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La leche de Carla / Parte 2

Hace más o menos seis meses escribí, casi distraídamente, el primer relato donde hablaba de mi aventura con Carla, y jamás imaginé el impacto que eso iba a tener en mi vida y en la de ella… Más en la de ella.

Su reacción al leerlo fue de furia, se sintió traicionada, y cuando comenzaron a llegar a su casilla de mail mensaje de los lectores de sexycuentos se sintió invadida en su intimidad, primero…, pero excitada después.

Tras dos semanas sin hablarme me dijo, mirándome a los ojos, en un café discreto de Buenos Aires, que en castigo por lo que había hecho… podría disponer de ella para lo que quisiera, incluso hacerla coger por quien se me antojara, pero jamás penetrarla ni vaginal ni analmente.

Me pareció un chiste de mal gusto, de una mujer casada y con hijos que sólo había conocido en sus 34 años un pene: el de su esposo. Así que no respondí, pero la idea, y su expresión al decirla, me quedaron dando vueltas en la cabeza los días que siguieron y me mantuvieron en un estado de excitación que me impidieron concentrarme en el trabajo, en otras actividades, en nada.

Temblándome la voz, llamé por teléfono a Susana, una amante de otros tiempos, y le conté lo que me pasaba. En esos días tuve varias conversaciones con Susana, y en las charlas se fue perfilando una variante sexual que poco a poco nos fue pareciendo más probable y ciertamente nos calentaba la sangre hasta la ebullición. Me contó que su novio actual era un hombre simple, feo y desalineado, incluso sucio, pero brutal en la cama y dueño de un poderoso miembro de tamaño casi monstruoso. Una tarde me citó en su casa una hora después de que su amante la había cogido hasta cansarse, se desnudó y me mostró el estado lastimoso en que habían quedado sus orificios.

–Si estás dispuesto a que Carla se someta a estas mismas vejaciones, hablo con Carlos y lo planeamos como corresponde.

Le pedí que se vistiera y le prometí pensarlo. En realidad ya lo tenía decidido, aunque a partir de ese instante comencé a sentir un poco de temor por mi compañera de trabajo, quien ciertamente no parecía estar físicamente tan preparada como Susana para recibir un miembro masculino (o animal) de semejante poder.

Como sea, la calentura era incontrolable. Pensaba que en última instancia, lo que debía hacer era darle a Carla todos los detalles de la propuesta y dejar que decidiera si quería hacerlo o no. Después de todo, los agujeros eran de ella y sabría si quería someterlos a esa prueba rigurosa o abstenerse.

Frente a mí, mirándome a los ojos con inquietud, escuchó los detalles de lo que deseaba hacer con ella y finalmente, con el rostro enrojecido y la voz temblorosa por el temor y el deseo, sólo dijo “si”.

–Pero me vas a cuidar –agregó-, y como ya sabes, no vas a intentar penetrarme en lugar de esa bestia que me tenés reservada.

–Cuidarte –repuse- no va a ser fácil en este caso, porque Susana me comentó que su amante tiene el control absoluto en la cama, y no acepta sugerencias o estupideces. Sólo sabría que te va a coger, que Susana y yo vamos a mirar, y nada más. Una vez con él, estarías librada a tu suerte, y la idea es que lo obedezcas en todo para no despertar su carácter irritable.

Dudó un momento, y pidió entonces otro día para pensarlo. Le di el teléfono de Susana, y la tarde siguiente Carla la llamó para decirle que arreglara todo, que hablara con Carlos y le dijera que fuese misericordioso y tratara de no lastimarle la vagina ni le descociera el culo, porque no era esa su idea de un sexo placentero. Susana le contó que durante una semana Carlos la iba a coger todos los días, que ella la ayudaría con vaselina y cremas, y que recién al quinto día iba a sentir verdadero placer, más que dolor.

Todo quedó arreglado para el martes siguiente a las 5 y media de la tarde, en la casa de Susana, y Carla me envió un mail con esta frase lacónica e inquietante: “quiero que mires todo muy bien, y lo relates para Internet”. Carlos, por su parte, no tuvo ningún inconveniente en acceder al pedido, pero ordenó que cuando él llegara Carla ya estuviera desnuda en la cama con la concha y el culo convenientemente untados con vaselina, dejando en claro que yo sólo podría mirar, y que si se enteraba de que antes de su llegada, o después de que se fuera, yo tocaba a Carla sin su autorización, sencillamente me iba a cagar a trompadas.

No había dudas, entonces, de que los agujeros de Carla eran para él algo de su absoluta propiedad, y que iba a desflorarlos como mejor le pareciera.

