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Natalia

Mi nombre es Rafael y tengo veintidós años. La historia que les relato ocurrió el pasado verano. Había alquilado una habitación en una pensión para estudiantes a una señora muy amable de quien no voy a dar su verdadero nombre (por razones obvias), pero que llamaré Marta.
Marta tiene varios nietos entre los que se cuenta a Natalia (nombre también ficticio), de veinte años que está, como se dice por acá, para cometer el crimen. De un metro setenta de estatura, pelo rubio ceniza, ojos verdes, piel trigueña, labios carnosos, pechos amables, esbelta y delgada, de buenas caderas, lindas piernas y un culo que al verlo causa suspirar.
Tal vez por la coincidencia de años, o por la similitud de intereses, lo cierto es que Natalia y yo hicimos buena amistad de entrada. Aunque para mí resultaba un evidente conflicto, ya que no lograba ocultar del todo la atracción que me despertaba. Para colmo de males, hacía cinco años que estaba de novia y el susodicho es uno de esos muchachos de los cuales es imposible no ser amigo, sumado a que juega rugby y es capaz de levantar un coche sin esfuerzo.
Así que me contentaba con admirarla a la distancia y hacerme, cada tanto, alguna que otra paja en su memoria.
Un día, sin embargo, llegó a visitar a su abuela encontrándose con la sorpresa de que todos habían salido. Yo me había quedado porque tenía que preparar exámenes y estaba hasta las manos de estudio.
Comenzamos a charlar y noté que Natalia estaba un poco distraída, como si hubiera algo que la preocupara.
—¿Te pasa algo? —le pregunté—. ¿Estás bien?
—No, no es nada —me respondió aunque no muy convencida.
—Vamos, Nati —le animé—. Podés contarme. Claro, si se puede.
De pronto soltó el llanto como si lo tuviera atragantado.
—Me encontré a Fernando besando a otra chica —confesó entre lágrimas. Fernando es el novio.
En un primer momento no supe qué decir. Estaba que saltaba de alegría pero, a su vez, estaba dolido por ella.
—Te habrás confundido —le dije en tono amable—. A veces creemos ver cosas que no existen o confundimos situaciones.
—No, no —terció ella—. Iba camino a su oficina para darle una sorpresa y almorzar juntos cuando pasé por la puerta de una confitería. Entonces vi a una pareja besándose y pensé “qué parecido es ese chico a Fernando”. Entonces él se dio la vuelta y nos quedamos mirando cara a cara. ¡Era el hijo de puta de Fernando! Se puso pálido y trató de levantarse, pero con su cuerpo tan grandote sólo consiguió derribar las mesas y las sillas. Si hubiera sido en otra situación, me hubiera destornillado de la risa. Me fui de ahí lo más rápido que pude y me vine directamente. Esperaba que mi abuela estuviera para reírnos un rato y pasar el mal trago.
—Lo siento —le dije consoladoramente—. No puedo creer que hubiera alguien tan estúpido. Quiero decir con una novia tan linda como vos
Nos quedamos en silencio, mientras yo me senté a su lado. Entonces ella levantó esos hermosos ojos verdes y me dijo:
—¿Te puedo pedir un favor? No lo tomés a mal, pero ¿podrías abrazarme?
Estaba como borracho al que le regalan una botella de whisky. ¿Cómo decir que no a semejante pedido? La abracé acunándola contra mi pecho mientras ella seguía llorando. Le acaricié el pelo, la mejilla, le besé la frente, enjugué sus lágrimas.
Entonces comenzó. Los mimos se fueron haciendo más intensos, ella dejó de llorar y comenzó a besarme el cuello, luego me besó la pera y frenó un instante mientras nuestros rostros quedaron frente a frente. Me atreví y acerqué mis labios suavemente a los suyos. Esperé el cachetazo, pero no, sorprendentemente ella respondió mi beso, entonces desaté la pasión que había atado hacia ella y nos fundimos en un beso profundo donde nuestras lenguas se buscaron, se exploraron, se conocieron y se terminaron abrazando.
Lentamente nos fuimos levantando sin desatar nuestros labios, nuestras manos comenzaron a explorarse. Las suyas debajo de mi remera, las mías debajo de su blusa.
