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Cybercafé

Eran ya más de las nueve de la noche. Entré al cybercafé y elegí una computadora. Cuando terminé de revisar las páginas web que buscaba, no pude evitar meterme a unos cuantos sitios de relatos porno, aun a pesar del letrero que tenía justo frente a mí: “se prohíbe el uso de sitios con contenido pornográfico”. El café estaba prácticamente vacío, pues además de mí, sólo había dos hombres atrás del mostrador que no parecían ponerme atención, pues miraban un partido de futbol en una pequeña televisión. Sin embargo mi aspecto no es como para ignorarse (modestia aparte): tengo 22 años, mido 1.68, soy muy blanca, rubia, y tengo unas nalgas bastante grandes y bien formadas. Mis senos no son grandes, pero tienen muy buen tamaño. Esa tarde llevaba una mini falda de mezclilla, sumamente pequeña, unos zapatos de plataforma y una blusa roja, muy ceñida, de tirantes.
En cuanto comencé a leer esos relatos porno me sentí muy excitada. No sabía qué hacer. Me moría de ganas por masturbarme, pero no me atrevía, pues ya bastante nerviosa me sentía con estar revisando páginas pornográficas, como para encima tocarme ahí, en pleno cybercafé. Ya no aguantaba más, así que eché un vistazo, y al notar que los dos chicos del mostrador estaban más que concentrados viendo su partido, deslicé mi mano por debajo de mi falda, entre mis piernas. Sentí la humedad de mi tanga, la hice a un lado y acaricié suavemente mis labios. Hice muchos esfuerzos por no dejar escapar los suspiros que mis propias caricias me provocaban. Noté cómo, a través de mi blusa, mis pezones se ponían más duros cada vez. Seguí navegando por sitios porno mientras me tocaba, pensando que nadie me veía. El lugar estaba por cerrar, pues ya casi eran las 10. Me corro, pago y me voy, pensé. El orgasmo ya se anunciaba. No pude evitar emitir un pequeño gemido, cerré los ojos y me estremecí sintiendo mi propia humedad. El orgasmo duró unos segundos, fue muy intenso… Pero… ¡sorpresa!, cuando abrí los ojos, ya relajada por mi orgasmo, sentí que alguien estaba detrás de mí. Giré con la silla y vi a uno de los chicos del mostrador mirándome. Inmediatamente traté de incorporarme, me sentía muy avergonzada, debo haberme puesto más roja que un tomate.
–¿Sabías que está prohibido navegar por sitios web de contenido pornográfico?– me preguntó con un tono bastante irónico.
–Disculpa… qué vergüenza… no sé qué decir… lo siento mucho… te pago y me voy…– dije yo rogándole al cielo que me sacara de ese aprieto.
–Pues no es tan fácil como decir “lo siento mucho”, porque acabas de infringir una de las reglas de este establecimiento, y esa infracción amerita el pago de una multa, ¿cómo la ves?– contestó recorriendo mi cuerpo con sus ojos y acercándose a mí de una manera que me intimidaba.
–Está bien.
–Además, preciosa, tú no sólo estabas navegando en páginas pornográficas, sino que además estabas haciendo cosas bastante inmorales, cosas que no se permiten en este negocio, así que la multa tendrá que ser más alta, ¿estás de acuerdo?
Mientras me decía todo eso se me acercaba cada vez más, me ponía muy nerviosa y me hacía sentir sumamente avergonzada, además, yo no llevaba mucho dinero, y estaba empezando a asustarme. Entonces dije:
–Mira, casi no tengo dinero, pero estoy dispuesta a pagar la multa. Sólo dime cuánto es y deja que me vaya cuanto antes.
–Muy bien, linda, me debes 200 pesos por revisar material prohibido, y 500 por masturbarte aquí– dijo con una sonrisa maligna, mientras yo me moría de la pena.
