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Un tío especial

Desde pequeño siempre me había caído simpático mi tío Franklin por su buen humor. Pero sin duda no estaba enamorado de él.

A decir verdad el sexo era lo último que asociaba con mi tío. No, ni me lo imaginaba siquiera cogiéndose a mi tía marta (hermana mayor de mamá) para procrear a mis primos: Carlos y Verónica. Carlos se había casado el año pasado y pensé que su ausencia había motivado a tío a invitarme a pasar un fin de semana en Caracas. Yo encantado de la vida ya que tenía tiempo que no visitaba la capital. En fin mi tío, quien se encontraba en Maracaibo en viaje de negocios me acompañó en el viaje en Buscama.

Como a medianoche el bus hizo la parada obligatoria en una estación de carretera y yo bajé para ir al baño. Al rato de estar meando, Tío Franklin se apersonó a mi lado para aliviarse.

No intercambiamos palabras y yo ni le presté mucha atención. Pero rato después mientras yo caminaba por la tienda de la estación buscando que me circulara la sangre a las piernas, mi tío se me acercó. Sonriendo me exclamo: “No pude dejar de notar que te cuelga tremenda tranca. Debes mantener felices a las noviecitas.”

Como soy bastante reservado, me chocó un poco su observación, pero en el fondo, a quién no le gusta que le admiren el guevo? En verdad sólo mi más cercano amigo del colegio, Omar, había elogiado mi miembro. Por cierto el total de mis experiencias sexuales habían sido con Omar, con quién me había pajeado numerosas veces y últimamente habíamos llegado a turnarnos frotando el guevo contra el culo del otro. Presuntamente no eramos gay, ya que ambos nos contábamos nuestras conquistas sexuales con las compañeras del colegio; en mi caso, todas mis conquistas eran puro cuento. Invariablemente lo que me hacían las muchachas eran lo que yo quería hacer con él. Pero en el colegio lo peor que se podía ser era maricón, así que cualquier impulso a tratar de tener algo con él era inmediatamente suprimido.

Volviendo a mi tío, su elogio a mi guevo me confundió bastante. Parecía lo que diría un marico, pero mi tío, casado por más tiempo que mi padre y con dos hijos no podía ser gay.

“No tío, la verdad es que no tengo novia. Parece que no tengo mucha suerte levantándome a las chamas.”

“Bencho, no me vas a decir que aun eres virgen!”

“Tío, por favor!”

“Disculpa Bencho pero a tu edad, coño! Con esa tranca puedes conquistar a las mujeres que quieras y hasta algunos machos…”, se cortó todo, como que había hablado de más. Me hice el inocentón.

“Machos?, cómo es eso tío?”

El se río, “No Bencho, yo lo decía exagerando. No me hagas caso.”

“Tío, te lo pregunto porque hay un compañero del salón que creo que está enamorado mío. Y a veces me pregunto si debería.. no sé… alentarlo un poco a ver que pasa.”

A mi tío le llegó de sorpresa ese comentario y yo podía ver que no sabía con que contestarme. Pero se puso serio y me dijo: “Mira, Bencho, lo mejor es que no te enrolles en esa clase de cosas. En este país ser así trae muchos problemas, y no quisiera que pases malos ratos si puedes evitarlo.” Con esa me puso una mano en el hombro y con un apretón me dijo que subiéramos al bus.

De vuelta en el bus, reclinamos nuestras sillas, y no volvimos a hablar. Yo me arrope con la cobija que había traído y el bus siguió viaje en total oscuridad. Cerré los ojos y traté de analizar lo que había dicho mi tío. Sin duda si hubiese sido cualquier compañero de clase el que había admirado mi verga y que hubiese insinuado que hay hombres que gustarían gozar conmigo, yo le hubiese tildado de maricón enseguida. Y sus últimas palabras habían salido de su corazón y no me cabía duda que lo decía por experiencia propia. Que vaina! A pesar de haber formado familia, era evidente que mi tío compartía conmigo una fascinación por los machos. Más diferentes no podíamos ser: yo contaba entonces con 18 años y él ya pasaba de los 40. Yo soy un flaco enclenque y él portaba una panzota que San Nicolás envidiaría. Yo tenía un cabello abundante, y el se peinaba las últimas que le adornaban la calva. Yo de lo mas retraído y serio, Tío Franklin super-sociable y siempre bromeando.

