La maestra dormida (Capí­tulo 1)

El protagonista secuestra a una amujer durmiéndola con cloroformo. Mientras ella duerme, él se aprovecha para abusar sexualmente de ella.

Ese día iba conduciendo mi auto por una ruta del norte argentino, apurado por llegar a la casa que me había prestado un amigo para que se la cuidara durante el verano y le hiciera ciertos arreglos de refacción en algunas habitaciones y el jardín. Yo ya conocía ese chalet alejado, con vista a hermosos paisajes serranos, y ansiaba llegar para descansar un poco de tan largo viaje. Tenía en mis planes también poner en práctica una idea que se me había ocurrido hacía tiempo y que ahora, tal vez, pudiera concretarla. Para ello sólo me estaba haciendo falta una mujer, pero en todo el viaje no había podido encontrar una que me pareciera adecuada. Fue entonces cuando, casi llegando al punto donde debía desviarme de la ruta principal, para tomar por un camino de tierra que me condujera a mi destino, encontré a una mujer haciendo dedo en el costado de la ruta. Era una maestra de alguna de las escuelas rurales de la zona, llevaba puesto el delantal blanco que la delataba como tal, sobre el cual contrastaba su larga cabellera negra y su piel muy morena.

Detuve mi auto y ella se acercó a preguntarme si la llevaba hasta el pueblo. No era mi intención ir hasta allá pero decidí llevarla igual, aunque ello significara hacer unos kilómetros de más. Mientras viajábamos charlamos un poco, me enteré de que su nombre era María, que daba clases en una escuela rural de la zona, y que debido a su bajo sueldo debía volverse todos los días a dedo hasta su casa. Era sólo una de esas conversaciones de rutina que se dan cuando dos extraños se ven en una situación que los empuja a charlar, pero que me sirvió para darme cuenta de que esa era la mujer que yo estaba buscando. Decidí no actuar en el momento, ya que quería hacerlo desde el anonimato.

