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En un muelle de la bahí­a

Mi trabajo me somete a tales presiones, que en cuanto tengo la oportunidad, busco de estar a solas, pues a menudo corro el riesgo de morder a más de uno, ya que casi siempre ando malgenioso, con los nervios a millón y no quisiera terminar trabajando en un circo de pueblo, presentándome encerrado en una jaula como “¡El Asombroso Hombre Bestia!”. La culpa es mía, es verdad; me enfrasco brutalmente en el trabajo para llenar con algo mi vida, pero llega el momento en que ya no doy más. Así que, aprovechando que resido en la costa, tomo mi caña de pescar y me voy a un muelle abandonado y solitario en la bahía, a fastidiarle la vida a los peces por un rato. No sé en qué estribe el asunto, pero rara vez pican; tal vez la goma de mascar no sea buena carnada después de todo, pero a mi poco me interesa si los peces pican o no. Me gusta estar ahí a solas, sentado en el borde del muelle con los pies descalzos, viendo los barcos pasar, contemplando a veces la puesta del sol, a veces el amanecer y si hay luna llena, quedarme allí toda la noche escuchando el rumor de las olas.

Pero la suerte que no tengo con los peces, la tengo con los perros callejeros y los transeúntes ociosos, para quienes un hombre solitario (que preferiría permanecer así, al menos por un buen rato) con una cañita de pescar sardinas resulta sencillamente irresistible. En el muelle he trabado amistad con “Fido”, “Firulo”, “Sansón” y “Newton” (todos nombres impuestos arbitrariamente por mí) y por ello siento mucho gusto en llevarles algo de comer cada vez que voy a “mi” muelle; usualmente galletas para perros.

Luego de comerse las galletas, los cuatro se echan en torno a mí a contemplar el mar. Si alguien más se acerca, sea otro perro u otro humano, los canes recobran la dignidad perruna que la vida callejera les ha arrebatado, gruñendo y ladrando amenazadoramente, sobre todo “Sansón”, un enorme pastor alemán, desheredado y flaco, aparentemente con algún entrenamiento militar, que se lanza contra el intruso manteniéndolo a raya, hasta que yo lo llamo y él cancela el ataque, si bien no depone su actitud de alerta amarilla.

Generalmente los humanos, con la anuencia de mis camaradas peludos, se quedan de pie detrás de mí y me hacen siempre la misma pregunta: “¿Estos perros son suyos?” No, no son míos, son mis amigos y trabajan por su cuenta. Segunda pregunta de rigor: “¿Están picando los peces?” No, no están picando; parece que el chicle de canela no les gusta… Pero con cierto misterioso individuo las cosas fueron diferentes. Cuando se acercó haciendo rechinar las viejas tablas al caminar, ya pasada la medianoche, ni siquiera “Sansón ” le ladró ni amenazó con atacarlo, más bien le meneó la colita y se dejó acariciar por él. Bueno, eso por lo menos hablaba bien del hombre, ya que “Sansón” (como su homónimo) no suele desperdiciar oportunidades para demostrar su fuerza, incluso sobre aquellos a quienes no conoce.

-“¿Hay problema si me siento un rato aquí?” me preguntó el tipo. En realidad si me molestaba, había tenido un día.. ¡de perros…! y esa noche en particular hasta los perros me molestaban, pero… ¿Qué podía hacer? El muelle es libre, el mar también (hasta ahora)…

-“No, no hay problema…” le respondí ásperamente, deseando que cambiara de opinión y se fuera por donde vino o, en el caso que insistiera en quedarse a pescar o a lo que fuera, no tratara de buscarme conversa… Pero el hombre no trató de hablarme; sacó de un morral una flauta travesera de metal (la cual me sorprendió por su tamaño, pues yo nunca había visto una “en persona”, al menos no tan cerca) y se dedicó a practicar escalas, luego de lo cual interpretó varias melodías tristes, rayando en lo sombrío, algunos de los cuales me resultaban muy familiares. ¡El tipo tocaba como un virtuoso! Así estuvimos minutos, horas… hasta que cerró el recital con la versión más triste del “Sueño de Amor” que yo haya escuchado nunca. Luego de una larga pausa, el hombre volteó hacia mí y me habló:

