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Abrete sesamo

Cuando “Las Sombras” asesinaron al embajador Kosh de los Vorlons en “Babilonia 5” (Tercera Temporada, Episodio Número 315, “Interludes and Examinations” ) quedé tan desolado que sólo con mucho esfuerzo lograba controlar la rabia. Como es mi costumbre, había grabado el episodio en VHS y, después de ver por quinta o sexta vez a la Mayor Ivanova cuando, llorosa, abría las compuertas del muelle de la estación para que la nave de Kosh, que sufría a su modo y que no podía vivir si su amo había muerto, saliera a cumplir su destino final con lo poco que quedó de Kosh a bordo, las lágrimas se asomaron a mis ojos. La voz en “off” de la embajadora Delenn narraba los detalles desgarradoramente y cada vez mi sentimiento era más profundo. Eduardo, que se estaba duchando, pues detesta todo lo que huela a Ciencia Ficción, salió desnudo del baño cuando una cara de tristeza se levantaba por mis mejillas. Se asustó y sacó sus propias erróneas conclusiones: “¡Yo no escuché el teléfono! ¿Tu papá, verdad? ¡El corazón, yo sabía! ¡No!, ¡Tu cuñada cumplió su promesa y le cayó a tiros a tu hermano! ¿O fue al revés? ¿Tu… mamá? ¡Dime qué pasó, coño, me tienes en ascuas!” Cuando al fin pude calmarme lo suficiente para contarle por qué estaba así, Eduardo me echó casi a patadas del dormitorio y trancó la puerta con cerrojo, por lo que tuve que tragarme mis lágrimas e irme a dormir al sofá cama del estudio.

A partir de ahí todo comenzó a ir mal entre nosotros. Sobre todo porque al día siguiente encontré el cassette de VHS vuelto añicos sobre el televisor. ¡Eso era una declaración de guerra! Nos retiramos la palabra. Durante varias semanas evitamos interactuar; Si por accidente nos mirábamos, nos torcíamos los ojos. ¿Sexo? ¡Ni hablar! ¡Ni siquiera nos dábamos los buenos días! Si Eduardo persistía en su actitud y no se disculpaba conmigo por ser tan bestia, yo tendría que irme. Total, el departamento y casi todo lo que contiene es de él. A veces, por las noches, yo escuchaba el ronroneo del aparato “agrandadador de penes”, que también tiene modalidades masturbatorias. ¡Me había sustituído por una máquina! Mas no, no me iría si él no me echaba explícitamente. Me mantendría firme en eso. Pero día con día, sentía la necesidad cada vez más apremiante de tener sexo, con Eduardo o con quien fuera. ¿Cómo hacer? Admito que no tengo mucha pericia en eso de concretar “Encuentros Cercanos del Tercer Tipo”. Varias malas experiencias anteriores me habían hecho retraído y receloso en ese aspecto. Eduardo fue quien me “sacó del closet” y dentro de lo posible he tratado de serle fiel, pero me encuentro en una etapa de mi vida en que unos pajazos no son suficiente consuelo, ni siquiera con la estúpida máquina esa “agrandavergas”. Para variar, conseguir hombres masculinos, con pelos y rudos era cada vez mas difícil, o será que el amor me tenía ciego.

Me gusta conocer algo, aunque sea un poquito, del tipo con el que me gustaría revolcarme; mas el embargo sexual al que estaba sometido me obligaba a buscar con urgencia fuentes alternas de semen para cubrir mis requerimientos espermáticos. Así pues, el primero en mi lista de posibilidades era el árabe que vivía en el departamento de abajo, un tipo diplomático de bajo nivel en algún consulado. Alto, robusto, un poco narizón aunque bien parecido, un tanto arrogante, narciso y muy pagado de sí mismo, no es precisamente la clase de hombre cuya personalidad me encienda los reactores, pero… peor es nada. A veces coincidíamos en el ascensor de servicio y era muy efusivo en sus saludos, muchos de ellos en árabe. Yo le sonreía y le correspondía con otro “Salam aleicum” (¿O era “Aleicum Salam”?) A menudo el tipo salía vestido con sandalias y una amplia y larga bata con capucha, típica de su país, la cual creo que llaman “chilaba”. Yo me moría de las ganas de meterme bajo aquella trapera para ver qué usaba debajo (¡Y QUÉ había debajo de lo que usara debajo!) y, de paso (si el “caso” lo ameritaba…), practicarle una mamada que ninguna de las de su harem (si es que lo tiene) pudiera repetir.

