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Una mamá para cuatro / Capí­tulo 3

Mi polla quedó colgando humedecida de saliva de mi pareja y leche de ambos. Y por pocos segundos pudimos descansar pues la cogieron en volandas, y la apartaron un poco más de mí, en medio de suplicas de ella diciendo “que ya estaba bien”. Pero de nada sirvió. Uno de los dos que aun no la habían fornicado, le dijo “que aun quedaba lo mejor”. Tanto mi mujer como yo comprendimos el mensaje.

Querían su ano, el estrecho y casi virgen ano de mi esposa.

Mi mujer, en un nuevo intento desesperado, intentó razonar con ellos. El dramatismo de la conversación que ella inició con ellos, mientras estos últimos se iban preparando las pollas delante de ella, me producía tanto morbo como escalofríos.

— Por favor — Decía ella entre sollozos, dándose cuenta de lo que iba a sucederle — tened un poco consideración. Pensad en mi hija. Ella me necesita ahora más que nunca.

— Y nosotros — Exclamó el que se iba acercando más a ella con la polla bien dura.

— Puedo haceros otra cosa, puedo masturbaros con los pechos, como le he hecho a mi marido. ¿No os ha gustado?.

— ¡Sí!. ya lo creemos, pero tu culito es tu culito y por lo que hemos podido ver… vaya culito…

Otro de ellos, se acercó a mi esposa y llevando en su mano una petaca. Se la ofreció a mi esposa, la cual estaba a cuatro patas obligada por los demás.
— Está vacía. — Le dijo poniendo la petaca delante de su rostro – Llenamela.

Mi esposa comprendió y los que la estaban sujetando no pusieron muy buena cara ante la novedad que había añadido el que, por lo que puede intuir, era el líder de la banda: El pelirrojo.

Mi esposa, lo miró con el rostro arrasado en lágrimas y se incorporó a medida que la iban dejando un poco libre. Se sentó en unas cajas de madera y cogió la petaca que le ofrecía el hombre.

Dirigió por unos instantes su mirada a mí y su rostro era todo humillación y sumisión. Despeinada, llena de marcas en todo su cuerpo y arañazos. Luego observó sus senos con atención y destapó la petaca y comenzó a manipularse ambos pechos como comprobando cual de los dos estaba más lleno. Y al cabo de unos segundos de ese manoseo de comprobación, miró de nuevo al pelirrojo el cual dijo “Llénamela por que quiero tener un recuerdo que saborear dentro de un rato”. Mi esposa asintió con claro gesto de atormentada y colocó el pezón rosado de aureola y empapada de leche, en el interior del cuello de la petaca. Encajaba perfectamente y no se iba a desperdiciar ni una gota de lo que allí saliera. Acto seguido, mi mujer, comenzó a ordeñarse el pecho y la petaca comenzó a llenarse ante la sonrisa de los presentes. Los cuales, sobre todo los que no la habían catado aun, estaban casi incontrolados, pajeándose brutalmente ante aquella escena de auto ordeño de una lactante y sobre todo hembra sometida. Habían momentos en que mi esposa no podía disimular su rostro de dolor, incluso quejido.

— ¿Qué pasa?. —Preguntó inquieto el pelirrojo ante esas reacciones de mi pareja.

Ella movió la cabeza negativamente

— Más vale que me lo digas, zorra.

— Es… Es solo que a penas me queda leche y… — Sus ojos se estrellaron en actitud de clemencia ante el observador, añadiendo – Me duelen.
— Usa la otra teta, puta pero lléname la petaca o te sacaran los intestinos por la boca cuando te enculen. Mi esposa, no se alteró más de lo que ya estaba. Sabía que su culo no se iba a librar de la violación. Por otro lado, siendo cuatro violadores, lo lógico era que la penetraran también analmente. Lo había leído en informes sobre violaciones que, por su profesión, había tenido que examinar. Ella estaba siendo violada, por tanto, nada iba a ser diferente, excepto en que a demás de que esclavizaran su cuerpo, estaba alimentando a cuatro hombres.

Se sacó el pecho del cuello de la petaca e introdujo el pezón del otro pecho en el interior, en un intento desesperado de exprimirse hasta la ultima gota para llenar la maldita petaca. Así estuvimos unos minutos, viendo los intermitentes exprimidas que con la mano hacía mi esposa sobre su pecho para ir llenando a chorritos la petaca. Al final, sacándose el pezón, salió un poco de leche del cuello de la petaca en señal de que había sido llenada hasta los topes. El pelirrojo, cogió la petaca y dio un trago, dándole la espalda a mi esposa.

— Buena y obediente ama de cría… — Exclamó susurrantemente — El culo es vuestro.

Aquella frase hizo que el resto de violadores se lanzaran como hienas sobre su presa, es decir, mi esposa la cual desapareció entre cuerpos y penes, chillando con desespero. Sin embargo, el pelirrojo, aun quería algo más. Por ello, concluyó.

— ¡Así no!. ¡Parad!. La quiero de cara a su marido a cuatro patas como una perra y ella no hará nada.

