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Cosas de damas

María despertaba lentamente e iba dándose cuenta de que estaba totalmente desnuda y atada a una equis hecha con maderos que estaba atornillada a una pared. También sintió la molestia del bozal que le introducía fuertemente una pelotita de goma en la boca y que o que estaba aferrado a su cabeza por una especie de elástico. Todavía se sentía mareada por el somnífero que yo le había administrado una media hora antes, que fue el tiempo que me llevó el desnudarla por completo, rasurarle su sexo al detalle y atarla a los maderos de la pared.

Aún semiconciente pudo verse reflejada en el espejo de la pared enfrente de ella y allí terminó de comprender, lo que la hizo sobresaltar y comenzar a retorcerse para librarse de las fuertes ataduras de sus pies y manos. Obviamente no pudo lograrlo ya que yo ya era un experto en esos menesteres. Sufrió en ese momento un ataque de nervios. Lloraba y trataba de gritar. El bozal le impedía ese cometido. La dejé que se cansara y al mismo tiempo se despabilara por completo. Pasó como otra media hora y cuando agotada comenzó a serenarse sabiéndose atrapada, me levanté de mi sillón especial que ella no podía divisar y me acerqué lentamente.

Cuando me vio sus enormes ojos celestes mi imploraron que la liberara. Yo comencé a acariciarla despacio, palmo a palmo, mientras le contaba que era lo que estaba pasando y le pedía tranquilidad. Sobando sus pechos perfectos y lamiéndole sus pezones, duros como tarugos, le conté que yo amaba el sadomasoquismo y que era un experto en el arte de combinar el dolor con el placer a través de la tortura. Ella se estremeció y comenzó nuevamente a llorar. Cuando mi lengua se introdujo despacio entre los preciosos labios de su rosada vagina, que minutos antes había rasurado totalmente, me encontré con su clítoris totalmente eréctil y exitado y ante mis minuciosas lamidas los llantos se convirtieron en gemidos de placer. Allí estábamos los dos como yo lo había imaginado durante meses. Mientras preparaba esta habitación de mi departamento convirtiéndola en una cámara secreta, con su entrada tapada sigilosamente con una biblioteca. Allí estabamos rodeados de todos los aparatos especiales que yo había comprado y los que fabriqué con mis propias manos. Tantas veces la imaginé así mientras charlábamos en el ascensor o en el hall de entrada y nos despedíamos con un saludo afectuoso, cada uno a su departamento, después de que yo la invitara al mío sin conseguirlo. Pero hoy lo había logrado. Al fin accedió a venir a escuchar música y charlar. María era una criatura divina, mejor que muchas modelos publicitarias, que poseía un cuerpo perfecto y un cabello rubio y lacio que caía hasta su media espalda. Un culito redondo y paradito, pechos firmes y unas piernas increíbles. Hoy entró en mi territorio vistiendo una blusa suelta, sin soutien, y unos jeans superajustados y supergastados que me costó bastante quitarle. Charlamos, le ofrecí vino y por medio de el ingresó en su organismo el somnífero que me permitió ponerla en donde yo quería que estuviera.

Dejé de hablar y agarrando fuertemente sus glúteos introduje mi lengua en su vagina al tiempo que, con movimientos rítmicos atraía y alejaba su cuerpo. Le hice el amor con la lengua y ella explotó en un orgasmo interminable y corcoveante.

Casi la vi desfallecer de placer. Sus pezones totalmente parados y su clítoris y vulva hinchados al máximo me dieron la pauta que ya estaba preparada.
La dejé por un momento y volví a su lado con dos pinzas de metal unidas por una cadena. Me acerqué y se las mostré diciéndole que con ellas le iba a aprisionar sus pezoncitos. Hizo un gesto desesperado con su cabeza. ¡No!, ¡No!, parecía querer decir, mientras negaba girando la cabeza de hombro a hombro. Yo ni me inmuté.

Coloqué el primero en su pezón izquierdo, no sin esfuerzo ya que a pesar de estar muy bien atada se las ingeniaba para sacudirse. Una vez logrado mi cometido gritó y su grito fue ahogado por el bozal. Sin perder tiempo le aprisione el pezón izquierdo y pareció dolerle más aún ya que por el movimiento y sacudidas se zafó.

Una vez colocados ambos y con voz firme le ordené que se calmara en el instante.

Creo que se asustó pensando en lo que vendría y entonces, y a pesar del dolor, trató de controlarse. Me alejé nuevamente y volví con otra morsa, esta vez aprisionaría su clítoris. Aulló sería la palabra correcta, pero no pudo impedirlo ya que sus piernas estaban totalmente abiertas y atadas a la madera, así que no tuve inconvenientes en separar bien los labios de su vagina y dejar al descubierto ese botoncito duro, bien duro, y allí quedó atrapado por el metal de la morsa.

La cadena que trae esa morsa la enganché en la de las morsas en los pezones, logrando con ello que a cada sacudida de ella los tres picos turgentes se estiraran al mismo tiempo provocando más dolor. María lloraba y trataba de gritar más fuerte. Entonces le dije que debía castigarla hasta que se sometiera a mis ordenes.

