I love Dublin

Viví una experiencia inolvidable hace dos años. En el curso 2002-2003, mi tercer año en la carrera de filología inglesa, me fui de Erasmus, como se suele decir. Erasmus Mundus es una iniciativa de la Comunidad Europea mediante la cual se ofrecen becas a estudiantes universitarios para realizar sus estudios en cualquier país del mundo sujeto a este programa durante un año con el fin de acercar las diferentes culturas y conseguir una diversidad racial. El destino que yo elegí y el que me concedieron fue Dublín.

Llegué emocionada y deseando conocer gente de todas partes del mundo, perfeccionar mi inglés, y, sobre todo, pasármelo bien en las famosas fiestas que organiza todo el mundo de las diferentes nacionalidades amparados bajo el Programa Erasmus. Me lo pasé tan bien que el curso me fue fatal. Bueno, lo importante es participar y luego que me quiten lo baila´o.

Cuando volví en verano, resultó que mi novio se lo había pasado todavía mejor que yo tirando nuestra relación de tres años a la basura. Para suplir mi ausencia y hacerla más llevadera, se había cepillado todo lo que se encontró por delante. Donde puso el ojo, puso la polla, ya fuera la boquita o el coño de alguna zorrita en celo. Y yo que pude enrollarme con un morenazo italiano de ojos azules o un brasileño alto con el pelo largo que me trajo loquita todo el año… “Qué ingenua fui” pensaba, pero las relaciones de amor se supone que se basan en la confianza y el respeto, cosa que mi novio, al perecer, no sabía. No hace falta decir que, después de esto, rompimos.

Para olvidarme de mi ex y de todos los problemillas que estos hechos trajeron consigo, decidí volver a Dublín por mi cuenta otro año más. Así dejaría que las aguas volvieran a su cauce, que todo se olvidase y yo siguiese viviendo la ilusión que esa experiencia me causó el año anterior a mí y le causó el recto de todas las furcias al cabrón de mi ex.

Durante el verano, entre bronca y bronca de novios, ahorré y reuní dinero suficiente para los primeros días de mi segunda estancia en la capital irlandesa, que allí todo es mucho más caro porque la calidad de vida en Irlanda es mayor que en Cataluña, España, y hasta que encontrase un apartamento tendría que dormir en una pensión y comer en establecimientos de fast food.

Me fui a últimos de agosto para poder acomodarme y habituarme de nuevo antes de que empezase el curso, pues esta vez me lo quería tomar en serio. Conseguí la tarjeta de residencia, el permiso de trabajo, me matriculé en la universidad y, más rápidamente de lo que creí y gracias a un amigo que hice allí, que, por cierto, también quiso enrollarse conmigo cuando estuve de Erasmus, aunque a mí no me gustaba; encontré un empleo de media jornada como vendedora de Zara cuatro días a la semana en turno de tarde. Ya solo me faltaba una vivienda y un compañero o compañera con el que repartir los gastos, si no me sería imposible sobrevivir allí. Así pues, una tarde me hice con varios periódicos locales y buscando en ellos marqué las cuatro opciones más convincentes, y si al final ninguna me salía, me tendría que ir a las más cutres de toda la ciudad.

El primer anuncio parecía la opción más atractiva. Trataba de tres chicas que pedían una cuarta compañera en una casa al parecer bastante grande con dos habitaciones dobles. Sería como una eterna fiesta de pijamas, pero cuando llamé me cagué en esa cuarta compañera que ya habían encontrado.

Quedé con las dos chicas del segundo apartamento una noche bastante tarde. Al llegar me abrió la puerta una mujer grande y fuerte con un trasero enorme. Me enseñó la vivienda en la que había dos habitaciones con sendas camas de 1´80 x 1´35, más o menos. Me dijo que Elvira dormía con ella y que era la mejor compañera que había tenido desde que vino de Escocia. Entonces reparé en una muchacha muy delgada que estaba camuflada en el sofá del salón mirándome de no muy buena manera y fumándose el filtro de un cigarro consumido. No sabía a qué se había referido con lo de compañera, pero intuyendo que tenían algún tipo de rollo lésbico, pensé que, aunque fue una de las primeras cuatro mejores seleccionadas al principio, no era una buena opción, y que conste que no tengo nada contra el lesbianismo ni la homosexualidad, pero no creo que me sintiera muy cómoda viviendo entre lesbianas.

