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La leche de Carla

Hola. No fue fácil decidirme a relatar esta reciente experiencia, contándola con todos sus detalles, ya que siempre he sido reservado en materia sexual.

Pero me animé pensando que me haría bien compartirla, aunque sea por este medio.

Soy un hombre de 40 años, casado, sin hijos. Llevo una vida tranquila, trabajo en una oficina desde hace 12 años y el resto del tiempo lo disfruto con mi esposa. Mis compañeras de trabajo jamás despertaron en mí ninguna fantasía erótica, hasta la aparición de Carla, contratada hace un mes y medio para trabajar en el sector de control de calidad.

Al principio ella no despertó en mí ninguna emoción, aunque es una mujer de atractivo físico, cabello rubio y ojos verdes de profunda mirada. Nos cruzábamos en los pasillos de la oficina, y trataba de verla como a una compañera más, con quien apenas intercambiaba saludos de cortesía.

Un mediodía, en el comedor de la empresa, ella se sentó frente a mí, pues ese lugar era el único que había quedado libre. Nos saludamos y de esa forma comenzamos a charlar, y a través de la conversación comencé a pensar que era una mujer simpática y muy interesante.

Los días sucesivos continuamos almorzando juntos, y el primero en llegar le guardaba un lugarcito al otro. Esto despertó la suspicacia de mis compañeros, cuyos comentarios de doble sentido acerca de mi relación con, “la nueva” eran cada vez más disparatados. Todo lo cual, por supuesto, negaba enfáticamente, ya que en realidad nada había sucedido hasta ahí.Para desviar la atención, decidimos, Carla y yo, no continuar almorzando juntos. Pero como queríamos seguir conociéndonos, comenzamos a utilizar el correo interno de la empresa para enviarnos mensajes, cada vez más indiscretos acerca de nuestras intimidades.

Así me enteré de que Carla, una mujer de 34 años, había tenido dos meses antes a su primer hijo, y que estaba amamantándolo. Me contaba que dos o tres veces al día iba al baño de mujeres y se extraía la leche para su hijo, lo cual también le aliviaba la molestia en los pechos sobrecargados. En verdad, yo había notado que sus pechos eran sumamente grandes, pero jamás lo había asociado con la maternidad.

En uno de sus mensajes me comentó que debido al exceso de trabajo, no había podido ese día extraerse leche como acostumbraba hacerlo, y mi respuesta (que pretendió ser graciosa) fue un lacónico “¿te puedo ayudar en algo?”.

Inmediatamente me arrepentí, y supuse que ella se había enojado, porque pasaron como dos horas sin que recibiera ninguna respuesta. Estaba ya pensando que debería disculparme de la manera más convincente, cuando en mi terminal apareció un mensaje de Carla que decía: “¿en serio te gustaría hacerlo?”.

Eso me tranquilizó, y le confirmé que me gustaría mucho aliviar sus pechos, y de paso conocer el sabor que tenía la leche de una madre, porque mi señora nunca había amamantado y de mis tiempos de bebé, claro, no recordaba nada.

Carla pensaba que eso era una asquerosidad, ya que su marido no soportaba ni siquiera mancharse los labios con su leche, cuando hacían el amor. A esa altura, yo quería convencerla, y para eso le envié el cuento “Idilio”, de Guy de Maupassant, donde se plantea una situación muy parecida. Y le expliqué que yo también, como el protagonista de esa historia, tenía sed, una sed que sólo podría calmar ella, dejándome beber de sus fecundos pechos.

Ella lo pensó un par de días, y finalmente recibí la respuesta: “Está bien, te dejaré beber mi leche, como lo hace mi hijo, pero nada más.”

No lo podía creer. De inmediato nos pusimos de acuerdo, y decidimos esperar a que ella tuviera dos horas libres a la salida del trabajo, para ir a un hotel sin que su ausencia despertara las sospechas de su marido.

