se electrizó al frío toque de sus narices y, de inmediato, percibió la húmeda y áspera caricia de la canina lengua.
—¡Uy!… ¡Ay! —gimió, estremecida, en tanto que su amiga sostenía la soguilla con cierta tensión.
En contados minutos de aquella operatoria olfativa, el clímax se hizo presente en la adolescente que, obviamente, se hallaba sobre estimulada por su lujuriosa imaginación.
—Retiralo, Marcita… ¡Pronto, pronto!… Que su lengua me ha empalagado y no lo puedo soportar.
La princesa tiró y tiró con más fuerza. Le resultaba asaz difícil contener la obcecación del animal que, a la sazón, se hallaba ya en pleno proceso automático; incluso, en medio del forcejeo, se oyeron algunos gruñidos. Finalmente consiguió ensartar la argolla en el recio soporte de la pared, poniéndose ambas fuera del radio del exaltado perro.
Irene Dangelis se tomó unos minutos de un reparador descanso. Luego dijo:
—Cuando me arrodille en posición de banco no le des lugar a que prosiga con el olfateo. Al igual que vimos hacer a Hebe, yo pegaré un palmetazo en el piso y le daré la voz de «¡arriba!». En todo caso vos, con la soga, ayudalo a que se monte.
La operación se cumplió con todo éxito y acto seguido Sultán e Irene se hallaban sin inconvenientes en plena cópula. La ansiada relación de la salaz adolescente se prolongó unos treinta minutos, en el transcurso de los cuales ella no se privó de las más encendidas manifestaciones de la inmensa pasión que la embargaba. A ello contribuía grandemente su siempre exaltada imaginación que dotaba de un plus de dinamismo a sus demostraciones, colocándolas al borde de la desmesura. Todo lo cual encendió, por evidente contagio, la pira del deseo de su amiga que se limitaba, entretanto, a sostener blandamente la soguilla.
A partir de tales cuadros la princesa perdió finalmente toda aprensión y ya no podía disimular la ansiedad que la poseía por ocupar el lugar de Irene. En un determinado momento se despojó de su falda y bombacha y comenzó de inmediato a masajearse el sexo.
A todo esto el perro, tal como lo hacía con Hebe, se desmontó en dos oportunidades conservando el nivel de su estimulación total y dando una ligera vuelta alrededor de Irene (que Marcia Paula debía acompañar con la cuerda) volvía a subirse penetrando a Irene con una fuerte y precisa embestida… lo que era recibido con tanto gusto por ella que daba lugar a aparatosas manifestaciones.
Una vez que la muchacha se sintió satisfecha, aprovechando una nueva tregua del perro, se puso de pie.
—¡Es una experiencia maravillosa! —Exclamó, embelesada—. Yo le llamaría «El Placer de Hebe», para darle un toque mitológico.
—Yo, sin preámbulos, iré directamente a la posición de banco. Tomá la cuerda; no creo que tengas que preocuparte por operar sobre ella.
—No vayás tan apresurada, Marcita. Me parece que habrá que esperar un poco para que Sultán se relaje… Veo, querida compañera de pieza, que has dado al traste con tus anteriores temores.
—Oye, estimo que el corte del perro se corresponde con uno de aquéllos que son espontáneos en él y que, casi inmediatamente, dan lugar a que se vuelva a montar. Lo vimos con Hebe y, en tu caso, lo hizo dos veces. Al parecer le es grata la operación de penetración propiamente dicha, lo cual, a ojo vista, vos compartías en absoluto. No perdamos más tiempo, so riesgo de que se bajen sus estímulos en exceso.
Y diciendo y haciendo, con el corazón batiendo furiosamente en su pecho, Marcia Paula se colocó en la posición que un par de minutos antes ocupara su compañera prescindiendo de observar los detalles de las dimensiones de su pene y aguardando el embate. De inmediato Sultán se montó y, después de dos o tres bruscos topetazos, la penetró totalmente. Al principio le provocó un poco de molestia, a la que superó de inmediato; «debe ser —pensó— el temor que me infundió el ver la enormidad del pene»; pero acto seguido la princesa se relamió de deleite. Luego cambió de pensamiento pues vio que el can ya se hallaba muy adelantado en la suma de sus estímulos y que, lamentablemente, su gozo no habría de durar. El final se anunciaba con la cada vez más afiebrada acción del perro. «No importa —pensó—, le dejaremos relajarse y luego proseguimos con una segunda escena. Irene afirmó que le vio continuar en varias ocasiones.»
Sin embargo comenzó a tomar conciencia de que todo aquel órgano había ganado volumen adicional y ella se sentía muy ocupada; especialmente por la distensión del cuerpo bulbar del perro, ya que percibía claramente que los labios de su sexo externo se hallaban fuertemente abrazados a él; no sabía a qué atenerse: si aquello le escocía o le placía.
Y efectivamente no tardó Sultán en anunciar su clímax. Ella recibió los estertores deleitosos del can e, inmediatamente, sintió los finos y calientes chorros de su líquida semilla cosquilleándole sus entrañas. El perro lanzaba entrecortados gimoteos que se correspondían con cada chorrada de su eyaculación.
Luego pasó una de sus patas traseras por encima de la cadera de la princesa colocándola en el piso y se desmontó quedando hacia atrás de la niña y mirando en sentido contrario y…
Marcia Paula abrió desmesuradamente los ojos y, en un gesto de espanto, lanzó un desesperado chillido.
—¡Oh!, ¡Irene, Irene!… Me ha… me ha… me siento… ¡«abotonada»!… ¡No puede retirarse! ¡Tira y me… lleva con él!
Irene Dangelis, no menos sorprendida que su amiga, veía claramente la comunión de ambos pubis.