-“¡Gracias por dejarme estar aquí! Estar con usted me hizo mucho bien…”

Lo había estado observando mientras tocaba la flauta. Tendría entre 30 y 35 años, alto, robusto y algo fuerte de contextura, cabello oscuro y facciones más que regulares… Estaba tiritando de frío, pues la brisa marina hacía rato que soplaba con mayor intensidad y el pobre tipo sólo vestía unos “shorts” y una franela sin mangas. Pero no hacía ningún movimiento que evidenciara disposición alguna de irse, aunque estimo por la posición de la luna en creciente (pues no uso reloj), que serían entre las dos y las tres de la mañana. Normalmente soy muy receloso, pero en un arrebato caritativo, lo invité a que compartiera conmigo el enorme chaquetón que uso para calentarme cuando paso la noche en el muelle; total, mis pulgosos amigos y yo habíamos disfrutado de un recital privado que había sido un verdadero lujo y sentía que debía retribuirlo de alguna manera.

El flautista me miró desconcertado, pero al fin sonrió tímidamente, se sentó junto a mí en posición casi fetal y se cubrió con la porción de la enorme chaqueta que yo le ofrecía. Dejé la caña de pescar a un lado y, dejando detrás cualquier temor; lo abracé para darle calor. De manera inconsciente yo lo mecía, como si arrullara a un niño, tarareando mentalmente algo que él había interpretado finalmente en la flauta. La situación comenzó a tornarse excitante. Mi verga se endurecía y sentía que el liquido preseminal comenzaba a manchar mis pantalones. La cabeza del flautista reposaba en mi pecho y su calor, su aroma, el tacto de su piel… todo se complotaba para enardecerme. Pero el hombre ya dormía como un tronco.

Amaneció y el flautista se despertó sobresaltado. Me miró asombrado y se puso de pie rápidamente, tomó su flauta, la metió en el morral, me sonrió y dio media vuelta, echándose a andar hacia tierra. Los perros se levantaron bostezando y lo acompañaron hasta la entrada del muelle, meneando las colas y fue entonces que me percaté que a mí también me había hecho mucho bien la compañía de aquel tipo misterioso. Me sentía reconfortado, mi mal genio se había disipado e inconscientemente silbaba alguna triste melodía de las interpretadas por él durante la noche.

A la semana siguiente volví a “mi” muelle casi a la medianoche, nuevamente con la intención de quedarme hasta la madrugada y ver el amanecer, pues cuando me hierve la sangre por los problemas del día, me ataca el insomnio y no puedo dormir hasta que se me pasa la mala leche. Extrañamente, mis amigos cuadrúpedos no me recibieron en la entrada del muelle y las distantes notas de “La Flauta Mágica” me revelaron el por qué…

-“¡Abusón, cuatrero de perros…! ¿Quién se ha creído que es? ¡Se apoderó del muelle con perros y todo! ¡Pirata desgraciado, rata peluda, corsario del Caribe, flautista de Hamelin…!”

Dudé en acercarme, pero sentí lástima de los perros, a los que les llevaba su acostumbrada caja de galletas de fin de semana, así que igual fui hasta allá.

-“Ya estaba pensando que no vendrías hoy…” me dijo el flautista, dando dos golpecitos con la palma de la mano sobre las tablas del muelle, invitándome a que me sentara a su lado.

-“Y… ¿Cómo podías saber que vendría? ¿Acaso acordamos vernos…?” le pregunté irónicamente. Él simplemente sonrió y volteó hacia arriba, señalándome con la mirada la luna llena, como si eso lo explicara todo. Los perros, alborotados en torno a mí, casi me hacen caer al mar, así que me senté, abrí la caja de galletas y comencé a dárselas…

-“El recital de esta noche es para ti… y para los amigos con cola… ¿Qué te gustaría escuchar?” me preguntó el flautista.

-“Me da igual… Elijo el plato sorpresa… La especialidad de la casa.”

