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Enloquecidos y apasionados

Antes de comenzar, una aclaración. Este relato es 100% ficticio; cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o difuntas, es mera coincidencia.

Capítulo 1.

Corría enero de 2002 en el Gran Buenos Aires. Habían transcurrido trece años desde la última vez que la vi en nuestro país. Sus padres, amigos míos desde nuestra más tierna infancia, habían emigrado a los EE.UU. a los pocos meses de nacer Micaela, después de convertirme en su padrino.

Ese día, en la piscina de la casa de los padres de Roberto -mi compadre-, la niña, recién llegada a su etapa de adolescencia, tomaba sol con una discreta bikini amarilla con tiritas… sin hebillas ni anticuados breteles, recostada sobre una lona anaranjada que la protegía de las ardientes baldosas por efecto del sol abrasador. Apenas si atinó a levantar la cabeza y mirar hacia donde yo estaba, a fin de detectar de quién procedía aquella voz de hombre (la mía) que, extrañamente, no reconoció. Al verme, enseguida levantó la mano a modo de saludo. Según sabría luego, no había querido interrumpir mi conversación con su Papá. Sin embargo, mi mente quedó alelada al apreciar su belleza. No fue que la deseara, pero, decididamente, me distrajo; de pronto, fue como si la viera por primera vez: su cabellera lacia, abundante, castaña oscura y larga hasta su media espalda -éste fue un detalle del cual me percaté luego- que peinaba con flequillo largo que cubría sus hermosas cejas. Su rostro infantil, de ojos negros y rasgados, una pequeña nariz respingada y una boca algo grande, de labios carnosos, contrastaba con su cuerpo propio de una chica de su edad: en plena etapa de desarrollo. Pese a quedar embobado con su belleza, no me sentí desubicado ni una mala persona de bajos instintos: simplemente, la admiraba como quien admira una flor, un cuadro o un paisaje. Definitivamente, no era algo incorrecto o censurable… por el contrario: para mí, era lo más normal del mundo.

-¡Cómo creció en los últimos años, ¿no?! -comentó, mi amigo, al verme observando a la jovencita.

-Sí -respondí, con naturalidad y consciente de quién era esa personita para nosotros-… en especial, en estos tres años, desde que estuve en tu casa, ¿te acordás?

-¡Claro! Cuando estuviste en Miami para la Comunión de Mica… ¡cómo pasa el tiempo, ¿no?!

-Sin duda: el tiempo pasa para todos, pero, a ciertas edades, se nota más.

-Es verdad -asintió, y se quedó pensativo-… oíme, Carlos: cuando llegamos el otro día, te dije que quería hablar con vos, pero no sé por dónde empezar… de cualquier forma que te lo diga, sé que voy a complicarte la vida y creeme que no quiero, no es justo, pero es la única forma que se nos ocurrió, con Patricia, para intentar salvar nuestro matrimonio.

-¡Mierda, che! ¿Tan grave es?

-Me temo que sí, macho -dijo, serio y triste.

-Bueno: siendo así, contame, por favor… ¿en qué puedo ayudarlos?

-Pasa que, hace alrededor de un año y medio más o menos, las relaciones con Pato no son buenas… discutimos por cualquier boludez, estamos muy irritables. Y no sólo afecta nuestra vida de pareja, sino a Micaela: está viviendo en un ambiente espantoso. Por eso, decidimos que podríamos intentar rehacer nuestra relación… o llegar a un divorcio en buenos términos… lo que podamos, ¿entendés? -preguntó, y no me dio más tiempo que para asentir, continuando con su explicación-. Para eso, necesitamos estar solos, sin el peligro de que la nena llegue y nos interrumpa con cualquier pavada… te lo digo porque ya probamos en casa y es virtualmente imposible. Ahora bien: el problema es dónde y, más que nada, con quién dejar a Mica… Pato y yo somos hijos únicos, como si no lo supieras y, por lo tanto, no hay tíos con quienes pueda quedarse. Los abuelos serían una alternativa, pero vos ya sabés lo que son los adolescentes hoy en día: llegan de una fiesta a las tres de la mañana como si fueran las siete de la tarde; y, por otra parte, la nena estaba en un grupito que la puso muy… ¿cómo decirte? Muy rebelde, y ni Patricia ni yo queremos que nuestros padres sufran un “infarto�? o que la dejen hacer lo que ella quiera, con tal de no discutir, ¿me explico? Y acá es donde vos entrás; es decir: sabemos que, siendo soltero y con tus treinta y cinco años, podrías dominar a esta “fierecilla�? que, de domada, no tiene nada… bueno -sonrió, brevemente, por fin-, muy poco. Pero, por otra parte, te quitaríamos libertad… es decir, tenés novia y no nos gusta la idea de que no pudieras salir con ella (o con cualquier otra) por tener que quedarte a cuidar a “la nena�?… y, encima, ad honórem. Obviamente, te dejaríamos una cierta cantidad de dólares para cubrir los gastos de Mica y, si necesitaras más, nos mandarías a pedir, por correo electrónico… y no digas que no, que por algo es tu ahijada, ¿ok?