Nos encontramos y fuimos al hotel, donde alquilé un cuarto muy bonito. Los dos estábamos muy nerviosos, demasiado tal vez, pero sabíamos lo que íbamos a hacer allí. Yo pensaba que me gustaría cogérmela, penetrarla incluso por la cola (muy linda, por cierto), pero mi principal interés era beber su leche de madre, por lo cual se había iniciado aquella historia. Además, ella parecía muy firme en su deseo de que nuestra relación se limitara al amamantamiento.

La ayudé a quitarse la camisa, lentamente, y noté que temblaba mientras lo hacía. Llevaba un corpiño azul, con encajes, muy erótico, demasiado para una madre. Yo me quité la camisa, y luego desprendí su corpiño.

Dios, sus pechos eran más hermosos de lo que había imaginado. Muy grandes, con pezones grandes también, dispuestos para mí.

Me quité el pantalón, y después hice lo propio con su falda, “para que no se arrugue”. Y nos metimos bajo las sábanas sin quitarnos la única prenda que nos quedaba, porque en ningún se había hablado de penetración.

La abracé, besé su mejilla, y bajé lentamente a sus pechos.

—Bueno —me dijo—, ahí los tienes, son tuyos. Espero que mi leche te guste tanto como a mi hijo. Hoy no me saqué en el trabajo, así que hay bastante para calmar tu sed.

Yo pensaba que iba a probar unas gotas de su leche, sentir su gusto, y esparcirla con mi lengua sobre sus tetas. Jamás imaginé que su sabor dulzón iba a ser tan rico, y que en verdad consumiría aquel néctar con una mezcla de excitación y sed.

Chupé de una teta tanto como pude, y en verdad era abundante su producción láctea. Sentía que su leche me inundaba la boca, pasaba por mi garganta, me llegaba al estómago, entibiándolo. Su pecho estaba muy manchado a esa altura, mientras yo, en la penumbra, no dejaba de mamarla, succionando con un firme movimiento de los labios, que cada vez hacía brotar mayor cantidad de líquido.

Después pasé al otro pecho, que parecía tener más abundancia que el anterior. Cuando lo hice oí que Carla jadeaba, y pude ver que tenía los ojos entrecerrados. Deslicé mi mano hacia sus piernas, y ella no se resistió.

Introduje un dedo en su bombacha, y al rozar la entrada de su vagina la sentí muy mojada, como si también por ahí le brotara leche de madre.

Un rato más ella continuó alimentándome, amamantándome como a su pequeño bebé, y entonces su pecho, su abdomen, la cama misma, estaban empapados con lo que yo no había podido consumir.

En ese momento quise quitarle la bombacha, cogérmela, pero con suavidad me tomó la mano y lo evitó.

—No, eso no era lo que habíamos convenido. Tú sólo querías mi leche, y te la di.

—Si, pero me excité mamando tus pechos, y quiero cogerte, Carla. Además, tu concha está muy lubricada, así que también tú deseas que te penetre enseguida.

—Si, lo deseo, pero no lo haremos. No voy a dejar que me cojas o me culees, pero cuando quieras mi leche, sólo tendrás que pedirla, y te la daré.

La llevé al baño, la lavé yo mismo con agua tibia y jabón, limpiando el enchastre que había hecho sobre su cuerpo con su abundante leche.

Eso fue hace un mes. Y todavía no pude hacerle el amor, aunque ya fuimos dos veces más al hotel, y ella me satisface con la cantidad de leche que yo quiera beber de su cuerpo.

Confieso que he llegado a hacerme adicto a este líquido, y en verdad les digo a los hombres que han sido padres recientemente que no se lo pierdan, es formidable.

Bueno, así está la cosa. No me la puedo coger. Y aunque me encanta mamarla hasta que queda agotada (y yo muy satisfecho), mis deseos por cogerla van en aumento, y siempre espero que eso suceda en nuestra próxima sesión de mamada.Ella tiene una cuenta de mail privada, así­ que si el relato les gustó (ojo, es real), y me quieren ayudar a convencerla, o no, acá está la dirección: carlabesoro@hotmail.com

Juanjo

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Un comentario en “La leche de Carla

  1. No existe esa cuenta de correo le acabo de manda un e-mail y me dice que no existe esa cuenta

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