Pero por lo visto ambos eramos gay.

En lo último que me había dicho me dijo que era no meterse a marico si uno lo podía evitar. Admiraba en mi tío que quisiera evitarme malos ratos en la vida, pero honestamente no entendía cómo podía yo evitar sentirme atraído por los hombres.

Ahora me preguntaba: Estaba resignado mi tío a no seguirme seduciendo? Yo ya estaba demasiado cachudo como para echarme para atrás, así que dejé deslizar mi mano sobre el muslo de tío. No hubo respuesta, quizás dormía ya, o sentía remordimiento de tratar de seducir un carajito como yo. Decidí no atormentarlo y aparté mi mano. Sin embargo, pocos segundos después la manota de mi tío se posaba sobre mi muslo. Le respondí frotando mi rodilla contra la suya. El deslizó su mano debajo de mi cobija y me agarró el muslo con más firmeza. Yo abrí más las piernas, apretando la izquierda contra su derecha. Tío no perdió tiempo y me agarró el bojote, donde encontró mi palo enojado y buscando salir de su

confinamiento.

Mi tío empezó a desabrocharme torpemente el cinturón, así que decidí ayudarlo abriéndome el pantalón. Entonces los carnosos de dedos de mi tío se deslizaron bajo el elástico de mi interior y empezaron a acariciarme el guevo con toda delicadeza. Luego empuñó la cabeza de mi miembro y empezó a deslizar el prepucio sobre él. Me estaba pajeando lento y de lo más rico, pero estábamos incómodos y entre tanta tela sabia que mi tío no podía aumentar el ritmo. Así que le toqué la mano para detenerlo. Intercambiamos un rápido y susurrado “Qué pasa?”, “Dame un segundo tío”. El sacó la mano, y yo maniobré por unos minutos bajándome los pantalones e interiores hasta las rodillas, posando mi desnudo culo sobre el asiento del bus. Era muy riesgoso, pero para empezar yo estaba en la ventana y la masa corporal de mi tío bloqueaba cualquier movimiento sospechoso de los ojos de los vecinos. De todos modos, después del trailer erótico que me había mostrado mi tío yo no me iba a perder la función estelar.

Ahora mi tío tenía más espacio para masturbarme como debe ser, y me dio una paja alimentada con toda la experiencia de sus años. Noté en la penumbra de la cabina como se lamía discretamente la palma de la mano para lubricarme la verga y hacer que se deslizara mejor. Me desabrochó la camisa para acariciarme el estomago y el pecho, jugueteando con mis tetillas. No perdió tampoco la oportunidad de explorarme las bolas y llevarse la mano a la nariz disimuladamente para inhalar mi aroma. Se sobaba ocasionalmente por encima del pantalón y sin duda se acomodaba su guevo bien parado que tenia. Pese a que me moría por jugar con su paquete, ninguno de los dos se atrevió a liberar su verga, ya que él estaba más expuesto que yo. Así que me resigné a recibir y no dar placer. Por un momento me imaginé que yo era un cliente y mi tío fuese una puta pagada para darme placer.

En una de esas vimos como se paraba una señora enfrente para ir al baño. Mi tío dejo de masturbarme pero no me soltó la verga. La sujetó como si fuera su posesión mas atesorada mientras nos congelábamos en fingido sueño. Incluso cuando de reojo vimos que la señora estaba pasando a nuestro lado, el desgraciado de mi tío utilizó su pulgar para frotar lenta y deliciosamente la cabeza de mi pene. Era la parte perversa de su sentido de humor darme ese placer inesperado y yo tener recibirlo sin mover un solo músculo. En lo que la señora se devolvió a su asiento, mi tío reanudo la paja con más ritmo, pero yo no aguantaba más. Le agarré el muslo firmemente, y él, reconociendo que yo estaba a punto, aumentó el ritmo.

