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Los números enteros

Aquel bar tenía las paredes de color marrón oscuro y era muy poco agradable. Olía a humo intensamente y la decoración resultaba muy terrible, propia de unos dueños sin gusto y despreocupados por la estética de las cosas. Había llovido mucho y hacía frío, así que me proponia calentarme los pies.

Apenas había gente: una pareja al fondo, junto a un cuadro de unos patos que levantaban el vuelo, y un hombre de unos sesenta años, de barba. El aire se hacía irrespirable y sin duda no iba a estar mucho rato ahí, sin embargo, el chubasco no cesaba, mi casa estaba lejos y la parada del autobús no permitía resguardarse de la lluvia. Así que dejé que pasaran algunos minutos hasta que escampara.

No suelo entrar a los bares solo; hacerlo siempre me ha parecido una costumbre propia de gente sin amigos, que despierta en los acompañados toda suerte de invenciones grotescas y disparatadas. Eso hacía yo en ese momento: adivinar cómo sería aquel tipo casi anciano, qué pensamientos tendría en la cabeza, cómo haría el amor a sus años, si tendría dentadura postiza, si su mujer, harta de sus achaques, le invitaría a dar una vuelta por ahí para que no ensuciara con el tabaco las cortinas del salón. ¡Qué fácil me resultaba clavar un retrato como aquel, gratuitamente, sin esperar confirmación!

Aquel rostro, sin embargo, guardaba un extraño parecido con otro poco definido que guardaba  en mi memoria. Su comparación me resultaba difícil, casi inaudita, pero aquel gesto torcido del labio, esa moderada barriga que se marcaba bajo el jersey de pico no podía ser de nadie excepto de él. Sin mediar reflexión me levanté y fui hacia aquel hombre, al tiempo que su mirada se cruzaba con la mía.

–         Buenas noches, don Pedro – saludé nerviosamente.

–         Hola… disculpa, ¿nos conocemos?

–         Pues… sí… ¿Se acuerda de mí?

El hombre me miró con atención hasta que, al fin, se atrevió a aventurar una respuesta.

–         Tal vez… ¡Ah, sí, creo que ahora te recuerdo!

–         González, hace quince años, en el colegio…

A don Pedro se le escapó una sonrisa. Aquel maestro de matemáticas me había enseñado los números enteros y lo recordaba bien. Como los demás chicos nos habíamos reído de su aliento de alcohólico y de sus desproporcionadas reacciones a nuestras meteduras de pata. Pero si por algo lo retenía en  el recuerdo era por algo que escapaba al conocimiento público. Aquel hombre ya no era el adulto varonil de voz recia que nos reprochaba constantemente que no hacíamos los ejercicios que él, en cambio, sí hacía. Estaba mayor, su piel bastante fláccida y sus dedos amarillos del tabaco no eran los de aquel hombre vigoroso y panzudo con cuya imagen  tantas veces me había masturbado en los vestuarios del colegio. Sin embargo, conservaba aquel vello pectoral, lacio y entrecano que le asomaba por la camisa a cuadros.

Comenzamos a recordar aquellos días, mientras él apuraba la copa de pacharán con hielos que le acababa de poner el camarero. A su lado, yo me afanaba en imaginar la vida que habría llevado aquel maestro en los últimos quince años. Mientras había permanecido al otro lado del bar observándole  con detalle, no me había percatado del tono achispado que iba apareciendo en su tono de voz. La conversación ya duraba cerca de una hora. Más distendido,  me atreví a ponerme  cómodo sobre el taburete. Abrí las piernas para no chocar con las suyas. En ese instante, comprendí que ese gesto no había sido recibido por don Pedro con indiferencia.

Traté de juntarlas otra vez pero ya no pude. Colocó las suyas de forma que las mías quedaron inmóviles.  No supe qué hacer. Por un momento me dieron ganas de salir corriendo. Pero su recuerdo seguía vívido en mí, luchando por colarse  para cumplir un sueño. No sé cuántos pacharanes pueden volver maricón a un hombre pero no quería comprobarlo: el deseo de constatarlo era mucho mayor que el  terror que se engendraba en mis cojones, por momentos.