-Pará, hermano: vayamos por partes. En primer lugar, me va a encantar poder ayudarlos a rehacer su relación… vos y Pato, quiero decir; es lo menos que puedo hacer por ustedes, después de tantos años de amistad. Segundo, tener a Micaela en casa va a ser un auténtico placer. Vos ya sabés el cariño que nos tenemos con tu hija, y sería igual, aunque no fuera mi ahijada, así que conmigo, no va a llegar a las tres de la mañana: no te preocupes; algún lance se va a tirar, pero conmigo, no se va a hacer la viva más de una vez. Además, con Alicia rompimos hace dos meses y, te soy sincero, no tengo ganas de “engancharme“ con ninguna otra mina, por el momento. Y si llegara a surgir la oportunidad de coger con alguna puta, creeme que lo haría en tiempo, lugar y modo que no interfiriera con mi convivencia con nuestra Micaela. ¿Qué otra cosa?… a ver, a ver… ah, sí: lo del dinero. Si va a dejarlos más tranquilos, yo se los acepto… comprendo su punto de vista; pero, si surge un imprevisto y no pueden, no se preocupen. Afortunadamente, no tengo apremios económicos; no soy millonario, pero gano bien… suficiente para mantenernos los dos. Una sola pregunta: ¿ella sabe lo de este plan? Pregunto porque ahora, voy a ir a saludarla como Dios manda, y no querría meter la pata con algún comentario inoportuno de mi parte.

-Sí, sabe que íbamos a preguntarte si podría quedarse con vos, porque Papá y Mamá van a tratar de llegar a un acuerdo para vivir sin pelearse tanto. Lo que no le hemos mencionado es la posibilidad del divorcio. No queremos hacerla pensar en eso, cuando ni siquiera nosotros sabemos qué va a pasar.

-Ok, es todo lo que quería saber. Ahora, con tu permiso, me voy poner la malla para meterme al agua y, de paso, le doy un beso a Mica.

A medida que me acercaba a mi ahijada, fui viéndola en más detalle: me miraba, pasiva y dulce, con la cabeza apoyada sobre su mano izquierda. ¡Qué chica más bella! No podía compararla con nadie, ni siquiera con la más bonita de mis novias y/o citas informales. Inconscientemente, aceleré el paso y me agaché a su lado para besarle la mejilla, gesto que ella me retribuyó.

-¡Hola, hermosa! -exclamé, sin mérito ni exageración-. ¿Cómo estás?

-Bien, Padri… ¿y vos? Te vi conversando con Papá. ¿Te convenció para que me pudiera quedar en tu casa? -interrogó, con picardía… casi con un dejo de “sana malicia“.

-Sí y no -le respondí, con un tono enigmático, preparado para aclarar sus dudas inmediatamente-… sí, porque es cierto que estuvimos hablando de eso; pero no, porque no tuvo que convencerme de nada: acepté enseguida. Pero eso sí, preciosa: vas a tener que portarte muy bien conmigo -advertí, medio en broma, medio en serio.

-Sí, ya sé… supongo que mi papá te habrá dado instrucciones muy precisas sobre eso, ¿no? -especuló, pero, en una fracción de segundo, me brindó otra de sus amplias sonrisas, al asegurarme-: no te preocupes, Carlos… no podrás quejarte de mi comportamiento, cuando mis papis regresen. Seré una santa -afirmó, y no pudo contener sus carcajadas.

-Sí, ya veo -dije, levantándome para ir rumbo al vestuario; en eso, Micaela metió la mano en el agua y me salpicó, juguetona-. En cuanto a esto último, ya arreglaremos cuentas cuando vuelva, ¿eh?

Casi al entrar en el pequeño vestuario, destinado a los caballeros, me topé cara a cara con Patricia, quien salía del “cubículo�? equivocado, con una bikini colorada, bastante más discreta de las que ya le conocía: era una auténtica belleza, pero, de algún modo, su hija me había impresionado más. Lo adjudiqué al hecho de que era la primera vez que veía a mi ahijada hecha una señorita… bueno, casi una señorita.

Menos de cinco minutos después, ya estaba al lado de Mica, otra vez, como si fuera el único lugar en el que pudiera ubicarme. Iba a recostarme boca abajo, enfrentado cabeza con cabeza con ella, cuando, en su tono más dulce y mezclando diferentes expresiones de nuestro idioma, acostumbrada a ello por las distintas procedencias de sus amistades hispano parlantes en Miami, me pidió:

-Oye, Padri: ¿me puedes pasar protector solar por la espalda, porfa?