Fuimos a mi habitación y cerramos la puerta y la ventana. Volvimos a besarnos mientras mis manos sobaban sus deliciosos pechos. Comencé a desbotonarle la blusa mientras ella me sacaba la remera. Con una mano le saqué el corpiño mientras que la otra buscaba debajo de su falda.
Ella comenzó a besarme el cuello, para bajar por mi pecho y mi estómago mientras me bajaba los pantalones. Cuando me retiró el slip, el miembro saltó libre de su prisión bailando frente a su rostro.
Lentamente comenzó a besarme el capullo y pasar la lengua desde la punta a las pelotas. Yo estaba que no daba más de placer. Entonces ella abrió la boca bien grande y de un bocado se tragó medio chipote. Luego comenzó a succionar mientras movía la cabeza suavemente hacia atrás y hacia delante. ¡Dios! ¡Me estaba haciendo una mamada buenísima!
Cuando sentí que ya no podía más, la levanté y la volví a besar. Acto seguido, fue mi turno, en un solo movimiento le saqué la falda y la bombacha mientras le besaba los alrededores de sus labios vaginales. Mordí suavemente la parte interna de sus muslos mientras ella comenzaba a gemir. Besé su concha como si se tratara de su boca mientras que con la punta de la lengua comencé a jugar con su clítoris. Esto la enloqueció de placer porque arqueó su espalda mientras que con las manos empujaba mi cabeza hacia su entrepierna.
Sin previo aviso comenzó a convulsionarse entera mientras que un río de jugos salían de su vagina para entrar en mi boca. Mientras más largaba, más chupaba yo.
Entonces salté encima de ella empujándola a la cama, y me coloqué arriba de ella. Con su mano guió mi espada a la puerta de la vaina, y yo penetré en ella con un movimiento.
Nuestros labios volvieron a juntarse mientras comenzamos una danza rítmica, a cada embestida podía sentir cómo levantaba más y más la cadera para que penetrara mejor. No contenta con eso, separó las piernas lo más que pudo y me rodeó con ellas la cintura.
Mientras penetraba en ella, me dediqué a sus pechos. Nunca había probado un sabor tan agradable. Mordisqueaba sus pezones provocando espasmos eléctricos en el cuerpo de mi amante.
Llegó al orgasmo y fue tan intenso, que no pude aguantar más y toda la leva pujó por salir como si se tratara de una meada. Al principio creí que no pararía de llenarla con mi leche, hasta que comenzaron los espasmos de mi miembro.
Con un gemido profundo y con los labios unidos, nos quedamos tendidos, rendidos nuestros cuerpos en un éxtasis profundo. Ya estaba por salir de ella cuando me atajó.
—No salgás todavía. Quiero sentirte dentro.
Seguimos besándonos hasta que mi compañero comenzó a volver a su tamaño normal y solo se salió de donde tan agradablemente lo habían acogido.
Nos quedamos abrazados sin saber muy bien qué decir. Luego de un rato, como si fuera lo más natural del mundo ella comentó:
—¡Qué bueno! Después de esta hermosa cojida, lo único que faltaría sería un buen masaje.
—Ponete boca abajo —le dije en respuesta.
Luego de que lo hiciera, comencé a masajear esa hermosa espaldita. Mientras la iba besando. Desnudos como estábamos todavía, me senté sobre sus caderas y mi amigo quedó abrigado en el valle formado por sus carnosas nalgas. La vista de esto hizo que volviera a sentirme activo y el soldado se volvió a levantar presentando armas.
—Qué lindo masaje —me comentó mientras hacía ruiditos como de ronroneo—. Está para quedarse toda la vida.
Cuando llegué a sus caderas con el masaje, me hice más atrás, le separé las piernas y mientras le masajeaba ese soberano culito, comencé a chuparle la vagina nuevamente desde atrás.
Natalia respondió inmediatamente con gemidos y movimientos de cadera.
—Ah, sí, así. Cómo me encanta —comentaba mientras gemía.
Mi lengua comenzó a recorrer el trayecto de su vagina a su ano y esto pareció encenderla más. Por eso, me atreví y comencé a besarle el agujerito mientras oía sus gemidos.
—Qué lindo —dijo—. ¿Qué es?
—Ya vas a ver —le dije pícaramente.
