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Mi amiga Marta

Cuando después de examinarme la doctora que me visitó se retiró con la dueña de la pensión donde me alojaba a la habitación contigua, agucé el oído porque temí que fuera a decirle que mi dolencia era importante y pude escuchar perfectamente la conversación. La doctora le dijo a la Sra. Marta que era muy conveniente que me pusiera unos enemas y se extendió en detalles sobre la cantidad y manera de aplicármelos, detalles que no escuché bien porque me quedé confuso y sorprendido.

La Sra. Marta era una viuda de 40 años, alta y con un tipo muy bien puesto, más de una vez me había quedado observándola a hurtadillas, cuando servía la mesa inclinaba su busto y recordaba siempre la tremenda erección que me produjo la contemplación de sus muslos la única vez que pude verla arrodillada hacia delante intentando quitar unas manchas en el suelo, por lo demás nuestras relaciones habían sido cordiales y afectuosas, pero distantes, ya que más bien me consideraba un chiquillo, pues todavía no había cumplido los 20 años.

Evidentemente la Sra. Marta, cuya piel no había tenido ocasión de rozar, ocupaba muchas noches mis sueños y acababa masturbándome como un loco, pero nunca me había atrevido a insinuarme y mucho menos a intentar cualquier acercamiento porque su actitud, aunque amable, me imponía respeto.

Ahora, cuando le decía a la doctora que ella misma me administraría las lavativas, y ante la perspectiva de que sus manos me tocaran mi carne, no sabía que me pasaba, pero mi ansiedad y excitación iban en aumento.

Después de despedir a la doctora, la Sra. Marta entró en mi habitación y su aspecto era más animado que de costumbre y parecía algo nerviosa, fingí que no había oído nada y le pregunté por el diagnóstico de la doctora, me dijo que mi enfermedad no tenía importancia y que ella misma me aplicaría el remedio, sin especificar otra cosa, sino que sería algo molesto pero muy efectivo.

Me dejó solo y la oí trajinar por la cocina, yo sabía muy bien lo que estaba preparando y me sentía algo asustado, si bien mi excitación era de campeonato, pensaba en como podría disimularla y en lo que iba a pasar, no es que me hiciera especial gracia que me manosearan el trasero y no recordaba la última vez que mi madre, de pequeño, me dio alguna lavativa, pero la idea de encontrarme desnudo ante la Sra. Marta y que sus dedos tocaran mi piel me llevaba al borde del orgasmo.

Pasados unos 10 minutos oí las pisadas de la Sra. Marta que se acercaban, abrió la puerta y pude contemplarla con todo su esplendor, su cara se me antojó algo irónica y entre sus brazos sostenía como acariciándolo un depósito irrigador de plástico lleno de líquido, entre sus manos sostenía una toalla y pude ver amenazante la cánula negra con que terminaba la goma del tubo, puse cara de asombro, que no me costó nada fingir, mientras me ruborizaba sin articular palabra, no te asustes, no va a pasarte nada y va a ser cosa de un momento, la doctora ha dicho que es lo que más te conviene, por favor, déme cualquier medicamento, pero una lavativa no, murmuré con voz entrecortada, lo siento pero hay que ponértela, suponía que preferirías que lo hiciera yo misma que tengo edad casi suficiente como para ser tu madre, pero si no quieres llamaré a una enfermera.

Contesté que me daba miedo, pero si no tenía otra opción prefería que fuese ella la que me pusiera la lavativa.

Me hizo colocar boca abajo y, diestramente, me bajó el pantalón del pijama hasta quitármelo completamente, me hizo levantar un poco para colocarme debajo del vientre y piernas la toalla del baño, sin palabras me fue colocando en la posición que quiso, haciéndome abrir un poco las piernas, sus manos suaves parecían acariciar mis muslos y rozaban mis testículos, pero cuando separó mis nalgas para permitir la entrada de la cánula en mi ano, mi excitación tenía que ser perfectamente visible, con la vaselina lubricó mi ano y la cánula y pronto sentí la introducción de un objeto duro en mi ano, intenté rechazarlo, pero sus dedos me lo impidieron, mientras que con la otra mano me daba un par de azotes para que estuviera quieto, desnudo, expuesto así a sus miradas, con el culo al aire, bien abiertas las nalgas y las piernas separadas que sabía dejaban al descubierto mis desarrolladas bolas y el pene duro como un palo, me sentí como si aquella mujer me estuviera poseyendo y, gimoteando como un chiquillo, le pedía que no me pusiera la lavativa.

Pero me encontré gimoteando como un crío mientras notaba perfectamente como el líquido templado iba llenando mis intestinos, un par de veces, sin duda a propósito, retiró la cánula para ver si salía bien el líquido para introducírmela seguidamente, muy despacio pero hasta el final, sujetándola entre los dedos de su mano que descuidadamente rozaban mis testículos.

La otra mano se apoyaba a veces en mis nalgas como si las acariciase y a veces elevaba el depósito con lo que me hacía más daño pero mezclado con un placer infinito.

Aunque me pareció una eternidad, cuando sacó la cánula y me dio una palmada cariñosa en el trasero me pareció que había durado solo un minuto y no pude evitar correrme apenas Marta salía de la habitación, dejándome con el culo al aire y diciéndome que no fuera al W.C. hasta que ella me lo dijera para que la lavativa me hiciera un buen efecto.

A pesar de la gran corrida que tuve, pasé el resto del día con una excitación fenomenal pensando solamente en que me había dicho que antes de acostarse me pondría otra lavativa.

Y llegó la noche y Marta cambió el programa, se sentó en la cama y me hizo poner sobre sus rodillas con mi ya abultado pene en contacto con sus muslos, de los que solo los separaba una fina tela, Marta me desnudó aún más si cabe y mientras lo hacía tocó varias veces mi pene y testículos en leve caricia, creo que involuntariamente, pero me ponía al rojo vivo.

Con sus manos me dominaba totalmente, me abría las nalgas hasta hacerme aparecer por completo el ojete de mi culo por el que pasó varias veces sus finos dedos con vaselina para preparar la entrada.

El castigo fue más delicioso hasta recibir la última gota de la lavativa en mis intestinos, permanecí sobre sus rodillas sin atrever a moverme, mientras Marta me hablaba con voz dulce diciéndome que mi “colita”, tan dura, le hacía daño, le pedí perdón diciéndole que no podía contenerme y ella, sin decir nada, se levantó subiéndose la falda de modo que mi erecto pene entró en contacto directo con la carne de sus muslos, abrió las piernas para aprisionármelo entre ellas, mientras sus manos me acariciaban la raja desde el ano hasta los testículos, no pude evitar el movimiento de masturbación entre sus muslos que ella abría y cerraba para provocar el roce suficiente, mientras metía un dedo en mi culo, eyaculé al poco tiempo muerto de placer, y tuve que salir corriendo al lavabo, más tarde me dijo que la próxima vez me enseñaría más cosas.

Así terminó una aventura imposible para mí gracias a las lavativas que me recetó la doctora.

Francisco

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3 comentarios en “Mi amiga Marta

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