Un viernes en la tarde, al regresar de mi trabajo y como cosa del Diablo, Abdul estaba en el hall de los ascensores cuando yo entré. Le sonreí abiertamente y el sujeto, entusiasmado, se acarició los bigotes y la barba, como diciéndose a sí mismo (no sé cómo se diga en árabe: “¡Coño! ¡Éste ya cayó redondito! ¡Es que estoy sabroso!”). Sin decir palabra, lo tomé suavemente del brazo cuando se abrió el ascensor, metí mi llave en la botonera y lo llevé al piso que compartía con Eduardo. En el trayecto aproveché de palpar el estado del tiempo en el Golfo Pérsico mientras él coqueteaba con el espejo… ¡y el pronóstico era de tormenta! Como en una película muda, no bien el ascensor se abrió, yo comencé a desvestirme mientras caminaba lentamente y realizaba una especie de strip tease sin música, dejando un rastro de piezas de ropa y acariciándome yo mismo el machete (más bien… ¡morbosamente!). Visto en las películas eso siempre me pareció ridículo, pero les aseguro que si detrás de ustedes viene un árabe machote y vestido como Lawrence de Arabia, con intenciones “non sanctas”, recogiendo las prendas y olisqueándolas una por una, la percepción del asunto cambia radicalmente. Al llegar al dormitorio ya yo estaba completamente desnudo. Abdul se relamía de deseos y yo me arrodillé frente a él, levanté su bata y metí la cabeza bien adentro como si fuese a tomar una fotografía con una de aquellas cámaras de principios de siglo (¿se imaginan cuál sería el lente?). Tuve que bajar unos muy occidentales boxers negros, pero el oleoducto al que me conecté tenía todo el encanto de las Mil y Una… mamadas que hubiese sido capaz de darle. Independientemente de su longitud, me encantan las vergas que no son muy gruesas, y este halcón del desierto tenía una de esas. Él trataba de sacársela de la bata, pero yo no se lo permitía, y mamar y lamer mientras sujetaba tanta tela para que Abdul no se la quitara hacía más “picante” para mí la situación. Abdul se retiró un poco sin haber acabado y me tomó por los hombros.

Yo sabía que él hablaba español perfectamente, es más, con un agradable acento castizo, pero al parecer había entendido que parte de mi juego era no soltar palabra. De todos modos yo intuí que lo que el Sheik quería era que me pusiera en cuatro patas en el borde de la cama para cogerme estando él de pie detrás de mí, así que saqué el tubo de lubricante de la gaveta de la mesa de noche pero Abdul negó con la cabeza. Tragué grueso. La idea de aquella paloma entrando por mi retaguardia al seco no me causaba ninguna gracia. A Eduardo si le gusta así, pero claro, él es tan macho… Bueno, ni modo, presenté mi culo a aquel hijo de camella que pretendía hacerme víctima de “La Madre de Todas las Culeadas” y a tal fin comenzó a empujarme su cabezota contra el ano mientras yo apretaba los dientes, mordía una almohada e intentaba en vano huir al galope por la vasta planicie del colchón “king size”, pero él me retenía por las caderas.

En eso llegó Eduardo, a quien yo no esperaba sino hasta dos horas más tarde. ¡Mierda! La situación sería cómica si no fuese trágica. Eduardo tampoco dijo ni “ñe”. Se quedó de pie en la puerta observando el show y Abdul mordió que algo estaba mal. De manera que el árabe simplemente se retiró de mi culo sin haber llegado a penetrarme por completo y salió del cuarto. Eduardo lo acompañó hasta la cocina para que saliera por la puerta de servicio. Escuché el portazo y luego, silencio absoluto. De cualquier forma, Abdul había olvidado sus boxers y, por razones obvias era dudoso que viniese a reclamarlos, así que me consolé olisqueándolos y frotándomelos por todo el cuerpo y terminé masturbándome con ellos puestos y también con ellos me limpié la esperma resultante. Pero… ¿dónde estaba Eduardo? Hacía rato que no nos torcíamos los ojos… Tomé una sábana y me vestí como un griego de la antigüedad. Recorrí todo el departamento y no lo encontré. ¿Habría ido a comprar algo, unas cervezas quizás?… lo extraño es que Eduardo casi no bebe… bueno… ¡Qué se vaya a la mierda! Metí un cassette porno en el VHS y me dediqué a disfrutar de situaciones menos complicadas que mi vida.