Yo me puse todo rígido con el cosquilleo inicial del orgasmo, y traté de contener todo ruido cuando empecé a eyacular. Con el primer chorro, mi tío dejó de sobarme el palo, pero me lo mantuvo firmemente empuñado, absorbiendo cada uno de los agonizantes espasmos de mi verga.  Sentí como un chorro de leche cayó sobre mi pecho y empezó a deslizarse sobre mi jadeante estomago. Tío Franklin me acarició la moribunda erección, y luego la exprimió como para sacarle la última gota. Finalmente soltó mi flácido miembro y, para mi gran sorpresa, vi que se llevaba la embadurnada mano a la boca. Se le escapó un chasquido mientras se chupaba los dedos. Luego se metió la mano al pantalón para acomodarse la erección, y se levantó para ir al baño. Sin duda no iba a mear.

Yo aproveché el espacio dejado por mi tío para limpiarme lo mejor que podía y subirme los pantalones. Cuando tío Franklin regresó rato más tarde, nos sonreímos y nos echamos a dormir.

En Caracas tomamos un taxi hasta el apartamento de tío Franklin.  Fue medio extraño verlo acariciar la cabellera de mi primita con la misma mano que había ordeñado mi verga, y besar a mi tía en el cachete con labios que habían probado mi semen. Pero me sacudí rápidamente esos bizarros pensamientos. Mi tía me llevó al antiguo cuarto de mi primo para dejarme descansar un rato. Me tomé un baño pero aproveché para masturbarme ya que tenía la imaginación inundada con imágenes de mi tío y yo teniendo ese episodio sexual.  Cuando me vestí, tío ya se había ido a la oficina. Tía Marta me dio la cola a Sabana Grande y después de un rato agarré un taxi al CCCT. Regresé al apartamento a tiempo para la cena. Conversé un rato con mis tíos y jugué Nintendo con mi primita hasta tarde, cuando tío la mando a la cama. Mi tía se disculpo para irse a dormir y le dijo a mi tío que también era bueno que los dos descansáramos bien después del viaje en autobús… “Esta bien Marta, yo veré que Bencho tenga todo lo que necesita y ya me acuesto yo también.”

Acto seguido mi tío me acompañó al cuarto.

“Entonces, Bencho, disfrutaste el viaje en buscama” me dijo muy sonriente, sobándose la barriga. Yo me reí: “Coño tío, qué quieres que te diga?”, en eso bajo la mirada para verme el bulto: “Dime que te gustó mucho la paja que te di, y que quieres que te de otra”, yo solo respondí sobándome el pantalón. Tío se acerco y me desabrochó los jeans. Yo me agarré de sus hombros para sacudírmelos. Pero al parecer mi tío no tenía en mente pajearme, porque se arrodilló frente a mi y me bajó los interiores de un trancazo. Me agarró la verga con una expresión de anhelo tal, que parece que había ansiado todo el día poder jugar con ella. No perdió tiempo en meterse la verga dentro de la boca y empezar a chupar con desespero. Yo exhalé extasiado con el chupeteo de sus labios y lo agarré por la cabeza. Cerré los ojos por unos momentos. En lo que los abrí, vi que mi tío se había abierto el pantalón y sacudía su madurada verga con un entusiasmo de lo mas jovial.

Oscurecido quizás con los años, el guevo de mi tío no era muy largo, pero se veía bastante más grueso que el mío y, si las sacudidas que le daba mi tío no me engañaban, la cabeza era enorme.

Tío Franklin levantó la vista como para comprobar que me estaba dando placer. Que vaina tan arrecha ver mi guevo penetrando los redondos cachetes de mi tío. Él respiro hondo y empezó a pasarme la lengua alrededor de la cabeza.

Yo gemí del gusto.