Abajo del espejo que estaba de frente a la equis de madera, yo había amurado al piso una especie de malacate pequeño. Estire la cuerda de este hasta el cuerpito escultural de María y la enganché en las cadenas. Ella insistía en gesticular un ¡No! rotundo con su cabeza. Pero yo debía castigarla en ese instante y demostrarle mi autoridad. Me volví hacia el malacate y comencé a retraer la cuerda cada vez un poco más. A los pocos minutos, tanto los pezones como el clítoris estaban estirados al máximo y se ve que el dolor se volvía difícil de soportar para ella. Se dio cuenta que no debía seguir sacudiéndose porque se provocaba ella misma un dolor mayor, así que se quedó inmóvil gimiendo despacito como un bebé.

Yo estaba disfrutando a pleno de esta deliciosa imagen y tenía una erección monumental, pero había aprendido las técnicas para retardar al infinito la eyaculación, así que sin perder el tiempo y dejando a María en esa posición de estiramiento, traje un enorme consolador de treinta centímetros por siete de ancho y de rodillas enfrente de su sexo comencé a introducírselo en la vagina. Me costó al principio ya que era un poco estrecho su canal vaginal, pero también hay que tener en cuenta que ese pene ¡¡era como el de un burro!!. Llegué casi a introducirlo por completo, entrando y saliendo con fuerza. A pesar del estiramiento de sus dulces picos parados, a pesar del dolor intenso en cada sacudida, María explotó nuevamente en un superorgasmo que me mojó las manos. Gimió de placer y también de dolor. Pero ese era el tema.

Cuando la sentí fláccida después del orgasmo monumental fui a buscar la máquina de electricidad. Sin decirle nada y viendo que aún gozaba con los ojos cerrados ese momento de intenso placer, rápidamente coloqué los electrodos sobre las tres morsas que todavía estiraban al máximo sus partes más sensibles.

Cuando tuve todo listo me retiré un poco de su lado, me paré al lado de la cuerda tensada al máximo y la llamé con firmeza. ¡¡María!! le dije, y ella abrió los ojos e intuyó lo que seguía. Yo le hice ver el aparato que tenía en mis manos, mientras giraba la perilla tan temida. El primer golpe de electricidad se lo di leve. Ella se sacudió y gritó desesperadamente. Apliqué entonces un poco más de voltaje y tembló. Otro poco y se retorció en una cabriola tan fuerte que se soltó la morsa que aprisionaba su pezón izquierdo. Tuve que parar y volver a colocar el adminículo en el rosado pico que ahora se veía con señales de aplastamiento.

Creo que quedó tan aturdida que ya no se dio cuenta que volví a colocarle la morsa. Volví a mi lugar en frente de ella y giré esta vez las dos perillas al mismo tiempo.

Corcoveó y se estrujó en mil espasmos. Entonces corrí hacia su sexo y nuevamente le introduje el monstruoso consolador. Al cabo de pocos segundos ya había acabado de nuevo, pero el orgasmo fue mucho mas intenso que el anterior.

Ya no le importó el estar estirada por sus pezones, por su clítoris, la electricidad que aún fluía por sus cadenas. Fue acabar una y otra vez en segundos. Y después dos orgasmos más.

Yo no lo podía creer. Estaba toda transpirada y exhausta, pero ya no lloraba mas.

Le fui sacando con cuidado las morsas y allí si grito un poco pero después de que le di unos masajes en las zonas se tranquilizó.

Solo quedaba desatarla, sacarle el bozal y esperar su reacción ante tamaña intromisión en su cuerpo y en su sexo. Le saqué el bozal lleno de saliva chorreante y allí me insulto de arriba abajo, me dijo de todo, me amenazó con matarme, con denunciarme, etc, etc. Yo la escuché en silencio. Mi cámara secreta estaba preparada a prueba de sonidos así que todo quedaba entre esas cuatro paredes.

Entonces me le acerqué y tomándole la cabeza por la nuca le mostré mi pene que se encontraba erecto, hinchado y al borde del espasmo desde hacía dos horas.

Le dije que desde el primer día que la vi me enamoré perdidamente de ella y que esa era mi verdadera personalidad, era un sádico. Ella siguió mirando mi palo tieso, que entre nosotros impresionó siempre a mis amigos en los vestuarios por su exagerado tamaño, y me pidió que le hiciera el amor. Yo le dije que no. Ella me lo suplicó: por favor haceme el amor ya, ya, me imploró.

Me pegué frente a ella, sin desatarla, y comencé a introducirle mi enorme falo al tiempo que lamía sus pezones y nos besábamos apasionadamente. Ella acabó dos veces antes de que yo dejara que mi orgasmo explotara en su interior de una manera feroz. Sacudiéndome sin control me aferré a sus glúteos de piedra para no caerme y alcance a sentir como ella acababa una vez más antes de que yo terminara con mis espasmos.

¡Que placer!, dijo María… Que placer enorme le respondí… Empezamos entonces a sentir que sintonizábamos perfectamente. Mientras terminé de desatarla me pidió que le explicara como funcionaban todos los aparatos de mi cámara secreta. Entonces me pidió que quería hacerlo ya conmigo, si yo me animaba. Le dije que sí por supuesto, pero antes de ello fuimos a mi dormitorio y me ofreció su virgen culito para mi deleite. Comprendí entonces que no había sido errada mi elección. Ella había descubierto a los 23 años que era sadomasoquista y que su placer máximo pasaba por allí.

Después de acabar y revolcarnos durante más de una hora, se paró tomo mi mano y me condujo nuevamente a la cámara secreta. Mientras me aprisionaba los pezones con las frías morsas metálicas pensé: la encontré, por fin la encontré…

myoldlamp1@yahoo

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