—¡Oh, oh! —Exclamó—. Ya veo; está pegado a vos.
Marcia Paula separó sus rodillas para bajar su cadera y jaló con cierta fuerza intentado desasirse de Sultán… pero fue en vano: sólo consiguió establecer una singular y formidable cinchada con el can.
—¡Ay!, Irene. Siento una abultada masa de carne en mi interior… Que tira… y tira de mí… Definitivamente, me ha «abotonado».
—¿Te hace daño? —inquirió Irene.
—No… pero se le ha ensanchado enormemente y me da mucho miedo.
—Entonces, tranquilizate que ya se le va a ir la inflamación y vas a quedar libre. Realmente estoy sorprendida porque esto es lo que menos me esperaba, ya que jamás vi que ocurriera así con Hebe.
—Hay… como una inflamación en toda su longitud y el bulbo de su tallo se halla fuertemente insertado entre mis labios. Parece que se hubiera… pegado. ¿Por qué me tiene que pasar justo a mí?
Entretanto Sultán permanecía quiero con las orejas algo gachas en señal de relajación. Irene le tensaba la soga tratando de alejarlo de su amiga pero ésta invariablemente era arrastrada por el animal; entonces daba muestras de verdadero espanto.
Entrada ya en desesperación Marcia Paula comenzó a llorar desconsoladamente sin que valieran las palabras de su amiga que, razonando adecuadamente, le hacía ver lo efímero de la situación y la reconfortaba diciéndole que en pocos minutos más habría de quedar libre. Después de un tiempo Marcia Paula, aún entre sollozos, dijo:
—Creo que la inflamación está cediendo. Siento como que se ha corrido un tanto.
—En efecto es así —apuntó Irene—. Veo claramente que se está despegando; ya ha avanzado algo. Esto me da la razón en cuanto te llevo dicho: tranquilizate que pronto el asunto va a acabar.
En medio de suspiros la princesa comprendió el balsámico fin de aquella pesadilla; pero no por ello dejó de estar profundamente preocupada. Recostó su rostro sobre el piso encima de sus brazos y se puso a esperar. De vez en cuando jalaba y al comprobar un pequeño avance en la retirada del perro sentía que le volvía el alma al cuerpo.
Finalmente, aún cuando percibía que aquel pene se hallaba entumecido, tiró fuertemente y consiguió liberarse, aunque con bastante molestias en su distendida vagina.
Ambas amigas pudieron contemplar de cerca, nuevamente, lo colosal de la verga del perro, su bulbo troncocónico y su rojo estilete, y comprendieron entonces lo temerario de su aventura. Marcia Paula se tomó la cara con ambas manos sin evitar un nuevo gesto de pavor.
—¡Mi Dios!… ¡Todo eso estuvo dentro de mí!
—Es verdaderamente alucinante, Marcita —repuso la amiga, dándole a sus palabras un tono marcadamente goloso.
Unos minutos después salían del lavadero rumbo a la cucha de Sultán. Irene inquirió:
—¿Cómo te sentís, Marcita?
—Bien, pero no debe existir espectáculo más extraño que el que me acaba de ocurrir…
—Pero si no te ha hecho daño alguno debés concluir que el cuadro forma parte de la naturaleza de la relación. Yo creo que con sólo asumirlo lo convertirás en parte integrante del goce.
—Pues, lo que es a mí, no me pareció lo mismo. Y si hubiera visto de antemano el instrumento que acabamos de observar, es seguro que no me tomaba ni borracha.
Y mientras Irene Dangelis arreciaba en razones para convencer a su compañera del carácter único, estimulante y subyugante del cuadro que habían experimentado, Marcia Paula marchaba con una actitud taciturna contestando los más insoslayables comentarios de su compañera con meros monosílabos.
Cuando, estando ya en sus camas se despedían para entregarse al descanso, dijo en última instancia:
—Nunca más volveré ni a la atalaya de aquel sucio balancín, ni, mucho menos, a tener contacto con el perro.
A partir de ese momento y por espacio de muchos meses no volvieron a mencionar el asunto. Empero, Irene proseguía periódicamente sus relaciones con Sultán atendiendo especialmente a evadir cualquier coincidencia con Hebe Berta. Marcia Paula conocía perfectamente estas actuaciones de su amiga, pero ambas habían pactado tácitamente no aludir para nada a la cuestión.
Este particular aspecto de la vida de ambas prosiguió de tal suerte hasta que un domingo en la noche, en que Marcia Paula regresaba de la casa de su padre, halló a su amiga llorando desconsoladamente.
—¡Lo han encontrado muerto, Marcita!… En su cucha. Estaba rígido… parece haber sido envenenado. ¡Ay! ¡Ay! Nos han matado a Sultán.
La princesa, que mucho quería a la mascota del colegio, no pudo tampoco contener su llanto.
Poco después, se tranquilizaron un tanto e Irene hizo relación a su amiga de sus posteriores coitos con el perro, dejando a la princesa sin duda alguna de que los había gozado sobremanera.
—Decime: ¿alguna vez te sentiste… pegada a él luego del clímax? —preguntó Marcia Paula.
—Debo confesarte que a mí no me ocurrió… ni tampoco a la señorita Hebe. Pues has de saber que seguí observando desde aquella atalaya sus relaciones con Sultán para hallarme bien al tanto de lo que ella pudiera enseñarle o inducirle; así, me vería yo misma provista de sus avances.
Marcia Paula hizo un gesto ambiguo y quedó pensativa mirando al cielorraso de la habitación.
«De tal modo —reflexionó— yo debo cargar con el estigma de ser la única mujer de entre las tres que quedó “abotonada“ con el perro.»
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