–¡¿Estás pidiéndome 700 pesos?! ¡Oye, estás loco, me porté mal, pero no es para tanto, ni siquiera traigo los 200! No puedo pagarte ese dinero.
Cuando yo respondí eso él ya estaba cerquísima de mí, se había inclinado un poco y su cara estaba justo frente a la mía. Sus ojos color aceituna me miraban fijamente y sus manos me tomaban de los hombros, en una actitud impositiva y amenazadora. Era un tipo alto, muy atractivo, como de unos 30 años. No negaré que me hizo sentir un poquito excitada, pero también me dio miedo. Estaba muy preocupada.
–¿Qué vamos a hacer entonces, mi reina? Tú no tienes dinero, pero tienes que pagarme. No quisiera llamar a la policía, ¿verdad que no te gustaría que esto se hiciera público? La colonia es chica y tus conocidos se pueden enterar– me amenazó apretando mis hombros con sus enormes manos.
–Oye, no exageres, no es como para llamar a la policía… No fue tan grave… dime qué puedo hacer para enmendar mi falta… Si quieres vengo mañana a pagarte…
–No, no, no, eso sí que no, me pagas ahorita mismo… Además, estás tan linda, que no necesitas plata para reparar tu mal comportamiento– dijo mientras me acariciaba el pelo.
Me quedé muda. Estaba excitada y asustada a la vez. Nunca me había sentido así, el tipo me hacía sentir como una mujerzuela. Me acariciaba de una manera muy atrevida. Yo estaba aterrada, pues el otro chico estaba cerrando el café, corriendo incluso la cortina metálica, dejándonos ahí encerrados. Mientras tanto, el tipo que me amenazaba, casi burlándose de mi miedo, me hizo un pequeño interrogatorio que me atemorizaba más, pues lo hacía ver más fuerte, más alto, más seguro de sí mismo y de mi temor.
–¿Cómo te llamas? –me preguntó.
–Ana.
–Y supongo que tienes un novio.
–No, no tengo novio.
–Pues con esas tetas, es un desperdicio –dijo pellizcándome un pezón y haciéndome ruborizar.
–¡Qué te pasa! ¡No me toques!– protesté.
–Escúchame muy bien, mi reina– contestó– tú acabas de portarte mal, y me debes un dinero que no puedes pagarme, por lo tanto aquí soy yo el que manda. Te vas a quedar quietecita, y vas a contestarme todo lo que te pregunte. El café cerró hace más de diez minutos. Estamos solos. El negocio está cerrado con llave, nadie va a oírte si gritas, así que puedes hacerlo si quieres, pero te advierto que será más fácil si te portas bien… ¡Mario!, ven a ver a esta chulada, a que no te habías dado cuenta de que estaba aquí –dijo llamando a su amigo, quien acudió inmediatamente.
El tal Mario se paró frente a nosotros mirándome lascivamente. Era un chico más o menos de mi edad, bastante guapo, con un aspecto interesante y unos lentes que le quedaban muy bien. Me recorrió de pies a cabeza con la mirada y le contestó a su compañero:
–Te equivocas, Raúl, sí me había dado cuenda. Llevo un rato mirándolos. Y creo que tienes razón, la niña se portó indebidamente, pero no la martirices más, que está temblando de miedo, mejor vamos a darle un poquito de lo que le gusta– dijo mientras se paraba detrás de mí y sobaba mis senos.
–¡No vuelvas a tocarme, imbécil! –protesté.
–¿Me dijiste imbécil? No, nena, a mí no me vas a decir imbécil –contestó Mario mientras sonreía y me levantaba de la silla.
Teniéndome en brazos, y aun a pesar de mis intentos por zafarme, Mario se sentó en la silla de la que me había levantado y me acomodó boca abajo, sobre sus rodillas. Parecía no estar molesto por mis insultos. Al contrario, se veía divertido. Mientras tanto, Raúl se iba quitando la ropa. Mario, teniéndome sobre sus piernas, metió su mano por debajo de mi falda y sobó mis nalgas, jugó con el hilo dental de mi tanga y acarició mi ano sin meter su dedo. Yo gritaba y forcejeaba, ante lo que Raúl decidió atar mis manos con una cinta canela que sacó del mostrador.
