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Las aventuras de chiquití­n: de visita con papi

Chiquitín, tienes que vestirte.

Chiquitín miró a su papá, que acababa de entrar en la habitación, con cara de fastidio. Le apetecía quedarse en casa con él o ir a dar un paseo los dos juntos; pero Papi tenía un compromiso importante esa tarde: debía ir a casa de su jefe a hacerle una visita, y su niñito tenía que acompañarle.

El día anterior en la oficina el jefe le había pedido como un favor especial que lo visitara en su casa el domingo por la tarde para preparar una entrevista que ambos debían tener el lunes con unos clientes. Era un asunto importante que suponía mucha responsabilidad para Papi, además de toda una oportunidad para hacer méritos y prosperar en la empresa. El jefe, que estaba concretando la hora en que tendría lugar la visita, se había quedado distraído de repente al fijarse en la foto de Chiquitín que Papi tenía sobre su mesa.

Que jovencito tan guapo.

Don Daniel, el jefe, solía ser serio y hablar solamente de temas de trabajo, así que Papi se quedó sorprendido.

Ah, muchas gracias, Don Daniel. Es mi niñito –Papi sonrió y su jefe le devolvió la sonrisa mirando con insistencia la foto.

¿Qué edad tiene?

Diecinueve años.

Efectivamente, es un niño todavía. Casi de la misma edad de mi Danielito. Tiene como un aire travieso; me gustaría mucho conocerlo. ¿Por qué no vienen los dos el domingo por la tarde? Les presentaría a Danielito y los niños podrían jugar y hablar de sus cosas mientras nosotros preparamos la entrevista con los clientes. ¿Qué le parece?

Eeeer ….. sí, claro, Don Daniel. Estupendo –respondió Papi con una sonrisa nerviosa. No le hacía mucha gracia la idea; ¿y si Chiquitín hacía alguna travesura en casa de su jefe? Claro que no podía negarse; y bien pensado, si Chiquitín se portaba bien y su jefe se llevaba una buena impresión de él, eso podría favorecerle mucho. Y era evidente que al jefe le interesaba el muchacho.

¿Cómo se llama el niño?

Llámelo Chiquitín, Don Daniel. Yo siempre le llamo Chiquitín.

Ah, veo que es usted de los que no tiene prisa en que su niño se haga mayor. Yo soy de la misma idea. Un muchacho de esa edad sigue siendo muy joven para tener responsabilidades; debe de limitarse a obedecer a su papá. ¿O tal vez es usted un padre liberal de los que no quiere dar órdenes y deja que los niños usen pantalón largo?

No, no, Don Daniel. Yo también soy muy tradicional.

Me alegra mucho oír eso; me gusta que un jovencito sea obediente y bien educado. Y si además es tan guapo como su Chiquitín, todavía mejor –sonrió el jefe. Tras una pequeñísima pausa, recuperó su expresión seria habitual- Entonces cuento con los dos en mi casa el domingo por la tarde.

Así que Papi, aunque fuera domingo, había tenido que ponerse el traje y la corbata. Esto le alegró la cara a Chiquitín, porque Papi estaba muy guapo y Chiquitín se sentiría muy orgulloso de estar al lado de un papá tan elegante. Pero su expresión volvió a ensombrecerse rápidamente al ver la ropa que Papi le había preparado para ir a ver a su jefe: también Chiquitín tendría que ponerse corbata y camisa blanca; pero lo peor era el pantalón: de tela, muy corto, muy ajustado, y seguramente muy incómodo, de los que pican.

Papiiiii, ¿no puedo llevar los pantalones que llevo siempre, por encima de la rodilla?

No, Chiquitín. El jefe es muy tradicional y le gusta que los niños lleven pantalones muy cortos, que no tapen el muslo.

Pero ese me queda pequeño.

Los otros muy cortos que tienes están sucios. Tendrás que ponerte este aunque no sea de tu talla. Para que te apriete menos, lo llevarás sin calzoncillos.

