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Mensajes subliminales / Segunda parte

Los siguientes días fueron los mejores en toda la vida de David. Las cintas subliminales se convirtieron en algo imprescindible. Poco a poco, comenzó la re-educación de su mujer.

Primero fue la actitud ante su trabajo. Comenzó a verlo como un empleo maravilloso. Era lo que su marido siempre había querido, por tanto era lo mejor para él. No solo no volvió a criticarlo, sino que lo apoyaba ante cualquiera que se metiera con él.

El siguiente paso fue la forma de vestir. Cuando llegaba a casa, Sonia seguía quitándose la ropa que vestía para trabajar, pero tan solo para sustituirla por excitante lencería, apenas tapada por elegantes quimonos y saltos de cama que había comprado por “su propia” voluntad. Se duchaba varias veces al día, para estar siempre limpia y a punto para su esposo.

En cuestión de sexo, David convirtió a su mujer en toda una tigresa en la cama. Audaz, impulsiva, apasionada… no había juego erótico que le propusiera su marido que no quisiera probar. Pero no solo eso, sino que comenzó a leer libros y relatos eróticos, y a alquilar películas pornográficas para aprender más y mejores formas de disfrutar del amor.

Pero ante todo, el mayor cambio en Sonia había sido la sumisión. Adoraba a su esposo. Sus deseos eran más que órdenes para ella. Haría cualquier cosa por él. Su único deseo en la vida era complacerle. Vivía por y para él. Seguía trabajando, pero solo porque el dinero que ella ganaba les venía muy bien a los dos.

Por lo demás, su vida seguía siendo como siempre. Ante el resto del mundo ella no había cambiado, excepto tal vez en la mirada de amor y devoción que aparecía en sus ojos al mencionar a su esposo. Nadie notó nada extraño a parte de esto.

Pero no fue solamente Sonia la que escuchó los mensajes subliminales de David. El rector de la universidad disfrutó mucho escuchando la cinta de música que su investigador le había regalado. Era de su cantante favorito. Muy difícil de encontrar. Le gustó tanto el regalo que, inexplicablemente para muchos, al día siguiente le dobló el sueldo y aumentó el presupuesto de la sección de investigación que él dirigía.

También los ayudantes que trabajaban junto a él en el laboratorio dejaron de ser tan fríos como al principio. Confiaban en él, le contaban sus secretos, incluso los relacionados con su vida sexual, y valoraban enormemente sus consejos y opiniones. Le respetaban. Y las mujeres incluso más que eso. Sabían que no era amor, pero no podían evitar sentir una gran atracción por su jefe. Incluso esa horrible música que solía hacerles escuchar insistentemente durante los últimos días, comenzó a agradarles sin medida. Estaban deseando entrar en el laboratorio cada mañana para volver a escucharla.

Con la conciencia tranquila por no necesitar mostrar resultados contundentes a sus jefes para que no lo despidieran, David comenzó a dejar de pasar tantas horas metido en el laboratorio. El rector estuvo encantado de reducirle su horario laboral, sin tocar su sueldo, eso sí, e incluso le ofreció unas vacaciones que David rechazó con enorme profesionalidad, aunque no sin antes aclararle al rector que prefería elegir él mismo la fecha de esas vacaciones, y que cuando las tomara, sería la universidad la que correría con todos los gastos. Era una oferta tan razonable que el rector no pudo rechazarla.

Era curioso estar en medio del solemne despacho del rector y escuchar la música de la cinta que le había regalado sonando sin parar en un equipo de música que el rector había comprado recientemente. Una vez más, David no pudo ocultar una gratificante sonrisa.
Starlord

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