–¿La amordazamos? –preguntó Mario.
–No, me encanta que grite –respondió Raúl.
Mario siguió acariciando mis nalgas. Yo estaba aterrada y excitada. No sabía si seguir quejándome o ceder. No pude evitarlo y se escapó un suspiro de mis labios.
–Te gusta tanto como a mí, Anita, mira nada más qué mojada estás… Quieres que te la meta, ¿verdad? Pero vas a tener que esperar un poco, porque no te has portado muy bien que digamos.
Después de decir eso, me quitó la falta, y todavía con mi tanga puesta me dio una nalgada que me dolió muchísimo. Grité y gemí. Él siguió azotándome el culo, sin clemencia, con mucha fuerza. Me azotaba, me pellizcaba, me apretaba, como si fuera yo fuera una muñeca de hule y no una chica de carne y hueso.
–Qué buen culito tienes, Anita. Me gustas mucho, quéjate más, me excitan tus gritos. Grita todo lo que quieras, que aquí nadie va a oírte… Te encanta que te azote las nalgas, ¿verdad reina?, mira qué mojadita estás –decía mientras me nalgueaba y me acariciaba los labios de la vagina de vez en cuando. –¿Verdad que te gusta?, ¡contéstame, perra, que estoy hablándote!
Yo no podía contestar. Raúl nos miraba. Había empezado a masturbarse. Yo seguía teniendo miedo, pero me sentía más cachonda y encendida que nuca. Comenzaba a gozar el spanking me propinaba Mario, y gozaba extrañamente la mirada de Raúl sobre mí. En el café sólo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas y el chas-chas de las manos de Mario sobre mi culo.
–¿Cuánto te gusta, Anita? Dime cuánto te gusta –y volvía a azotarme, una y otra vez. –¿No vas a contestarme, puta? –y me azotaba con más fuerza.
–Sí… –respondí por miedo a que sus azotes subieran de intensidad.
–Eso es, mamacita, contesta cada vez que Raúl o yo te preguntemos algo… dime cuánto te gusta que te azote el culo…
–Me gusta…
–¿Cuánto te gusta, Anita?
–…
–¡¿No me escuchas puta?! ¡Te pregunté cuánto te gusta! –gritó mientras masacraba mi trasero.
–Me gusta mucho… pero me duele… ¡auch!… sí, me gusta…
–Ya estás aprendiendo, Anita, muy bien.
Raúl seguía mirándonos, seguía masturbándose. Yo me preguntaba qué diablos seguía, qué iban a hacer conmigo esos dos hombres que me asustaban tanto, pero que me excitaban y me hacían sentir como nunca. No podía decidir cuál de los dos me gustaba más.
Raúl jaló otra silla y se sentó sobre ella, cerca de nosotros, poniendo su pene frente a mi cara. Soltó una carcajada cuando vio mi expresión de miedo.
–No te preocupes –me dijo– sólo voy a meterla en tu boca, nada malo te va a pasar. No harás nada que no hayas hecho antes, mami.
Y mientras decía eso iba acercándome su enorme miembro, iba acariciando con él mis labios hasta que los hizo abrirse para que su pene entrara de lleno en mi boca. Estaba follándome la boca. Me tomaba del pelo y movía mi cabeza a un ritmo frenético. Al principio permanecí quieta, pero después participé: pasaba mi lengua por su glande, succionaba una y otra vez, chupaba y mamaba como desesperada, dejando escapar unos cuantos gemidos. Mario había dejado de nalguearme… Ahora me acariciaba mi culo adolorido y metía sus dedos en mi vagina y mi ano. Yo estaba que ardía, me retorcía de placer y dolor, sentía los dedos de Mario penetrándome, usándome, y el pene de Raúl llenaba toda mi boca.