En realidad Papi prefería que Chiquitín fuera un poco ajustado, ya que no le habían pasado inadvertidas las miradas que su jefe echaba con disimulo a los traseros de los empleados más jóvenes. Algunos compañeros que también habían llevado a sus hijos a casa del jefe le habían confirmado la afición de éste por acariciar en el culete a los jóvenes y darles palmaditas. Seguro que Don Daniel apreciaría mucho unas nalgas bien marcadas por un pantalón de talla pequeña.

¿Sin calzoncillos? Pero papi, la tela de ese pantalón pica mucho. Y hace frío para llevar las piernas al aire. Papi empezaba a ponerse nervioso; no le gustaba que el niño le replicara, y menos esa tarde. Al jefe no le gustaría nada ver que Chiquitín no acataba la autoridad paterna.

Chiquitín, no repliques que te la cargas. Vamos, cámbiate de ropa.

Así que tenía que ponerse ese pantalón tan incómodo y luego ir a casa del jefe de papi, que sería muy aburrido. Y por culpa de esa estúpida cita en casa del jefe, papi había estado nervioso todo el fin de semana y no podrían jugar juntos ni descansar esa tarde de domingo. A Chiquitín estaba empezando a entrarle una rabieta; no podía evitarlo aunque supiera que papi no estaba para bromas y que a la mínima podía ganarse una zurra.

No quiero que pongas mala cara, sabes que no me gusta. Quítate la ropa; y no te pongas tonto, que te caliento.

Papi no soportaba que Chiquitín tuviera formas de niño consentido, y además la tarde de la visita a su jefe no era precisamente el momento para ser permisivo con él.

Consciente de que su culete corría grave peligro, Chiquitín obedeció y empezó a quitarse la ropa ante la mirada impaciente de Papi, que no tuvo necesidad de decirle que había que darse prisa. Pero los pantalones de tela serían tan incómodos sin ropa interior … Cuando ya sólo tenía puestos los calzoncillos, el muchacho dudó antes de bajárselos.

Vamos, Chiquitín, quítate los calzoncillos.

Papi, no hace falta, seguro que los pantalones no me aprietan tanto y los puedo llevar con calzoncillos.

He dicho que no. A ver si te va a reventar el botón y se te caen.

No me va a reventar, papi. Déjame probar.

Chiquitín …….

¿Pero por qué no podemos probar?

QUÍTATE EL CALZONCILLO DE UNA VEZ O TE LO QUITO YO Y VA A SER PEOR –

Papi estaba casi gritando. En realidad, no quería que Chiquitín llevara calzoncillos para contentar a su jefe, que así podría acariciarle mejor el culete al muchacho. No querer reconocer ante sí mismo que estaba usando a su niñito para prosperar en la empresa de forma tan dudosa era realmente lo que le ponía de tan mal humor.

La rabieta de Chiquitín estalló finalmente:

¡Esa visita al jefe es una mierda y no quiero ir!

Casi no había acabado de hablar cuando estaba ya arrepentido de lo que había dicho. La reacción de Papi fue la esperada; tras agarrar el cuerpo de Chiquitín con fuerza del brazo, se sentó en la cama y tumbó al muchacho semidesnudo boca abajo sobre sus rodillas, con el culito al alcance de su mano en la posición adecuada para un buen escarmiento.

Papi estiró el slip de Chiquitín hacia arriba para marcar bien la superficie de las nalgas. Las partes laterales de la zona inferior de los glúteos quedaron descubiertas al aire. Estaban muy blanquitas, pero su color cambiaría en muy poco tiempo. Mientras su mano izquierda agarraba con fuerza a Chiquitín de la cintura, Papi levantó su mano derecha por encima de su cabeza, apuntando amenazadoramente al bonito y redondo culete que tenía sobre sus rodillas, mientras el muchacho gemía sabiendo lo que le esperaba.

