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La secretaria (Capí­tulo 1)

Dos empresarios fundidos deben huir de la empresa. Antes de hacerlo, se sacan el gusto de cogerse a su secretaria.
Estabamos fundidos. Lo mejor era llenar las valijas con el dinero que habíamos juntado y huir, antes que los acreedores nos cayeran encima. Hacía meses que nos habíamos dado cuenta de que esa era la única salida, pero hasta ahora no habíamos tomado la decisión. Esa misma noche teníamos pasajes al extranjero, nos iríamos los dos, Rodrigo (mi socio) y yo, para siempre del país. No les habíamos dicho ni una palabra a los empleados. El lunes, cuando vinieran a trabajar, se encontrarían con la sorpresa, pero nosotros ya estaríamos lejos de su alcance. Sólo nos quedaba un gusto por darnos: cogernos a Julia, nuestra secretaria, fuera como fuera, por las buenas o por las malas. Por las buenas no iba a ser pues en los últimos días habíamos estado acosándola sin que ella se diera por aludida. Así que iba a ser por las malas. Años habíamos alimentado esa fantasía y había llegado el momento de llevarla a cabo. Si nos encontraban, daba lo mismo, pues la justicia ya tenía suficientes razones por estafa para dejarnos presos por el resto de nuestras vidas. Eran las seis de la tarde y ya todos los empleados se estaban por marchar. Marqué el interno de Julia y le indiqué que nos avisara cuando ya no quedara ningún empleado trabajando, y que antes de marcharse viniera a nuestro despacho que deseábamos hablar con ella.
Mientras tanto con Rodrigo continuábamos charlando sobre lo que nos gustaría que hacer con Julia, alimentando nuestro morbo más y más. Ya teníamos listas unas cuerdas y un rollo de cinta de embalar para someterla a cumplir nuestros deseos. En eso estábamos cuando un poco después de las seis y media Julia golpeó la puerta de nuestro despacho
—Ya se fueron todos los empleados… ¿querían hablar conmigo?
—Si, Julia. Pasa.
Entró en nuestro despacho y a mi se me paró la pija de solo pensar en lo que íbamos a hacerle. Julia era una linda mujer, de 22 años, 1,70 de altura, pelo castaño, lacio y largo y siempre suelto, y como siempre vestía muy discretamente, una pollera marrón que dejaba ver sus hermosas piernas, cuya belleza resaltaba al estar envueltas por medias de lycra blancas, una blusa de elegante corte, también blanca, y para completar con el atuendo de la secretaria perfecta, unos pequeños lentes de fino marco dorado.
—Servinos unos wiskies y sentate— dijo Rodrigo.
Como estábamos en su escritorio, él estaba sentado en su sillón, y yo frente a él, en una de las sillas. La otra estaba libre, para que Julia se sentara. Nos sirvió nuestros wiskies sin hielo y dejó la bandeja en el escritorio, y se sentó. Yo inicié la charla
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para nosotros, Julia?
—Tres años
—Como pasa el tiempo… parece mentira que hace tres años decidimos tomar aquella pendeja que estaba tan fuerte… ¿Te acordás, Rodrigo?
—Es cierto, siempre decíamos que nos la iba a chupar de maravillas
Julia nos miró desconcertada, no podía creer que estuviéramos hablando así delante de ella.
—Bueno, Julia… —dijo Rodrigo mientras de levantaba del sillón y caminaba hacia ella— es tiempo de que nos muestres esas tetas.
Julia intentó levantarse pero yo alcancé a agarrarla de los hombros mientras lo hacía y la senté de nuevo. Gritó desesperadamente pero Rodrigo le tapó la boca con su mano, y poniéndose detrás de ella le sujetó los brazos, inmovilizándola lo más posible. Mientras tanto yo con la cinta le tapé la boca, para que ya no gritara, y con las cuerdas que teníamos pare eso le até las manos a la espalda. Rodrigo acercó su sillón y los dos nos sentamos a cada lado de Julia, que no paraba de forcejear con sus ataduras ni de intentar de huir, pataleando y gimoteando pero sin poder abrir la boca y sin que la dejáramos levantarse. Los dos la empezamos a toquetear por encima de la ropa, manoseándole las tetas sin quitarle la blusa. Rodrigo puso una mano en una de sus rodillas y de a poco fue avanzando hacia la entrepierna. Cuando llegó ya había levantado gran parte de la pollera, y por debajo de sus medias se veía una bombacha blanca de algodón. Yo por mi parte le desabotoné por completo la blusa, y acariciaba sus pechos sin quitarle el corpiño blanco que tenía puesto, mientras no dejaba de darle besos en la mejilla. Ella, aterrada, nos miraba sin poder hacer nada, pues no tenía forma de defenderse de nuestro ataque. Rodrigo la hizo levantarse y la inclinó boca abajo sobre el escritorio, de manera de poder disfrutar de su culo. Le separó tanto como pudo las piernas, pues aún tenía puesta la pollera, y me indicó se que la sujetara mientras él se disponía a castigarla por ciertos errores que había cometido laboralmente en estos años. Sacó una regla de madera de uno de los cajones, una de esas largas de cuarenta centímetros, y con ella le aplicó un fuerte golpe en las nalgas. La pobre se inclinó mas sobre el escritorio, al cual yo la apoyaba con fuerza con uno de mis brazos, mientras con mi mano libre le acariciaba dulcemente los cabellos.
