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Belleza negra (Capítulo 1)

Un joven se arriesga a violar a una mujer negra que es clienta del lugar donde trabaja.
Cuando la conocí quedé impactado por la belleza de esa mujer. Aparentaba tener unos 23 o 24 años, y era hermosa,   realmente hermosa. Llamaba la atención en cualquier lado, por lo exótico de sus encantos. Ella era negra. Una hermosísima negra, alta, muy alta, más de 1,80 de estatura, más alta que yo, y con muy largos cabellos totalmente trenzados, muy prolijos, y sus trenzas estaban adornadas por pequeñas bolitas de cerámica, que hacían ruido cuando ella pasaba haciendo las compras con su changuito entre las góndolas del minimercado. Y yo era el repositor en el minimercado donde ella, día por medio, hacía las compras, y disimuladamente intentaba seguirla, cruzarla, estar cerca de ella constantemente, no privarme en ningún momento de la presencia de su belleza, de la visión de esos escotes en donde lucía el comienzo de sus pechos, hermosos, no demasiado grandes, ni tampoco chicos, sino más bien proporcionados y armoniosos con el cuerpo de esa mujer-monumento. Lo mejor eran sus piernas, largas y perfectas, y los preciosos rasgos propios de su raza, sus labios carnosos y su sonrisa, sus dientes blancos brillando en lo moreno de su cara, sus ojos negros, negrísimos, misteriosos, su nariz chata y pequeña. Toda ella era hermosa. Era la belleza del Africa concentrada en mujer.
Vivía a una cuadra del minimercado. Y me la quitaron. Me la quitaron cuando me despidieron, cuando hicieron reducción de personal y me quedé sin trabajo. Ya no volvería a verla más. Ya nunca disfrutaría de su presencia, nunca más acariciaría sus largas piernas morenas con mi mirada… a menos que aprovechara la circunstancia de que ella me conociera para introducirme a su casa… y someterla a mis deseos sexuales.
A la semana de haber sido despedido conseguí trabajo en el interior del país, gracias a un familiar. En un par de días me iría de Mar del Plata, la ciudad donde vivía cuando ocurrió lo que les narro, y ya no volvería por mucho tiempo. Nadie conocería mi nueva dirección y no podrían encontrarme facilmente. El mismo día que supe que me iría, aparecí en la casa de la mujer de mis sueños a eso del mediodía. Toqué el timbre, como muchas veces lo había hecho ya cuando entregaba los pedidos del minimercado, y ella me atendió por el portero eléctrico.
-¿Quién es?
-Juan, del autoservicio, le traigo unos documentos que ud. perdió en el minimercado.
-Ya te abro
Escuché los pasos apurados que vinieron hasta la puerta, la llave que giraba en la cerradura, y al fin la ví de nuevo, a ella, tan hermosa como siempre, con unas calzas amarillas y una remera rosa. Llevaba zapatillas deportivas y estaba un poco transpirada, sin duda estaría haciendo gimnasia.
-Hola
-Hola, ¿cómo estás…? ¿Qué es lo que se me perdió?
-Sí, estos documentos… Me mandaron a ver si eran tuyos- y busqué en mi bolsillo unos documentos míos de cuando era chico, viejos y arruinados. Se los di.
Ni siquiera los abrió. Los miró por fuera y me dijo
-No. No, esto no es mío.
-Ah… bueno, a mi jefe le había parecido… Disculpa, ¿no tendrás un vaso de agua?
-Sí, claro. Pasa que te doy.
Lo había logrado. Cerré la puerta atrás mío y la seguí a través de la casa. Llegamos a la cocina y sacó de la heladera una botella de agua, y me sirvió en un vaso. Yo lo tomaba de a poco, sin apuro.
-¿Estabas haciendo gimnasia?
-Si… (sonrió) pero ya estoy muerta, estaba terminando. ¿Tomás más?-dijo, con la botella de agua en la mano, haciendo un ademán de guardarlo en la heladera.
-No, gracias.
Cuando se dio vuelta y abrió la heladera, yo dejé el vaso en la mesada y me le acerqué despacio por detrás, apoyándole el bulto en el culo y abrazándola con mis brazos, le apoyé las palmas de mis manos en las tetas. Dio un salto, tirando la botella al piso, que se abrió y empezó a chorrear agua sobre las baldosas.

