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Barra brava

Una hermosa muchacha es manoseada y violada en las calles de su barrio por un grupo de jóvenes hinchas de un club distinto al de ella.

Vanesa caminaba tranquila esa madrugada por las calles de Colegiales, el barrio que la vió crecer, rumbo a la placita donde casi todas las noches se juntaba con su grupo de amigos a tomar cerveza y charlar. Tenía 19 años y un buen cuerpo, y en su camiseta de river plate, el club de sus amores, dos grandes bultos brillantes se dibujaban en el pecho, sobre los que caía su larga cabellera negra y relucía orgullosa una cadena que colgaba de su cuello, portando la medalla con la lengua identificatoria de su grupo de música favorito: los rolling stones. Estaba oscuro pero ella caminaba sin miedo, conocía su barrio como nadie, allí había nacido y allí vivían todos sus amigos.
A unas cuadras se veía venir un grupo de muchachos que charlaban ruidosamente, algunos vestían con camisetas de boca pero a Vanesa eso no la molestaba jamás. El fútbol es solo un deporte y un divertimento, varios de sus amigos eran de otros clubes y eso no era razón para llevarse mal con ellos. Pero de todas maneras prefirió evitar que le dijeran algo, o que tan sólo la miraran descaradamente como tantos lo hacían en las calles, por lo que se cruzó a la vereda de enfrente. Cuando se acercaron uno de ellos gritó
—¡Miren, una gallina!
Y todos se cruzaron para encontrarse con ella. Vanesa apuró el paso. Los muchachos, que serían unos diez, la empezaron a seguir y a decirle cosas
—Que pasa, gallinita, ¿no te gustan las pijas bosteras?
—¡Vení mamita, que te chupo toda!
y un sinfín de groserías más que Vanesa intentaba ignorar, apurando el paso y respondiendo evasivamente
—¡Basta! Déjenme tranquila— les decía sin mirarlos y rogando que las cinco cuadras que faltaban para llegar a la plaza y encontrarse con sus amigos pasaran rápido, que ya los pondrían en su lugar cuando no estuviera sola.
Uno de los perseguidores le tocó el culo, no disimuladamente, no en forma fugáz, sino bruzcamente, con fuerza, hundiendo su mano entre las nalgas de Vanesa que se lucían envueltas en el gastado pantalón de jean azul. Vanesa se dió vuelta y le gritó de todo, e intentó seguir caminado, pero se vió rodeada por los muchachos.
—¿Qué hacen? ¡Hijos de puta! ¡Déjenme pasar!

Uno la agarró de atrás y le puso una mano sobre la boca, impidiéndole gritar, y varias manos le agarraron los brazos y las piernas.
—¡Qué buenas tetas, chabona! ¿nos las mostrás?
Varias manos se posaron sobre su busto y al mismo tiempo que la manoseaban le subían la camiseta y le bajaban los corpiños. Bajo la tenue luz amarilla que se filtraba por los árboles, proveniente de uno de los postes de alumbrado, varios ojos contemplaron los enormes pechos de Vanesa, y los increíblemente grandes pezones oscuros. Las manos los recorrían y los estrujaban haciéndole daño, y los muchachos se los empezaron a chupar. Una boca en cada pezón succionando con fuerza, mientras las manos ya empezaban a recorrer otros rincones de su cuerpo. Se deslizaban por la cintura y continuaban bajando. Por encima del pantalón le tocaban el culo y la entrepierna. Ahora un dedo jugueteaba en su ombligo. Nadie pasaba, ningún vecino despertaba, Vanesa estaba desesperada e intentaba patalear y resistirse, pero tantos brazos masculinos y firmes la sujetaban que los esfuerzos casi no llegaban a traducirse en movimiento.
Alguien le desabrochó el cinto. Unos dedos nerviosos luchaban contra el botón del pantalón. Sintió el rasguido de la ropa, era su camiseta, la que siempre lucía con orgullo en la cancha, que ahora estaba rota y desecha en mil pedazos, tirada en el piso, mientras alguien orinaba sobre ella. Los dedos consiguieron la victoria y como un relámpago le bajaron la bragueta. Varias manos colaboraron para que el pantalón cayera hasta los tobillos junto con la bombacha. Allí fue cuando la pesadilla realmente comenzó. Mientras no había rincón por debajo del ombligo y por encima de las rodillas que no fuera acariciado, pellizcado, palmeado y ultrajado, un dedo sucio le entró bruscamente por la vagina, y otro se habría paso por su culo mientras varias manos le separaban las nalgas hasta lo imposible. Alguien le agarró los pendejos con fuerza y tiraba de ellos en forma tan violenta que algunos de ellos se desprendían de su piel, y varios dedos más intentaban sumarse a los que ya se movían dentro suyo. El dolor le llegaba de todas partes, su  intimidad ya no existía, ese grupo de desconocidos hurgaba en su cuerpo sin el menor respeto, sin importarle el dolor que ella estaba sintiendo. Uno de ellos se bajó los pantalones y luchaba por penetrarla, cuando en un golpe de furia Vanesa logró zafarse de la mano que la amordazaba y gritar unos segundos con todas sus fuerzas.
La luz se prendió en una casa vecina. Alguien espiaba entre las rendijas de una persiana. Los brazos que la sujetaban le separaban las piernas más y más. El violador logró penetrarla, ayudándose con saliva, y ahora sentía una masa de carne en su interior moviendose sin su consentimiento, mientras una vecina en camisón asomada al balcón de su departamento gritaba
—¡Degenerados! ¡Hijos de puta!

Dos dedos se clavaban con furia en su culo hasta hace tan poco tiempo virgen, y sus tetas se movían con la fuerza del vaivén del violador. Mientras algunos de los agresores juntaban piedras de la vereda y se las tiraban a los vecinos que intentaban detener el crimen, su violento amante eyaculaba en su interior, y desde lejos se oían las sirenas de los autos de la policía. La tiraron al piso y escaparon en varias direcciones, pero la policía que llegaba justo a tiempo alcanzó a agarrar a algunos de ellos. Vanesa, en el piso, lloraba. Estaba desnuda, rodeada por sus ropas desechas, le goteaba semen de la concha, y varios trozos de tela roja y blanca brillaban en un charco de orín.

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