Tomó su flauta y tan pronto comenzó a tocar, me di cuenta de que el repertorio era muy distinto al de la semana anterior; esta vez abrió con una pieza festiva, algo de Vivaldi, creo. Los perros se acabaron sus galletas, yo cebé el anzuelo con la goma de mascar (sabor a naranja ácida) y lo eché al agua… Y de nuevo pasamos las horas envueltos en la música, esta vez alegre y hasta pícara, casi todas piezas del barroco, otras de la época colonial y algunos madrigales. El flautista cerró el recital con una pieza de Bach y como en la ocasión anterior, tiritaba de frío. Puse a un lado la caña de pescar para aplaudir, sonreí y levanté una punta del chaquetón como si fuese la entrada a una tienda beduina en el desierto y él se metió debajo rápidamente, recostándose de mí y apoyando su cabeza en mi hombro.

Como si hubiésemos acordado qué íbamos a hacer, comenzamos a acariciarnos suavemente por largo rato mientras él entraba en calor nuevamente; tendí mi mano hacia su entrepierna y su verga, como la mía, estaba paradísima. Él también palpó la mía y sin decir palabra, se zafó de mi abrazo, me tumbó suavemente de espaldas sobre las viejas tablas del muelle, me sacó los pantalones y se pegó a mamarme la verga como un mismo condenado. Yo subía la cabeza para ver esa cara rechoncha, con un bigote subiendo y bajando por mi miembro, los perros curioseaban y trataban de averiguar qué demonios ocurría, “Sansón” se puso a ladrar alarmado, como diciendo: “¿A quién muerdo?” y los otros gemían confundidos, trataban de acercarse y luego se retiraban extrañados… ¡Qué situación tan surrealista!: “Mamada en el muelle de la bahía por un flautista a la luz de la luna y coro de perros”. ¡Menudo cuadro para la exposición…! Acabé, naturalmente, a borbotones, con tal intensidad que sentía que eyaculaba fuego líquido o plasma solar en lugar de esperma. El flautista recogió mi semen en su boca, me hizo dar la vuelta, colocándome de barriga contra el muelle, separó mis nalgas y escupió la mezcla de mi semen y su saliva en mi ano. Yo me arrodillé, colocándome en cuatro patas y sentí que su verga comenzaba a darme cabezazos en el esfínter y a penetrarlo milímetro a milímetro, con delicadeza, dilatándolo poco a poco. Afortunadamente el tipo no era muy cargado; por lo palpado previamente, yo diría que estaba dentro del promedio y puesto que yo soy medio nalgón, pues nos ajustamos muy bien… ¡Qué cogida, caballero! Estructura de “Sonata da Chiesa”, cuatro movimientos: Lento, rápido, lento, rápido… En los adagios se quedaba casi inmóvil, si bien -no sé cómo lo lograba el cabrón- me provocaba un “vibratto” que me daba una eléctrica y sabrosa sensación que me recorría todo el cuerpo, manteniéndome en vilo y haciéndome gemir para quebrar la tensión: “¡Dale más duro, más, más, más duro…!” Entonces él acometía un “Allegro Vivace”, dándome con todo lo que tenía y haciendo que yo casi perdiese el equilibrio y me fuera de cabeza contra las tablas el muelle.

Yo no sé si los perros entendían lo que estaba ocurriendo. El flautista marcaba el ritmo y metía sus manos en mis ingles para halarme y pegarme más aún a él, yo sentía las embestidas de sus caderas y que su barriga peluda y hermosa se pegaba y se despegaba rítmicamente a mis nalgas. Cuando eyaculó, pegó un gemido y se desplomó sobre mis espaldas. En un primer momento creí que el flautista había perdido el sentido, pero cuando al fin me senté, noté que él estaba taciturno, ensimismado en sus propios pensamientos. Con un hilo de voz me dijo:

-“¡Coño! Fue algo muy sabroso, de verdad. Ha sido tan arrecho que me siento conmovido y a la vez confundido. No termino de entender qué hago yo aquí.”