Al final, tuve que decidirme por una de las dos opciones restantes. Una era en South Park: el típico irlandés pelirrojo con el cuerpo lleno de pecas de mi edad, un piso pequeñito con dos habitaciones en un barrio de fachadas que antes eran blancas y ahora eran… eran menos blancas, que me quedaba muy cerca de la facultad pero lejos del trabajo. La otra era en Acacia Avenue: una chica también de mi edad, una casita también pequeñita, pero con una sola habitación, aunque un barrio un poco más moderno y, al parecer, más tranquilo y seguro que me quedaba muy cerca del trabajo pero lejos de la facultad.

Hice balance. En South Park, tenía habitación propia y en Acacia Avenue no, pero la convivencia con un chico al principio es más incómoda que con una chica. Por otro lado, si la facultad me quedaba cerca, el trabajo me quedaba lejos y viceversa. Pero bueno, en Acacia Avenue, nº 22, tenía jardincito y la mensualidad era más barata, así que con ese criterio me decidí y llamé a la chica. “¿Gina…? Hola, soy Laura, la española que buscaba piso. ¿Has encontrado ya compañera? ¿No? Genial, ya la tienes.” Y quedamos el día siguiente para mi traslado.

Al entrar, ingresamos directamente a un salón-cocina-comedor, el cual tenía, justo en frente de la entrada, una puerta corredera de cristal de dos hojas, como la de una terraza, para salir a un pequeño jardincito con césped y algunas plantas que compartíamos con un vecino y donde estaban las cuerdas para tender la ropa. Había un mueble con dos cajones encima del cual estaba ubicada la televisión, en frente de ella un sofá de tres plazas y entre ambos, una pequeña mesita. También había dos sillones y otra mesa más grande para comer con cuatro sillas. El salón contaba con una cocina americana que tenía una vitrocerámica y debajo de ella un horno; un mostrador con cajones para guardar los utensilios y sobre nuestras cabezas quedaba un mueble para guardar más cosas. Un frigorífico y un pequeño micro-ondas completaba el resto de dicha cocina que en el lado más cercano a la puerta tenía un tabique para separarla de lo que sería la entrada a la casa.

A la derecha de la cocina, había un pasillo que conducía al cuarto de baño, en el que estaba la lavadora; un minúsculo cuartucho con baldas a modo de despensa y la habitación, en la que había dos camas, una en cada pared, dos escritorios entre ellas y, junto a la puerta, un armario que tendríamos que compartir; la mitad para Gina y la otra mitad para mí.

Enseguida conectamos como compañeras y nos organizamos muy bien, a parte de que hablaba un inglés muy correcto y entendía perfectamente todo lo que decía. A mí siempre me ha gustado enredar en la cocina y ella no tenía ni puta idea, así que yo hacía la cena y la comida y ella fregaba los platos, porque no teníamos lavavajillas. Algunas veces enchufaba el portátil y buscaba en internet recetas con buena pinta, aunque si por ella hubiera sido, nos hubiéramos alimentado a base de tortilla española y huevos fritos con patatas, que no lo había comido nunca antes y la encantaban. De igual manera, nos repartimos los demás quehaceres de la casa.