Luego, mi tío le dio un descanso a su lengua pero prosiguió masturbándome, al tiempo que frotaba su gordo miembro. Susurraba: “Te gusta, verdad, sobrino? Estas gozando un puyero con tu tío!”. “Quiero probar el tuyo” me oi decir…

Mi tío se se sentó sobre la cama y yo me le arrodillé en frente. Le agarré el guevo: lo tenía calentísimo. Lo pelaba lentamente mientras detallaba la cabezota. Realmente era grande, lo cual compensaba perfectamente su escasa longitud. Se lo besé y lo lamí, pero apenas me lo coloqué en la boca, escuchamos la voz de Tía Marta a lo lejos… “Franklin!”

“Mierda!” susurró mi tío disgustado. “Ya voy, mujer!” gritó.  Me levanté. “Será en otra ocasión sobrino”. Me abrazó y se aferró a mi culo con las dos manos apretándome contra su voluminoso cuerpo. “Coñito si estáis bueno”. Y con esa, se abrochó y salió del cuarto.

Yo, vulgarmente “con los crespos hechos”, me tuve que conformar con otra paja en el baño, eso si; esta vez cuando acabé, me acordé de mi tío en el buscama y aproveché de lamerme el semen de entre los dedos. Con lo que me gusta hoy en día que se corran en mi boca, es cómico pensar que me repugnó inicialmente.

Al día siguiente me despertó la voz de mi tío.

Debían ser las 8 de la mañana. Tío Franklin estaba parado al lado de la cama con una toalla alrededor de su amplia cintura.“Bencho, Bencho!. Vine a ver si querías terminar lo que empezamos anoche”

“Y tía Marta y Vero?”

“Se fueron a la Iglesia y luego acostumbran visitar una amiga de Marta. Ella me dejó encargado de entretenerte” Me dijo, guiñando un ojo.

Yo me saqué la sabana de encima, separe las piernas y me agarré el bojote: “Vente pues”.

Tío Franklin se despojo de la toalla quedando en pelotas. Su flácido miembro encapuchado parecía un champiñón creciendo entre la maleza negra de su vello púbico. Se me acercó, agarró mis shorts por la cintura con ambas manos y de un jalón me los quitó. Mientras yo me sacaba la franela, oí como los resortes del colchón protestaron el abordaje de tío Franklin, quien se acostó encima mío entre mis piernas abiertas, y empezó a besarme en la boca y a restregar su pene contra mi entrepierna. Mi verga empezó a endurecer ante el movimiento erótico. Y el gordo sabía besar. Con su boca me recorrió el cuerpo, bajando por el pecho en lento descenso buscando su manjar favorito: Mi guevo adolescente.

Empezó a chuparme, pero le pedí que me diera a probar su verga, así que nos pusimos en 69. No vacilé un momento en besar esa cabezota, pasarle la lengua por la punta y los lados y luego abrir la bocota al máximo para introducírmela en la boca. Empecé a chupar con fervor aquel guevo grueso mientras sentía como él me comía expertamente. Con algo de esfuerzo pude introducirme el guevo de mi tío en la boca hasta que lo único que podía ver eran dos peludas pelotas. El muy desgraciado empezó a cogerme la boca con la fuerza de sus cien kilos plus. Pensé en devolverle la acción pero fue ahí donde me di cuenta que ya había dejado de mamarme.

“Ay sobrino, que rico mamáis guevo. Tu como que ya has mamado guevo antes…”

“No tío , esta es mi primera vez”.

Con esa, cambiamos de posición y mi tío se acostó de espaldas mientras yo le seguía chupando. Tío empezó a darme direcciones. Donde lamerle, como dedicarle tiempo a sus testículos olorosos a macho maduro. Pero yo siempre volvía a jugar con la fascinante cabezota del guevo. La besaba amorosamente, la recorría completamente con mi lengua y me la metía toda a la boca. Mi tío gemía de gusto y sentí que era ahora yo la puta pagada para darle placer y mi tío era el cliente que solo requería ser complacido. Sin embargo también era cierto que el estaba a mi merced. Si yo quería mi tío no gozaba, y yo tenía el poder de darle placer. Esa ilusión me duró poco porque tío empezó a gemir mas pronunciadamente, me agarró la cabeza entre las manotas y se quedó inmóvil al tiempo que vociferaba y me inundaba la garganta de leche. Mucha de ella se me derramó y le cayó en la panza a mi tío.

