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Violame

-Quiero que me violes delante de mi marido, de mis padres, de mi gente –le digo a mi amante al acariciar los rizados vellos de su pecho.
-Quiero que los robes, que los hagas rogar por su vida y que, delante de ellos, me desnudez y me metas entera esta verga tan rica –le digo, mientras mi mano acaricia su vergota, pringosa con mis jugos, que descansa después de haberme dado lo mío.
-Quiero que rompas su burbuja de cristal, papito –le ruego, mientras me cabalga con furia.
Odiaba mi mundo, odiaba a mis padres y a mis suegros, los tés-canasta y la ineludible misa de domingo. Coger todos lo días con el instructor de un gym barato, forzudo y moreno, bigotón y anlfabestia, era una venganza en sí, pero mi fantasía era una venganza a lo grande que fui planeando poco a poco, hasta las vísperas de navidad.
Gracias a la llave que les di, al plano que les dibujé, a las precisas instrucciones previas, entraron pasadas las once de la noche a casa de mi cuñada, cuando la fiesta estaba en todo lo alto, es decir, cuando la champaña corría a ríos y yo no deseaba otra cosa que matarlos a todos.
Embozados y empistolados, mi moreno amante y sus dos cómplices nos amagaron, a los doce varones de elegantes trajes, a las nueve chicas de negros vestidos de diseñador. Nos obligaron a acostarnos en el frío mosaico, boca abajo, y con agujetas y cinturones nos ataron a todos. Se apoderaron de carteras y relojes, aretes y pulseras y, cuando terminaron, uno de los cómplices preguntó al otro, tal como estaba planeado:
-¿No vas a cogerte a una de estas mamitas ricas?
-No. Me dan asco. Solo cojo con las que me gustan –respondió el segundo cómplice.
-¿Y tu? –preguntó a mi amante el primer cómplice.
-Creo que voy a chingarme a esa morena, la más buena.
Fingí resistencia pero mi amante me dio un par de bofetadas, en la justa medida: ni demasiado fuertes ni demasiado blandas, y me levantó el vestido delante del cabrón de mi marido, de sus estrechas hermanas y sus puritanos hermanos, sus mandilones socios y sus recatadas esposas.
Los reprimidos encorbatados no pudieron evitar mirar mis largas piernas desnudas y la tanga de seda negra que, a juego con el vestido, cubría mi intimidad y dejaba al descubierto los contundentes hemisferios de mis nalgas, que mi amante golpeo con suavidad, como si no conociera cada centímetro de su suave superficie, como si la noche anterior no hubiera pasado su dura verga entre ambas.
Yo fingía que el miedo me paralizaba. Con su navaja suiza, mi amante cortó mi vestido y mi brassier. Mis chichis apuntaban hacia él que, a la vista de la cofradía de maricones, los mordió lastimándome un poquito. ¿Cuantos de aquellos culeros que miraban hipnotizados me deseaban en secreto?, ¿cuantos querrían estar en lugar de mi prieto amante?
Miraban mis chichis, mis nalgas, la negra línea de la tanga, cuando mi amante tiró al suelo algunos de los platillos que cubrían la larga y estrecha mesa del buffet y con violencia nada fingida me tiró de bruces sobre ella. Yo estaba algo excitada pero no lo suficiente: todo había sido demasiado rápido y aunque soy rápida y generosa a la hora de segregar jugos, todavía tenía la panocha bien seca.
-Está seca, la estrecha –dijo mi amante-, pero me cae de puta madre que ahorita se va a mojar.
Y así como estábamo fue pasando la dura punta de su verga entre los pliegues de mi panochita, , en la entrada del culo, en mi clítoris, por todos lados, mientras sus manos me acariciaban como él sabía que me gustaba. Cuando la piel se me puso chinita y mis glándulas reaccionaron al tratamiento, con la vista puesta en los ojos de una de mis cuñaditas, que había quedado frente a mi, gemí:
-No, por favor, no…
En ese momento su verga acariciaba la entrada de mi panocha, así que diciendo:
-¿No? ¡Si tu concha pide verga a gritos, puta!
Y me la ensartó de golpe. Sentí como esa gorda verga, que tan bien conocía, con la que tanto gozaba, entraba en mi, abriéndome, como si fuera la primera vez que la recibía, ahí, ante los atónitos ojos de mi puto marido, que ni mu había dicho, como bien había yo supuesto, y de los otros cabrones, a los que la verga empezaba a abultarles en los pantalones.
Desde atrás, sin contemplaciones, sin esmerarse en mi placer como hacía siempre, me lo daba tanto y tan bien que, sin darme cuenta… o casi, empecé a gemir.
-La perra está gozando –dijo el primer cómplice, enunciando lo evidente.
Con los ojos cerrado, sabiendo que tantos pares de ojos recorrían mi cuerpo desnudo, testificaban mi aparente humillación, gozaba esa ardiente verga que entraba y salía de mi, que me daba lo que yo necesitaba, que me liberaría.
Mi fantasía se liberó. Pensé que el buffet cambiaba de carácter y que en esa posición, ante mi, de esa manera, se presentaban a mi boca cinco, seis, diez de las vergas disponibles, mientras desde atrás mi amante me seguía metiendo la suya con toda la fuerza requerida.
Era tan vivida la imagen que empecé a venirme, una y otra vez, y otra vez fue evidente.
-La puta está gozando de verdad, la mosquita muerta –volvió a decir el primer cómplice.
Mi bello amante se vacío dentro de mi con un mugido, retiró su verga dejándome con hambre, con ganas de más. Por un momento tuvo el fuerte deseo de que sus cómplices también me pasaran por las armas, de que me encularan así como staba, pero se mantuvieron en lo prometido y cargados con el botín huyeron con la noche.
El resultado fue el deseado: el cabrón con el que me casé en un momento de ofuscación, de ambición mejor dicho, firmó un generoso acuerdo de divorcio y me devolvió mi libertad.

aboguarra77@yahoo.com.mx

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