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Trí­o en el sur (Capí­tulo 1)

En la patagonia cordillerana argentina, el auto de una turista se descompone. Ella recibe la hospitalidad de un joven matrimonio de la zona, pero no imaginaba que sus rescatadores pretendían cobrarse con su cuerpo.

Solo se escuchaban los pájaros en el frío atardecer sureño. Lorena regresaba del pueblo, el colectivo la había dejado en la parada de la ruta más cercana a su casa, y aún debería caminar unos cinco kilómetros por camino de ripio para llegar al abrigo de su hogar. Renzo, su marido, no había podido acompañarla. Se habían dado cuenta de que estaban escasos de leña y él decidió hachar un poco más antes de que llegaran las primeras nevadas, que ese año estaban resultando tardías. A mitad de camino Lorena encontró un auto detenido y una mujer en su interior intentando infructuosamente hacerlo arrancar. Se acercó y la mujer abrió la puerta del auto. Era una hermosa mujer de unos 27 años, de largo pelo negro y tez muy blanca, estatura mediana y rasgos agradables. Tenía algo que a Lorena le encantaba en las personas: una bella sonrisa.

-Hola ¿Se te quedó el auto?
-Si, creo que es por el frío, y no puedo hacerlo arrancar.
-Mira, yo vivo acá cerca, si estás en problemas acompañame, que ya está por oscurecer. Si te quedas durmiendo en el auto, sin calefacción, acá, te congelas.
-¿Y desde tu casa podría llamar a un auxilio mecánico? -No tengo teléfono. Pero a esta hora ya no vendría ninguno. Y micros al pueblo ya no pasan.
-Es que me esperan en Bariloche esta misma noche. Y se van a preocupar si no les aviso nada.
-Bueno, como quieras. Pero pensálo bien, mira que si te dormís acá, amaneces  muerta. Mi casa está acá derecho, a unos dos kilómetros. Te espero, sé que vas a venir.

Y con una sonrisa se despidió de la chica.

Cuando llegó a la cabaña encontró a Renzo, su marido, hachando leña en el frente de la casa. A pesar del frío que ya se hacía sentir, pues el sol se estaba retirando, tenía el torso desnudo, y podían verse los músculos de un cuerpo trabajado. Al igual que Lorena, Renzo era rubio. Los dos eran delgados y de marcados rasgos nórdicos. Renzo era descendiente de galeses, sus abuelos habitaban en estas tierras desde hacía mucho tiempo, y él sentía esas montañas como propias. Lorena viajó al sur alguna vez de vacaciones con sus amigas, hace muchos años, y se enamoró de él. Tenían los dos la misma edad, 30 años, y hacía ya más de diez que estaban juntos. Se saludaron con un beso y ella entró a la casa y tras ordenar las compras que había hecho en el pueblo se puso a cocinar. Sabía que esta noche tendrían una visita especial, y se sentía exitada de sólo pensarlo.

Una hora más tarde Renzo vio llegar por el camino a una mujer. Esta se dirigió hacia él mientras le hablaba

-Hola, buenas tardes.

Renzo no respondió. Estaba sorprendido de encontrar a alguien por esos parajes y a esas horas. Y mucho menos encontrar a una mujer tan hermosa y al mismo tiempo desconocida. Renzo casi nunca se alejaba de la casa, y su contacto con otras personas además de su esposa se reducía cada tanto a algún vecino que vivía a varios kilómetros de distancia.
-Hola, disculpe, se me quedó el auto acá cerca y encontré a una chica que me dijo que podía venir…
Renzo, a pesar de su belleza, tenía en ese momento una cara de estúpido que se le caía. En ese momento Lorena apareció al rescate.
-Hola, como estás…
La hizo pasar de inmediato a la casa, indicándole a Renzo que era conocida suya. La recién llegada no se hizo rogar. En el interior de la cabaña el ambiente era realmente agradable. El fuego que ardía en el hogar a leña calentaba la casa. La recién llegada se presentó, su nombre era Sandra, y siendo fotógrafa, había pasado la tarde tomando fotografías del paisaje hasta que intentó volverse y su auto no arrancaba.
Renzo entró a la casa, conversó un poco con las dos, y luego fue a bañarse. Sandra ayudó a Lorena a preparar la comida, y luego los tres se sentaron a cenar. Tomaron algo de vino y charlaron mucho durante la comida. Luego del café, se sentaron en la alfombra junto al fuego, y allí fue donde las insinuaciones se hicieron algo molestas.
-¿Y no te da miedo  -preguntó Lorena- andar sola por acá, hasta tarde?
-No… desde hace años que saco fotos y me metí en cada lugar…
-Pero -y dijo esto pasándole una mano por la espalda- una nunca está del todo segura, ¿no te parece?
Sandra esbozó una sonrisa nerviosa. Lorena estaba sentada a su derecha y no dejaba de acariciarle la espalda. Del otro lado estaba Renzo, que sólo observaba, callado, como lo había estado casi siempre desde que lo vio.
-¿No tenés calor, Sandra?- dijo, mientras comenzaba ella misma a desvestirse. Se sacó el buzo y la remera, y quedó con un corpiño negro y pantalones de jean. Tenía unas buenas tetas, una linda figura. -¿No te parece que tenés mucha ropa?
-Espera, espera un poquito. Me parece que te estás confundiendo. Yo no…
Lorena le puso un dedo sobre los labios.
-Tranquila. No te va a pasar nada. Portate bien. -y empezó a sacarle el buzo. Sandra intentó levantarse pero Renzo la tomó de un brazo y la obligó a sentarse en el piso de nuevo. Lorena terminó dejándola en corpiño.
-¿Te gustan las tetas que tiene, mi amor?- dijo mirando a Renzo, al tiempo en que le acariciaba los pechos a Sandra. -Son un poquito más grandes que las mías.
-Que se saque el corpiño. Decile que se lo saque.
-Sandra… ¿no escuchaste? Hace lo que dice mi marido…
-Por favor, déjenme ir…
-¿Adonde queres ir, linda? ¿Afuera? Si salís a esta hora te vas a morir congelada. Además, no vas a ser tan desagradecida después de como te tratamos, ¿no? Mira, sacate el corpiño porque sino va a ser peor -le guiñó un ojo-. Y vos no queres que te tratemos mal. Vas a ver que la vas a pasar bien, si en vez de hacerte la pelotuda te sacas el corpiño antes de que nos enojemos.

