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Toma de rehenes (Capí­tulo 2)

El protagonista de la historia entra a una casa a robar, toma de rehenes a una mujer y a su hija. Después de violar a la madre,se dedica a la joven, y la obliga a mantener relaciones incestuosas con su madre.

Era recién pasado el mediodía, por lo que sabía que aún tenía tiempo de sobra hasta que llegara el padre con el dinero. Mientras comía algo me senté delante de la chica para observarla atentamente. Como he dicho, tenía puesto un bikini diminuto color naranja, y estaba atada en una de las sillas del living, en la planta baja. Su madre, a quien acababa de violar, estaba atada desnuda sobre la cama en la planta alta.
Estaba seguro de que si la empezaba a tocar gritaría, y si bien eso era un problema ya que nadie mas que su madre podría escucharla, preferí que no lo hiciera, por lo que antes que nada la amordacé con la cinta con que la tenía maniatada. Le acaricié las piernas, que eran bastante largas y muy suaves, mientras ella intentaba resistirse, pero… que diablos, estaba atada, solo podía hacer teatro. Disfruté un rato largo lamiéndole la oreja, chupando el lóbulo y mordisqueándolo, y tras mucho rato de acariciarla por sobre la ropa, decidí que la penetraría delante de su madre. El solo pensar en tener a madre e hija desnudas la una delante de la otra me exitaba enormemente, por lo que dejé a la chica casi sin atar, sólo la muñecas en la espalda y la mordaza, ya con eso podía maniatarla todo lo que quisiera, y la llevé al baño de la planta alta, donde la encerré unos momentos.
Volví a buscar a la madre, que estaba completamente desnuda, y con la malla hecha pedazos al quitársela sin desatarla. La amordacé al igual que la hija, y la llevé al baño. Cuando madre e hija se vieron en la misma situación, intentaron resistirse embistiéndome juntas, pero en la situación en que estaban yo podía manipularlas con muchísima facilidad, y pronto comprendieron que la resistencia era completamente inútil. Dejé al hija en la bañera, recostada, aún sin sacarle el bikini, pues ese era un placer que me guardaba para después, y senté a la madre en el inodoro. Busqué en el botiquín del baño y encontré lo que esperaba: todos los elementos para una buena afeitada. Empecé por la madre. Le pasé la espuma por la concha, aprovechando para tocarla con ganas, y con mucho cuidado la rasuré con la hoja de afeitar, pero todo el tiempo con uno de mis dedos dentro suyo, acariciándola en su interior, hasta dejarla sin un pelito. Luego la hice ponerse en cuatro patas e hice lo mismo con su trasero. Perfecto. Como premio por estarse tan quieta le llené su orificio de besos, y la senté en el borde de la bañera. Hice levantarse a la chica y la puse de pié frente al inodoro, donde me senté yo. Tras toquetearla un poco mas por encima del traje de baño, la hice darse vuelta y agacharse sin doblar las rodillas, y entonces si, fui bajándole muy lentamente el bikini para ir descubriendo como se veía su trasero desnudo. Era sublime. Tan limpio y tan cerrado, sin la menor duda virgen, al igual que lo había sido el de su madre hasta hace poco. Lo cubrí de espuma y lo rasuré con cautela, y ella no se movió, pues comprendió que eso solo lograría lastimarla. A ella también la premié con unos cuantos lenguetazos por atrás. Luego la senté en una de mis rodillas, le hice abrir las piernas y terminé el trabajo con su conchita. Cuando terminé con eso, le froté el clítoris con mis dedos ensalivados, aunque dudo que haya logrado darle una pizca de placer con eso. Le arranque el resto del bikini para verle las tetas, y aunque no había ni por asomo heredado el tamaño de las de su madre, si eran muy firmes y bien torneadas, y parecían hechas a medida para mis manos.
Ahora que tenía a madre e hija como quería, desnudas y sin un pelito, las metí a las dos en la bañera, y yo con ellas. Cerré la puerta corrediza de esta, que era de esas de plástico transparentes, y quedamos de algún modo en una instancia de privacidad mucho mayor. Llevaba conmigo un cuchillo, con lo que esperaba dominarlas con mayor facilidad. Primero las puse de frente una contra la otra, y las empuje a un abrazo obligado, para ver como sus tetas se amasaban unas contra otras, mientras yo les frotaba mis dedos contra sus orificios anales. El de su madre estaba ya lo bastante ensanchado como para permitirme introducir mi dedo sin resistencia. Abrí la llave del agua, y pronto estabamos los tres completamente mojados bajo el chorro caliente que nos venía encima. Me puse detrás de la madre y, con el cuchillo en la mano, le rozaba el filo de este contra la piel de su conchita afeitada.

