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Yo lleve a Flavia Miller al orgasmo

Aún no lo podía creer, tenía el teléfono de Flavia Miller en mi agenda… y aún no me animaba a llamarla. Tenía miedo de que fuera mentira, de que tanta ilusión que yo me hacía terminara desvaneciéndose en la nada. Tantas fantasías, tanta lujuria dispuesta a estallar junto a su cuerpo, y aún existía la posibilidad de que todo fuera un engaño.

Es difícil creerlo cuando te aseguran que una famosa ejerce la prostitución. ¿No se tratará de alguna mujer que, aprovechando un parecido físico, se hace pasar por ella? Eso era lo que mas me temía. Y sin embargo, no podía dejar pasar la oportunidad de estar con ella. Ese martes me tomé la tarde libre en el trabajo, y la llamé.

— Hola. —debo decir que cuando escuché su voz el corazón comenzó a galopar desesperadamente, realmente era la voz de Flavia, mi ilusión iba en franco aumento.
—Hola… ¿Flavia?
—Siii…
— ¿Flavia Miller?
— Así es… ¿quién habla?

Me presenté, explicando que un amigo me había dado su teléfono. Recelosa, me preguntó el nombre y apellido de quien había facilitado ese contacto, hasta que al fin dijo conocerlo muy bien. Hasta ese momento yo, pesimista por naturaleza, había tenido la sensación de que, a pesar de tratarse efectivamente de Flavia Miller, simplemente estaba teniendo un contacto telefónico y que sería imposible avanzar mas que eso, imposible acostarse con una famosa como ella.

— Bueno Flavia, yo te llamaba para saber si es posible tener un… contacto… con vos…
— Claro, pero tiene que ser acá, en mi departamento.
— Si, si, perfecto, ¿puede ser hoy mismo?
— Mirá… tenés suerte, hoy te puedo hacer un espacio, pero otra vez me tenes que avisar con más tiempo.
— Y… ¿cuánto me va a salir? — Hubiera preferido no hacer nunca esa pregunta… sufría imaginando una cifra prohibitiva que me impediría aprovechar la oportunidad de estra con ella… estaba dispuesto a pagar lo que sea por un momento de lujuria junto a Flava, pero debía tener al menos un parámetro de cuanto me iba a salir echarme el polvo mas esperado de mi vida.
— Cien pesos
— Voy para allá, Flavia… ¿me decís la dirección?

en menos de cinco minutos ya estaba en mi auto, demasiado pronto para la cita. Me dirigí al barrio de Flavia y pasé por el edificio, corroborando la dirección, y acto seguido fui hasta un bar que quedaba en la esquina a tomar un café y hacer un poco de tiempo. Casualmente sobre el mostrador estaba un ejemplar de una conocida revista de la farándula. Me lo llevé a la mesa y me dediqué a ojearlo. No tardé en encontrar unas fotos de Flavia relatando algunos episodios que habían tenido lugar en la pantalla de televisión.

Cerré la revista… ya no podía mas del suspenso, pensar que la iba a tener frente a mi… y desnuda… eso era demasiado, eso era demasiado para mí… Extasiado como estaba en mis pensamientos, no advertí que ya era casi la hora en que había quedado encontrarme con ella, apuré el café y fui hasta el edificio de Flavia. Toqué el portero y su inconfundible voz fue la que atendió. Me hizo subir.

Tras la eternidad —o al menos eso fue lo que me pareció a mí— que tardó el ascensor en recorrer los cinco pisos hasta el departamento, por fin estaba frente a la puerta esperada. Toque dos timbres cortos, y esperé. Unos pasos de tacones altos se escuchaban del otro lado, acercándose a mí. La puerta se abrió y efectivamente, para mi indescriptible alegría, la mujer que estaba del otro lado era la misma que aparecía en las revistas y en la televisión.
— Hola, ¿cómo estás? —me dijo dándome un beso en la mejilla e invitándome, con un gesto, a pasar a su departamento.
— Fantástico— respondí con plena sinceridad.
— Bueno, primero arreglemos lo de la plata— me dijo sin titubeos y profesionalmente.
— Claro —respondí, buscando la billetera en mi bolsillo y buscando el dinero… y de pronto…

¡HORROR! Lo mas inesperado, lo que nunca debería haber sucedido, estaba ocurriendo. Como en esas pesadillas, como si en ese momento yo comenzara a caer en un abismo sin fin, observé que en mi billetera había 20 pesos, y unos 130 patacones (*). La miré suplicante, avergonzado, aterrado por mi propia pregunta… —¿Aceptas patacones?