Por toda respuesta, me acerqué más aún a ella, encontrando el envase del producto que buscaba, al lado de su cadera. Lo destapé y puse un poco en la palma de mi mano. Dejé el pomo a un lado y me dispuse a untarlo sobre su aterciopelada piel púber, pero ella misma me detuvo con un inesperado “Aguarda…“, mientras desataba las tiras de su bikini en el cuello y en la espalda. Luego, con un “Adelante“, me dio luz verde para comenzar mi tarea. El mero hecho de tocarla, bajo esas condiciones -prácticamente desnuda de la cintura para arriba-, me produjo un shock que no dudé en catalogar de eléctrico.

-Estás preparada para hacer “topless“, mi amor. -le comenté, por si notaba un leve temblor en mis manos, que, haciendo su cabello a un lado, subían y bajaban, recorriéndole la columna, hasta el borde de la parte inferior de su traje de baño.

-Sí -respondió, con naturalidad-… y no sería la primera vez; pero no lo haré: mis padres quedarían horrorizados y no quiero que se enojen conmigo, aunque ahora están dentro de la casa. ¡Uy! ¡Qué ricooo! ¿Podrías untarlo por mis costados?

Con la mayor tranquilidad posible, accedí, intentando no rozar sus pechitos, pese a lo cual las yemas de mis dedos tocaron accidentalmente la tierna firmeza de esa parte de su anatomía. Un sudor frío mojaba mi rostro, que, seguramente, estaría totalmente colorado. No obstante la pasividad de Micaela -señal de que no le molestaba-, resolví que no volvería a suceder: estaba mal, de acuerdo con las reglas morales que mis padres y la sociedad toda me habían enseñado. Si ella hubiese sido, por lo menos, de cinco a siete años mayor de lo que era y no hubiera sido mi ahijada, la cosa habría cambiado… pero, ¿por qué? Después de todo, no estaba lastimándola ni haciendo nada en contra de su voluntad: eso estaba claro, porque, de alguna manera, mis manos parecían haber tomado vida propia, desobedeciendo mi férrea decisión de no seguir tocando el costado de sus tetitas. Es más: en varias ocasiones, Mica había ladeado la cabeza, me había mirado de soslayo y sonreído con picardía cómplice, terminando, cada vez, con un suspiro por demás notorio. Entonces, ¿por qué estaba mal? Era obvio que mis masajes le gustaban; y -¿para qué negarlo?- a mí también. Lo “malo“, o embarazoso era que mi pene estaba experimentando una erección, formando el consabido bulto bajo mi malla; pero, reconsiderando las circunstancias, decidí permitir que mis manos, previa una nueva carga de protector solar, continuaran con sus caricias, porque Micaela, por más que quisiera, no podría ver mi entrepierna… o, al menos, eso creí.

De pronto, en un movimiento inesperado, se levantó, dejando la parte superior de la bikini sobre la toalla y sus senitos, en crecimiento, ante mi afortunada vista.

-¡Upsss! -exclamó, mirando sus hermosas “naranjitas“; pero, contrariamente a lo que podría suponerse, no hizo absolutamente nada para cubrírselas-. Perdón, Padri… pero no me molesta que me veas las tetas: como te dije, no es la primera vez que hago “topless“, pero si te pone mal… aunque, ¡guauuuu!, por lo que veo ahí abajo, no te pone mal, ¿no Padrino? -agregó, dándole una mirada a mi pija, dentro de su “carpa“-. ¡Parece que la tenés grande, Carlos!…

La “nena“ quiso seguir hablando, pero tuve que interrumpirla abruptamente.

-Mica, ¡mirá si te ven tus padres! ¡¿Qué van a decirte?! ¡¡¡Cubrite, por lo que más quieras!!! -culminé, gritándole, fruto de mis nervios.

Con una tranquilidad pasmosa, tomó la parte superior de su bikini y comenzó a atarse las tiras de la espalda -a mi criterio, las más urgentes-, mientras yo intentaba ayudarla con las del cuello.

-Quita de ahí -refunfuñó, muy enojada, empujando mis manos con las suyas y, con una habilidad envidiable, terminaba de anudar su breve pedazo de malla allí también-. ¿No sabés que Papá y Mamá están hablando con mis abuelos, adentro? Me lo dijo Mami, cuando vos te estabas cambiando.

Otra vez, bajó la mirada hacia mi entrepierna.

-¿No ves? ¡Se te “desinfló“! ¡Tan linda que estaba! -exclamó, relamiéndose como toda una verdadera puta.