El primer azote no fue fuerte, pero Chiquitín estaba comprensiblemente alterado y hasta la palmada más suave le habría hecho estallar en sollozos.

Así que te quejas; ahora te daré yo motivos.

Papi empezó a golpear rápidamente y con mayor fuerza, alternando los azotes entre las dos nalgas. Una buena paliza sería el mejor modo de garantizar el buen comportamiento de Chiquitín en casa del jefe, así que tendría que esmerarse en el castigo; y hacerlo rápido porque no le sobraba el tiempo. Propinó una ráfaga de azotes rápidos y fuertes sobre la nalga izquierda, inmediatamente seguida de otra ráfaga igual de intensa sobre la derecha, y, como no, de muchos y cada vez más altos lamentos por parte de Chiquitín. En respuesta, Papi le subió más el slip hasta dejar al descubierto buena parte de las nalgas, que empezaban a estar coloradas. También calientes, como comprobó al acariciarlas durante unos segundos. Cuando Chiquitín bajó la intensidad de los sollozos y relajó los glúteos, Papi descargó un tremendo golpe sobre la nalga derecha y disfrutó del espectáculo de la huella de los dedos dibujada sobre la parte inferior de la nalga, no tapada por el slip. Chiquitín gritó:

PAAAAAPIIIII ….. DUELE MUCHO.

La respuesta fue otro azote igual de fuerte en el otro lado, y nuevas marcas de dedos. Papi acarició el culete mientras jugaba a subir y bajar el slip. Luego continuó con la zurra:

Ya te enseñaré yo –PLAS-, a ser desobediente –PLAS-, a responderle a papá –PLAS-, y a decir palabras feas –PLAS-. Vas a ir a casa del jefe –PLAS- con el culito como un tomate –PLAS-; te pondrás la ropa que te diga papá –PLAS- y vas a ser un niño bueno el resto de la tarde –PLAS-, vas a hacer todo lo que yo diga –PLAS-. Porque si no cuando volvamos –PLAS-, te llevarás una paliza que ya verás –PLAS-; a papá hay que obedecerle a la primera –PLAS- y no rechistar –PLAS-. Así que no querías quitarte el calzoncillo –PLAS- pues si no te lo quitas tú te lo quito yo –PLAS-.

Papi tiró del slip de Chiquitín hacia abajo, revelando un culete muy enrojecido. Al verse privado de la única y escasa protección que tenía ante los azotes, Chiquitín se vio acorralado.

Paaaaaapiiiiiiii noooooo, sin slip no, que duele más ……

Un nuevo azotazo calló las protestas del muchacho, aunque no sus sollozos. La mano de Papi siguió calentando las nalgas, ahora desnudas, a buen ritmo durante un rato que a Chiquitín se le hizo muy largo. Sin embargo, el niño apenas se movió para esquivar la mano que lo azotaba; estaba acostumbrado a las zurras y Papi le había enseñado a no alborotar demasiado y a no intentar poner la mano para proteger el culete cuando se le castigaba.

Papi acariciaba el culo muy rojo que tenía en su regazo; miraba su obra complacido mientras escuchaba los lloriqueos y lamentos habituales de su niñito. Se le había ido la tensión que tenía por la visita al jefe y apenas estaba enfadado ya por la actitud poco sumisa que había tenido antes Chiquitín. Nada le relajaba tanto como dar una buena azotaina, y más si el niño se la tomaba como un hombrecito. Pensó en darle un broche de oro al castigo con unos cuantos azotazos con el cepillo de madera; Chiquitín gritaría y lloraría, y le dejaría marca en el culete durante unas cuantas horas, además de bastante escozor; seguro que así se portaba bien. Papi miró con deseo el enorme cepillo para el pelo ovalado de dura madera que reposaba sobre la mesilla de noche. Pero pensó que si Chiquitín lloraba mucho, se le hincharía la cara y daría mala imagen ante el jefe. Además no había tiempo; Papi se sobresaltó al ver el reloj: se había pasado un cuarto de hora largo zurrando a Chiquitín.