Mientras le seguía besando ese hermoso ano, comencé a deslizar mi lengua dentro de él. No sólo que no hubo resistencia, sino que sus gemidos se hicieron más profundos y sonoros.
Le metí la lengua lo más hondo que pude mientras sentía como sus músculos se contraían y parecían querer succionarla. Acto seguido, le metí un dedo y comencé a trabajarle el ano. Ella respondió levantando el culo y poniéndose la almohada de mi cama debajo de su pelvis. De esta forma yo tenía una excelente vista de su culo.
Seguí explorando y metí otro dedo mientras le tiraba saliva desde arriba para lubricar. También fue bien recibido mientras ella comenzó a gritar.
—¡Así, hijo de puta! ¡Partime el culo, abrímelo, haceme un enema!
Eso me encendió de tal forma, que saqué un poco de vaselina que siempre guardo en mi mesita de luz, y la esparcí por mi miembro que estaba duro como un tronco.
Entonces retiré mis dedos y apoyé la punta de mi compañero en ese agujero que estaba bastante dilatado aunque no lo suficiente.
Comencé a penetrarla despacio mientras ella se aferraba con las manos a los barrotes de mi cama. En la medida que sentía que la resistencia cedía, metía otro poco.
—¡Ay! —gritó ella de pronto y yo me detuve.
—¿Te duele? —le pregunté—¿Querés que paremos acá?
—Me duele un poco —me respondió ella—. En realidad es la primera vez que lo hago así. Pero no se te ocurra parar ahora porque esto me pone a mil.
Y así continuamos, cada vez que había resistencia o ella gritaba, yo frenaba hasta que sentía que se relajaba de nuevo. Cuando quise acordar, todo el miembro había quedado atrapado en su hermoso y prieto culo. Entonces la guié para que se pusiera en pose de perrito, saqué el miembro dejando sólo la punta y volví a untar con vaselina lo que quedaba afuera.
Volví a penetrarla suavemente. Como esta vez estaba lo suficientemente dilatada, lo disfrutó enteramente. Comencé a meterla y sacarla suavemente mientras ella comenzaba a gemir mucho más fuerte que cuando lo hicimos en posición normal.
La empujé hacia delante de forma tal que tuvo que apoyarse con las manos contra la pared. De esta forma, su espalda quedaba semiinclinada y así podía yo sobarle las tetas mientras que con otra mano le sobaba el clítoris.
Esto la terminó de encender y comenzó a moverse incontrolablemente mientras yo sentía cómo mi amigo era virtualmente aspirado por su culo hasta el punto que parecía que se lo iba a tragar y dejarme eunuco.
—¡Ahhhhhhhhhh, la putaaaaaa, qué hermooooosaaaa enculaaaaaadaaaa! —dijo al tiempo que se convulsionaba en un nuevo y más grande orgasmo que el anterior. Por otro lado, yo llené de leche sus intestinos de tal manera que parecía que en cualquier momento le saldrían por la boca y la nariz.

Tan intenso fue nuestro orgasmo, que nos hicimos hacia atrás y caímos en la cama exhaustos y abrazados. Quedamos en posición de cuchara y mi compañero seguía adentro sin el menor atisbo de querer salir.
Cuando volvió a su tamaño normal, pude sacarlo. Di vuelta a Natalia para que quedáramos abrazados de frente.
Nos miramos a los ojos y le pregunté:
—¿Te gustó?
—Fue la cojida más hermosa que jamás haya imaginado tener —fue su respuesta—. Tengo ganas de salir así, tetas al aire a la calle y gritar: “¡Miren, me han partido el culo!”
No pude evitar reírme y la besé. Acto seguido la miré fijamente y le dije:
—Mirá, Nati. Comprendo si me decís que esto fue cosa de una sola vez provocada por la calentura de que te pusieran los cuernos. Pero tengo que advertirte que me gustás. Me gustás desde la primera vez que te vi.
—Vos también me gustás —me dijo mientras me acariciaba la mejilla—. Y ahora más todavía. ¿Cómo podría no quererte después de que me has cojido como el mejor y encima hacés tan buenos masajes?
Ahora, hace ya siete meses que salimos juntos. Al principio, no quería contar esta historia, pero Nati me insistió para que la escribiera luego de que leímos otros relatos. El sexo entre nosotros sigue siendo excelente y esperamos que siga así aún después de casados.

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