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Bear bus

Era un día muy caluroso, me encontraba en el taller de buses donde trabajo. A decir la verdad, no era tan desagradable estar allí, pues a parte de los golpes y magulladuras que uno se da mientras trabaja, tenía mis compensaciones. Una de éstas era poder fisgonear el cuerpo de los chóferes, algo nada envidiable, si tenemos en cuenta que la mayoría eran cuerpos moldeados entre el taller y el timón. Los había de todos tipos, pero los más tractivos eran los peluditos, con lo intrigante de sus overoles y pechos a medio vestir. De esos había uno que siempre llamaba mi atención.

Era el de Julio, un hombre de 38 años, un tanto curtido por el sol de la carretera, con la cara redonda y cachetuda, bigote ancho y bien poblado, una calvicie que comenzaba a crecer, espaldas anchas y firmes, barrigoncito como todo buen cervecero, pero moderado; cintura estrecha y nalgas apretaditas. Su naturaleza de osos le cubría todo el pecho, la espalda y los brazos. Había tenido la oportunidad de rozar con el durante el trabajo, y sentir aquella caricia era algo mezclado entre tierno y caliente. Entre nosotros se había establecido una amistad agradable, por lo que estar cerca de él no era problema y todos lo veían con naturalidad.

En cierta ocasión en que la tarde era insoportable por el calor, subí a su ómnibus para verificar el funcionamiento de varios sistemas, y aproveche para encender la climatización. Ahh!!! Era algo divino, se podía estar allí por varias horas sin tener ganas de abandonar el ambiente. Seguí revisando el sistema de vídeo, encontrando algunos que no eran de los habituales para promociones, sino algo más doméstico.

Decidí revisar para ver que era lo que gustaba ver a mi amigo. Me llamó la atención un cassette rotulado como “Ositos Cariñositos”. Era curioso porque no imaginaba que un grandulón como él viera este tipo de cosas, pero lo puse la cinta para ver si estaba en buen estado la máquina de vídeo. Cual no sería mi sorpresa al comprobar que los “ositos cariñositos”no eran los habituales dibujos animados o los del bosque, sino hombre peludos que tenían sexo entre ellos. Esto me sorprendió, pero como el tema me interesaba y me encontraba solo, deje que la cinta corriera.

Viendo pasar la cinta, siento que mi paquete empieza a tomar cierta dureza, y sabiéndome solo, comienzo a acariciarme por encima de la ropa la entrepierna y el pecho. Al cabo de unos 10 minutos ya siento como el líquido preseminal empieza a cosquillear y quiere salir.

De pronto siento una mano en mi hombro y una voz que dice: “Está buena la cinta?”.

La sorpresa me congeló en el momento, y al virar veo la cara de Julito, con una expresión muy tranquila. De forma todavía entre sorprendido y avergonzado, me levanto y me dirijo a la máquina para detener aquello y evitar que el mal rato siguiera rodando, pero me dice:

–         Espera, al menos termina de verla.

–         Ya vi suficiente, solo estaba curioseando. – le digo –

–         Pero la curiosidad duró bastante como para que estés algo durito, dice mientras me mira mis pantalones.

–         Bueno, es algo que no se puede evitar y siempre he sido curioso. (Tampoco era mi interés, la verdad).

–         Mira, termina de ver la película, de todas formas todos se han marchado, y yo quiero terminar de verla también, quédate. -dice mientras me pone una mano en el hombro y me indica el asiento-. Mientras, veré si encuentro algo de beber en el bar del fondo.

Mientras la película vuelve a rodar, él se dirige al fondo y vuelve con dos vasos llenos de ron, y me extiende uno de ellos. Al tiempo que se sienta a mi lado, se desabrocha la camisa, dejando ver todo su pecho peludo y tetoncito. Mientras bebo, voy mirando de refilón como su paquete va creciendo, y se lo toca de vez en cuando para acomodar su carga, como para evitar que le rompa el pantalón. Para estas alturas, entre el ron y la calentura de los dos, el climatizador no surtía efecto alguno.

Pasado un rato y con los créditos corriendo, me dice: “No te gustaría vivir tu propia película?”. Yo, viendo que el rumbo que las cosas habían tomado era lo que tanto había esperado, le dije: “Si, y tú?”, “Yo también”. Y diciendo esto me da un beso repentino, comiéndome los labios y penetrando con su lengua mi boca, al tiempo que me relajo y paso también a comerlo. Era algo tierno el besarnos mutuamente, saborear nuestras bocas, sentir la respiración del otro en pleno rostro, y como el ritmo de ésta iba creciendo junto a los sonidos ahogados y el movimiento curioso de nuestras lenguas.