A las dos semanas de convivencia, me di cuenta de que Gina tenía un comportamiento un poco raro, lo cual no era nada malo, por supuesto que no, pero algunas cosas me chocaban. Al principio creí que eran simples hábitos. Nos acostábamos y nos levantábamos a la misma hora, ella para ir a trabajar, que era secretaria en un bufete psicológico, y yo para ir a la facultad, y lo primero que ella hacía era la cama y luego lo demás cuando a mí solo me daba tiempo a darme una ducha rápido y, corriendo, vestirme y desayunar lo primero que pillaba y la cama la dejaba para cuando volviese, excepto los lunes, que mi primera clase era a las 11:00 y antes de irme me daba tiempo a hacer más cosas y a dormir un poco más. Bueno, hay que tener en cuenta que yo tenía la facultad a tomar por culo y ella el trabajo a un par de minutos.

Los fines de semana salíamos juntas de copas por la noche con amigos suyos con los que pronto congenié por fortuna, porque a las 2:00 ó las 3:00 decía que iba no sé dónde a ver si veía a no sé quién y no la volvía a ver el pelo hasta que regresaba a casa y me la encontraba ya en la cama. Nunca le pedí ir con ella porque había un chico del grupo, llamado Collen, que me gustaba y prefería quedarme con los demás. A la mañana siguiente la preguntaba y me decía que había tenido rollo. Todos los fines se enrollaba con uno o dos. Nunca me contaba nada de ellos, siempre me decía que no tenía importancia, ni siquiera sus nombres ante mi insistencia. Por lo visto eran chicos diferentes, lo cual no me extrañaba por su buen físico con el que podía triunfar con quien quisiera, pues su anatomía, bien moldeada a lo largo de su 1,79 de estatura, se estilizaba armoniosamente por sus largas piernas hasta sus voluptuosas caderas que a ambos lados del abdomen se suavizaban marcando su cintura que daba forma a la silueta de su cuerpo hasta sus pequeños pechos y sus hombros. Llevaba la cabeza rapada, lo que despejaba su cara descubriendo un rostro que parecía hecho de nácar, sin marcas ni rastro alguno del odiado acné juvenil.

Lo más sorprendente ocurrió una noche después del primer fin de semana que pasamos juntas hasta que se fue dejándome al cuidado de sus amigos. Era un lunes o un martes y me desperté en la cama alrededor de las 2:00. Gina tenía una respiración muy fuerte y profunda, pero pausada y tranquila. Advierto un ligero movimiento bajo las sábanas y cuando mis ojos diferencian algo en la escasa luz, me doy cuenta de que el movimiento es de caderas. Me extrañó un poco, parecía que se estuviera masturbando. Poco después el movimiento se incrementa, veo sus rodillas surgir hacia arriba bajo las ropas de la cama y alza su barbilla. ¿Realmente se estaba masturbando? Su respiración se hace más fuerte todavía, por lo que se da la vuelta hundiendo su cara en la almohada y dejando el culo levantado lo suficiente para que sus manos lleguen a su coño por debajo de su pecho y su tripa para continuar maniobrando en él hasta que un gemido es enmudecido al ser engullido por la almohada. Pues sí, se acababa de hacer un dedo. Acto seguido, giró la cabeza hacia mí de repente y yo cerré los ojos para que no descubriese que había sido testigo de su orgasmo.

Eso ya me descolocó del todo. Yo también me masturbaba, y posiblemente más que ella, pero yo lo hacía en el cuarto de baño intentando hacer el menor ruido posible o cuando ella no estaba en casa. La cuestión es que dos o tres días después, me fui a la cama más temprano de lo habitual porque la noche anterior dormí fatal (debería haber seguido el ejemplo de Gina), tuve un día muy duro y estaba agotada. ¿Nunca os ha pasado que estabais tan cansados que ni siquiera podíais conciliar el sueño? Pues así estaba yo, deseando dormirme porque, normalmente, en cuanto poso la cabeza en la almohada, me quedo sopa, pero si, por lo que sea, no duermo bien en la noche, por el día no lo paso muy bien porque no me entero de nada. Al cabo de una hora aproximadamente, dejé de oír el sonido de la tele y Gina entró a la habitación unos segundos después. Se quitó su pijama descubriendo su cuerpo, ya que dormía solo con unas braguitas, se acercó a mí y susurró mi nombre:

– ¿Laura?-

– ¿Qué quieres?- le contesté también en voz bajita.