Al ver cómo venía la mano, algo dentro de mí cambió: jamás había sentido algo parecido, pero mi actitud hacia mi ahijada tomó un rumbo tan inesperado que, en un principio, no pude reconocerme.

-¿En serio que van a tardar? ¿Cuánto tiempo? -pregunté, cambiando radicalmente mi tono de voz a uno sensual que, por supuesto, jamás había usado con ella, mientras rodeaba su cuello con mis dos manos, dándole un beso en la boca… algo más que un simple pico y desatando las cuerdas que sostenían su pequeño corpiño amarillo-… porque, si van a tardar mucho, tenemos tiempo para divertirnos con algunas “travesuras“ que, seguramente, serán el comienzo de varios secretos mutuos, ¿no es cierto?

Terminé de decir esto y dejé sus muy apetecibles tetitas en libertad, acariciándolas ya con todo descaro. No bien le toqué los pezones con mis dos pulgares, se irguieron, poniéndose extremadamente duros.

-No te preocupes -me dijo, no tan audaz como antes, al ver que yo también podía reaccionar con toda mi sexualidad a flor de piel-: de aquí, alcanzo a ver la puerta de entrada y, además, vos cubrís mi cuerpo con el tuyo, en esta posición.

Ambas cosas eran ciertas y, a esta altura de los acontecimientos, conviene aclarar que la puerta a la que Micaela había hecho referencia estaba a no menos de cien metros de nosotros, de modo que, no sólo Mica tendría tiempo de avisarme para poder arreglarnos y/o acomodarnos con bastante tranquilidad, sino que también la vista que tendrían mis compadres de nosotros dos sería bastante vaga, como para acusarnos -o acusarme, por ser el adulto del dúo- de nada.

Con todo esto en mente, acerqué mi boca a aquellos senitos que, sin pérdida de tiempo, comencé a chupar, arrancándole a mi ahijada los más dulces gemidos que había escuchado de mujer alguna. Lo cierto es que era mi primera vez con una chica de tan corta edad; nunca pensé que, a sus trece años, pudiera recibir y dar tanto placer. Sí: dije “dar“ también, porque, además de los gemiditos, luego, abrió la bragueta de mi traje de baño tipo pantalón corto, hurgó hasta hallar mi crecido instrumento que, inmediatamente y sin dudar qué hacer, comenzó a masturbar… ¡qué bien que lo hacía! No dudé en suponer, con un alto grado de certeza, que esto lo había aprendido con el “grupito“ del que me había hablado Roberto.

Comenzó lentamente, exponiendo cada vez más de mi glande que, cada tanto, lamía. Luego, al metérselo en la boca, siguió con sus caricias linguales, rodeando esa parte tan sensible de mi anatomía… me arrancó varios suspiros, antes de introducirse toda mi verga en su boquita. Sin duda, esta “nena“ era toda una experta: obviamente, no se asustó cuando puse una de mis manos sobre su nuca para mantenerla ahí. En ese momento, lo único que deseaba era acabar en su boca y que se tragara todo mi semen. ¡Era una sensación increíble! Le dije una gran cantidad de obscenidades (al estilo “putita mía“, “quiero cogerte entera“, “comete la pija de tu padri“, etc.) que la calentaban más y hacían que acelerase el ritmo de su cabeza, subiendo y bajando por mi poronga, a punto de estallar. Dos segundos antes, lancé un “¡Ahí voy!“ y le llené la boca con abundante líquido viscoso que ella fue tragando con velocidad profesional.

Tomé su rostro entre mis manos, aún temblorosas, y la besé tierna y apasionadamente, con lengua, cosa a la que ella estaba acostumbrada. Obvio que no me extrañó, así como tampoco me pareció raro que ella también jugara con su lengua en mi boca, dándome mi propio “jugo“ para saborear. Me faltaba degustar los suyos, pero, con los planes que sus mismos padres habían proyectado en cuanto a que Micaela viviera conmigo, ya los probaría y bebería en cantidad suficiente para saciar la sed de todo mi país, si ello fuera posible y ella estuviese de acuerdo.

-Ay, Papi… ¡te amo! -dijo, para añadir enseguida-: Espero que no te importe que te llame “Papi“ cuando estemos a solas y hagamos estas cositas tan ricassss… me da mucho morbo llamarte así. Pero ahora, debemos arreglarnos, antes de que vengan mis verdaderos papis.

-De acuerdo, mi chiquita: arreglémonos la ropa y démonos un chapuzón, que hace mucho calor. -le dije guiñándole un ojo y subiéndome la bragueta, mientras ella volvía a atarse las tiras en el cuello… esta vez, mucho más satisfecha.
Continuará

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