Sin apartarnos, comienzo a recorrer con mis manos su cuerpo, su vellosidad que tanto había deseado. Siento que sus tetas están dura y las pellizco, mientras se queja y su respiración se hace más agitada. Se separa de mi y me dice: “Chúpame las tetas, papi”. Enseguida me puse en acción, terminé de quitarle la camisa, y pude ver que las tenia duras y paraditas. Con mi lengua le marcaba círculos, y mientras mojaba y chupaba, acariciaba su barriga por los lados. Los escalofríos que tantas caricias le provocaban hacía que se le pudiera la carne de gallina y se erizara como un bosque que renace. “Sigue bajando” le oí decir. Zafando su cinturón y pantalón pude observar que el bulto era sorprendente. Al bajar la bragueta, se levantó un poco para bajarlos hasta el suelo, reclinando de paso los dos espaldares del asiento para ponerse más cómodo.

Se marcaba algo grande bajo el boxer ajustado y blanco que llevaba, y al acercar la cara para jugar con el por encima de la tela, notaba el pulsar de su sangre, el olor a sexo caliente que despedía y lo ancho de su cuerpo. Lo mordía con los labios, desde la base hasta la punta, y lamía sus bolas. Ya veía que el boxer se mojaba, cuando decidí bajarlo y liberar aquello de su prisión.

Al sacar los boxer, su pene quedó libre y erguido al aire como una palanca de cambio del mejor camión, su cuerpo venoso y ancho debía tener el grosor de un spray y sobraban dos manos para agarrarlo, no era circuncidado, y su cabeza era ancha como el cuerpo, bien formada y estaba muy roja de la excitación. Al correr el capullo, se descubrió todo mojado, deseoso de ser tragado. No le di mucho tiempo, comencé a pasar mi lengua a lo largo del cuerpo, por los lados, la cabeza rodeaba con mi lengua y daba movimientos circulares.

Era tanta la excitación que tenía su dueño, que sus contracción la sacaban de mi boca, pero rápido la volvía a atrapar. Seguí bajando a sus huevos, redondos y peludos, entrándole suavemente para no arquear con sus pelos, chupándolos como caramelos. Seguí bajando, le alce una de las piernas para poder besar y lenguetear detrás de sus bolas. El olor que provenía de más atrás era algo atractivo, pero debía dejarse para después.

Volviendo al inicio, devoré completo el cuerpo de aquel instrumento de placer, saboreando su cabeza, jugando con mis labios en ella, y bajando y subiendo con sus manos acarciando mi cabeza y dando ritmo a mi trabajo, mordiendo y presionando con mis labios, como quien quiere sacar todo aquel calor febril que contenía. Sus quejidos eran ahogados, pidiendo que fuera suave, que le gustaba mi trabajo, que no me apurara, que tomara todo lo que quisiera, que era un excelente ternerito y que papi me iba a complacer en todo.

Teniendo los huevos en mis manos, percaté que tuvo una contracción fuerte, y que el líquido preseminal estaba llegando con más frecuencia, así que me retiré mientras el se relajaba.

Me levante del suelo. Atrayendo mi cuerpo hacia el me saco el pullover para chupar mis tetas, gordas y suaves. Mientras hacía esto,  sacó mis pantalones y los boxer. Chupando suavemente mi equipo, ya húmedo de tanta fantasía y trabajo, devolvio todas las caricias que le había dado anteriormente. Al tiempo que seguía en esto, introdujo dos sus dedos en mis nalgas, buscando mi culito cerrado, se mojo uno de sus gordos dedos primero, y lo fue introduciendo primero. Yo me sentía en el séptimo cielo, no sabía que hacer con tanto placer, pues esa combinación de mamada y penetración es letal para el cuerpo. Cuando sintió mi culo un poco más relajado dijo: “Date vuelta y muéstrame tu culito”.

Así lo hice, y de nuevo el trabajo en mi culo fue de campeonato. Esta vez no era un dedo, sino dos, y teniendo en cuenta que sus manos grandes parecían tener Hot Dogs por dedos, se podrán imaginar que los suyos valían por cuatro de los habituales. Entraban y salían suavemente, haciendo círculos, tocando mi próstata, y mientras llenaba de besos y mordiscos mis peludas nalgas Cuando ya estaba todo relajado, beso mis nalgas tiernamente, se sentó en el borde del asiento y se reclinó hacia atrás y dijo: “Ven, siéntate sobre mi caballo”.