– Nada, saber si ya estabas dormida. Como decías que estabas tan cansada…-

Al rato, desde su cama, volvió a llamarme.

– Laura.-

– ¿Qué pasa ahora?- le volví a contestar.

– Nada, saber si te habías dormido ya.-

– Ok, ¿eres tú la que no puede dormir o qué?- le pregunté porque no entendía a qué venía tanto interés por si estaba dormida o no- ¿Tienes algún problema y necesitas hablar?- pregunté de nuevo por si era eso.

– No, ya me duermo, ya me duermo.- respondió.

Y un poco más tarde, otra vez, pero ya no contesté; qué pesada. Entonces la veo de nuevo alzar las rodillas mientras se toca suavemente el cuello y comienza a bajar las manos acariciando sus menudos pechos desnudos con un suspiro. Bueno… ya estamos otra vez. Cuando se corrió, se acomodó en la cama, se dispuso a dormir y yo hice lo propio.

Pasaba el tiempo y nos llevábamos las dos de maravilla. Compartíamos gustos en programas de televisión, comidas, música… Era finales de noviembre y nos congelábamos de frío en casa. Yo siempre había dormido en pijama y Gina tuvo que imitarme, cambiando su mínimo atuendo por un pijama de felpa, el cual no le impedía practicar por las noches sus actos solitarios. Estaba viviendo con una pajillera compulsiva.

Por fin nos pusieron la calefacción que llevábamos esperando casi dos meses un viernes por la mañana y Gina subió la temperatura demasiado para poder volver a dormir con un tanga solamente. La verdad es que tenía un buen culo, aunque yo tampoco me quejaba, estaba muy satisfecha con mis nalgas redonditas, así que para no ser ella la única que luciese glúteos en casa y como ya íbamos a poder estar cómodas con poca ropa porque ya no hacía frío, todo lo contrario, hacía un calor de la hostia en toda la vivienda; decidí comprarme un culotte del que me encapriché en el trabajo para dormir por las noches. Además, hacerlo en pijama me parecía ridículo comparándolo con una prenda minúscula como eran los tangas de mi compañera y me daba la sensación de parecer un poco mojigata, una sosa o una niña a su lado, sobre todo cuando me decía burlándose que mi pijama de ositos era muy cursi e infantil.

Aquel viernes, que no pude ir a la facultad porque nos avisaron de que vendrían a instalarnos la calefacción por la mañana, cuando salimos de copas por la noche, en un pub me choqué con un chico y me quemó la camiseta un poco más abajo de la altura del esternón con un cigarro que llevaba en la mano. Y el lunes cuando fui al trabajo, entré en el almacén y vi el culotte, que es una braguita con pernera, igual que un boxer, pero para chicas, así que me lo dejé en un reservado aparte, y cuando terminé mi turno lo… vale, está bien, no lo compré, lo mangué, pero tenía excusa. Si me había convertido en una ladrona de braguitas fue porque no me podía permitir esos caprichos porque con la calefacción eléctrica la factura de la luz subía muchísimo. Además, fue por una buena causa: mi culo, lo cual confirmó dicho culotte una vez puesto, ya que me hacía un trasero encantador… modestia aparte.

Cuando llegué a casa, Gina estaba batiendo unos huevos para practicar, ya que íbamos a cenar tortilla, y lo llevaba bastante bien. Las últimas tortillas que comimos ya no llevaban trocitos de cáscara. Tras dejar mis cosas en la habitación, cogí la camiseta del viernes anterior, el culotte y unas tijeras y me metí en el cuarto de baño a darme una ducha. Me duché y me sequé. La camiseta tenía un agujero en medio de una mancha negra producida por la quemadura, así que recorté por encima y la convertí en un top. Vaya, me pasé con las tijeras, por debajo asomaban un poco las tetas. Bah, da igual, total, son para estar en casa y aquí solo está Gina. Después me puse el culotte y me quedaba pequeño. Estaba en el almacén porque era de la temporada anterior y era el único que quedaba, así que no lo podía cambiar por uno de mi talla.