-¡¡¡¿Qué haces?!!! ¡Pelotudo!- ¡PAF! La cachetada me sonó en la cara. Tenía fuerza la negra. Me le tiré encima y caímos al piso, forcejeando sobre el charco de agua. Al fin logré ponerle una trompada en el estómago y quedó inmobil. Le faltaba el aire. La puse boca arriba y me arrodillé sobre ella, aplastándole los brazos con el peso de mis piernas. Quería atarla pero no tenía con qué. Miré a mi alrededor y no veía forma de inmobilizarla. Ella se recuperó y se libró de mí con un brusco movimiento ayudándose con las piernas, que me tomó por sorpresa y me tiró al suelo. Los dos nos levantamos. Nos miramos el uno al otro en posición de ataque.
-Andáte. Andáte ya mismo.- Estaba temblando. Su voz se quebraba, estaba muy nerviosa. Era fuerte, pero nada podía hacer contra mí. Podría haberla bajado de una trompada, pero no quería hacerle daño. Me le tiré encima y continuamos con el forcejeo, hasta que al fin pude dominarla doblándole un brazo por detrás de la espalda.
-¡Si te movés te rompo el brazo!
Se serenó y se quedó quieta. Yo me saqué el cinturón y lo usé para atarle las muñecas, con fuerza, por detrás. Al fin. Ya era mía. La senté en una silla de la cocina de un sólo empujón, y la observé. No solo estaba toda transpirada, sino que también estaba un poco mojada de cuando forcejeamos sobre el charco de agua. Abrí la heladera y saqué otra botella de agua helada. La destapé, tomé un sorvo (estaba exausto) y muy despacio la derramé sobre mi presa. Mojaba su pelo trenzado, su remera rosa, a través de la cual ahora podía ver un corpiño blanco, le mojaba las calzas y las piernas. Acerqué mi mano hasta su panza, acaricié sus abdominales firmes, y con un dedo estiré la calza, pudiendo ver una bombacha blanca por debajo de esta. Ahí derramé el resto del agua helada.
Sus pezones, por el frío, se habían puesto duros, durísimos. Atravesaban el corpiño y la remera, clavándose duros contra esta, y yo podía pellizcarlos por debajo de la ropa.
-Para… por favor, para… no seas hijo de puta…
Me senté en una silla y la hice sentarse encima mío. Le bajé las calzas hasta las rodillas. Nunca había visto la concha de una negra. Los pelitos se le salían por los costados de la bombacha, y yo acariciaba sus piernas largas, eternas. La pobre estaba a mi merced. Le arremangué la remera hasta las axilas. Le desabroché el corpiño y lo corrí hacia arriba. Sus tetas habían quedado al descubierto. Sus pezones erectos y duros como piedras me invitaban a chuparlos, y yo por supuesto acepté la invitación.
-Por favor, no seas hijo de puta… para… para, por favor…
Le arranqué la bombacha. Una maraña de pelos negros, enrulados, le cubría el tajo, y yo los acariciaba, jugaba con ellos, enredaba mis dedos formando grupos de rulitos… no podía más, tenía que eyacular. La puse de rodillas frente a mí, y le dije
-Ahora me la vas a chupar, porque si no lo haces, o lo haces mal, te voy a cagar a trompadas ¿entendiste?- Y al tiempo que le decía esto me bajaba los pantalones
-Por favor, no, no me hagas esto…- ¡PAF! Le di una cachetada, suave, pero rápida, lo suficiente como para que entendiera que hablaba en serio, pero sin hacerle daño
-¿Entendiste?

Asintió con la cabeza.
-Bueno, si entendiste, antes de chupármela me vas a dar un beso- y me incliné para quedar a su altura. Me dio un beso espectacular, su boca fue lo más delicioso que haya sentido en mi vida.
La agarré de las trenzas y le metí la pija en la boca. Sus labios, enormes, hechos para succionar porongas, me daban un placer enorme. La hice lamerme las bolas y las piernas. Al final le acabé en la boca, y ella lo tragó todo, absolutamente todo. Succionaba mi pija como si fuera una bombilla, y prácticamente le inyecté el semen en la garganta. Supongo que creyó que allí terminaría todo. Que equivocada que estaba. Recién había empezado.

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Un comentario en “Belleza negra (Capítulo 1)

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