Pasadas las nueve de la noche llegó el Eduardo, tocando la puerta de la cocina… A medio vestir, descalzo, hediondo a whisky (¿no y que casi no bebe alcohol?), todo despeinado y con cara de haber volado en alfombra mágica… ¡Ya me preguntaba yo qué le metería Abdul al narguile (la pipa de agua que usan en el Oriente) que olía tan “característicamente”! ¡Esto era el colmo! ¡Yo frotaba la lámpara y el desgraciado de Eduardo era el que obtenía los tres deseos del genio! ¿Qué era yo? ¿Un vulgar “calientahuevos”? ¡Coño, coño y recoño! Eduardo tenía un ojo dentro de otro, se reía como un mismo bobo, me empujó y se dirigió al cuarto mientras comentaba, como para sí mismo, pero con toda la perversa intención de que yo lo escuchara: “Cuando algunos por ahí van a moler el trigo, yo vengo ya de vuelta con los pasteles… ¡Hip!” Se desnudó y se tiró en la cama, dejando el pie derecho apoyado en el piso para “anclarse a tierra”, quedándose dormido casi inmediatamente.

Eduardo siempre ha tenido mala bebida. Tres whiskies son suficientes para ponerlo en órbita y si encima estuvo fumando en la pipa de agua perfumada de Abdul antes de pegar su bocota a la otra pipa… ¡Qué arrechera! ¡Me sentía pillado “in fraganti”, burlado, traicionado, vacilado, despojado, todo eso junto! Estuve recorriendo el departamento como tigre enjaulado, de arriba abajo (bueno, de derecha a izquierda… ¡Qué sé yo!) tratando de serenarme para no cometer alguna de las barbaridades asesinas dignas de “Martes 13” que cruzaban por mi mente cuando, sorpresivamente, sonó el timbre de la puerta de la cocina. Ya eran casi las once de la noche, de modo que abrí muy cautelosamente. Era Ramón, el conserje del condominio, quien había encontrado las llaves del auto de Eduardo pegadas a la cerradura y venía a entregarlas. Al verlas, me di cuenta que no eran las llaves del auto. Las verdaderas colgaban de un gancho tras la puerta. Tal vez algún niño, jugando en el estacionamiento del sótano, las dejó clavadas en la cerradura. Lo extraño es que las hipersensibles alarmas no se activaron. Le pedí a Ramón que entrara. Él no quería, pues ya era muy tarde y a lo mejor pensó que yo iba a darle una propina o algo así, pero tanto insistí que entró. Cerré la puerta, me quité mi disfraz de orador griego y de lo más tranquilo comencé a desabrocharle el cinturón. Él me miraba con ojos desorbitados por la sorpresa. Era un muchacho unos diez años menor que yo, 25 años a lo sumo, gordito pero fuerte, de un metro setenta tal vez. Era bastante tímido, pero yo no tenía la más mínima evidencia de que fuese “gay”, ni siquiera “bi”.

“¿Qué pasa, jefecito, por qué me está haciendo esto? ¡Yo no escondo nada! ¡Yo ni siquiera abrí el carro, sólo saqué las llaves de la cerradura! ¡Se lo juro, jefe!” me decía Ramón, asustado, al tiempo que yo le bajaba pantalones y calzoncillos, le quitaba zapatos y calcetines y le sacaba la camiseta. Cuando lo tuve desnudito y acorralado, reaccioné. ¡Dios mío! ¿Qué carajo estaba pasando? ¿Por qué le estaba haciendo aquello a ese pobre muchacho? No puede decirse que yo usara la fuerza; tal vez de haber opuesto él la más mínima resistencia me hubiese detenido. ¡Pero el caso es que él incluso colaboraba!