–Así, Anita, eres una putita… sigue mamando mi verga, mi reina, sigue chupándome como la puta que eres… así, me gusta, buena niña, métetela hasta la garganta, sigue mamando.
Las palabras de Raúl me ponían más y más caliente. En mi vida entera había tenido un instrumento de ese tamaño entre mis labios, ¡en mi vida ningún hombre me había hablado de esa manera! Sentí cómo Mario metía uno, dos, tres, cuatro dedos en mi vagina, los metía y los sacaba a un ritmo perfecto. Después hizo lo mismo con mi culo. Dolía mucho, pero era excitante.
–Qué culito tienes, nena, qué mojada estás. Estás caliente, ¿verdad mamacita?, estás chorreándote de placer, porque te encanta que te meta los dedos y que te golpee las nalgas. Te mueves como la puta que eres, sigue retorciéndote, como perra.
No podía más. Tuve un orgasmo en verdad desgastante, mientras Raúl se vaciaba en mi boca diciendo: “te lo vas a tragar todo, preciosa, no quiero que quede ni una gota”. Yo gozaba mi orgasmo mientras tragaba el semen de Raúl y sentía ese calor salado recorriéndome la garganta.
Cuando terminé de tragar y estremecerme, Mario se levantó de la silla conmigo en brazos, me desató las manos, se quitó la ropa, me quitó la blusa a tirones y volvió a sentarse en la silla, sentándome a mí sobre sus piernas, de frente a él. Masajeó mis tetas de una forma exquisita, mordisqueó mis pezones y los apretó provocándome un dolor delicioso. Yo gritaba de dolor, de desesperación, de gozo. Mario tocaba mi vagina y mi clítoris de vez en cuando, pero más bien estaba concentrado en mis tetas. Las comió hasta el cansancio. Yo estaba agotada, pero algo me incitaba a seguir moviéndome, a seguir gimiendo de placer. Mario me levantó como si fuera de trapo y me dejó caer sobre su pene erecto. Era un pene gigantesco y yo lo sentía clavado dentro de mí.
–¡Ayyyyy! –exclamé.
–No te quejes, zorra, que esto sólo es el principio. Si te encanta tener mi verga dentro… Estás retorciéndote de placer… ¿Te gusta tener mi verga adentro?
–Sí… –dije yo tímidamente.
–¡Quiero oírte decir que te gusta mi verga, puta! –me ordenó Mario dándome una bofetada.
–No me pegues por favor…
–¡Obedece puta! –volvió a ordenar golpeándome de nuevo.
–Sí, sí, me gusta sentir tu verga dentro de mí, me gusta que me cojas y que tu verga me penetre… me gusta mucho, papi.
–Muy bien, Anita, sigue moviéndote.
Me embestía como un animal, me mordía el cuello y me pellizcaba las nalgas. Todo era muy doloroso, muy agradable. Yo incliné la vista y vi cómo su pene me atravesaba, vi cómo mis labios envolvían ese pedazo de carne que tanto placer estaba dándome. De repente, sacó su pene de mi vagina y me dijo:
–Voy a darte por el culo, Anita, pero como no es premio, sino castigo, te la vas a tener que enterrar tú solita.
–Por favor, no, no hagas eso, nunca lo he hecho…
–Mejor coopera, linda, así va a dolerte menos… De todos modos te voy a partir en dos, así que más vale que seas buena y obedezcas. ¡Ponte de cuatro patas! Quiero verte en el piso en posición de perra para que mi verga te perfore ese culito que tienes.
