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Cura antiestress / Parte 1

Tras la primera semana la cosa empezó a decaer y pronto se dio cuenta de que lo de Eva no iba a funcionar. Ella era una chica de 25 años, corriente en todos los aspectos, sobre todo en el físico. No era ni guapa ni fea, estatura media, pelo corto, pechos no demasiado grandes, en fin, nada fuera de lo común. Su carácter era algo arisco y en cuanto al sexo se la podría calificar de estrecha. Por todo esto, decidió usar con ella su invento. Se trataba de unas gafas que emitían destellos sincronizados con música que sonaba por unos auriculares instalados en las patillas. Inicialmente debían servir para aliviar el estrés y conseguir que el sujeto se relajase, pero Ramón descubrió que podían servir para algo más. El proceso era largo y necesitaría una tarde a solas con Eva.

Ella acababa de terminar los exámenes y estaba bastante alterada, así que decidió usar eso como excusa para invitarla a su casa a merendar. Cuando llevaban un rato merendando Eva le contó lo estresada que estaba y Ramón aprovecho para contarle que había comprado un aparato que a él le había ayudado bastante para recuperarse del estrés. Ella acepto rápidamente la propuesta de Ramón de que probase el invento. Se coloco las gafas y el activo una cinta con la música, dando comienzo a la primera de las tres fases del proceso. La primera tenia como objeto relajar al sujeto y transmitirle una sensación de paz y tranquilidad. Una vez completamente relajada, Ramón cambiaría la cinta por otra muy parecida pero que llevaba mensajes que harían que Eva fuese bajando su resistencia hasta que, por fin, con la tercera cinta ella seria programada como quería Ramón.

Durante todo el proceso, Ramón permaneció tranquilamente viendo un partido de fútbol que termino 5 minutos antes de que la tercera cinta terminase de hacer su trabajo. Cuando la cinta termino, desconecto las gafas y vio como Eva parpadeaba y lo miraba.

– ¿Que te ha parecido? . – Preguntó él

– Me encuentro estupendamente, muy relajada. Es un gran invento este.

– Me gustaría que no le hablases de él a nadie.

– De acuerdo.

– Prométemelo

– Lo prometo. No le hablare de él a nadie.

– A menos que yo te lo diga.

– Por supuesto.

La cosa parecía funcionar porque a estas alturas era muy raro que Eva no le hubiera preguntado el por que de tanto secreto. Decidió ir algo mas lejos, si salía mal no pasaría nada porque de todas formas pensaba romper con ella. Decidió probar con algo que sabia que a Eva le resultaría difícil hacer.

– Tenemos que celebrar que hemos terminado los exámenes, hagamos algo distinto. ¿Por que no te fumas un cigarrillo?. – Dijo Ramón alargándole un paquete de cigarrillos.

Sabia que Eva odiaba el tabaco, le molestaba el humo y nunca había fumado ni lo haría nunca. Pero en lugar de mandarlo a paseo contesto:

– De acuerdo.

Cogió el paquete de cigarrillos lo abrió, coloco uno en su boca y lo encendió. Tosió al aspirar el humo pero no apago el cigarrillo, fue fumándoselo dándole caladas cortas procurando no aspirar demasiado humo.

– ¿Por que te lo estas fumando?. Tu odias el tabaco.

– No sé, imagino que me lo estoy fumando porque tu me lo has pedido.

– Vaya, ¿qué pasa, vas a hacer todo lo que yo te diga?

Eva puso gesto pensativo, como si tuviese que meditar la respuesta. Finalmente, un par de segundos después, parecía como si se hubiera dado cuenta de algo.

– Si, voy a hacer todo lo que me digas.

– ¿Por que? ¿Qué te impulsa a hacerlo?.

– Porque me apetece hacer lo que tu quieras. Es una sensación muy rara, cuando me pides algo, es como si mi propia voz resonase en mi cabeza y me dijese “Obedécele Eva, debes hacerlo”. No sé, deseo hacer lo que me digas.

– Y, ¿no te extraña?.

– No, imagino que eso me ha pasado siempre desde que salgo contigo. Es algo perfectamente normal y sin importancia.

Ramón penso que el invento había funcionado a las mil maravillas. Eva estaba convencida de que obedecerle era algo normal. Lo bueno del aparato es que no creaba esclavas sin iniciativa. Eva seguiría siendo la Eva de siempre, solo que vería como algo normal obedecer a Ramón. Debería darle instrucciones para que esa obediencia sólo se diese en privado o cuando Ramón se lo ordenase. Llego el momento de jugar fuerte.

– Eva.

– ¿Sí?

– Chúpame la polla.

Eva se arrodillo frente a él y comenzó a bajarle los pantalones. Ramón sabía que esta era otra de las cosas que Eva odiaba y, sin embargo, ahí estaba, arrodillada frente a él, introduciéndose su polla en la boca. Comenzó a lamérsela de arriba a abajo, dando pequeños besos en la punta. Ramón anoto mentalmente que debía hacer algo para mejorar la técnica de Eva. Luego penso en llegar mas lejos y le dijo.

– Eva, cuando me vaya a correr lo haré en tu cara y luego quiero que me la sigas chupando.

– Uuummm, ummmmm, sí Ramón, ummmm, ummm

Finalmente Ramón se corrió en la cara de Eva, que se lleno de semen. Luego ella continuo chupando su polla como si se la quisiera limpiar con la boca. Bastaba por esa noche, ya se la follaría otro día.

– Basta, Eva, ve a ducharte.

– De acuerdo.

Ya era muy tarde cuando Ramón comenzó a dar a Eva sus instrucciones. No hablaría a nadie de la existencia del aparato antiestress, a no ser que Ramón se lo ordenase y la primera excepción era su hermana Ana. Una belleza de 20 añitos que, afortunadamente, no se parecía a su hermana. Si pasaba una sesión con el invento de Ramón empezaría a sacarle verdadero partido. Otro de sus deberes era aprender a chupar pollas mejor. Para ello debía instruirse con libros, revistas y películas porno. Eva abandonó la casa de Ramón dispuesta a cumplir con los deberes que le había encargado.

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2 comentarios en “Cura antiestress / Parte 1

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