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Estreno

Es un gran espectáculo el que estoy viendo. Mi machucante de turno, atlético, escultural, altanero, tirándose a una de mis peluqueras, la más joven, virgen, según ella cuenta. Veo como la cabalga. Algo así como ciento ochenta libras de peso caen cada segundo sobre esos muslos de hembra nueva, recién estrenada. El atlante jadea y suda, emite ruidos de toro copulante. Entonces miro bien y me doy cuenta que todavía no le ha introducido el vergón; la está masturbando y se está masturbando él mismo sobre su vientre, eso es todo. No quiere que la besen en la boca pero él la obliga y élla lo disfruta. Todavía es, sin embargo, una doncellita, con un potente semental encima. Veo sus músculos, siento su olor de macho en celo. La veo a ella, indefensa y deseosa. Todo esto me arrecha, se me acelera el pulso. Creo que ya la siente húmeda a la tipa porque acaba de meterle la cabeza del mandragulón. Ella se resiste, trata de salirse, mueve el trasero con desesperación. De nada le sirve, él violador la castiga con varias nalgadas y le escupe en los pechos. Me doy cuenta que debo intervenir. Hacer algo. Lo que sea. Me acerco y agarro los testículos de mi amante. Lo hago con fuerza mientras muerdo su espalda. Esto le gusta, yo lo sé porque soy su esposa. Siento un espasmo cuando la penetra. Ella grita y él la insulta, la putea, la acaricia, para que se moje un poco más. La jovencita es todavía virgen. El poderoso desvirgador sólo la ha sodomizado. Lo sé porque mi mano libre acaricia su pendejera y la siento aún intacta. La obliga a hacer su primer sesenta y nueve con otra hembra; élla está encima; tomo su pelo con violencia en el mismo instante en que la palma viril y huesuda azota sus cachas, las separa, las enrojece. La mujer reclama, dice algo así como que ya no me peguen pues, cabrones; aguanta puta, así te excitas, le grita el domador. Desde abajo veo como finalmente la desvirga durante unos diez minutos de embestidas con sus hermosas empujaderas. Me parece increíble tener tanta carne trémula entre mis manos, le mamo los pechos para que soporte mejor el castigo. La masturbo y lo masturbo, les digo obscenidades, córrete sobre esta puta, rufián, qué esperas? Lo hace; sobre sus tetas y sobre mi cuello. Lamo todo el semen y creo que lo he hecho tan bien que ella inaugura sus convulsiones orgásmicas. Cuando la beso siento algo que se interpone entre nuestros labios: es la verga, todavía erecta y el par de bolas peludas; con sabor a piña, dice la nueva ninfómana, y se ríe. La peluquerita ya no es virgen, ahora es una gran puta.

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