Ese martes salimos de la oficina por separado, y fuimos en taxis diferentes hasta el lugar de la cita. Susana nos hizo pasar, la saludó con un beso y empezó a disponer todo.
El departamento es un monoambiente grande, con el comedor y la cama separados por un tabique. La dueña de casa me indicó que me sentara en un sillón, a un costado de la cama, y observara los preparativos. Después comenzó a desnudar a Carla, se desnudó ella misma, y la hizo acostar para seguir las instrucciones de su amante.

Tomó una botella de vaselina y comenzó a trabajar.

–Abrí las piernas, Carla.

Le pasó vaselina en abundancia por la vagina, separando los labios externos. Después introdujo dos dedos en ese conducto, y Carla emitió un “ay” de dolor o de placer.

–Es una conchita muy pequeña. Carlos va a tener que trabajar mucho para dejarla como corresponde. Y te sugiero que no te quejes, si querés tenerlo tranquilo.

Tomó un pote de crema y la puso sobre la vaselina, incluso dentro de la concha. Carla, en una agradable penumbra, lucía sus mejores colores en la cara y una expresión de terror que me calentaba y me daba ternura a la vez.

Susana la dio vuelta y le separó las nalgas. Vertió vaselina y se la pasó por los esfínteres. Puso crema, mucha, y luego sacó de debajo de la almohada un consolador exorbitante.

–Eso no –dijo Carla, al verlo.

–Te conviene empezar con esto, hasta que llegue Carlos.

–No, prefiero que lo haga Carlos. No deseo nada de plástico del tamaño de su pija.

Susana sonrió y comentó:

–Como quieras, pero te aseguro que este pene artificial no es para nada del tamaño de su pija.

En ese momento sonó el timbre y fui a abrir, temblando. En el marco se recortó la figura de un hombre de unos 30 años, de tez obscura, bajo y musculoso, que me saludó con seriedad, me apartó y entró en el recinto. Cerré detrás de él y lo seguí. Fue hasta la cama, miró el cuadro, se quitó la ropa con lentitud y con un gesto llamó a Susana, mientras Carla ponía cara de terror al ver el tamaño de la pija que cayó cuando se sacó el calzoncillo.

A un gesto suyo me senté en el sillón, mientras Susana le empezó a chupar la pija y a untarlo con mucha vaselina y mucha crema. Su miembro se fue inflamando como a presión, hasta que adquirió un volumen, en largo y en ancho, que jamás hubiese imaginado en un ser humano. Carla se levantó y fue hacia sus ropas, para vestirse e irse.
Él la tomó de un brazo y la arrojó a la cama con violencia, mientras Susana trataba de calmarlo diciéndole que comprendiera, que era la primera vez.

Carla quedó boca abajo en la cama, sin saber qué hacer. Carlos la tomó por la cintura, arrodillado en la cama, la elevó como si fuera una pluma hasta dejarla a la altura de su pija, tanteó la concha para ver si estaba preparada como había ordenado, puso la cabeza en la entrada y sólo empujó con fuerza. Carla gritó, yo me asusté y quise acercarme a ayudarla, pero un fiero gesto de él me contuvo e hizo que volviera al sillón. Siguió empujando y arrastrando esa cosa centímetro a centímetro dentro del cuerpo de Carla, mientras ella no paraba de llorar, putear y pedir por la madre que la había parido.

Susana vertió el contenido de la botella de vaselina en la pija y la pasó por la parte que quedaba fuera de la concha de Carla y por la misma concha, que se estaba abriendo como si fuese a parir. El animal seguía empujando con fuerza, pero evidentemente algo le impedía meterla toda. La escena era del infierno, y Carla lloraba como un bebé mientras el animal le destrozaba la concha y Susana le decía que dejara de quejarse si no quería que Carlos se enfureciera más. Entonces él aulló, la tomó fuertemente del culo y dio un empujón violento, que hizo que la pija finalmente entrara por completo en la vagina que estaba destrozando. Carla pegó un alarido de dolor y balbuceaba que algo se le había roto dentro, y Susana trataba de taparle la boca para que el escándalo no atrajera la atención de los vecinos.

–¡Calláte, por favor, mujer!

–¡¡Es que… algo se me rompiooooooo… dentrooooo…… ¡!

Y seguía llorando. Me acerqué y vi que Carlos sacaba lentamente la pija y volvía a introducirla, varias veces, y que estaba llena de sangre. Él seguía apretando el culo de Carla, y empezó a meterle en el orto uno de sus dedos morcillescos para tocarse su propia pija a través del esfínter mojado con crema.

–¡¡¡Me rompió la concha!!! ¡¡¡Carlos me la rompiste!!!

Y gritaba.

Carlos sacó la pija del agujero, la acomodó en el esfínter y empezó a empujar más despacio, para no lastimarse. Carla abría los ojos y juraba por sus hijos que ese miembro inhumano jamás iba a entrarle en el culo.

Cuando la cabeza entró completamente en el orto dilatado ella gritó de nuevo, lloró más y le pidió perdón a Carlos por haberlo ofendido o lo que sea, pero que no le descosiera el culo.