—¿Te dolió? Bueno, voy a darte otro y ya estaremos a mano, y olvidaré los errores que has cometido hasta ahora.
¡PAF! Julia lloraba… no sé si por el golpe o por la situación que estaba viviendo.
—Bueno, tranquila —le decía Rodrigo— no fue para tanto. Ahora te voy a subir la pollera y te voy a dar uno bien fuerte en las nalgas, y ya está, con eso habrá pasado todo.
Le subió la pollera hasta la cintura. Por debajo de las medias se veían las marcas rojas hechas por los dos golpes anteriores.
¡PAF!
—¡Mmmmmmhhh!— Julia intentó gritar pero la cinta que la amordazaba se lo impedía.
Rodrigo se le acercó por detrás, apoyándole el bulto en el culo, y se inclinó sobre ella para susurrarle dulcemente al oído
—Ese no ha valido. Debes soportarlo como una señorita. Te lo daré de nuevo, si no intentas gritar ni moverte ya no te lo haré más. ¿De acuerdo?
Julia, llorando, lo miró unos segundos, y luego asintió con la cabeza.
¡PAF! La pobre se inclinó hacia adelante por la fuerza del golpe recibido. Esta vez no se quejó.
—Bien— dijo Rodrigo, mientras le acariciaba la cola —pero te haz movido un poco. Ahora te daré un último golpe y ya habrá pasado todo.
Julia se giró tanto como pudo, y mirando a mi socio con sus ojos llenos de lágrimas, negaba con la cabeza.
—¿Cómo? ¿No te dije que debías aguantártelo sin moverte ni quejarte? ¿Y todavía te resistes? Dos golpes más, entonces.
Abatida, sin encontrarle salida a la situación, ella asintió.
¡PAF! Julia ni se movió.
—¡Bien! Ahora nos estamos entendiendo. El último te lo daré  sobre la bombacha. Portate bien y habremos terminado.
Le bajó las medias hasta los tobillos. Sus muslos quedaron desnudos, y las marcas de la regla se notaban mucho más fuertes.
¡PAF!
—¡Bien!— Rodrigo le acariciaba las nalgas. —Ese te dolió, ¿no es cierto? Si te hubieras portado bien desde el principio, ya habríamos terminado. Ahora te bajaré la bombacha y te daré un golpe en la cola desnuda, y ya está.
Julia volvió a resistirse. Se sacudía mientras Rodrigo le  bajaba la bombacha hasta las rodillas, y ni hablar de cuando le pegaba con la regla.
¡PAF! ¡PAF! ¡PAF! ¡PAF! ¡PAF!
Unos minutos más tarde, Rodrigo estaba satisfecho. Se acercó y le acarició la cola. Se metió un dedo en la boca y lo llenó de saliva, y después lentamente se lo metió en el culo a Julia. Ella contenía el aliento y abría los ojos tanto que parecía sorprendida por el dolor que estaría sintiendo. Con la otra mano Rodrigo se bajó la bragueta y sacó la pija, y se empezó a masturbar. Sin bajarse los pantalones, y rompiendo antes la bombacha y las medias de Julia, le separó las piernas tanto como pudo. Mientras con una mano le separaba los labios vaginales a nuestra secretaria, con la otra guiaba su pene que se introducía en esa conchita húmeda cubierta de un corto vello castaño. Yo se la sostenía, pues la pobre aún se resistía. Mientras Rodrigo se movía, con sus manos le pellizcaba y cacheteaba las nalgas, que por los golpes estaban completamente coloradas. A los pocos minutos acabó adentro de Julia, y mientras ella no paraba de llorar, yo me disponía a hacer mi parte.

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