Sus pantalones eran flojos, baratos, de costuras deshilachadas en los bordillos. En su entrepierna iba tomando forma una buena polla. Nervioso, sentía el sudor deslizarse por mi espalda mientras una mirada intermitente escrutaba a derecha e izquierda. El camarero estaba sentado al fondo, concentrado en el partido de fútbol. La pareja ya hacía un par de minutos que había salido, así que podíamos decir que nadie había notado el  comportamiento del maestro y su ex – discípulo. Don Pedro tímidamente estiró su brazo y me tocó el muslo; yo, casi muerto, no pude decir no y simplemente recé para que nadie entrara en aquel bar de mala muerte.

Tomé su mano y le acaricié. Mi maestro se reprimió. Entonces fui yo quien alargó el brazo para palpar su bulto, duro a pesar de los años. Con unos arrestos inconcebibles me atreví a deslizar la cremallera hacia abajo. No llevaba ropa interior, por lo que su miembro salió sin dificultad. Don Pedro se quitó el jersey y lo puso en el regazo. Sin duda quería que continuara pero era arriesgado y dudé  un instante. Sus ojos agonizaban, su boca semiabierta suplicaba un final feliz y mis ganas por devolver el favor a quien me había enseñado los números enteros era más que una cuestión de justicia. Como pude acerqué aún más el taburete sin hacer ruido. Se oían voces que provenían de la calle, me giré pero don Pedro me tranquilizó: el bar contiguo acaparaba la antigua clientela del nuestro, a Dios gracias. Nos miramos a los ojos, sorprendidos de que en apenas una hora de conversación dos hombres que antaño habían compartido un aula manteniendo papeles tan distintos pudieran ahora compartir un momento como ese, en un lugar público, donde se conversaba, se reía y se fumaba en compañía…

El camarero se acercó hasta nosotros para preguntarnos si deseábamos algo más. Era ya tarde para ese establecimiento, aunque para el contiguo la hora de cierre se antojaba lejana aún. Muy amablemente nos dio la cuenta que don Pedro pagó con un billete de dos mil, sin aceptar el cambio. Con el jersey entre los brazos mi amigo se puso de pie y a pesar del frío desestimó mi consejo de que se lo pusiera de nuevo. A cambio me devolvió una cariñosa palmada en el hombro. Ese buen sujeto sabía que la noche iba a ofrecer algo nuevo por fin. Su casa no estaba lejos, así que me propuso caminar. Sin decir palabra seguí sus pasos.

Aquellos doscientos metros se me hicieron eternos. Las imágenes de su cuerpo desnudo se hacían más nítidas y hasta podía sentir el tacto de su piel en la mía. Cómo sería acariciar a mi admirado profesor de matemáticas. Estaba seguro de que todavía conservaría aquel paquete en el que tantas veces me había fijado y que mi imaginación había lamido entre quejidos deliciosos. Aún describiría esa suave curvatura que a contraluz había escudriñado en las tardes soleadas de la primavera. A los catorce años no soñaba con poder hacer que se  retorciera de placer, a los treinta lograría derrotar a sus hinchados testículos y dejaría que su viril miembro se abriera paso a través de mi inexplorado interior.

Sin darme cuenta llegamos al portal, introdujo la llave y con un suave giro del picaporte la puerta cedió. En ese instante, don Pedro se volvió y con las dos manos  oprimió suavemente mis partes. Sin embargo, me percaté de que no tenía una erección normal. Él, delicadamente, se arrodilló y comenzó a lamer mi bulto sin quitarme el pantalón. Su humedad pronto fue la mía y mi pene comenzó a ceder. Lo saqué del pantalón. Miré hacia fuera presa de la inquietud natural. Cualquier vecino podría entrar y ver el espectáculo.

Mi ex – profesor sintió que mi respiración se agitaba y lo atribuyó a su destreza motriz. Por un segundo me concentré en aquello, en su cabello ralo, en sus sienes, en su voz entrecortada que se me hacía ininteligible. Acabaría deprisa si no me negaba a continuar. Yo no quería una eyaculación en un zaguán, por lo tanto, aparté su cara de mi entrepierna e introduje con dificultad mi polla en el pantalón. Don Pedro se puso de pie mientras tomaba aire y se limpiaba sus labios de saliva. Comprendió con satisfacción que mis deseos eran otros y asintiendo me invitó a subir.