— ¡Que te crees tú eso!. le increpó uno. Mi polla mide casi 30 cm. y pocos culos lo han aguantado sino las he inmovilizado antes. ¿Es que no te acuerdas de aquella vez a la salida del instituto con aquella adolescente?.

El pelirrojo, miró al que le había increpado y le respondió:

— Esta puta no hará nada. Se dejará hacer porque querrá ver de nuevo a su hija del alma… ¿no? — Y con la pregunta miró a mi esposa, la cual, volvió a cerrar los ojos y a llorar en silencio.

La cogieron de nuevo y la situaron de cara a mí pero a distancia de uno dos pasos. La pusieron a cuatro patas y ella permaneció inmóvil mientras el primero en culearla se iba posicionando detrás de ella. Mi esposa, volvió a mirarme intentando mostrar unos inexistentes restos de serenidad. Pero aquella mirada sumisa no era de serenidad, sino de deseo de que acabaran de una vez y pudiéramos volver a casa.

El primero en culearla, la cogió de las caderas y la pegó por unos instantes a su bajo vientre. Eran los movimientos previos a la colocación para la enculada. Acto seguido, se escupió ambas manos y se las frotó unos segundos. Miré de nuevo a mi esposa, la cual, emitiendo un patético intento de sonrisa con el rostro desencajado, me susurró:

— Te quiero.

En aquél justo instante, fue taladrada de un violentísmo y continuada empujón que hizo emitir a mi esposa el más escalofriante grito que un ser humano puede dar. Aquello tenía que haber sido como si la reventaran literalmente. Grito que contrastó con el largo gemido de placer del agresor.

Casi no logró mantener el equilibrio pero la sujetó por la caderas y comenzó el brutal vaivén follador.

Mi esposa era agitada continuamente hacia delante y hacia atrás, de acuerdo con los impactos de polla en su ano destrozado. Uno de los que observaba detrás de ella, comenzó a exclamar.

— ¡La ha reventado, la ha reventado. ¡Sangra como una perra!

— ¡Dale duro, dale.! —- Gritaba otro.

Y los “Dale” fueron el grito de guerra de aquellos interminables minutos.

— Joder… Lo tiene tan cerrado — Exclamaba entre jadeos y con voz entre cortada el que la estaba probando por el culo — que hasta parece que me corta la circulación de la polla.

Las carcajadas se hicieron protagonistas a partir de aquél momento.

Al cabo de unos segundos, el primero que la había estado culeando, se corrió como si fuera un tocino y cuando salió y se puso en pie, la polla apareció llena de sangre.

— Me la ha dejado perdida — Dijo mirándosela y mirando a mi esposa, la cual se mantenía a cuatro patas por puro milagro — pero ha valido la pena.
El que quedaba, ocupó el lugar del primero y la empaló de nuevo pero dándole aun con más fuerza. Mi esposa me miraba cuando podía hacerlo, controlando el no perder el equilibrio y la consciencia, algo realmente difícil a tenor de lo que estaba aguantando. El que la estaba enculando, llevó sus manos a los pechos de mi mujer y los usó de agarraderas, hasta el punto que tirando de ellos hacia arriba, la hizo reincorporarse un poco sobre sus rodillas y vi como recibía la polla por el culo y su torso danzaba hacia arriba de acuerdo con el ritmo de las embestidas. Sus pechos estaban siendo magreados a consciencia y ella intentaba aguantarlo todo. El que la culeaba comenzó a morderle el cuello desde atrás mientras le hincaba duro y el pelirrojo, quiso rematar lo que casi ya no podía imaginarse. Le pidió a mi esposa que comenzara a decirme cochinadas porque quería ver mi polla de nuevo dura y echando la leche por segunda vez.

Mi esposa, me conocía bien y atacó directamente mi fibra sensible. Estaba decidida a terminar con esta pesadilla y no le importaba ya el precio.

— Mira, — Decía ella entre gritos de dolor — me están dando. Mira como me dan, Me están dando duro. ah!. ah!. Siempre te habías imaginado algo así. Me lo dijiste muchas veces pues ahora me están jodiendo por la fuerza y yo no puedo hacer nada.

¡¡¡Mira, mira, ah, aaaahh!!!. Mira como me botan las tetas. Mi cuerpo esta siendo poseído por otros mira… ¡Dejadme cabrones!, ¡No, no!, ah, ah, ah, ah, aaaaaahhh!!!

Ni siquiera me toqué pero mi pene comenzó a escupir leche y el del ultimo violador también y dejándose caer sobre mi esposa, la aplastó literalmente contra el suelo con el peso de su propio cuerpo. Después, solo sentí un fuerte impacto en la cabeza y perdí el conocimiento. Cuando desperté. Me encontré a mi esposa, vestida con los restos de la ropa. Estaba recostado sobre su torso y me secaba una herida en la frente. Parecía más serena.

— Ya ha pasado todo, cariño…

— Me dijo — Ya pasó. Ya han terminado…ahmetito@latinmail.com

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