Sandra se sacó el corpiño. Estaba temblando, y le costó desabrocharlo. Cuando lo hizo, Lorena se arrodilló detrás de ella y le tocó las tetas. Le hablaba a Renzo como si Sandra no estuviera allí, como si sólo fuera un objeto que les servía de diversión.
-Vení, mi amor, tocálas, vas a ver que lindas que son.
Renzo se acercó y las agarró con sus manos. Pellizcó los pezones mientras miraba a Sandra a los ojos. Luego se apartó y se sentó de nuevo. Lorena la hizo recostarse sobre la alfombra y luego se recostó sobre ella. Sus tetas se tocaban, y Lorena lo estaba disfrutando. No era su primera experiencia con otra mujer, pero para Sandra sí lo era, y se le notaba por las expresiones de asco que no intentaba ocultar.
-Dame un besito
Sandra apartó la cara, pero se dejó llevar cuando Lorena le puso ambas manos a los costados de su rostro, y la besó sensualmente, con pasión. Sandra no paraba de temblar, su mirada nerviosa se perdía en la nada mientras Lorena le chupaba las tetas. La estaba violando una lesbiana, y no podía hacer nada, ni siquiera sabía como hacer para resistirse, pues la violencia no era visible, sino implícita, y tenía miedo de llevarles la contra a ese matrimonio de desquiciados. Sintió los dedos de Lorena que desabotonaban su pantalón, y como la tela del jean y su bombacha se deslizaban por sus piernas, dejándola completamente desnuda delante de estos dos desconocidos que le habían ofrecido su hospitalidad engañosa. Las mano de Lorena la guiaban con firmeza. La obligó a ponerse boca abajo. Sintió una suave y húmeda caricia directamente en el ano. Ella le había separado las nalgas con las manos y ahora estaba lamiéndole el culo, sintió que su intimidad mas reservada estaba siendo violada en ese momento, que ya nada podría ser peor a eso, y a la vez, en algún rincón de su ser, sentía placer por lo que esa mujer le estaba haciendo. Intentó relajarse, apoyó la cabeza sobre la alfombra. Sus músculos se fueron distendiendo, y Lorena continuaba lamiendo su preciado orificio. De algún modo tenía verguenza de sí misma, y repasó mentalmente cuando y como fue la última vez que higienizó esa parte de su cuerpo. Había sido esa misma mañana, cuando se duchó en el hotel, y la tranquilizó el saber que su violadora no encontraría sabores indeseados.
Renzo se levantó y se sacó los pantalones. Tenía un enorme miembro, de unos veinte centímetros. A la luz tenue de las llamas terminó de desvestirse. Era hermoso. Se sentó frente a ella y la obligó a apoyarse sobre los codos, de manera que su cabeza quedara erguida, para poder hacerle una felación. Se la metió en la boca sin necesidad de recibir la orden. Sentía que disfrutaría de mamar ese pene poco tiempo, pues se notaba que Renzo estaba demasiado exitado, y pronto eyacularía. A la lengua que le recorría el culo pronto se sumaron unos dedos sobre el clítoris… esa mujer sabía lo que estaba haciendo. De a poco Sandra empezó a dejar escapar unos gemidos, y unos segundos más tarde llegaría al orgasmo al mismo tiempo que una oleada de semen le inundaba la boca. Cerró los ojos, extasiada de placer, y sintió el sabor de la leche en el paladar, cuando la respiración de Lorena se juntó con la suya. Le estaba dando un beso, un beso de lengua, buscando en la boca de Sandra los restos de la leche de su marido. La miró a los ojos y, envuelta en la penumbra del cuarto, le dijo
-Yo sabía que la íbamos a pasar bien.

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