Al salir del cuarto de baño, Gina se quedó boquiabierta.

– Oh, my god.- exclamó.

El pantaloncito blanco en el que por detrás ponía en azul claro “kiss my ass”, en español “bésame el culo”, me quedaba tan pequeño que se me metía entre los glúteos y dejaba a la vista la mitad de mis nalgas y al ser de lycra, se pegaba tanto a mis caderas y a mi bajo vientre que parecía que mi piel ahí cambiaba radicalmente de color y en mi pubis se abultaba debido a los pelos del chocho que ennegrecían esa zona de la prenda porque se transparentaban ligeramente un poquillo al ser una tela tan fina y de un color tan claro.

– ¿Qué te parece?- le pregunté.

– Pues… no sé- tenía dificultades para encontrar las palabras- Es que no sé qué decirte, estoy… pufff, no sé, que me vas a poner cachonda- y estallamos las dos en carcajadas. Me di la vuelta- Laura, Laura… que me estás poniendo y al final en vez de besarte el culo, te lo voy a morder.- me decía riéndose.

– La verdad- dije siguiendo la broma- es que te entiendo, tengo que reconocer que estoy muy buena.

– Sí, y los que te van a entender a ti son los sordomudos; se te pueden leer los labios- Esto ya no lo pillé.

– ¿Qué?

– Que se te mete el pantaloncito por los labios del coño y se te notan perfectamente- y volvimos a reír con ganas las dos.- Además, también se nota que tienes un buen bosquecillo de azabache ahí abajo.

Llegaron las vacaciones de Navidad y volví a mi casa en Barcelona para pasar 10 días con mi familia. Me alegré muchísimo de volver a besar y a abrazar de nuevo a mis hermanos y a mis amigos, pero aquella primera noche en mi cama, me entró un extraño desasosiego. No podía dormir, algo no me dejaba tranquilizarme, era como si me faltase alguna cosa, era que me faltaban los cautelosos jadeos de Gina. Me puse a recordar sus sesiones masturbatorias hasta que pasado un rato me di cuenta de que estaba mojada. Madre mía, me estaba excitando pensando en mi amiga si a mí siempre me habían gustado los chicos. Me toqué la vulva y no era poco el flujo que la humedecía. Mi inquietud se hizo mayor por un nuevo motivo. No podía ser lesbiana porque me gustaba mucho Collen y antes de lamer una vagina prefería lamer una polla, de eso estaba segura. Es más, me encantaba hacerlo. Debatiendo conmigo misma la posibilidad de haber sufrido un ligero cambio en mi tendencia sexual y atemorizada por no tener mi sexualidad tan definida como siempre pensé, a las tantas me dormí.

Durante las vacaciones, fuera donde fuera, iba fijándome en las mujeres, pero ninguna me atraía. Algunas eran guapas, por supuesto, y no soy ciega, lo veía y lo reconocía, pero ninguna despertaba en mí el menor interés sexual.

Uno de esos días decidí dejar de comerme la cabeza, aunque me costó una barbaridad, y me tranquilicé por fin, porque si era bisexual no tenía que renunciar a las pollas con lo que a mí me gustaban y todo el placer que siempre me habían dado. De hecho, eso era de lo que más segura estaba: las vergas me encantaban. Pero por la noche, la ausencia de los jadeos de Gina, pudo conmigo y tuve que simularlos yo misma con mi boca y tenían que ser lo más reales posibles, así que bajo las sábanas me despojé del culotte y comprobé el estado de mi vagina. Habiendo asegurado que estaba lo suficientemente lubricada para frotar el clítoris, empecé a acariciarlo con la yema del dedo corazón. Me imaginaba a Gina mostrando su cuerpo lentamente con esa sensualidad que desprendía cada movimiento que realizaba, cada gesto que hacía. Pronto, las grandes manos de un chico muy guapo, empezaban a acariciar su piel, a abarcar sus pechos con toda su palma para preparar los pezones, que en cuanto cogían cierta dureza, eran ensalivados entre sus labios, los cuales continuaban besando cada centímetro de sus senos, su pecho y su cuello hasta que, al llegar a la boca, hacían que el vello de Gina se erizara con un fogoso y apasionado beso mientras sus piernas se cerraban aprisionando la invasora mano masculina que intentaba hacer lo mismo con la boca rasurada, como había podido apreciar en alguna ocasión a través de tangas y braguitas transparentes que mi compañera de piso usaba. Esas escenas en las que ella gozaba con sus amantes eventuales, lejos de darme algún tipo de celos o envidia, me daban morbo y me excitaban más.