Su rostro y sus brazos gruesos estaban bronceados por el sol, pero el resto de su piel era pálida-morena. Nunca me hubiera imaginado que aquel hombrecito vestido con aquellos feos uniformes que lo hacían lucir casi como Quasimodo y al que yo saludaba secamente todos los días al entrar o salir del edificio, pudiera tener un cuerpo tan atractivo. Bueno, tal vez nunca había volteado a mirarlo dos veces; Si no es porque se identifica en el pasillo oscuro cuando iba a darme las llaves, yo no lo hubiese reconocido. Él y su mujer eran tan tímidos, tan apocados, tan montunos, que quizás inconscientemente los consideraba como parte del “mobiliario urbano”, no sé.

Parecía una jarra de beber cerveza, de proporciones rellenas y músculos algo definidos a punta de duro trabajo diario (No como los míos, que esperan que a punta de gimnasios carísimos y dietas mata perros se acomoden). Sus pies bien cuidados, sus piernas anchas y velludas pero sin exageraciones, sus nalgas gorditas y firmes, sus espaldas anchas… Todo en su físico y en su actitud era perfecto para mi y transmitía frescura, pulcritud, ingenuidad, pureza, incluso su oscuro vello perfectamente distribuído, más donde debía de tener más, menos donde menos…. Su pene también era proporcional al conjunto, de un color oscuro que no contrastaba con la negrura de su pubis. Con él no se cumplía la ley empírica aquella de “Hombre chiquito, verga grande” (¡y viceversa!), pero sus buenos 15 centímetros si los tenía, tal vez algún centímetro más al erigirse por completo. Me inspiraba… ¿Cómo decirlo?…ternura, deseos de acunarlo, de protegerlo, era una faceta del erotismo que yo nunca había experimentado tan profundamente. Tratar de acunar en mis brazos al animal de Eduardo, con más de un metro noventa y mas de cien kilos de peso… ¡Ni que yo fuera “Mazinger Z”! Además de que a Eduardo le molestan mucho mis demostraciones de ternura (tiene las santas bolas de llamarlas “mariconerías” ) pues teme como a la peste que si él deja que me acostumbre, se me pueda escapar alguna en público. Sentí vergüenza por lo que estaba haciendo, algo parecido al asco hacia mí mismo. Claro que, entre asesinar o mutilar al Eduardo y desnudar al Ramón, era preferible lo segundo, pero sencillamente no podría explicar por qué lo hacía, qué relación podía establecerse entre una cosa y la otra. “Lo… siento mucho, Ramón… No sé que me pasa. Perdóname, estoy como fuera de mí. Vete a tu casa, tu mujer debe estar preocupada…” Recogí del piso mi traje griego o cómo se llame esa mierda que hago yo con la sábana para disfrazarme de Aristóteles y comencé a envolverme.

Ramón me miró con ojos de cachorrito de almanaque y me dijo, tímidamente: “Yo… lo decepcioné ¿verdad? Usted es tan grandote y peludo y yo debo ser tan poca cosa… Jefecito… ¿No quiere darme aunque sea un abracito antes de que me vaya?” Mi corazón estalló en llamas de ternura, de calidez, de instinto paternal… Me quité de nuevo la sábana y lo abracé muy fuerte, al tiempo que lo besaba en la frente, los párpados, las mejillas… ¡Qué sensación tan arrecha! Aquel carajo bello olía a jabón azul, a dentífrico de menta y a crema de afeitar… Besé sus manos y sus pies, mordí suavemente sus tetillas y sus hombros. Él me correspondía, al principio con torpeza, luego cada vez más abiertamente. Al fin nos besamos en la boca… En ese momento se me ocurrió algo que me excitó como hacía años nada lo hacía… Lo tomé en mis brazos y lo llevé al cuarto donde Eduardo dormía su rasca de whisky mezclado con “loto azul del Nilo” “¿Y si el otro jefecito se despierta?” preguntó Ramón azorado cuando yo lo depositaba dulcemente en la cama, al lado de Eduardo. “¡Ya quisiera ese camello muerto despertarse!” le respondí “Ahorita debe estar soñando que se lo cogen Alí Babá y los Cuarenta Ladrones ¡Ojalá que sufra las cuarenta y un veces que le ordenen ‘¡Ábrete, Sésamo!’ y le empujen al seco por ese culo una cimitarra de carne, como seguramente le hizo Abdul Al-Culero allá abajo, después del whisky y el narguile!” “¿Perdón, Jefecito…? ¿Cómo dice? ¡No entiendo nada!” “No importa, Ramón, ese es un cuento oriental de putos que no vale la pena tratar de entender”