–         ¿Cómo has hecho esto aquí?

–         ¿Asustado? – inquirió divertido.

–         Estoy  sorprendido pero confieso que ha sido excitante. Tanto que no sé si voy a poder …

En un arranque empujé a don Pedro hacia el ascensor, apreté el botón  y por detrás lo tomé con mis manos. Mis caderas se ceñían sobre su trasero con fuerza y mis dientes se clavaban en su nuca. Él movía la cabeza pero suplicaba que esperase. Yo ya no podía, me desabroché los pantalones, le di la vuelta y vi sus ojos clavados en mi polla. Arrojé el jersey que aún llevaba entre las manos y le arranqué todos los botones de la camisa. Desconcertado, me preguntó qué hacía mientras yo sólo podía atender a esa extensa  pelambrera de simio que se mostraba ante mí, maraña salvaje que iba a dejar sobre mi pecho, que iba a chocar rítmicamente sobre mi torso al tiempo que él me penetraba.

Su pene era duro, largo, su fuerza recorría mi sangre, mis oídos ya no oían, sólo mi lengua recorría sus ocultos  pezones que aparecían  tímidos. Mis incisivos arrancaban de su boca aullidos que cesaban a mi voluntad. Sin embargo, no escuchaba de mi amante otra cosa que jadeos, jadeos salpicados con grititos de rata; su columna se arqueaba hacia atrás y sus piernas ya bastante separadas se deslizaban por la laxitud que adquirían sus músculos.

Me concentré en su boca, en su lengua, mientras mis manos se abrían paso entre los velludos pectorales de mi amante. Deseaba, entonces, ser penetrado por aquel pedazo de carne, fajarme bajo aquella panza prominente y sentir su húmedo aliento en mi nuca al tiempo que su taladro horadara mi trasero. Sin embargo, no era el momento. Con los ojos cerrados don Pedro suplicaba que fuera yo quien lo sodomizara y le entregara mi leche.

Era tarde, vi la una en su reloj, pero no podía creer que estuviera dentro del ascensor con los pantalones  bajados y un oso madurote enfrente, suplicando ser penetrado, tumbado ya en el suelo, sobre el abrigo y con las piernas separadas.

–         Pero, ¿qué haces? Estamos demasiado cerca del primer piso, no te eches ahí… – le advertí asustado.

–         Sólo se darán cuenta si hablas, la vecina está sorda y no se percata de nada – me tranquilizó- . Además, los únicos vecinos que viven en la casa son los del tercero y se acuestan muy pronto, son ya mayores. Sácate la polla – insistió.

Me había convencido, o tal vez era su  velluda desnudez la que lo había hecho. Ya no podía resistir la tentación de volcarlo, abrir sus carnes y herir  aquel ano, de desbrozar aquella maraña y abrirme paso lentamente, primero, y luego morir matando. Así lo hice.

Sus gritos me asustaron tanto que temí haberle destrozado, pero tras medio minuto don Pedro cejó en sus lamentos y dejó paso al silencio. Mis jadeos se volvían más y más notorios. Don Pedro arqueaba su espalda con maestría, sin duda producto de haber sido campo de batalla para otros combatientes. A mí, la idea de estar tirándome a mi antiguo profe me la ponía aún más dura. Me imaginaba la pasada juventud de aquel hombre, a la que estaba jodiendo ahora. Sobre la mesa del profesor, con un aire lleno de tiza, me cogia a mi amante. El piso del ascensor era ahora sustituido por la tarima de la pizarra que crujía bajo nuestros cuerpos. En una última sublime embestida mis testículos expelieron el semen, caliente y denso. Mi amante yacía como inerte. También él había arrojado en el abrigo su leche. Su cara, nuestras caras, mostraban la piel exangüe. Toda la sangre había sido vertida en aquella escorrentía brutal. Tres o cuatro minutos más tarde nos levantábamos y nos colocábamos los pantalones y toda la ropa. Mis calzoncillos se quedaron allí, para don Pedro, como tributo pagado a quien fue objeto de una cópula que, sin duda, había comenzado muchos años antes, entre pupitres.

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