Una agradable sensación se fue extiendo por todo mi cuerpo y cuando llegaba a mis tetas me endurecía los pezones. Dos de los dedos que tenía en la mano libre salieron de mi boca empapados en saliva para dedicarse a los dos pitones que se erguían en medio de mis rosadas areolas que se alegraban al sentir las deliciosas punzadas de los pellizcos. En mi entrepierna, el dedo corazón, que se paseaba a lo largo de la entrada sin atreverse a meterse escondiendo la uña en el pelo, ascendió un poco retirando el capuchón y dejando totalmente expuesto el clítoris, que en menos de un segundo fue atacado sin piedad produciéndome un escalofrío que inundó mi vagina y, convirtiéndose en humedad, se desbordó notando como una gota líquida llegaba a mi ano y otra escurría hacía el dorso de mi mano. Prácticamente todas las noches, este ritual que me hacía llegar al orgasmo cuando el dedo corazón o el índice entre mis labios vaginales me friccionaba el clítoris que repartía sensaciones por todo mi cuerpo, era el telonero del sueño tras correrme mojando las sábanas con algo más que la necesidad del propio acto masturbatorio para aplacar la ansiedad de algo que no sabía muy bien qué era, pero que después de ello, la calma me sumía en la inconsciencia del coma controlado por el que pasamos cada noche.

Irónicamente, con las ganas que tenía de ver de nuevo a mi gente cuando volví a Barcelona, ahora solo quería volver a Dublín para ver a Gina, y cuando llegó el día de mi retorno al país del café irlandés y las reminiscencias del IRA, al país “where the streets have no name” tanto en el Aeropuerto del Prat como en el Aeropuerto Internacional de Dublín, sitios con multitud de gente, sin darme cuenta, fui fijándome en todas las mujeres con las que me cruzaba, pero seguía sin encontrar ninguna que me atrajera, y las vi muy guapas y con bonitos cuerpos, aunque como cualquier chica normal y corriente, iba sacándoles los defectos: esa tiene una nariz enorme, esa no tiene tetas, esa otra tiene el pelo demasiado graso, esa casi ni pelo tiene…

Cuando el taxi se detuvo delante de mi casa, un montón de mariposas comenzaron a revolotear presas en mi estómago. Cuando me encontré tocando el timbre, mi corazón empezó a galopar hacia los pasos que pronto oí al otro lado de la puerta, y un segundo después, una alegre Gina abrió sonriente, pues la confidente de sus orgasmos solitarios había vuelto. Una descarga eléctrica me recorrió todo el cuerpo de los pies a la cabeza como un rayo en cuanto la vi.

– Home, sweet home.- dije contentísima.

– Welcome to me.- dijo Gina, frase que para ella quizás solo tenía un tono de inocente picardía, pero que para mí era una frase con firme erotismo. Ahí fue cuando supe por qué ninguna otra chica me atraía: no eran Gina.

Era casi la hora de cenar cuando terminé de deshacer mi maleta y colocar mi ropa en el armario cuando me preguntó si iba batiendo unos huevos. Se notaba que en esas dos semanas que cada una estuvo con su familia, me había echado tanto de menos como yo a ella, aunque fuera por motivos distintos. Le contesté que fuera haciéndolo si quería, pero que yo me iba a dar una ducha que era lo que más me apetecía.