Por tu mal comportamiento hemos tenido que perder mucho tiempo en darte una zurra. ¡Venga, levanta!

Acompañó las palabras con un azote que hizo a Chiquitín dar un respingo. El joven se incorporó con un gran mohín de dolor en la cara.

¿Puedo frotarme el culete papi?

Sí –Papi estaba contento de que le hubiera pedido permiso como un chico bueno. De lo contrario se habría llevado un buen tirón de orejas.

Gracias, Papi –y comenzó a frotarse las doloridas nalgas; se sobresaltó un poco al ver lo calientes que estaban. Pero dentro de lo malo, Papi no había usado el cepillo ni la paleta. Había sido una zurra fuerte pero sólo de mano, así que el escozor se pasaría en una media hora. Claro que durante esa media hora le picaría el culito …. y como picaba.

No pierdas el tiempo. Acaba de quitarte el calzoncillo y ponte el pantaloncito. ¡Y no se te ocurra decir que pica!

Sí, Papi –Chiquitín se quitó el slip, que tenía ya por los tobillos. Papi sonrió. Daba gusto ver lo bueno y sumiso que era después de una zurra. Pobrecillo. Lo atrajo hacia así y lo sentó totalmente desnudo sobre sus rodillas. Al sentarse, el dolor en el culito transformó la cara del muchacho en una expresión que a Papi le pareció muy graciosa. Al ver a su Papi sonreír, Chiquitín se sintió más confiado y esbozó también una tímida sonrisa. Papi le rodeó los hombros con un brazo mientras con la otra mano le acariciaba las piernas.

Tienes que ser un niño bueno, Chiquitín; ya ves lo que pasa si eres revoltoso. Ahora en casa del jefe tienes que demostrar que eres amable y educado. No hablarás si no se te pregunta; y obedecerás en todo lo que te diga Papi y también en todo lo que te diga el jefe. Esto es muy importante, Chiquitín. Si te portas bien, estaré muy orgulloso de ti; como premio, pasaremos por la confitería y podrás comprarte el pastel que más te guste.

Guaaaaaai, Papi – Chiquitín volvía a sonreír abiertamente. Papi lo atrajo hacia sí y lo abrazó fuerte mientras le daba un gran besito en la boca. Cuando Chiquitín pudo separar sus labios de los de Papi anunció: – me voy a portar muy bien.

Papi llevaba a Chiquitín de la mano por el jardín que rodeaba la casa del jefe. Ambos estaban impresionados por lo grande que era la propiedad; el jardín, aparte de largo, era muy bonito y se lo veía bien cuidado. Claro que algo distraía a Chiquitín de la contemplación de esa belleza; los azotes que se había llevado todavía le escocían, y el picor que le producía aquel pantaloncito tan minúsculo y tan ajustado hacía las cosas peores. Se llevó la mano libre a las nalgas para aliviar el escozor; al hacerlo, notó que la mano de Papi soltaba la suya; un segundo después la sintió estrujando su oreja.

Aaaaayyyy ……

No te frotes el culete. Estamos llegando a la casa de Don Daniel y ay de ti como te pongas a hacer mohines allí dentro. Y alegra esa cara ¿estamos?

Es que me pica, Papi. Aaaaaayyyyy –Papi estrujo la oreja más fuerte.

Como no te calles sí que te va a picar. Ahí dentro tienes que estar sonriente; no empieces a hacer el tonto otra vez, ¿a que te doy otra zurra?

Sí, Papi – Papi soltó la oreja y volvió a cogerle de la mano. Ahora a Chiquitín le picaba la oreja además del culito. Además el viento le hacía sentir frío en las piernas desnudas. Pero intentó poner buena cara pensando en el pastel que Papi le había prometido.

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