–¡Carlos… mi amoor……. no me destroces por atrás, te lo implorooooooo ¡

Entonces Carlos la sujetó fuertemente por las nalgas, sacó y puso varias veces la cabeza de su pene en el hermoso agujero anal (no entró más que la cabeza, lo cual es mucho decir) y acabó adentro con una expresión feroz de placer, mientras Carla nos describía en un nuevo acceso de llanto lo que la quemaba por dentro.

–¡Ay, mamita… Susssssansssa, me está matando! ¡Juanjooooo, pedile piedad…¡!!

Carlos sacó la pija del culo con una expresión de satisfacción indescriptible. El aire se llenó de un olor nauseabundo que era la mezcla de los olores de Carla (sus flujos vaginales y anales), la leche abundante de Carlos y la transpiración indeseable que despedía su cuerpo.

Susana comenzó a limpiar la pija de Carlos con una toalla, hasta dejarla más o menos higienizada, mientras se desinflamaba con lentitud. El hombre se puso con parsimonia su ropa, sin lavarse, caminó hasta la puerta y me dijo antes de irse:

–Mañana a la misma hora la quiero acá, ¿entendiste, flaco?

Asentí con la cabeza y cerré la puerta detrás de él.

Volví a la cama, donde Susana estaba tratando de reanimar a Carla, acariciándola y besándole la cara inundada en llanto.

–Vení, Juanjo, mirá –me invitó Susana.

Me acerqué y quedé muy impresionado cuando vi el estado en que había quedado mi compañera, con la vagina y las piernas manchadas de sangre y el culo abierto como un tubo de papel higiénico. Le preparamos un baño de inmersión, y nos quedamos consolándola hasta que dejó de llorar.

Después Susana la secó con suavidad, le puso cremas, cicatrizantes supongo, en la vagina y en el culo, y la ayudó a vestirse y a acicalarse lo mejor posible.

–Mañana tenés que volver, Carla –le dije-… Será a la misma hora… pero si no querés…

–Cuidate y descansá mucho, pero mañana vení, pues sino el esfuerzo de hoy habrá sido en vano -agregó mi amiga-. Y una recomendación más: tomá abundante té de manzanilla para limpiar el conducto anal, porque mañana Carlos lo va a penetrar completamente y si te cagás encima van a ensuciarse los dos…

Carla no contestó. Sólo pidió que le llamáramos un taxi o un remis, lo cual hicimos con prontitud. Después la acomodamos en el asiento trasero y la vimos alejarse por la avenida Asamblea hacia el sur.

Me quedé un rato más con Susana, puteándola por no haber dicho bien lo que tendría que enfrentar mi compañera. Me instó a que me tranquilizara, me aseguró que ella iba a estar bien, y que los veinte minutos en que Carlos la había lastimado serían una marca de fuego para ella. Después me recomendó encarecidamente que respetara las órdenes de Carlos, es decir que no intentara cogerla mientras él estuviese haciéndole el “tratamiento”.

Me fui de ahí cerca de las 8 y media, caliente y angustiado. No podía llamar a Carla por teléfono porque a esa hora su marido estaba en casa, y Susana no había querido hacer eso por mí.

Dormí mal, me cogí a mi hermosa esposa dos veces esa noche, repasando las escenas que había presenciado unas horas antes. A la mañana siguiente quise volver a cogerla, pero como no aceptó tuve que hacerme una paja descomunal mientras me duchaba, antes de ir a la oficina.

Ese día Carla no fue a trabajar, y me intranquilicé. No sabía qué pensar. Avisó que estaba enferma, y que seguramente al otro día no volvería a faltar.

Le avisé a Susana por teléfono que ese miércoles seguramente no habría cogida a Carla, pues no pensaba que pudiera acudir a la cita de la tarde. Ella repuso que igual estuviera en su casa a las cinco y media, pues intuía que Carla se presentaría a la segunda sesión de su desfloración vaginal y anal con la sumisión que Carlos le estaba insuflando.

Lo cierto era que me angustiaba no poder cogérmela yo, tanto por decisión de ella como por órdenes del animal de Carlos, quien como dije, me tenía amenazado. Estaba tan angustiado que pensé en violar a Carla y cogérmela aunque luego tuviese que matarla, y de pronto reparé en que verdaderamente esa mujer estaba aniquilando neurona a neurona la poca cordura que aún conservaba.

Carla ya no tenía leche en sus pechos, pero evidentemente seguía siendo una mujer sorprendente para mí.Como siempre, si alguien quiere convencer a Carla para que se deje coger por mi, su mail es carlabesoro@hotmail.com. De paso aprovecho para agradecer a los que ya se comunicaron con ella con esta misma intención, pero repudio a un lector que la felicitó por hacerme esto y le sugirió persistir en su estúpida negativa.
Juanjo.

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