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Toma de rehenes (Capí­tulo 4)

Ultima orgía familiar, esta vez en la pileta.
Me desperté en medio de la noche, extrañado, sin reconocer el lugar en donde estaba. Sentí los dos cuerpos calientes y transpirados (hacía calor) a mis lados. Entonces recordé. Me acomodé boca arriba en la cama y con mis manos recorrí los cuerpos de esas mujeres desnudas. A mi derecha estaba la dueña de casa, y a mi izquierda, su hija. Unos metros más allá, atado a una silla, el hombre del hogar, aquel al que yo había obligado a cogerse a su hija. Acomodé a esas mujeres, puse a la joven mujercita boca abajo, y a su madre boca arriba. Mientras mi mano izquierda acariciaba las nalgas firmes de la muchacha, y cada tanto un dedo se deslizaba hasta la entrada de su ano, la mano derecha separaba los labios vaginales de la madura pero hermosa dama que el día anterior yo había violado de todas las formas imaginables. Disfruté un rato de esta posición, mientras intentaba conciliar el sueño, pues mi deseo era dormir bien para estar descansado al día siguiente, pues debía huir bien lejos antes de que hicieran la denuncia y comience a buscarme la policía, pero la combinación del calor con la exitación y la seguridad de que ya nunca más volvería a tener la oportunidad de disfrutar sexualmente de una familia completa, me impedía relajarme lo suficiente, así que decidí darme un chapuzón en la pileta. Pero no quise ir solo…
Hice levantarse a toda la familia, obviamente no estaban profundamente dormidos, porque en la situación en que estaban era imposible que lo hicieran, secuestrados, atados, y con un tipo sometiéndolos a actividad sexual forzada constantemente, dudo que alguien en el mundo sea capaz de dormir bien en esas condiciones.
Los hice bajar por la escalera, en fila, adelante la hija, detrás su padre, y tercera la madre, todos desnudos y atados por las muñecas detrás de la espalda, amordazados, y yo detrás de ellos amenazándolos con mi revolver. Al llegar a la pileta los empujé al agua, y luego me metí yo, dejando, claro, el arma entre las ropas a un borde de la pileta. Es realmente hermoso nadar desnudo. Si tuviera pileta (tal vez pueda comprar una casa con esas comodidades con el dinero que le había robado a esta familia) lo haría todo el tiempo. Me encanta sentir el agua en todo el cuerpo, y la libertad con que se mueve mi poronga en el espacio líquido.
Los llevé a la parte más honda, donde apenas hacían pie y debían esforzarse para poder respirar, pues el agua amenazaba con llegarles a la nariz. Yo, en cambio, siendo mas alto que las mujeres, y de la misma estatura que el padre, pero con libertad de movimiento, podía moverme con facilidad. Primero me puse detrás de la pendeja, que con 18 añitos solamente estaba realmente buenísima, como ya les he descripto antes, y le acariciaba las tetas mientras la pobre debía concentrarse en evitar ahogarse. Le hundí sin consideración alguna dos dedos en la concha, debía dolerle, pero yo igual la masturbaba con fuerza delante de sus padres. Me puse a un costado de ella y sin dejar de mover rítmicamente mis dedos en el interior de su vagina, le metí un dedo de la otra mano en el culo, al tiempo que apoyando mi pija en su pierna me frotaba contra sus caderas. Era fabuloso, la pobre no podía mas, estaba sufriendo en esa situación, y tras un rato de torturarla en esta forma la dejé libre un rato mientras me dedicaba a la tortura de su madre. Ya les he hablado del tamaño de las tetas de esa mujer. Eran enormes, y en el agua se movían fácilmente, cosa que yo disfrutaba enormemente. Fue entonces cuando me di cuenta que el tipo la tenía parada. A ese hombre le gustaba su hija, y todavía estaba caliente a pesar de la cogida que horas antes le hebía dado.
Los hice ir a empujones a un lugar más playo, donde saqué a la pendeja del agua. La hice apoyarse en el borde de la pileta, boca abajo, con sus pies apuntando hacia el agua, ofreciéndonos el culo a los que estabamos dentro de la piscina. Agarré al tipo de los, pelos y le hice hundir su cabeza en el culo de su hija, ordenándole que se lo chupara. El tipo, encantado, haciéndose el que no le quedaba otra se puso a chuparle el culo y la concha con una pasión tal que me exitaba enormemente. Le desaté las mano a su esposa, para que poniéndose detrás del tipo pudiera hacerle una paja, mientras yo me ponía a su vez detrás de ella frotándole la pija en la raya del orto. Creo que casi todos ahí la estabamos pasando bien. Le separé las nalgas a la mujer y la penetré despacio, desde atrás pero en la vagina, mientras ella con una mano pajeaba a su marido, y con la otra le masajeaba las bolas, sin duda conociendo los gustos masturbatorios de su esposo. En eso estábamos cuando el tipo eyaculó, y el semen se deslizaba suavemente en el agua de la pileta. Su esposa, exitadísima y disfrutando a pleno de cada movimiento mío, también llegó al orgasmo, y yo prefería acabar adentro suyo, mientras el agua me refrescaba el cuerpo, y el calor de su concha me abrigaba la pija.
Me vestí y empujé de nuevo a la hija al agua, atándole también los pies, y a sus padres los dejé firmemente atados en el interior de la casa. Seguramente cuando se hiciera de día alguien vendría, un jardinero o un guardia, y al ver a la chica desnuda y atada en la pileta, la ayudaría a salir y rescatarían también a sus padres. Mientras tanto, yo me habría ido con todo el dinero, y muy lejos de esa familia que tanto placer me dio.

FIN

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