— Si, claro.

Respiré aliviado. Le entregué el dinero, que ella enseguida guardó en un cajón, y me dejé guiar de su mano hasta un cuarto con cama matrimonial.

— Entonces… ¿Qué querés hacer? — me dijo.

La obesrvé de arriba a abajo. Tenía un escotado vestido blanco que le marcaba las enormes tetas, y un tajo que recorría sus piernas, desde las propias caderas hasta los tobillos. Aún con tacos altos, era un poco mas bajita de lo que la había imaginado, pero lo que realmente me interesaba eran sus pechos.

— Quiero que te desnudes — le dije, recostándome sobre la cama.

Su vestido cayó rápidamente al piso, dejando a una Flavia Miller completamente desnuda, sin ropa interior. Sus grandes y firmes pechos se movían de un lado a otro mientras ella se sacaba los zapatos y se subía a la cama. lo que mas me llamaba su atención, de todas formas, era su entrepierna, completamente depilada. Apoyó su mano sobre mi bulto y me dijo

— ¿Y ahora?

No esperó respuesta. Me desabrochó el cinturón y en un abrir y cerrar de ojos me despojó de mis pantalones y de mi slip. Tomó mi pene, erecto hasta la desesperación, y de un bocado se lo metió en la boca. Pronto me di cuenta de que intentar reprimir la eyaculación sería una tarea imposible para mi en esas circunstancias, e inmediatamente descargué mi esperma dentro de su boca. A pesar de haber acumulado litros de leche durante los cuatro días que esperé hasta llamarla, ella no derramó ni una gota de mi semen, y se lo tragó gustosa y relamiéndose.

De todas formas mi pene estaba muy lejos de encontrar la paz… aún estaba erecto, y no necesitaba de un descanso. Le pedí que se pusiera encima mío como si fuéramos a hacer un 69, y que me lamiera las pelotas, mientras yo, dándome todos los gustos, le separaba las generosas nalgas y llegando a su preciado agujerito, le introducía un dedo dentro su ano, completamente depilado.

Sentía como ella se retorcía de placer, apoyando sus grandes pechos sobre mi pelvis, haciéndome gozar hasta lo indecible. Entonces le pedí que se pusiera boca abajo, y separándole las piernas, apoyé mi pene en su dilatada y húmeda vagina, y lentamente la penetré. Me recosté sobre ella, y me dediqué a la tan soñada y esperada tarea de lamerle los pezones.

Sé que llegó al orgasmo. Años de frecuentar burdeles y tener cientas de amantes hacen que engañarme en eso sea imposible. Flavia llegó conmigo a tener un orgasmo increíble, que me arrastró junto con ella a esa cumbre del placer, volviendo a depositar mi semen en el interior de su cuerpo.

Nos quedamos un largo rato en esa posición, abrazados. Sentir sus manos recorriendo mi espalda y mis nalgas era estar en la gloria. Al fin, me levanté para ir al baño, y cuando volví la encontré vestida. Nos despedimos dándonos un piquito en los labios y deseándonos lo mejor hasta un próximo encuentro.

Pero ese encuentro nunca llegó. Esa semana un programa de televisión pasó al aire unas cámaras ocultas con las que denunciaban la actividad de Flavia, y la semana siguiente, cuando la llamé para concretar un nuevo encuentro, me encontré con que nadie respondía a mis llamados. Pero aunque sea una vez, una vez en la vida, yo me di el gusto de hacerle el amor a Flavia Miller.

(*): Letra de tesorería de curso legal en la Argentina, de idéntico valor al peso pero de menor aceptación.

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