Yo obedecí temblando. Me puse de cuatro patas en el piso. Él acercó su pene a mis nalgas y me ordenó metérmelo. Yo lo intenté, pero era demasiado grande. Acércate, reina, me decía mientras separaba mi ano con sus dedos. Logré meterme la cabeza. Era muy doloroso. Permanecí así un momento y empujé más, metiéndome así el pene hasta la mitad. Lloraba de dolor. No podía más. Me quedé quieta, creyendo que iba a desmayarme. Entonces Mario me dijo: “buen intento, Anita, ahora va el resto por mi cuenta”, y me metió el resto de su pene de un solo golpe. Yo grité como loca, mientras Raúl sentado frente a mí, me besaba y mordisqueaba los labios y me sobaba las tetas. Mario estuvo quieto unos segundos y después empezó a bombear una y otra vez, dándome una nalgada de vez en cuando, acariciando mi clítoris. El dolor se volvía más tolerable, y el placer se hacía presente. Así, penetrada por el culo, Mario me cargó y me colocó sobre él, volviendo a sentarse sobre la silla, conmigo sobre él, penetrada por su pene, con el culo adolorido. Estando sobre él, Raúl se puso frente a mí y me ordenó: “separa bien las piernas, putita, que voy a darte la mejor cogida de tu vida”. Yo creí que moriría: nuca me habían penetrado dos hombres al mismo tiempo. Sin embargo obedecí. Separé mis piernas y Raúl me lamió los labios y el clítoris, separó mis labios con sus dedos, posó su pene ante mi sexo y después me atravesó de un solo golpe. Sentía el calor de los dos miembros dentro de mi cuerpo y gritaba de placer y dolor. Ellos me tocaban las tetas y las nalgas, me besaban y mordían el cuello, los labios, los hombros.
–¿Te está gustando, puta? –preguntó Mario (me excitaba tanto que me dijeran puta…)
–¡Sí! –contesté –me gusta mucho, papi, pero ya no me lastimes más.
Parece que le hubiera pedido lo contrario, inmediatamente comenzó a penetrarme con más violencia, haciéndome gritar y gemir desesperadamente. Mientras tanto, Raúl pellizcaba mi clítoris y me provocaba sensaciones antes desconocidas.
–Tienes buenas tetas, Anita –dijo Raúl burlonamente –tienes buenas tetas, muuuy buenas nalgas, y unos labios como inventados para mamar vergas, así que no te quejes, que tu cuerpo está configurado para coger. Eres una puta caliente. Así que muévete y sigue gimiendo.
–Y deberías de probar este culito –le dijo Mario –está muy estrechito, a mí se me hace que lo estoy estrenado, ¿verdad putita?
–Sí, eres el primero en penetrarme el culo… –contesté entre gemidos.
–¿Y lo estás disfrutando?
–Sí, me está gustando mucho…
–Contesta, ¿qué es lo que te gusta puta?
–Me gusta sentirte dentro de mi culo…
–Eso es, puta, eso es, voy a correrme, voy a llenarte de leche el culo…
Entonces los dos se desbordaron dentro de mí. Me inundaron por completo. Era un vaivén de cuerpos, suspiros y sudores. El sexo más violento y excitante que había tenido en mi vida.
Cuando terminaron se salieron de mi cuerpo y se vistieron como si nada hubiera pasado. Yo me quedé en la silla, como desmayada.
–Puedes vestirte preciosa, y también puedes irte –dijo Raúl mientras me apretaba una nalga.
Me incorporé, me puse la ropa y salí del lugar sin decir nada. Estaba algo avergonzada, pero la experiencia había sido muy intensa, muy interesante. Volví al cybercafé un par de veces, pero el sexo con Mario y Raúl no fue tan bueno como la primera vez, así que nunca más regresé. Sigo sin tener novio, pero tengo algunos amantes. Aunque no he vuelto a ver a Mario y Raúl, los recuerdo como mis iniciadores… Ellos hicieron de mí a esa puta en la que me convierto cuando estoy en la cama, y me abrieron el horizonte del dolor.

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2 comentarios en “Cybercafé

  1. ya quisiera yo que a mi cibercafé viniese una chica como tú… me gustó mucho tu relato

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