Salí del cuarto de baño con mi atuendo de las últimas noches: el culotte blanco de lycra, con el que mi hermano menor flipó cuando me lo vio puesto; y la camiseta cortada a la altura en que la imaginación no tiene que trabajar para poder apreciar la redondez de mis senos.

– ¡Oh, no, no! El culotte y la camiseta mal cortada- exclamó Gina fingiendo pánico.

РQu̩ miedica- la llam̩- Le dan miedo unas prendas tan peque̱as.

– Por eso mismo.- dijo acercándose a mí y cogiéndome suavemente por la cintura haciendo que sus pechos se estrujasen en mi espalda- Entiéndelo, te veo así, con ese pubis tan oscurito y esas tetas tan duras por abajo de la camiseta y no me apetece salir al jardín ahora con el frío que hace a tender mis braguitas, jajaja- Nos reímos las dos, pero en esos momentos que la tuve más cerca que nunca, no dejé de temblar.

Después de cenar nos recostamos en el sofá, cada una en un extremo. Nuestras piernas estaban juntas y mientras nos contábamos nuestros días navideños y lo que habíamos hecho, jugábamos dándonos pequeñas pataditas o intentando meter un pie en la boca de la otra. En uno de mis intentos de que ella saboreara el mío, cuando le toqué los labios con él, lo sostuvo con una mano y se lo introdujo lentamente en la boca pasando su lengua entre todos mis dedos. Nunca me lo habían hecho y reconozco que era placentero e incluso relajante. Eché la cabeza hacia atrás y disfruté cuando, de repente, sobresaltada me di cuenta de que mis pezones se habían endurecido y, temiendo una posible mancha en la entrepierna del culotte, que sería claramente visible por ella, reaccioné y retiré suavemente el pie.

Llegó la hora de acostarse, llegó un quejido de Gina a mis oídos y llegó la humedad a mi coño.

Dos lunes después, me desperté por la mañana y eran casi las 8:00, hora a la que entraba ella a trabajar, que estaba todavía en la cama. Me levanté rápido y la sacudí.

– ¡Gina, Gina, despierta, que son las 8:00!

– ¡Qué?- despertó alterada- ¿Las 8:00? Fuck, fuck, fuck…- se levantó dando vueltas por toda la habitación buscando ropa para salir pitando.

Yo me volví a tumbar y estuve una hora en un estado de duermevela. Me levanté, desayuné y tras hacer mi cama, me dispuse a hacer la de Gina, que, evidentemente, no le había dado tiempo. Retiré las cobijas hacia atrás, quité la almohada y bajo ella, en el lado de la pared, había un pañuelo que envolvía algo. Por curiosidad lo cogí y cuando desenvolví el objeto, di un grito y lo dejé caer. Sobre el colchón había un vibrador de esos lisos de plástico metalizado. Lo volví a dejar donde estaba y me di cuenta de que si hacía su cama, ella sabría que había visto su juguetito con el que se divertía por las noches, y si no se la hacía pensaría que soy una desconsiderada sin el valor de haberla echado una mano haciéndole la cama. Pues nada, deshice también la mía y por la tarde le dije que yo también me quedé dormida y no pude hacer apenas nada.

Me turbó un poco ese descubrimiento, y Gina también lo notó, pues durante unos días me decía que me quedaba abstraída mirándola un poco rara. Yo le quitaba importancia siempre y al siguiente lunes, cuando ella se fue, levanté su almohada y cogí el vibrador. Lo accioné sintiendo las vibraciones que cosquilleaban en mi mano. “Tiene que ser la hostia tener esto en el clítoris” pensé y me dije a mí misma que me gustaría comprobarlo. Me daba corte utilizar un objeto tan íntimo de Gina y, precisamente eso, me daba un morbazo increíble. Era como compartir nuestra sexualidad, como si ella me contase sus secretos más ocultos y yo los míos a ella en absoluta complicidad. Además, luego lo lavaría bien, por supuesto, pero no me decidía. Y ¿si me pillase? Y ¿si descubriese que lo he utilizado y la defraudo?

