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Belleza negra (Capí­tulo 3)

Luego de haberla violado analmente, deja a su víctima sola y atada, como tortura psicológica, para volver horas más tarde y violarla nuevamente.

Un rato después del terrible polvo que le había hechado a la negra, me di una ducha y me volví a vestir. Sabía que la pobre vivía sola, por lo que si la dejaba bien encerrada en su casa, correspondientemente atada, no habría peligro de salir y volver más tarde. Así que sin decirle una palabra, busqué un juego de llaves y me marché, dejándola atada en la cama y con el culo roto. Pasé el resto de la tarde arreglando algunas cosas para mi partida, pues como ya les narré antes debía marcharme al interior del país por cuestiones laborales, y a eso de las nueve de la noche, me decidí a volver a la casa de la negra. Todo ese tiempo me la imaginaba, sola, en su casa, completamente inmovilizada y sin ninguna posibilidad de pedir ayuda. Estaría suplicando internamente que yo volviera, puesto que si yo ya no iba por ella, ¿cuánto tardarían los vecinos en darse cuenta de que había sido secuestrada en su propio hogar? Como me retrasé un poco, llegué de vuelta a eso de las diez, o sea que la pobre mujer había estado unas cinco horas sin comer ni beber, sin ir al baño siquiera. Ya desde el pasillo se escuchaban algunos forcejeos, que la negra debía estar haciendo al escuchar que alguien entraba a su casa después de horas de completo silencio. Cuando me vio entrar a su pieza, se quedó quieta unos instantes, pero en seguida continuó forcejeando. Le saqué la mordaza. Ella intentaba hablar pero no podía, tenía la garganta seca, por lo que le acerqué a la boca un vaso de agua que sorbió con dificultad (estaba atada boca abajo) y luego se desplomó sobre la almohada.
—Necesito ir al baño… por favor…
Contemplé su culo abierto, el mismo que ese mismo día le había desvirgado, y luego la desaté. Tenía los músculos entumecidos y débiles por la posición a la que había estado obligada y por las ataduras y los forcejeos. Quiso levantarse pero cuando lo hizo la empujé contra el colchón y la pobre cayó sin oponer resistencia. Mientras sacaba uno de los cintos con que la había mantenido sujeta a la cama y se lo pasaba alrededor del cuello, a modo de correa de la cual si tiraba se apretaba más, le dije
—Vas a ir caminando en cuatro patas, como una perrita, ¿estamos?
—Por favor… basta…
La agarré de los pelos y le dije
—Responde con ladridos, perrita, o te cago a trompadas
A continuación, ocurrió la escena tal cual yo la había planificado en mi imaginación, algo realmente increíble. Se puso en cuatro patas y así fue caminando hasta el baño, conmigo por detrás tirando de su “correa”, y cuando llegamos al mismo intentó sentarse en el inodoro. Yo negué con la cabeza y le dije que las perritas no meaban en los inodoros, que si quería podía  mear en el piso. Así fue, la pobre meó en cuatro patas, y hasta levantó una como yo se lo indiqué. Luego limpió el piso con un trapo que había en el baño, y la hice meterse en la bañadera, donde le abrí la llave del agua de la ducha para que se limpiara. Se secó con una toalla, y después la llevé, tirando de la correa, hasta la cocina. Allí le puse agua en un platito, en el piso, que sorvió como pudo. Yo me senté en una silla al lado suyo, y cuando ella hubo saciado su sed, tiré de la correa para atraerla hasta mí. Me bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos, y le indiqué que debía lamerme las bolas, cosa que hizo obedientemente. Era fabuloso ver a esa mujer  actuando actuando como una perra, temerosa del castigo que yo podría infligirle si no me obedecía. Unos minutos más tarde me cansé de humillarla de esa manera, y volví a ponerla en la posición que primeramente la hice adoptar cuando la violé por primera vez y tanto se resistió. Ella obedeció y se inclinó frente a la mesa, apoyando sus morenas tetas sobre la tabla y separando las piernas, ofreciéndome su culo completamente abierto. De a poco fui metiéndole la pija dentro de su conchita húmeda y rosada, increíblemente rosada por dentro siendo ella tan negra por fuera, y que a diferencia de su culo no era ni tan estrecha ni había recibido tan poco uso. Con mi mano izquierda tomé el cinturón que estaba usando de correa para mi perrita, y elevándolo por sobre mi cabeza le dije
—Si te llegas a resistir, si no me obedeces, te ahorco ¿estamos?
Asintió con la cabeza. Seguramente ya no sabría si debía responderme con palabras o ladridos. De a poco fui metiéndole el dedo pulgar dentro del culo, y al mínimo movimiento de resistencia que yo notaba, por las dudas tiraba del cinturón, que se ajustaba en su cuello cortándole el paso del aire. Con sus manos intentaba liberarse, y lograba desajustar un poco el cinturón nuevamente para poder respirar como corresponde, mientras yo disfrutaba de cojerla al tiempo que ella estaba ocupada en mantenerse con vida.  Sin dejar de moverme embistiendo sus nalgas, le ordené que se pellizcara los pezones y se moviera a mi ritmo, y ella obedeció sin responderme una palabra. De a poco sentí que su concha me apretaba más y más. Era la primera vez que sentía músculos vaginales tan poderosos alrededor de mi pija, era como si un puño cerrado ejerciera presión sobre mi miembro, pues ella, cada vez más cerca del orgasmo, comenzó a moverse no solo de adelante hacia atrás, chocando maravillosamente con mi pelvis y mi pene que en cada estocada se hundía más y más en su interior, sino que al mismo tiempo, y sin necesidad de ninguna indicación de mi parte, ella misma inició un movimiento de cadera que hacía que mi dedo entrara y saliera de su culo. Verdaderamente, ella había encontrado cierto placer en la masturbación anal que yo le estaba haciendo, y no se molestó en ocultarlo, ni en el momento de moverse, ni en el momento de los gemidos. Pensé que seguramente, ahora que estaba sin mordaza, los vecinos podrían escucharla, aunque… ¿Qué importancia tenía? estos eran, sin lugar a dudas, inconfundibles expresiones de placer y no las que hasta hace tan poco eran de sufrimiento. Unos segundos más tarde que ella hubo llegado al orgasmo, yo le saqué la pija de la concha y me masturbé rápidamente, con la vista puesta en mi dedo que entraba y salía de su dilatado agujero,  y acabándole en las nalgas y encima del oscuro orificio del culo, el mismo que esa tarde yo había desvirgado, mientras ella, ahora, me observaba sonriéndome por encima de su hombro.

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