Cuando vi su “caballo”, este estaba mojado por su saliva, pues lo había mantenido duro mientras degustaba mi ano. Su manos aun dentro fué guiando mi sentada sobre la caliente montura mientras con la otra dirigía ese animal hacia mi culo. La cabezota no entraba fácilmente, así que tuve que intentarlo poco a poco, hasta que sentí finalmente como aquel clavo caliente había comenzado a penetrar mi interior. “Que forma de besar tiene tu culo, mi amor” me dijo, mientras besaba mi espalda y seguía ayudándome a bajar. Poco a poco fui dejando que todo su cuerpo se uniera al mío, hasta sentir que su barriga era el lugar indicado para detenerme a descansar y dejar que mi culo se acostumbrara a su nuevo dueño. Esto sucedía, y mi domador me acariciaba las nalgas, me pellizcaba las tetas, haciendo que me contrajera todo y apretara más su gordo rabo.

Empecé a moverme sobre el, primero lentamente, para acostumbrarme a la carrera y que él se sintiera más complacido. “Lento mi amor, dame todo tu calor. Así, aprieta más y revélate. Que culo más rico, suave y caliente” eran frases que decía mientras la carrera seguía adelante, cogiendo más ritmo. El placer mío no se limitaba a sentir el cosquilleo de su verga dentro de mis nalgas, pues con una de las manos me acariciaba mi rabo, duro como roca de tanto placer, y mojado como nunca. La marcha siguió aumentando el ritmo, ya su cuerpo salía casi completo dejando solo la cabeza y dejándome caer con bríos sobre él en cada retorno a la silla. A este paso me dice “Sigue… sigue… ya estás llegando… ahí viene tu premio…  ya está llegando …  ah …. ah…. aaaaaagghhh!!!. De pronto me detiene, me aprieta hacia el, mientras siento que las contracciones de su animal en mi interior viene acompañadas de un calor que inunda mi cuerpo, y completados de sus tiernos mordiscos en mi espalda y apretones en mis pezones duros para que apriete con más ternura su clavo.

Terminan sus espasmos y me quedo acariciando sus huevos que quedan justo debajo de los míos para esa posición. Al sentir que está saliendo de mi interior, me retiro lentamente. Estoy tan abierto para esas alturas que no puedo evitar que parte de su semen salga al exterior y me corra entre las nalgas y un poco más.

Me quedo frente suyo y mi deseo me dice que debo dejar limpio aquello que ha quedado sucio, y con mi lengua me dispongo a limpiar su caballo agotado, con pases tiernos de mi lengua, saboreando aquella mezcla rara de semen, culo y sudor, algo salado y dulzón al mismo tiempo.

Mirándome a la cara y con visible agotamiento me dice: “Ahora te toca a ti ser el protagonista de la película”. Y diciendo esto, se tira completamente hacia el respaldar bajado, alzando sus pies hasta el asiento y mostrando aquel lugar que antes había explorado, pero que había dejado para otro momento. La visión era atractiva. Sus huevos estaban relajados y caían sobre el nacimiento de las nalgas, tremendamente pobladas en esa zona. Me dispuse a masajear ese camino a la gloria con mi lengua, sintiendo nuevamente los quejidos de mi amigo. Seguí bajando y llegue al lugar justo para un beso negro, tierno y húmedo. Poco a poco fui cambiando su sabor a sudor por mi saliva, levantando más aun sus piernas y abriendo más las peludas nalgas que tenía. Con mi lengua fui penetrando su interior y las contracciones de su ojete eran evidencia de lo que sentía, luego fui aplicando poco a poco mis dedos, todo embadurnados de saliva y mucosidad interior, hasta que me dijo: “Ahora, dame lo que tienes, damelo todo”.

Me arrodille de forma que mi equipo quedara a la altura de su ojete, poco a poco fui clavándole mi pinga, algo más de 16 cm, con capullo y algo cabezona, en su culito tierno; fui penetrando y sintiendo el calor que estaba guardado para mi en su interior. Cuando llegue a pegar mis huevos a sus nalgas, sentí que ya estaba todo dentro, que era mi hora de galopar sobre aquel peludo corcel. Lentamente fui moviéndome, disfrutando cada embestida “Este es el culo más rico que he cogido en mi vida. Me gustas tremendamente. Apriétamela para que disfrutes”. Esas eran las frases de placer que me venían a la menta y libre de ataduras las dejaba escapar, sintiendo que su efecto eran de placer en mi caballo. A estas alturas el garrote de mi amigo ya estaba duro y se lo masajeaba al mismo ritmo mío.