-“¡Ahora si que es verdad que la pusimos completica…! ¡A quien le rompen el culo es a mí…!” (en realidad me sangraba) “¿…y luego resulta que quien va a llorar eres tú? ¿Qué carajo haces tu aquí?

Mi comentario lo hizo reir y lo sacó de sus absurdas cavilaciones. Agregué entonces, halándome la verga: “¡Déjate de pendejadas! ¡Deben ser apenas las cuatro de la madrugada y aún no hemos terminado…! ¡Ley de Talión: ojo por ojo… Ahora me toca a mí medirte el aceite! Pero a mi estilo… ‘in the naked’, como dicen los gringos.”

Y procedí a terminar de sacarle la franela que tenía subida tapándole el peludo pecho, y a quitarme la mía, así que desnudos, como Dios nos echó al mundo, nos acostamos sobre el chaquetón e inspirándonos tal vez en nuestros pulgosos amigos allí presentes, comenzamos a revolcarnos como perros salvajes, adoptando toda clase de posturas extravagantes y hasta grotescas, por largo rato me detuve a mamarle las tetillas, inundadas de pelos gruesos y oscuros. El flautista me respondía chupándome el lóbulo de la oreja, lo que me ponía al punto de querer cojermelo ya… pero me detuve, aguantaba como un hombre, dejaba para luego el cierre de semejante acto. Seguíamos acariciándonos, besándonos, chupándonos y hasta mordiéndonos por todo el cuerpo, en un excitante simulacro de lucha grecorromana donde el punto se marcaba atrapando con la boca el miembro o las bolas del otro; aplicándonos llaves, abrazos de oso, puestas de espalda, estranguladoras y tijeretas durante largo tiempo lo suficiente para que nuestras vergas despertaran de nuevo. Al fin lo puse de espaldas, levanté sus piernas, las cuales apoyé sobre mis hombros, empecé a chupar en su ano dándole lengüetazos mientras el tipo respiraba cada vez mas grueso, dejando escapar oscuros gemidos. Alternaba mamandole las bolas, y de vez en vez le doblaba la verga hasta alcanzarle la cabeza con la lengua, era de verdad una escena increíble y sentía como su olor de macho inundaba mis sentidos, ello me alentaba a seguir como un maestro. Luego de estar unos minutos castigándolo con mi lengua, lo volteé, colocándolo boca arriba y subiéndolo por la cintura, comencé a empujarle mi rolo húmedo y a punto ya de estallar. Se lo fui empujando, no con la misma delicadeza que él uso conmigo, así que el tipo mordía una esquina de la chaqueta para no gritar… Lo siento, mi cultura musical es muy tosca y exigua (en casa opinaban que las Artes en general eran cosas propias de bohemios y maricones) y mis modales por tanto son tal vez más ordinarios…

El flautista se retorcía del placer y gemía como si en verdad cada célula de su cuerpo participara activamente en la acción. Yo acariciaba sus muslos velludos y me embelezaba admirando las ardientes reacciones de aquel macho hipersensible, sacudido por los embates de mi verga, entregado por completo, asombrado ante su propia capacidad de sentir placer, como si ésta fuese acaso su primera vez…. Luego de unos cuantos vergazos eyaculé y con apenas halarle la verga él también lo hizo. Sorbí de su ombligo el semen de su descarga y me tumbé de costado a su lado, abrazándolo, acariciándolo…

Nos arropamos con la chaqueta y así permanecimos, hablando y bromeando hasta que comenzó a despuntar el alba. Nos sacó de nuestro trance un bote de pescadores que pasó cerca del muelle, con la inevitable gritería de burlas y groserías de la tripulación (Como si ellos fuesen ajenos a todo esto… Quien no los conozca… que los compre, por algo los llaman “marineros”). Nos levantamos y yo tomé mis pantalones, mi franela y me vestí.

David, que así se llamaba el flautista, no mostraba intenciones de vestirse, pese a que en la playa cercana ya comenzaban a verse algunas personas y ésta no era, ni remotamente, una playa nudista. Tomó el morral en donde llevaba la flauta y se fue hasta el extremo del muelle. Yo me le fui detrás, llevando en mis manos sus “shorts” y su franela.

