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Toma de rehenes (Capí­tulo 1)

El protagonista de la historia entra a una casa a robar, toma de rehenes a una mujer y a su hija. En esta primera parte abusa sexualmente de la madre.

Esto que voy a narrarles es una historia ficticia, que transcurre en un barrio cerrado en la Argentina, como los hay a montones aquí en las afueras de las grandes ciudades, lindando con el campo. Jamás ocurrió y sinceramente espero que jamás le ocurra a nadie, la violación es para mí una fantasía que practico con mi pareja sin hacernos daño de ningún tipo, y nunca sería capaz de llevar a cabo lo que narro, porque nunca sería capaz de atentar contra la libertad individual de nadie, y me encantaría que nadie lo hiciera.

Yo tenía el dato, obtenido de muy buena fuente, de que cierto día en una casa de familia, en un barrio privado, habría una suma muy grande de dinero; este dato me lo dio una persona muy allegada a esta familia, a cambio de una parte del botín que yo me encargaría de robar. Esta suma de dinero la extraerían del banco el sábado por la mañana, y la tendrían en ese lugar hasta el lunes, día en que efectuarían una transacción inmobiliaria de la cual una gran parte se realizaría en efectivo.
Si bien nunca había visto a ningún integrante de la familia, sabía que estaba conformado por un matrimonio cuarentón y su hija de 18 años. Ni siquiera conocía los nombres de ellos, puesto que quería involucrarme lo menos posible. Ir, sacar el dinero, e irme bien lejos donde no me encuentren.
Como no quería pasarme el fin de semana preocupado, pensando en lo que debería hacer, salí el mismo sábado por la mañana rumbo al barrio privado. Caminé campo traviesa hasta el alambrado que rodea el parque, lo trepé sin cuidado, pues tenía todos los datos acerca de las rondas de los guardias de seguridad, y me resultaba muy fácil esquivarlas. Sólo es cuestión de ocultarse y esperar hasta que pase una, y luego hay casi diez minutos para andar libremente hasta que pase la siguiente. Al llegar a la casa, me introduje por el patio, donde estaba la piscina. De esa forma, ya estaba seguro de que no podría verme ninguno de los guardias de seguridad, pues me ocultaba perfectamente tras el cerco de ligustros. Allí estaban, en ropa de baño, madre e hija tomando sol. Lo primero que reparé es en lo buenas que estaban, ambas recostadas en las reposeras, con lo ojos cerrados, tomando sol. Desde donde estaba podía escuchar la música proveniente del walkman de la chica, tal era el volumen al que lo escuchaba. Del padre, ni rastros. Esperé unos veinte minutos para ver si llegaba, pero al no aparecer éste, decidí actuar, pues temí que si esperaba aún más tal vez me descubrieran y empezaran a gritar.
Me acerqué sigilosamente a ellas, y cuando las tuve al alcance de mi mano, le tapé la boca a la madre, para que no gritara, al tiempo que le apoyaba el ca o de mi revolver en la sien y le susurraba al oído que no gritara o la mataba. Cuando vió que estaba en mi poder, y yo me sentí seguro de que no gritaría, le quité la mano de la boca. Me acerqué a la hija, que no se había enterado de nada y seguía escuchando música a todo volumen, y repetí la operación ante la mirada aterrada de su madre.
Bueno, ahora las dos sabían que yo estaba allí, y que podía matarlas si las cosas se ponían pesadas. Le pregunté a la señora:
-¿Dónde está tu esposo?
– Ha salido temprano, y aún no ha vuelto -, me dijo temblorosa.
Mierda. No contaba con eso. El tipo tal vez se pase la mañana haciendo trámites, y no me quedaba otra que esperarlo con su familia de rehén.
– Entremos a la casa.
Cruzamos el parque y entramos a la casa. Si tenía que esperar, ese era el sitio más seguro, a salvo de que algún guardia me viera y la cosa se me complicara. delante mío, dos hermosísimas mujeres, de esas que son tan bellas que un tipo como yo jamás podrá tener a su lado. Les ordené que se sentaran en un gran sofá blanco que había en ese living lleno de lujos. La miré a la madre, una mujer de unos cuarenta y pocos años estupendamente llevados, pelo castaño lacio que apenas le tocaba los hombros, ojos marrones, delgada pero con unos pechos enormes y un poco caderona. La hija, de 18 años, pelo largo castaño con algunos rulos, ojos claros. Una carita hermosa exactamente igual a la de su madre, un poco mas delgada y más alta, aproximadamente 1,70 mts., y las dos muy morenas por el sol. La madre con una malla de una sola pieza color amarillo, y la hija, un bikini diminuto de color naranja.