Fui subiendo el ritmo poco a poco y sin darme cuenta de que cada golpe me acercaba al final. “Que rico lo tienes, calientito, te lo voy a dejar llenito para que no pases hambre…. toma tu lechita papi… tómala…. ah… aaaahh!!!. Y de pronto todo mi cuerpo se estremeció y comienzo a tener una corrido tremenda, provocándome espasmos deliciosos, pero me da tiempo a sacarlo de su culo, acercarme a su cuerpo, coger los dos rabos con mis manos y seguir masturbándolo. Todo mojado mi rabo de semen  y el del que estaba lleno de preseminal, hacia que los dos fueran más sensibles las caricias que le daba con mis dos manos. Con tanto movimiento y caricias provocó que de repente un trallazo de leche le cruzara la barriga a mi amigo.

Mientras su leche seguía brotando, yo seguí jugando con ambas vergas, mojándolas con el semen de los dos. Cuando hubo terminado, cogió una de mis manos y la llevó a su boca, limpiándola con su gran lengua, al tiempo que yo hacía los mismo con la otra, probando nuestros dos sabores juntos. Nos abrazamos y nuestros cuerpos se untaron con el semen que había disparado mi grandulón. Así estuvimos un rato, abrazados y morreándonos, compartiendo nuevamente nuestros sabores.

Nos separamos. El quedó sentado en el sofá, yo me deje caer al suelo alfombrado del bus. Las respiraciones estaban agitadas, pero se fueron calmando. De pronto me dice:

–         “Te ha gustado esta película?. Tienes alguna queja?”.

–         “No”-le respondo-“realmente no pensé que esto pudiera pasar contigo, siempre me habían llamado la atención los ositos, pero de ahí a tener algo concreto con alguno, era algo que no me esperaba”.

–         “Yo hace algún tiempo noté la forma en que me mirabas y me tratabas, pero no estaba seguro de que fueras partidario de estas cosas, pues tu comportamiento es siempre como un hetero” -dijo él.

–         “Sin embargo, no hay que renunciar a ser hombre para sentirse amado por alguien como tú, esa es la esencia de un oso, esa es la diferencia de los osos y los heteros”.

Diciendo esto se bajo y sentó a mi lado, tomándome en sus brazos fuertes y besándome con pasión. De pronto acuesta mi cuerpo y comienza a devorarme en un 69, a lo que yo correspondo de igual manera. Ambos nos comíamos en lo más íntimo, y de a poco los aparatos vuelven a tomar la forma gorda y caliente que hace unos minutos eran objeto de placer mutuo. Su trabajo era divino, pues era capaz de succionar todo el rabo, las pelotas y mi culo, aun medio abierto, en su ir y venir, con las manos aprovecha y juega con mis nalgas y mi culo, provocando que me contraiga y sienta nuevamente sus dedos grandes en mi interior.

Yo por mi parte imagino que estoy debajo de un gran motor y succiono una excelente manguera, mientras acaricio su ojete mojado con mi semen y siento como se contrae con mis caricias. Continuamos en esta mamada, hasta que de pronto me corro con dos potentes tiros que quedan prendidos de si bigote, seguidos de su mamada contínua para devorar todo lo que soy capaz de darle. Por su parte, siento como su culo se contrae y sus huevos se recogen, anunciando la llegada de un río de leche que inunda mi boca, y no dando tiempo a ser tragada, se desborda por la comisura de los labios.

Al terminar ambos nos besamos tiernamente, como si lo único que hubiese para acariciarnos fueran nuestras lenguas, y limpiamos tiernamente nuestras caras, nos acariciamos y abrazamos tiernamente y conocemos mejor como es el sabor y el olor del otro. Nos quedamos abrazados un rato más.

–         Ya es tarde, creo que debemos recoger todo y terminar el trabajo por hoy, – dice.

–         Si, ya es hora de regresar. – le confirmo.

Mientras vamos al baño del bus y nos limpiamos, noto que está pensativo.

–         ¿Sucede algo?, ¿Te arrepientes de esto?, – le digo.

–         No, pero me gustaría tanto volver a encontrarnos otra vez, pero no sé como ni cuando. – Responde con temor.

–         No te preocupes, que si de mi trabajo depende que revisemos este bus con más frecuencia, eso no va a faltar, ¡Y el chofer siempre tiene que velar por su vehículo!”.

Así, quedamos en que cada semana su bus pasaría a ser revisado al final de la jornada, para ver y protagonizar nuevas películas de “Los Ositos Cariñosos”.

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