“Sobrino, no te creo que sea yo el primero. Mamáis guevo sabroso!”

Yo sólo seguía restregando con la mano el baboso y flácido miembro. Él comentó: “Me imagino entonces que tampoco has culeado. Quieres ver lo que se siente tu guevo metido en un culote caliente?”, “Si tío , vamos a culear”

Tío Franklin se levantó y empezó a salir del cuarto. “Pa’ donde vas?”

“A buscar la vaselina mi’jo! Si me claváis ese monstruo así como así, me podéis a partir en dos.”

En nada mi tío regreso con el tarro de vaselina, con la que me embadurnó la verga. “Quien me manda a abrir la geta!, tamaña verga que me vais a meter. Mucho más grande que el vibrador de Marta!” Nos reímos y él se acostó boca abajo en la cama. Yo lo monté y atravesé mi verga entre sus nalgas cual salchicha en el pan. Empecé a deslizar mi engrasado miembro entre las masivas paredes de carne sin penetrarlo. Poco a poco sus nalgas se fueron lubricando y el acolchonado culo me producía un placer indescriptible. Pude haberme contentado fácilmente con acabarle así a mi tío, pero el no estaba conforme:

“Esta sabroso eso Bencho, pero ahora métemelo por el ojo del culo”.

Me detuve y el con sus manos separó los cachetes. Yo metí los dedos en la vaselina se los restregué en el peludo ojo del culo. Acto seguido me posicioné para colocar la cabeza del guevo en la entrada y empuje para dentro de un sólo trancazo. Tío gruñó ante la invasión repentina y total. “Estas bien tío?”

“Si vale… hmfff.. sigue”.

Con el guevo metido en ese culote caliente y sabroso, no me quedó mas que empezar a bombear. Antes de ese momento, mi tío había sido un ejemplo de comportamiento masculino, pero en cuanto empecé a deslizar mi verga entre sus nalgas perforando su ser con mi hombría, mi tío se partió completico. Nuevamente se voltearon los papeles y tío empezó a suplicar como una puta barata: “Ay que rico, Beni, dale así, que rico culeas papi…”. Yo decidí seguirle el juego:

“Te gusta tío? Te gusta que te den por el culo?”

“Ay si, métemelo duro Beni, que verga tan sabrosa!” respondió él a la vez que meneaba su culo y lo empujaba para atrás tratando de clavarse aun mas mi enrabiada verga.

Siendo mi primer pedazo de culo, no tardé mucho en sentir que el climax estaba cercano. Apuré el ritmo y empecé a jadear. Con un último empujón le inyecté sendas dosis de leche en lo profundo de su culo. Colapsé encima de él agotado. Lo abracé un rato mientras mi pene perdía fuerza dentro de sus chorreadas entrañas. Lo desmonté y me acosté a su lado.

Nos besamos un rato y luego nos metimos los dos a la ducha. Ahí, enjabonándonos el uno al otro, empezamos a hablar sobre las intimidades que hasta entonces no habíamos podido compartir con nadie. Seguimos hablando hasta el mediodía cuando regresaron mi tía y sobrina. Aunque parezca mentira el intercambio de palabras con mi tío resultó tan relajante como los orgasmos que nos habíamos proporcionado. Desafortunadamente no encontramos otra oportunidad para hacer el amor de nuevo ese fin de semana, aunque una semana mas tarde, de vuelta en Maracaibo, mi Tío me invitó a subir al cuarto del hotel donde se quedaba en otro supuesto viaje de negocios. Pudimos hacer el amor a nuestras anchas.

Dudo mucho que olvide la iniciación que me dio mi tío en los placeres del amor entre machos. Por cierto, en ese cuarto de hotel fue mi tío el primero en empujarme los pelitos pa’dentro. Quizás en otra ocasión pueda relatarles lo mucho que lo disfruté…

Fin.

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