Y procedí a mamarle y a lamerle la verga, las bolas, las ingles, el ano, después de lo cual él, con la furia del converso, me hizo otro tanto. Pero era evidente que también la enorme verga de Eduardo le llamaba la atención, por lo que descorrí el prepucio de aquel monstruo dormido, lo lamí y le mamé el glande y se lo ofrecí a Ramón como quien invita una cerveza. Él se reía nerviosamente. Tomó el miembro de Eduardo con dos dedos como si agarrara una copa de cristal muy frágil y cautelosamente se lo metió en la boca estando arrodillado sobre la cama. Yo saqué el consabido tubo de lubricante y le fui metiendo uno, dos dedos en el ano. Con menos dificultades de las que esperaba, me lo calcé al estilo perrito. Las puertas del closet (están revestidas de espejos) reflejaban para mi placer todo lo que estaba ocurriendo en la cama. ¡Qué sensación! ¡Qué situación tan excitante! Mi verga debe haber batido su propio record de longitud y grosor al recibir un “Special Bunus” de sangre en sus cuerpos cavernosos, pensé que no iba a poder separarme posteriormente de Ramón y que quedaríamos “pegados” varios días como los perros callejeros. Esa idea “bizarra” también intensificó mi deseo y comencé a bombear en aquel culo tan sabroso. Eduardo roncaba como un aserradero, Ramón le mamaba la verga como si quisiera disolvérsela con saliva y yo arreciaba mis vergazos hasta que al fin eyaculé lanzando un grito estentóreo que retumbó por todo el departamento. Rápidamente voltee a Ramón y le mamé el pene para que eyaculara en mi boca, cosa que hizo como si tuviera seis meses sin descargar sus bolas. Me coloqué a mi bello muñequito sudoroso encima, a modo de cobija. Sexualmente estaba saciado y adicionalmente sentía una gran serenidad, una ternura tan profunda y tan extraña por aquel muchacho que aparentaba menos edad de la que debía tener. Se acurrucó en mis brazos, apoyó su cara en mi hombro y mientras yo lo abrazaba y lo acariciaba dulcemente, se quedó dormido. Reflexioné tanto durante las horas que tuve a aquel tipo durmiendo en mi pecho… Si. Dejaría a Eduardo, lo nuestro ya no daba para más, demasiado orgullo, demasiada falta de madurez, demasiado egoísmo de ambas partes.

Me desperté de madrugada, lleno de frío. La noche había sido calurosa, pero hacia el amanecer comenzaba a refrescar y bastante. Ramón no estaba, se habría ido mientras yo dormía. Eduardo roncaba plácidamente, aunque acurrucado a causa del súbito bajón de la temperatura. Bajo el resplandor de la luz de la calle que entraba por la ventana lo contemplé largo rato. ¡Qué lástima que todo terminara así! Tan bello, tan grande, tan amado… Algo de mí moriría al irme. Sin embargo, me sentía plenamente sereno y lúcido, ni rastros de la bestia que había sido horas antes. Asumiría mi barranco sin odio, sin rencor, sin violencia… Regresaría a “La Isla de las Almas Perdidas” (¿Recuerdan?: “In Babylon, on the boulevard of broken dreams…”)

