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Domingo Hí­pico

– Mire compadre… ¿Por qué no nos vamos para el hipódromo?

Así empezó el episodio memorable que les voy a narrar a continuación. Mi compadre Alirio, desde que le apadriné uno de sus siete hijos; más nunca me volvió a llamar por mi nombre, que de todas maneras no es importante en esta historia. El caso era que a mi me daba una ladilla enorme agarrar para el hipódromo ese soleado y perfecto domingo. Y digo perfecto, porque la situación no podía ser mejor: La mujer de mi compadre se había ido a sus sesiones de meditación, y yo me había llevado una botella de ron y unos pasapalitos para pasar el día viendo deportes en la televisión y hablando güevonadas, cosas de hombres, pues…

– Coño Alirio, alegué yo, es que para enfluxarme … yo estoy muy cómodo así en bermudas y franela, y además tengo el traje en la tintorería.

– Bueno compadre, yo le presto un flux… al fin y al cabo, usted ha engordado tanto últimamente que ya está de mi talla … ja ja ja!

Mientras Alirio se reía, un asomo de erección empezó a hinchar mi entrepierna, al imaginarme aprovechando la circunstancia de poder contemplar a mi compadre en interiores, y apreciar la negra pelambre que recubre su pecho, barriga y gruesas piernas… pero no. Es mejor que me deje de mariqueras, pensé. No me quiero rayar con el compadre, dígame si me captura buceándomelo…

Total que lo convencí para que nos quedáramos en su casa viendo las carreras, tomando roncito y apostando.

– Voy cinco mil a la yegua “La Carambola” en la quinta carrera, esa no pierde ni partiendo mal, no joda.

– Ah si? Riposte yo. Pues van los cinco mil a que esa burra no llega entre los tres primeros. Usted está loco, Alirio ¿Como va a ganar si está subida de lote?

– Pues diez mil a que si gana ¿va a arrugar, compadre?

Cuando vi al animal en cuestión (la yegua, no Alirio) cruzaba la meta en ganancia, le saqué la madre al jinete, al entrenador, a Aly Khan, y a mi mala suerte por haber perdido de esa forma tan pendeja.

– Bueno, compadrito, caifás con los diez mil, dijo mi compadre con la boca masticando una pepitona picante.

– Coño compadre, este… verga, estoy pelando bolas (y no era mentira) ¿cómo hacemos?

– Ah, no compadre, sea serio, dijo Alirio con sus pobladas cejas juntas. Mire que el que mama gallo, mama güevo de caballo.

Maldita sea, pensé… con las ganas que tengo de mamarme una buena pinga, y este nombrando la soga en casa del ahorcado…

– Mire compadre, hablando como los locos… ¿Es verdad que a usted le dicen el caballo?

En la cuadra se rumoraba que mi compadre Alirio tenía una verga bastante representativa, y que por ese motivo era tan cotizado entre las mujeres e incluso (dicen las malas lenguas), entre algunos hombres también. Lo que no sabía era que el se sentía tan orgulloso de esa característica, como verán:

– Bueno compadrito, nadie se ha quejado de mi verga,  je je… y lo buena que me ha salido, a mis cuarenta y cinco años, todavía se para al instante con una tocadita.

Ya lo estaba llevando a mi territorio, así que aprovechando la confianza que me daban los tragos de ron seco que me había tomado, le dije:

– Ver para creer, dijo Santo Tomás… seguro que usted está fanfarroneando.

– ¿Cómo es la vaina? ¿me está llamando mentiroso? Malhaya estuviera aquí mi mujer, pa’ cogérmela bien sabroso delante suyo y que usted viera lo que es un macho… ah, es que me provoca de solo pensarlo…

Y que me maten si no empecé a notar un bulto extraño en la entrepierna de mi compadre. Bueno, me dije yo, llegó el momento de ser valiente… sentía un friíto extraño en al barriga, mientras pensaba si por fin se haría realidad la película que mi mente había forjado en tantas pajas durante todos estos años… total que hice como que iba a agarrar un tequeño y le rocé el güevo –que noté duro como una piedra- a mi compadre Alirio, que estaba de pie.

