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Una antigua historia de amor

Hoy te he vuelto a ver. Han pasado ya diez años desde que me marché y hoy te he vuelto a ver. Ocurrió esta misma mañana, en una estación de metro. Yo estaba sentado en un vagón casi vacío cuando llegó a la estación un tren, realizando su parada en el andén contrario y deteniéndose justo enfrente, ventana con ventana. Alcé la vista instintivamente para observar, inconsciente, a las personas que estaban en su interior y al mirar hacia un lado, allí estabas tú. ¡No podía creerlo! Todos mis sentimientos despertaron de un gran letargo y no pude evitar evocar aquellos meses que nos mantuvieron tan estrechamente unidos. Y allí estabas tú… Con tu dulce y enigmática mirada. Tu hermosa y ondulada melena negra. Tu graciosa nariz, ligeramente respingona. Tus carnosos labios de rubí…

Y allí estabas tú… Ajena a mi mirar, charlando con alguien, con otra mujer, seguramente de las cuestiones cotidianas que todos solemos comentar cuando viajamos en el metro, sin saber que del otro lado, te estaba observando un antiguo amor.

Hoy te he vuelto a ver, tan bonita como siempre. Y no he podido eludir los recuerdos, ni frenar mis sentimientos. Sólo ha sido un instante. El tiempo justo que transcurre durante una parada, pero ha sido sublime. Sólo unos segundos y nos hemos vuelto a separar, aunque tú no lo supieras. Y durante el resto de la jornada, no he parado de recordar…

Recuerdo la primera vez que te vi. Tú trabajabas como camarera en un Pub, justo al lado de mi lugar de trabajo. A ese Pub solíamos acudir los compañeros y yo al terminar nuestra jornada laboral, para tomarnos unos güisquis y jugar unas partidas de billar, mientras ultimábamos alguna estrategia de venta para el día siguiente y descargábamos el estrés acumulado.

Del otro lado de la barra, dos atractivas mujeres. Una, rubia y espigada. La otra, tú. Morena de pelo, de intrigantes ojos negros, corpulenta y muy bien proporcionada. Eras toda una “mujerona”, toda una preciosidad; pero mi vida estaba encauzada con otra mujer y no quise atender la llamada de mi corazón y aunque charlábamos de vez en cuando, nunca te mostré mis sentimientos.

En más de una ocasión, cuando tú no me mirabas, desde una esquina te observaba en silencio. Procuraba sentarme al final de la barra, donde ésta se abre y permite visualizar lo que ocurre tras ella. Así fue como me enamoré de ti. Podía verte caminar, servirle copas a los otros…

Hasta que un día, cuando intentabas retirar unos vasos vacíos, alejados de tu alcance, te pusiste de puntillas. Tus lindos pies salieron del calzado, elevándose sobre los dedos y arqueándose sinuosamente. Eras preciosa hasta por los pies. Y mis ojos se salieron de sus órbitas ante el excitante y sensual espectáculo que estaba presenciando.

¡Qué cuerpo! ¡Qué pechos! ¡Qué caderas! ¡Qué piernas! ¡Qué pies! Todo en ti era perfecto. Justo la mujer con la que siempre había soñado. ¡Y estabas allí! Pero no te dije nada.

A los pocos días de aquello, cuando me dirigía en mi coche hacia la oficina, al parar en un paso de peatones para ceder el paso, apareciste como por arte de magia. Al principio no te reconocí, pero tus nudillos golpearon suavemente el cristal de la ventanilla y el mundo entero se iluminó.

– ¡Hola! ¿Dónde vas? –Preguntaste con dulzura.

– A mi despacho, ¿por qué?

– ¿Me llevas al trabajo?

– ¡Claro! Sube…

Y al entrar en el coche, un escalofrío me inundó. Charlamos amigablemente, como viejos conocidos y aunque no lo notaste, mi corazón palpitaba a toda velocidad. ¡Qué emoción! Pero no debía permitirme sentir más por ti. Y después, cuando llegamos a la puerta del Pub, justo antes de bajarte, me preguntaste si luego nos veríamos.

– No lo sé. Supongo que sí –respondí-. Depende del trabajo que tenga pendiente, cuando llegue a la oficina.

– Bueno, pues hasta luego.

Y me besaste en la mejilla. ¡Oh, Dios! ¡Qué descarga eléctrica! ¿Me estoy enamorando de ti? –Pensé-. ¡Tonterías! ¡Eso no me puede suceder a mí! ¡Imbécil de mí! ¿Quién era yo para pensar que aquella mujer se había fijado en mí? Y al cerrar la puerta, tu perfume permaneció estático en todo el ambiente.

El aroma que desprendías impregnó mis sentimientos. Todavía lo recuerdo: “Rive Gauche, de Ives Saint Laurent – Paris”, el olor que caracteriza la orilla izquierda del Sena, donde se ubica el Barrio Latino y donde acuden los bohemios, en París.