Entonces miré a la hija y le dije:
– Si no haces absolutamente todo lo que yo te ordene, vas a ver como le meto este cuchillo en la concha a tu mamá.
Las dos me miraron aterrorizadas, con los ojos llenos de llanto que se mezclaba con el agua de la ducha. Acerqué la punta del cuchillo a la concha de la señora, mientras le apoyaba la punta de mi pito en el culo.
– ¿Me vas a hacer caso?
Asintió con la cabeza, mientras me miraba a los ojos con una mezcla de odio y de súplica. Le quité la cinta que tapaba la boca, al tanto que le decía:
– Ni se te ocurra decir ni una palabra. No quiero que me hables. Todo lo que me respondas lo haces afirmando y negando con la cabeza. ¿De acuerdo?
Asintió.
-Acercate, vení y dame un beso en la boca.
Era fantástico. Dejé el cuchillo en un costado y utilicé mis manos para algo mucho mas placentero. Ella me daba un beso de lengua por sobre el hombro de su madre, y sus cuerpos se tocaban completamente, cosa que yo ayudaba agarrándome con fuerza del culo de la joven, mientras me movía ya con ganas de entrar en el de su madre. Les juntaba las tetas haciendo que sus pezones coincidieran, y se los masajeaba con ganas. Luego la hice que chupara las tetas de su madre, mientras yo desde atrás las agarraba de abajo y de los costados, amasándolas y ofreciéndoselas a esa boquita que succionaba cuanto le ponía delante. Realmente la bañera nos quedaba un poco chica para las posiciones que se me iban ocurriendo, pero con maña las fuimos logrando. Hice poner a la madre de costado, apoyando las tetas contra los azulejos, y mientras su hija le pasaba la lengua por el ano yo procuraba hablarle al oído, pues suponía que me sería un poco mas difícil que ella accediera a mis peticiones, aún encontrándose en esa situación.
-Mirá, te voy a quitar la mordaza, y te vas a portar tan bien como tu hija, o tendrás que cargar con la culpa de verla desfigurada de por vida. Cuando tengas la boca libre, no dirás ni una palabra, y al igual que tu hija sólo me responderás si o no con la cabeza. ¿Estas lista?
Titubeó un momento y afirmó. Realmente no tenía opción.
Hice poner a la hija de espaldas contra la pared, y entre la madre y yo le chupábamos las tetas. A las pobres les costaba mantener el equilibrio con las manos atadas a la espalda, por lo que a cada rato tenía que ayudarlas a mantenerse de pié. Me puse tras la madre nuevamente, y esta vez la penetré analmente. Supongo que le hice daño, pues estaba un poco torpe por la exitación, y si bien volví a ayudarme con unas cremas de manos que encontré allí, la lubricación no era exelente y supongo que le dolió bastante. Mientras tanto madre e hija se besaban con lengua, y si bien todo debía ordenárselos con amenazas, realmente lo hacían con una pasión increíble, tal vez instigadas por el miedo de ver a la otra siendo lastimada por mí. Le saqué la pija de adentro del culo, y las dos, arrodilladas, me chuparon el miembro. Yo ya estaba completamente dispuesto a acabar, pero quería hacerlo dentro de la joven. Aproveché que el agua comenzaba a salir fría para recomponerme un poco, y las hice salir de la ducha. Las sequé con una toalla, y las llevé a la pieza. Tiré a la chica sobre la cama de dos plazas, bien abierta de piernas, y la penetré. Si bien no era virgen, tenía una conchita muy cerrada, sin dudas por el poco uso, y me apretaba la pija en una forma espectacular. La estaba pasando muy bien, pero deseaba que la madre también participara, por lo que invertí la posición. Yo me puse debajo y la cola de la joven quedaba a completa dispocisión de la lengua de su madre, mientras yo colaboraba separóndole bien las nalgas y metiéndole mi dedo en la cola. A pesar del dolor logré que llegara al orgasmo, al fin del cual se largó a llorar desconsoladamente. La agarré de los pelos y le dije
-Deja de llorar o me dedicaré a torturar a tu madre. Muevete con ganas.
Se movía como podía pero realmente la posición ya no era de mi agrado, por lo que decidí cambiar, para ver si lograba arrancarle otro orgasmo a la madre. Puse a la chica boca arriba, e hice que la madre se sentara sobre su cara, haciéndole lamer la conchita. Yo la ayudaba con mis manos separándole los labios, mientras me chupaba las tetas. Era un espectáculo impagable, la madre se movía un poco, y parecía realmente exitada. Yo apoyé mi pene contra la entrada de su cavidad, y recibía los lenguetazos de su hija. Era realmente fantástico ver como se le ponían de hinchados los pezones a esa mujer, que eran realmente los mas grandes que haya visto en mi vida. Cuando la madre estaba llegando, yo me masturbe y le acabé a las dos encima, apuntándole exactamente a la unión de la lengua de la chica con el clítoris de su madre, y ella debió tragarlo todo, el semen y los flujos.
Me recosté en la cama hasta que me recompuse. Me vestí y las dejé a las dos bien atadas. Bajé y me quedé en la planta baja, esperando a que llegara el hombre de la casa, con el dinero que yo estaba esperando.

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