-“¿Sabes, Sergio?” (me dijo mirando el sol naciente) “La semana anterior yo vine aquí con la más sombría de las intenciones… Estaba decidido a terminar con todo de una maldita vez…”

-“¿Cómo es eso? ¿Te ibas a lanzar al mar? ¡Pero si el agua aquí no tiene más de metro y medio de profundidad! ¡Por eso es que este muelle fue abandonado! Hubieses tenido que arrodillarte o sentarte en el fondo; tú mides por lo menos un metro ochenta. Bueno, hubieses podido partirte la cabezota contra las piedras del fondo, pero eso no hubiera sido ya tan… ¿artístico…?”

-“No pensaba ahogarme, Sergio… Pensaba usar esto…”

Y del morral donde llevaba la flauta sacó una pistola. Sin yo preguntarle, David continuó:

-“Hace tres años, cuando ‘salí del closet’ e informé a mis familiares que yo era ‘gay’ para librarme de un matrimonio impuesto por ellos para conveniencia suya, se desató la hecatombe para mí. La situación se hizo tan tensa que decidí abandonar la casa. El hecho corrió como reguero de pólvora y todas las puertas se me cerraron. No pude ni siquiera terminar mis estudios de música faltándome sólo un año y dando tumbos y recibiendo patadas llegué hasta aquí, a buscarme la vida tocando con las orquestas de los hoteles y hasta en bares de mala muerte…”

-“Oye, vivir aquí no es tan malo; no será la capital, pero… De ser por eso, yo me hubiese muerto ya catorce veces… ¡Con el mal genio que tengo…!”

-“No, Sergio, no era por vivir aquí… Era la soledad, mi timidez, mi poca autoestima, eran mis temores, mis malos recuerdos, las burlas y los desprecios, los putos que se me acercan y que sólo buscan dinero o descargar sus vergas como animales y luego…’si te he visto… no me acuerdo’. Por eso y muchas cosas más había decidido terminar con todo. Pero aquella noche tú estabas aquí con los perros y al verlos sentí deseos de tocar la flauta por última vez, como despedida… Pero a medida que tocaba, la música encendía algo en mí. Viéndote, comprendí que yo no era marciano ni el único solitario en la tierra; intuí cuán solo estabas tú también… Recapacité y decidí que lucharía, que no iba a dejarme amedrentar más por el mundo… Y al final, tu abrazo bajo la cobija esa… ‘¿chaqueta?’, terminó de convencerme de que había más de una razón por la cual vivir y luchar y que a partir de ese momento bailaría solamente a mi propio son”.

-“Y entonces… ¿Por qué trajiste de nuevo ese… ‘encendedor’ si no pensabas usarlo?”

-“Para hacer esto… Ya sé que nunca la usaré…”

Le sacó el cargador a la pistola y lo lanzó al mar, a una distancia increíble en dirección al sol naciente y luego lanzó la pistola, más lejos aún. Colocó entonces sus gruesas en mis hombros, viéndome directamente a los ojos con una ansiosa mirada de interrogación, como preguntándome si yo querría… Yo comprendí en ese instante que el remedio para mi mal genio, lo que tanto había buscado, se encontraba al fin ante mí… El bote pesquero aún estaba lo bastante cerca como para que escuchásemos otra rechifla de la tripulación, esta vez mucho más burlona y grosera cuando finalmente abracé muy fuertemente a David a la vista de todos, respondiendo así a la pregunta que los ojos del flautista me hacían. De inmediato nos fundimos en un beso suave y fuerte al mismo tiempo, dos bocas unidas como una, lengua contra lengua, como tratando de ¿recuperar? tanto tiempo de no habernos conocido.

-“Ven, vamos a desayunar a mi casa…” le dije mientras lo ayudaba a vestirse como si fuese un niño pequeño. Bajo el cielo bien azul de un nuevo amanecer, recogimos nuestras cosas y caminamos por el muelle hacia la playa, con los perros flanqueándonos como guardia de honor.

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