Y así transcurrieron dos meses. Hasta que un día en el Pub, sentado yo en mi lugar favorito, observándote y fantaseando como de costumbre, sucedió que tú, apoyándote sobre un brazo y elevándote en la barra, colocaste la palma de tu mano sobre tu mejilla y te quedaste estática, mirándome fijamente. Y, con dulzura, tu mano me hizo un gesto y llamó mi atención. El dedo índice me señaló y, con un movimiento repetitivo me ordenó que me acercara. Y así lo hice.

Me levanté, dejé mi copa sobre la mesa, coloqué mi americana en el sillón, ajusté un poquito el nudo de mi corbata y respirando hondamente, te obedecí. Cuatro pasos y estaba a tu lado. Al llegar, pediste que acercara mi oído a tus labios y cuando me tuviste a la distancia requerida, susurraste:

– ¿Qué haces este jueves?

– Trabajar –respondí, sorprendido- ¿Por qué?

– Porque no trabajo este jueves, y…

– Bueno, tengo todo el día para ti –le dije, interrumpiendo.

– ¿Sí? ¿De verdad? –Preguntaste, gratamente sorprendida.

– De verdad. Puedo aplazar el trabajo. Anulo las citas de mi agenda y pasamos el día, juntos. ¿Te parece?

De pronto, sin saber cómo, ni por qué, habían desaparecido mis nervios y respondí a tu requerimiento, como si tal cosa. Tu mirada se iluminó al instante y, con ese brillo en tus ojos, preguntaste de nuevo:

– ¿A qué hora quedamos?

Miré mi reloj, hice un pequeño cálculo y te dije:

– Te recojo a las doce y media.

– Vale.

Y me diste tu dirección…

Los tres días que faltaban, transcurrieron lentos. Hasta que por fin llegó el gran momento. Parecía como si nada más me importase. Sólo tú colmabas mis pensamientos. ¿Se puede estar enamorado de dos mujeres a la vez? ¿Estoy loco o sencillamente soy un promiscuo vividor? La jornada fue perfecta. Te recogí a la hora convenida y nos fuimos a una localidad cercana. Paseamos y charlamos hasta la hora de comer, en aquella maravillosa mañana de primavera. Después, acudimos al restaurante de un amigo mío y allí comimos en una mesa apartada, en un clima íntimo.

Al regresar a Madrid, paramos. Y estuvimos unas horas por el centro y caminamos de nuevo, por el Paseo de Recoletos. Tú pasaste tu brazo bajo el mío y apoyaste tu cabeza sobre mi hombro… Me sentía en las nubes, me sentía flotar, me sentía feliz. Y antes de regresar a tu casa, nos detuvimos frente al Parque de las Tinajas, junto al Templo de Debod y nos sentamos en un banco. Así permanecimos unos minutos, sin hablar, sin movernos. Sencillamente, contemplando el cielo y sus estrellas, hasta que rompiste el silencio.

– ¿Cómo estás?

– Muy bien –respondí.

– ¿Hay algo más que quieras hacer hoy? –Me preguntaste con intención.

– Sí, esto…

Y te besé suavemente, con toda la dulzura de que era capaz. Pero antes de acabar aquel beso, pasaste tu brazo por mi espalda, sujetando mi cabeza y abriendo tus labios para ofrecérmelos… Sencillamente, no podía pedir más. Nos besamos apasionadamente, como dos verdaderos enamorados.

Mientras regresábamos a casa, nada más tomar asiento en el coche, te descalzaste, removiendo tus pies y tus zapatos, porque ya te empezaban a molestar y sólo se me ocurrió gastarte una broma. No recuerdo ahora lo que te dije, pero sí recuerdo muy bien tu reacción: te agachaste, extendiste un brazo y alcanzaste uno de tus zapatos. Lo elevaste amenazadoramente en el aire y, apuntándome con él, dijiste:

– Si no quieres probarlo, no sigas por ese camino.

– ¡Vale, vale! Perdona.

– ¡Pues ya lo sabes!

No quise enturbiar el ambiente con más bromas, pero aquella escena fue como la guinda que decora el vaso. Cuando llegamos a nuestro destino, justo antes de que te calzaras de nuevo -no pude evitarlo-, repetí la broma anterior. Entonces, con cierto mal humor, repetiste tus anteriores movimientos, pero esta vez no me amenazaste.

– ¡Te advertí… que no siguieras… por ese… camino! –Me dijiste, a la vez que me azotabas una y otra vez con uno de tus zapatos.

– ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Te prometo que no lo digo más! ¡Para ya con el zapato, por favor! ¡Que me haces daño!

Mentí como un bellaco. No sólo no me hacías daño, sino que estaba experimentando una grandiosa sensación. Hube de reconocer en silencio que tu lado enigmático era muy duro, pero muy excitante. Morboso, diría yo.