De pronto, suena el teléfono. Por supuesto que nadie atendió. En la contestadora automática se oyó una voz de hombre dejando un mensaje:
-Mi amor, ¿estás ahí?… responde por favor. (Pausa). Bien, supongo que estarán en la piscina o habrán salido a caminar. No iré a almorzar, me encontré con Juan y me ha invitado a comer a su casa. No te preocupes por el dinero, lo he dejado en la caja fuerte de su escritorio, y lo recogeré antes de volver a casa. Cualquier cosa, llamame al celular.
Cuando colgó el teléfono las dos mujeres se quedaron mirando al aparato con una cara de espanto indescriptible. Debo aclarar que a mi tampoco me hacía tanta gracia esperar cuatro o cinco horas con dos rehenes. De todas formas, decidí relajarme, por lo que saque una cinta aisladora muy resistente que ya había llevado para atar a toda la familia, y las até dándoles varias vueltas de cinta en los tobillos y en las muñecas, con las mano en la espalda, y las dejé sentadas en el sofá. Fui a la cocina, me hice un sandwich, y me senté delante de ellas a comerlo, dispuesto a enfrentarme a una larga espera.
Mientras comía, me interesé en los innumerables lujos por los que estaba rodeado, por lo que se me ocurrió que podría aprovechar ese tiempo en buscar algo de valor extra para llevarme, así que le pregunté a la señora donde guardaba sus joyas. Me respondió que las encontraría en un pequeño cofre en la mesa de luz de su cuarto, en la planta alta, pero preferí que ella me acompañara. Para esto le liberé las piernas, para que pudiera caminar, y dejé a la hija bien atada en una silla. La señora me guió por la casa hasta su cuarto, y yo la seguí. Ya mientras subíamos la escalera no podía apartar mis ojos de su culo, de esas nalgas pulposas tan apetecibles que se movían en cada escalón que ascendían, y al llegar a su cuarto la rocé levemente con mi bulto al adelantarme a buscar las joyas. Luego de contemplarlas unos instantes, me dedique a contemplar a esa mujer que estaba de pie delante mío, sin parar de temblar. Ella se dio cuenta de mis miradas y, avergonzada, bajo la vista al piso. Entonces me dije ¿Qué tal si la veo desnuda? Es un gusto que puedo darme. Solo le tocaré un poquito las tetas y me masturbaré, no será nada terrible para ella, nada que no haya hecho antes, ni siquiera la penetraré, y me relajaré un poco.
Me le acerqué y le tome la cabeza con ambas manos, y la obligué a mirarme a los ojos. Entonces le dije, amablemente
-Mira, voy a desvestirte, solo será verte desnuda, te tocaré un poquito, me haré una paja, te vestiré y bajaremos ¿de acuerdo?
Ella lloraba, me miraba con ojos suplicantes y me decía que por favor no, que no le hiciera nada, que solo empeoraría mi situación, ya no sería un ladrón sino también un violador, y varias cosas más. La verdad es que tanto halar me daba un poco de corte, prefería que se estuviera callada mientras la desnudaba, así que le dije:
-O te callas y te portas bien o bajo y se lo hago a tu hija.
Su rostro cambió inmediatamente. Se resigno, miro hacia el piso y me dijo que no bajara, que se portaría como yo dijera.
Bueno, ahí estabamos, ambos de pie y yo con carta blanca para hacerle lo que quisiera. Comencé por bajarle los breteles de la malla, muy lentamente… de a poco iba descubriendo esas tetazas enormes, increíbles. Bajo la malla su piel estaba blanquísima, muy distinto al resto de su cuerpo tostado por el sol. Cuando ví sus pezones me sorprendió muchísimo ver lo erectos e hinchados que estaban, y pensé que esta situación tan tensa para ella, y a pesar de sus lágrimas y moqueos, debía exitarla en algún punto, aún en contra de su voluntad. Cuando llegué a bajarle la malla a la altura de su ombligo, me detuve, pues no quería llegar tan rápido a su entrepierna. Tenía tiempo y no estaba dispuesto a apurarme. La hice acostarse en la cama matrimonial, me recosté sobre ella y me dediqué por completo a esas tetas, se las amasaba, las chupaba, me metía esos pezones en la boca y los chupaba con fuerza, los mordisqueaba apenas, sin hacerle daño, y hasta la obligué a lamerse sus propias tetas, tal era el tamaño que estas tenían que le llegaban perfectamente a la boca.