En los días siguientes me dediqué a lo que realmente me había llevado a ese lugar. Trabajé duro para terminar pronto con las refacciones, y poder dedicarme a descansar y pasar mis vacaciones. En poco más dos semanas ya había pintado la casa, arreglado los problemas de plomería y embellecido el jardín. Entonces fue cuando recordé a María. Decidí esperarla junto a la ruta, justo donde la encontré haciendo dedo, oculto en los pastizales. Preparé mi frasco de cloroformo y mi pañuelo, y fui hasta allí con mi auto, el que dejé oculto en un camino cercano. Ella salía a las cuatro de la tarde, según me había dicho cuando la alcancé hasta el pueblo, por lo que a las cuatro menos cuarto yo ya estaba oculto entre la maleza. Tardó mas de media hora en llegar, y lo hizo acompañada de algunos alumnos que pronto la dejaron sola pues partían a pie hacia sus hogares, y entonces me llegó el momento de actuar. Como no pasaban autos, se sentó en una piedra al borde del camino, de espaldas a mí, y descansaba un poco mientras yo destapaba mi frasco de cloroformo, con excesivo cuidado de no respirar sus vapores que me dormirían a mi mismo sin quererlo, y embebía mi pañuelo en el líquido. Cerré el frasquito, lo guardé en el bolsillo, y me acerqué cuidadosamente sin hacer ruido. Cuando llegué hasta ella, me le abalancé por detrás, poniéndole rápidamente el pañuelo en la nariz, por lo que después de un breve forcejeo se quedó dormida, sin haber logrado gritar para pedir auxilio ni identificar al agresor. La agarré por las axilas y la llevé hasta los mismos yuyeríos que antes me habían ocultado a mí. Le até los brazos a la espalda y le puse una mordaza y una venda en los ojos, por temor a que despertara, y la dejé allí mientras iba a buscar el auto. Volví pronto, estaba realmente asustado y, temiendo que alguien me viera, estuve a punto de abortar la operación. Pero al encontrarla tan dormida como la dejé, cobré entusiasmo nuevamente y la puse en el baúl del auto. Conduje a toda velocidad hasta la casa, pues me sentía como la primera vez que había comprado una revista pornográfica, no podía esperar a llegar a la privacidad de mi hogar para inspeccionar mi adquisición. Dejé el auto en el jardín y, por supuesto, lo primero que hice fue buscar a mi presa. Aún continuaba dormida. Me la cargué al hombro y la llevé a mi habitación. La puse sobre la cama matrimonial y me senté a su lado. La observé mientras dormía. Era angelicalmente hermosa, morena, muy morena, algo bajita, pero de un físico bastante hermoso, bastante delgada, y bien proporcionada. Aún no me atrevía a empezar con lo que realmente era mi plan una vez traída mi presa a mi hogar. Al fin, tras un rato de escuchar su respiración y verla dormitar, le desabroché el guardapolvo blanco que tenía puesto, y descubrí que tenía una remera rosa y un pantaloncito corto azul. Desabroché este último y le bajé la bragueta, y tomando al mismo tiempo el pantalón y la bombacha blanca, se los bajé hasta las rodillas, dejando a la vista una hermosa concha cubierta de largos pendejos negros. Me encantaba el hecho de no tener que esperar para verla desnuda, yo realmente decidía que ropa le quitaba primero y que era lo que quería hacer con ella, no era necesario discutirlo con nadie. Mis dedos, casi por su cuenta, se habían dirigido a su conchita, y la frotaban casi con rabia, buscando masturbarla mientras ella dormía. Y si bien estaba dormida, se empezó a mover como si estuviera soñando, como si tuviera un sueño erótico, y para mi sorpresa sus labios vaginales se humedecieron con su flujo. Eso era algo que no esperaba, pero que me encantó. Ella estaba disfrutando, aún en sueños, que yo la estuviera tocando de ese modo. Me arrodillé frente a ella, le abrí las piernas, y muy suavemente, fui lamiendo su conchita peluda. Empecé por los costados, en el comienzo de sus piernas, alisando con mi saliva esos indómitos rulitos de su vello púbico, para continuar dándole suaves lamidas al clítoris. Ella continuaba gimiendo, realmente parecía gustarle. La desaté por completo y sólo le dejé puesta la venda, y le terminé de quitar el guardapolvo y toda la ropa que tenía de la cintura hacia abajo, dejándole puesta la remera y el corpiño. La di vuelta para mirarle el culo. Tenía un principio de celulitis, pero me encantaban esas nalgas generosas que estaban a mi disposición. Humedecí uno de mis dedos con saliva, y se lo apoyé en la entrada del ano. Como estaba dormida, no opuso resistencia a que mi dedo entrara suavemente en su interior, por lo que luego de hacerlo entrar y salir largo rato, decidí penetrarla por detrás. La acomodé en la cama boca abajo, bien abierta de piernas, y le escupí el culo hasta que quedó repleto de saliva. Entonces me desvestí y me recosté sobre ella. De a poco le fuí metiendo en el orto centímetro a centímetro todo mi miembro, que recibió completamente relajada, aún cuando después de  un rato de suave vaivén empecé a hacerlo en forma un poco más violenta. Pasé mis manos por debajo de su vientre y con mis dedos la masturbé, frotándole el clítoris que nadaba entre tanto flujo que chorreaba. Dormida como estaba empezó a gemir con fuerza, sus gritos parecían los de una mujer despierta, y acabó al mismo tiempo en que yo, ya incapaz de aguantar más tiempo mi pija hinchada que se deslizaba sin dificultad por sus intestinos, le inyectaba en el culo enormes chorros de semen. Descansé unos segundos sobre ella, y luego le saqué mi pene ya fláccido de su interior. Ella continuaba profundamente dormida, y una expresión de felicidad se le dibujaba en el rostro.

Después de lavarme bien me preocupé por asegurarme que quedara correctamente atada, y la dejé vendada a que siguiera durmiendo sobre la cama mientras yo continuaba con mis trabajos en el jardín. Pronto sería de noche y tenía planes para mi bella durmiente.

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