Me percaté de que tenía frío y que Eduardo también lo tendría, así que busqué una enorme manta en el closet y lo cubrí y no pude evitar darle un beso en la frente. En la mañana le diría que me iba. Tomé otra manta para mí y me dispuse a irme a dormir al estudio cuando sentí la voz de Eduardo, susurrante: “¿A dónde vas? Ven aquí conmigo, me hace falta tu calor” Dudé un momento, pero me metí a la cama junto a él, bajo la manta. Él me abrazó y me dijo: “Tuve un sueño tan extraño… Primero, tú tratabas de ahorcarme con un rollo de nylon, luego, yo estaba como muerto, rígido, sin poder moverme pero plenamente consciente en esta misma cama, mientras tú tirabas con un tipo al lado mío… Finalmente, tú me decías que me dejabas, que te ibas. Yo me sentía morir… En un mundo tan hostil, particularmente para quienes son como nosotros, es tan especial el habernos encontrado, poder estar juntos… Guille, perdóname tantas tonterías, sabes que para mí tampoco es fácil, pero… no quisiera tener que averiguar cómo sería mi vida sin ti… Yo te prometo que…” “No digas nada más” lo interrumpí “No hacen falta las palabras, sólo abrázame más fuerte”

No le conté a Eduardo nada sobre Ramón (¡Ni loco!). Temprano en la mañana, regresaba yo de comprar la prensa cuando lo vi a lo lejos, puliendo el piso. Emocionado, le grité alegremente: “¡Buenos días Ramón! ¡Que gusto de verte!” Al acercarme me di cuenta de que… no era Ramón. El hombre, que se parecería a él tan sólo en la estatura (y el uniforme) me contestó secamente, casi en voz baja: “Buenos días, señor Guillermo”. “¿Cómo?” le dije “¿Usted también se llama Ramón?” El sujeto apagó la pulidora y se enderezó para mirarme a los ojos, si bien su mirada era huidiza. No parecía ni prójimo del Ramón que yo conocía. Era mucho más viejo, y ¿por qué no decirlo? ¡Francamente feo y con olor a sudor rancio!. Rascándose la cabeza me respondió: “Bueno… si… yo también me llamo Ramón. En este país mucha gente se llama Ramón, con decirle que en mi pueblo había hasta un burro que se llamaba…” “¡No, no es eso! El conserje de aquí ¿No se llama Ramón, como Usted?” “Bueno… Si… El conserje de aquí… soy yo, que me llamo Ramón, vivo aquí con mi mujer y no tengo hijos ni ayudantes ni suplentes y soy el conserje desde que construyeron el edificio, pregúntele a cualquiera de sus vecinos… ¡Hasta me acuerdo de cuando Usted se mudó para acá, donde su… primo, el señor Eduardo!” “No, usted como que no me entiende… Ramón, el conserje, el verdadero conserje, un muchacho de unos 22 a 25 años, blanquito, cabello negro…” El conserje comenzaba a pensar que yo trataba de tomarle el pelo: “Perdone señor Guillermo… pero usted debe estar confundido de condominio, aquí nunca ha habido otro conserje más que yo… Y ahora, si me dispensa, quisiera terminar de pulir la entrada antes de que empiece a circular el gentío, si no, luego me reclaman. Con su permiso” y encendió nuevamente la ruidosa pulidora.

¿Qué era aquello? ¿Un episodio de “La Dimensión Desconocida” ?¿Universos paralelos? Perplejo, casi temblando entré al departamento y abracé a Eduardo como si yo fuese un náufrago y él un tronco flotante y le murmuré al oído: “¡Te quiero tanto!”. Él reía y me preguntaba el por qué de aquella súbita explosión de “efusividad”, si era que había olvidado algún aniversario. Lo miré a los ojos, como tratando de penetrar en su mente… Y de nuevo sentí aquel estallido cardíaco de ternura, de calidez, de dulzura… sólo que esta vez quien me lo inspiraba era Eduardo, el amor de mis años. Ese sábado no salimos. Pasamos todo el día amándonos una y otra vez, renovando nuestras promesas de fidelidad y amor ilimitado. ¿Quién era el misterioso Ramón que vino a traer las supuestas llaves del auto de Eduardo? No lo sé y creo que no quiero saberlo. Trajo felicidad a mi vida, tal vez evitó que yo perpetrara una barbaridad… Pero se llevó el costosísimo reloj que Eduardo me regaló en mi cumpleaños y las verdaderas llaves del BMW, que tal vez nunca aparezca…

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