Luego la hice darse vuelta, de manera que su culo quedara a mi disposición, y le acariciaba largo rato la cola por encima de la malla, para darle cada tanto una fuerte cachetada en las nalgas. Decidí desnudarla por completo, cosa que hice muy despacio para disfrutar a pleno esa visión que me ofrecía su trasero. Debí romper la malla pues no podía quitársela por completo sin desatarla. ¡Que hermoso estaba ese culo completamente desnudo! ¡Como lo mejoraba la diferencia de color por el quemado del sol en la piel! Le separé las nalgas con mis manos y acerqué mi lengua a su orificio, y le di un largo, eterno beso negro. Es algo que me encanta, realmente adoro tanto ese agujerito que disfruto muchísimo de lamerlo y penetrarlo tanto como pueda con mi lengua, y mucho más cuando se trata de uno tan limpio y cerrado como el que esta mujer tenía. Entonces me empezó a decir de vuelta que yo le había asegurado que sólo iba a tocarla un poquito y me masturbaría, cosa que era cierto, pero que yo ya no estaba dispuesto a cumplir.
-Cambié de opinión. Mejor que colabores o bajaré a hacérselo a tu hija.
No se volvió a quejar, a pesar de que yo le introducía mis dedos en la concha, al principio ayudándome un poco con mi saliva, pero luego sin problemas gracias a la enorme cantidad de flujo que chorreaba. Disfrutaba muchísimo de embadurnar mis manos en la humedad de su entrepierna, y luego meterle mis dedos en la boca para que probara el sabor de sus líquidos. Ya dispuesto a todo, me tentó la idea de penetrarla, cosa que en verdad no estaba en mis planes, pero yo estaba tan exitado que no podía hecharme atrás. Sabía, sin embargo, que tal era mi grado de calentura que de tan solo introducirle mi pija me acabaría, y realmente quería disfrutar estos juegos un tiempo más. Me desvestí completamente, para estar mas a gusto, y le separé bien las nalgas con la intención de meterle un dedo en el culo. La pobre estaba muy tensa y no me dejaba hacerlo, por lo que fuí al baño -había uno contiguo a la habitación- y volví con una botellita de crema de manos, para lubricarla. La puse en cuatro patas (mas bien en dos, porque tenía las manos atadas a la espalda por lo que quedaba apoyada en las rodillas y su cabeza) y le pasé la crema por el ano. Acto seguido busque algo para meterle que fuera mas pequeño que mis dedos, y halle en la mesita de luz una birome de formas muy suaves y redondeadas, y se la introduje muy despacio. ¡Que hermosa vista tenía delante! ¡Esa hermosa mujer sometida por mí, inclinada ofreciéndome todo, con una birome incrustada en su culo! Ya no podía más, y le apoyé la punta de mi pene, que goteaba por la exitación, en la entrada de su vagina. La tomé de las caderas, y muy despacio, me fui introduciendo en esa cavidad que parecía estar hecha a medida para mi pene. Mis diecisiete centímetros entraban por completo, y solo apenas lograba advertir que en el fondo la punta chocaba con el útero, por lo que la estaba llenando por completo. Como me estaba chocando con la lapicera que aún tenía metida, y eso la lastimaba, se la saqué, para ahora sí meterle mi dedo pulgar hasta donde podía. Realmente no me daban las manos para hacer todo lo que quería, hubiera querido meterle aún mas dedos, pero la estrechez de su agujero me lo impedía por completo. Le acariciaba los pechos que se movian como flanes al compás de mis estocadas, y solo acabé cuando ella lo hizo primero, sin poder disimularlo, pues yo la masturbaba de a ratos frotando muy suavemente su clítoris con mis dedos. A pesar de haber eyaculado, mi pene no dejaba de estar erecto, tan exitado estaba yo, así que me puse delante de ella y la obligué a chupármela, limpiándome todo resto de semen y de flujo, mientras yo la guiaba tirándole de los cabellos. Como no quería continuar inmediatamente, fui al baño y mojé mi pene con el agua fría de la canilla, y bajé completamente desnudo por la escalera rumbo a la cocina, ya que me había dado algo de hambre y quería prepararme algo. Entonces vi a la hija atada a la silla y me sonreí pensando en lo que se me estaba ocurriendo.

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