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Dulce menú

Hola,
Soy un chico de treinta años. Mido 1.80 y me gusta mucho hacer deporte.
Como cada día fui a comer a los restaurantes que están en la zona de la playa. Esta vez me toco ir a mí solo porque a la hora de comer todo el mundo se había ido.
Me senté en una mesa que tenía un amplio ventanal en frente y podía ver el mar y los barcos entrando al puerto. La vista era muy bonita, pero me agradó más ver la visión de la camarera. La chica era alta más de 1.75, rubia y no excesivamente guapa, aunque tampoco era fea. Pero se movía de una forma que parecía la típica que se hace la tontita y la inocente y luego resulta ser una cachonda. Además me di cuenta que sus senos eran grandes y no llevaba sujetador porque casi bailaban al son de sus movimientos.
– ¿Vas a ser tú solito?
– Sí. Hoy me ha tocado solo.
Elegí los platos. Cuando se alejaba hacia la cocina pude ver que su culo era hermoso, y estaba embutido en unos baqueros muy apretados que lo hacían muy apetecible. Después de esa visón tan erótica me tuve que resignar viendo los barcos entrando en el puerto.
Ella volvió con el primer plato en la mano, una botella de agua y una amplia sonrisa. Dejó el plato y cuando se dispuso a abrir la botella de agua, apoyándola en la mesa para hacer más fuerza con el abridor. Tanta fue la fuerza que hizo que la botella al abrirse se cayó encima de mí. Me mojó todos los pantalones.
Ella parecía avergonzada, y cogiendo una servilleta intentó secar algo del agua que ya calaba mis pantalones. Pero cual fue mi sorpresa cuando su mano abandonó la zona humedecida para plantarse encima de mi paquete, el cual empezó a reaccionar ante sus caricias. Ella había abandonado su expresión de niña avergonzada, y ahora volvía a ser la de cachonda, ingenua que volvía a sonreírme. Estaba ya muy cachondo.
– Ven tenemos un secador en el despacho.
Me levanté de la silla y la acompañé por una puerta que ponía reservado.

Ella iba delante y yo volvía a ver ese culo con los baquero que se metían por la raja. Antes de entrar en por una puerta que ponía oficina, ella ya se había quitado la camiseta.
Una vez dentro se dio la vuelta y pude ver sus tetas que eran bastante grandes:
– Quítate lo mojado. ˆ decía mientras se acercaba a mí, soltando el botón y la cremallera de su pantalón.
– No me gustaría que tu pajarito se constipara por mi culpa. ˆ Ya dejaba ver la parte de arriba de sus braguitas naranjas.
Volvió a tocarme el paquete acariciándolo por encima del pantalón.
– Esto está muy duro. ¿será del agua?
– No creo. ˆ le contesté mientras masajeaba sus tetas. Sus pezones estaban duritos, pequeños y marrones. Altitos, preciosos.
Ella miraba mis manos y sonreís, mientras soltaba mis pantalones. Aproveché a meter mis manos entre su pantalón y sus nalgas, que como ya había supuesto eran grandes pero duras. Mientras me agarraba a su culo, moví las muñecas para bajar así sus pantalones. Dejé todo su trasero al descubierto ya que el tanga de hilo dental que llevaba no le cubría nada.
Entretanto ella me había despojado de mis húmedos pantalones y mis también mojados calzoncillos. Yo previamente me había quitado los zapatos, así que la estampa era irrisoria: con las pelotas al aire y con los calcetines
“ejecutivos” puestos.
Acariciaba mi pene, masturbándome suavemente.
– Quítate la camiseta.
Aparté mis manos de la raja de su culo que acariciaba como ensimismado tanto por la sensación de piel en mis manos como por la paja que me estaba haciendo, y me despoje de la camiseta.
En el despacho había un sofá de tres plazas. Ella me indicó que fueramos.
Durante el corto camino ella se bajó el tanga y yo los calcetines.
Mi polla estaba muy dura. Me senté en ele sofá y ella me miró con cara de viciosa. Se arrodilló en el suelo y se metió mi polla a la boca. La lamía, la chupaba, la follaba con su lengua. Despacio, deprisa, otra vez despacio.
Con toda la polla en su boca. Sacándola y lamiéndome mientras me masturbaba.
Yo sentía un cosquilleo desde la punta de la cabeza hasta los pies. ¡Que placer! Me miraba sin abandonar mi polla. Parecía que estaba disfrutando de la mamada tanto como yo.
– Túmbate en el sofá. — Me dijo mientras abandonaba el placer oral que me estaba proporcionando y se levantaba del suelo.
Fue entonces cuando puede ver su coñito perfectamente desnudo ya que iba completamente rasurada.
Ella plantó su hermosa vagina en mi cara y se inclinó para seguir con los menesteres que antes había empezado.

– Chúpamelo todo. — mientras comenzábamos un grandioso 69.
Comencé a chuparle el coño. Los labios, por dentro por fuera, le metía la lengua y la sacaba como si fuera una polla. Pero ante mi tenía también su ojete. A la vez que ella se humedecía con mis lengüetazos yo le masajeaba el ano. Se veía que no era virgen. Estaba dilatado. Le introduje un dedo con suma facilidad.
– Sí, sí ahora me das por el culito — Decía ella cada vez que sacaba mi herramienta de la boca.
Le despegué el coño de mi boca, y le obligué a dejar su tarea. Salí de debajo de ella y me puse de pie, quedándose ella a cuatro patas sobre el sofá. Ella cogió mi polla y se la llevó hacia el culo. De un solo empujón se la metí entera. Ella gritó de dolor pero enseguida movía su culo para meterse y sacarse el miembro de su ano.

– Sigue. Cariño. Como me gusta. Clávamela en el culo.
Cada vez bombeaba más fuerte. Mis acometidas eran brutales. Sus tetas se movían y golpeaban en su pecho al ritmo que yo embestía. Ella miraba hacía atrás con cara de dolor y placer.
– Qué bien lo haces, no pares hasta que te corras, cariño. Sigue, sigue. —
Gemía mientras se masturbaba el coñito. Noté que no podía aguantar más.
– Me corro. Me corro.
– Sí, Sí, Sí, yo también.
Solté un increíble chorro de semen en su culo, y seguí embistiendo para que saliera toda la lefa.
Ella se quedo exhausta sobre el sofá. Yo tras sacar mi polla me limpié me vestí y cuando iba a salir me dijo:
– Por cierto me llamo Leticia. Si otro día quieres sexo con más calma ya sabes donde encontrarme.
– Algún día — y me fui del restaurante.
Esto fue sólo una muestra de lo que Leticia podía hacer. Desde ese día tenemos una relación especial, cuando uno quiere sexo nos llamamos y follamos salvajemente. Nunca hemos quedado para cenar, tomar una copa o charlar. Sólo follar.

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