– Bueno compadre, si no va a planchar no arrugue, dijo Alirio, entre serio y pícaro.

No joda… si no se arrechó es que le gusta la vaina, pensé yo ¿Le echamos bolas, Alirio?, me atreví a proponer, arrepintiéndome al segundo de haberme puesto en evidencia… y desarrepintiéndome de inmediato, porque Alirio, más rápido que el llanero solitario sacando el revólver, ya se había sacado su enorme güevo, y de un solo tirón me lo empujó hasta las amígdalas. Mientras se lo mamaba cada vez más rápidamente, le fui bajando los pantalones, para así poder contemplarle las piernas, sobarle las bolas… y hasta agarrarle las nalgas. Cuando lo hice, mi compadre pego un brinco y me sacó el manjar que me estaba devorando… ya está, la cagué, pensaba mientras mi mente volvía a la realidad, pero después el que brincó fui yo, cuando vi que Alirio se volteó y abriéndose las nalgas me dijo.

– chupe, compadre, chupe…

Aquella vaina si era el cielo, camarada… Un culo duro, curtido en sillas de montar, peludo y robusto, a mi entera disposición… con calma fui lamiendo cada una de los pliegues de su agujero, mientras mi compadre bufaba y resoplaba como un caballo (muy lógico, claro) y se quitaba la camisa, lo que me daba un panorama muy envidiable de la maraña de pelos que cubría su espalda. Yo mientras tanto, había aprovechado para sacarme mi güevo –que me iba a reventar los interiores ya curtidos de una espesa capa de lubricante- y me masturbaba lentamente al ritmo de las lengüetadas que le daba a Alirio en su culo. Total que no se de donde mi compadre sacó agilidad, y se encaramó en la silla, doblándose como un gancho, de manera que su lengua pudiese rozarme la cabeza de mi pene. Yo, que no quería perder ni un segundo, lo aprisioné y lo volqué sobre el sillón –llevándonos por delante vasos, pasapalos, revistas hípicas y de vaina el televisor- para lanzarnos un 69.

Mi compadre Alirio me sorprendió con sus conocimientos del sexo entre hombres, y su ronca voz me decía “no acabe todavía, compadre, no acabe todavía”, sin entender que justamente esa súplica, viniendo de un macho vernáculo como el, era lo que me tenía la borde del paroxismo.

Yo no quería acabar sin complacer a mi compadre dándole culo, pero el se me adelantó: Agarró aceite de las pepitonas, me lo untó en el güevo, y me ordenó escuetamente “métamelo”.

La verdad que no se si fue el ron, el picante de las pepitonas untado en la verga o que; pero ha sido el polvo más sabroso que he echado en mi vida. Entre los bramidos de Alirio, la estrechez de su agujero, y la sensación de tocarle sus erectas tetillas y morderle su robusto cuello, siento que se me va a estallar el machete cada vez que me acuerdo. Cuando acabé, juro que me quedé zombie un rato, pero el hirviente chorro de la leche de Alirio, que se hizo una paja apuntándome al bigote, me despertó. Y juraría que durante un instante, vi ternura en su dura mirada.

Mientras intentábamos limpiar el reguero, limpiarnos y vestirnos, todo a la vez, casi no nos mirábamos ni hablábamos. Cuando le pregunté a mi compadre donde había aprendido tanto, arrugó la cara y no me contestó, pero al ratico dijo “Acuérdese que yo soy de Quíbor, compadre”.

Al ratico llegó la mujer, formando tremendo lío –por lo visto la clase de meditación no le sirvió de nada- por el reguero y el mugre, y diciendo algo sobre el sucio en la alfombra. Yo me marchaba cabizbajo, pensando recordar eternamente este episodio y tratando de no oír la discusión entre Alirio y su mujer. Pero antes de irme, escuché cuando Alirio le decía a la cuaima “está bien mujer, te prometo que el próximo domingo no hacemos tanto reguero, porque déjame decirte que la semana que viene vuelve mi compadre a ver las carreras de caballos aquí…” y levantando la vista, me hizo un guiño mientras me decía “¿verdad, compadre?”…

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