– Bueno, pero si no quieres verme realmente furiosa, si no quieres que esto se repita otra vez, no vuelvas a hacerme ese comentario. Te advierto que como lo vuelvas a decir, te voy a dar una buena paliza.

Aquella sentencia tuya, contribuyó aún más, si se podía, a que mi atracción hacia ti fuera mayor. Y aunque te enfadaste de verdad, nos despedimos con gran ternura.

Y el tiempo fue transcurriendo. Recuerdo que todas las noches cenábamos juntos. Que todas las tardes las pasaba junto a ti. Y llegó el verano. Y recuerdo alguna de las conversaciones que mantuvimos. Una de ellas, referente a los niños. Recuerdo una noche en especial, mientras cenábamos, sentados a la mesa en una terraza al aire libre, que estábamos comentando algo sobre el tipo de educación que se les debía dar y, en una de esas, me hiciste el siguiente comentario:

– ¡Mira! ¿Ves? –Me dijiste, echándote mano a una de tus chinelas espadrillas que calzabas esa noche-. A los niños, cuando se ponen tontos o cogen una rabieta, se les aplica una de éstas en el culo, se le dan unos buenos zapatillazos, y se les quita la tontería. ¡No me vengas ahora con monsergas!

Acto seguido, la dejaste caer al suelo y te la calzaste con algunos movimientos de tu pie, para acomodarlo en su interior.

– ¡Madre mía! –Pensé yo-. ¡Esta es la mujer de mi vida!

Me había enamorado de ti hacía ya tiempo, pero aquella actitud tuya, me derrotó. Fui vencido por tu contundencia. Me enamoré de ti, de nuevo. Y aquella misma noche, durante la cena, apoyaste tu mano sobre mi brazo, mientras con la otra sujetabas el tenedor y saboreabas un pedazo de pulpo a la marinera. Me lanzaste un beso y me dijiste:

– ¡Te quiero!

– Y yo a ti, no sabes cuánto.

Y acariciándome el antebrazo con aquella mano, noté cómo te descalzabas y acariciabas mis pantorrillas con los dedos y la planta de tu pie. Dicen que el amor es química y aquellos gestos tuyos la hicieron fluir por todo mi cuerpo. Acercaste tu boca a mi oído y…

– Quiero hacerte el amor, esta noche –susurraste.

No supe responder, pero el brillo de tus ojos volvió a cautivarme. Al terminar la cena, buscamos una pensión donde pasar la noche y darle rienda suelta a nuestros sentimientos pero, no pudo ser. ¡Ni una sola habitación libre en toda la localidad! Y al final, resignados, decidimos posponerlo para otro momento. Teníamos el coche, sí. Pero la circunstancia se merecía una situación mejor. No podíamos estropearlo con una vulgaridad así. Aquello sería sólo sexo y no era eso lo que ambos reclamábamos. Así, que lo dejamos para el día siguiente.

Encontramos un hotel a pocos kilómetros de la localidad y alquilamos una habitación. La excitación me desbordaba mientras subíamos en el ascensor. Abrí la puerta de la habitación y tomándote en brazos, cual si fuéramos unos recién casados, cruzamos el umbral, hacia el paraíso.

Y jugamos…, y nos abrazamos…, y nos besamos…, y nos desnudamos…, y nos lanzamos hacia la cama fundidos, ambos, en uno. Y nos amamos…, y retozamos…, y seguimos amándonos…, ¡y el mundo entero se detuvo ante nuestro empuje! Y llegamos al éxtasis y nos quisimos…

Pero después de aquello, el destino quiso que me equivocara de nuevo y la mala costumbre que tengo de “pinchar” a la gente, soltó mi lengua sin darme tiempo a pensarlo y realicé aquel comentario.
– ¿Qué? ¡Qué has dicho! –Me inquiriste enfurecida- ¿No te advertí ya de lo que te haría si lo volvías a repetir? ¡Ahora verás!

Y con gran ligereza te diste la vuelta, dejándome ver tu espalda desnuda, tus nalgas, tus piernas y las maravillosas plantas de tus pies, mientras rebuscabas bajo la cama, hasta encontrar una de tus zapatillas y asirla firmemente.

– ¿Qué vas ha hacer? –Te pregunté, incrédulo.

– ¡Darte lo prometido!

Y con tu chinela roja en la mano, más que amenazante, regresaste a mi lado y comenzaste a darme una tremenda tunda de zapatillazos, mientras mascullabas no sé qué entre dientes, golpeando mis nalgas y mis muslos con fuerza y a toda velocidad. Aquello, al contrario de lo que tú esperabas, produjo un efecto distinto, provocando una situación en la que ambos disfrutamos. Al cabo un buen rato, percatándote de lo que ambos estábamos experimentando, lanzaste tu zapatilla contra el suelo y me hiciste de nuevo el amor…

Han pasado ya diez años, y hoy te he vuelto a ver…

Han pasado ya diez años, y te he vuelto a perder…

¡Y aún te quiero!

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