Uno de nuestros primeros días de convivencia, yo estaba en el salón y ella, al salir del baño, me preguntó qué hacía. Le contesté que estaba pensando y me dijo alegremente: “No pienses tanto y hazlo”.

Seguí aquel consejo y me desprendí del culotte y de la camiseta quedándome desnuda y tendida sobre la cama. Eché mano de mi recurrente fantasía con Gina mientras me acariciaba los pechos y mi vagina se lubricaba. Encendí el vibrador y lo apoyé sobre el pecho. Estaba frío y me molestó el contraste con lo caliente que tenía mi piel en ese momento. Lo froté con movimientos masturbatorios para calentarlo mientras me imaginaba a Gina entre las mantas metiéndoselo y sacándoselo excitándome más. Podía oír en mi cabeza sus jadeos nocturnos. Fui deslizando aquel plástico por mi tripa sintiendo las cosquillas que me producía y convulsionaban mi vientre hasta pararlo sobre el monte de Venus. Notaba sus vibraciones en el clítoris, que se asomaba entre mis labios vaginales, y en toda mi zona genital. Quería retrasar la hora de introducirme el consolador para recibirlo con más ganas.

Empezaba a ser tortuoso y sentía una quemazón irritable en el coño, que ya se encontraba chorreando copiosamente. El deseo de tener eso dentro de mí se hizo inaguantable, y así llegó el momento. Respiré hondo y, con la imagen de los pezones de Gina en mi mente, deslicé el vibrador por mi vagina. Mientras la mano derecha giraba la rueda en la base del aparato para darle mayor potencia, la izquierda fue a asistir a un clítoris del tamaño de un garbazo, un clítoris hinchado y duro que brillaba por la excitación que contenía. Con ese gran supositorio alargado acomodado en mi coño enrojecido, sujetando con una mano un pecho para correrme con la increíble sensación de mis labios succionando uno de mis pezones rígidos, friccioné y sobé con fuerza y rapidez mi garbancito hasta que un montón de emociones llegaron a mí arrasando por completo.

Sofocada, sosteniendo el vibrador contra mi pecho, esperé a que mi corazón se calmase al tiempo que mis genitales también lo hacían. Tras esto, lo limpié con agua y jabón cuidadosamente y lo volví a dejar tal y como lo encontré.

La primera vez que me corrí teniendo dentro el juguete de Gina me costó decidirme, y, después de dos semanas, viendo que ella no había notado nada ni había hecho ninguna insinuación de ningún tipo, la segunda vez no me costó tanto utilizarlo, ni la tercera, ni la cuarta… Todos los lunes, cuando Gina se iba a trabajar, repetía el mismo circuito: hacía la cama, me iba al salón con el instrumento follador, me desnudaba, me tumbaba en el sofá porque me daba más morbo hacerlo ahí, me corría maravillosamente entre espasmos y estertores, borraba toda huella de la fabulosa paja que me acababa de hacer, me daba una ducha reparadora y desayunaba un buen tazón de chocolate con bizcochos. Así eran las mañanas de mis lunes, cojonudas ¿Qué mejor manera de empezar la semana?

Paja a paja vibratoria, aunque no solamente era el artilugio mecánico el que me hacía vibrar, sino también los orgasmos que conseguía, me di cuenta que era muy agradable dejar el consolador en el interior de mi vagina permitiendo que las vibraciones se expandiesen por todo mi cuerpo mientras remitía la explosión de placer orgásmico tras correrme.

Un lunes de mediados de abril, mientras sentía las vibraciones desde el epicentro vaginal después del clímax, me quedé dormida a causa de una noche velada. No puedo concretar si fue el ruido de una puerta al cerrarse o el de unas llaves al caer al suelo lo que me despertó, pero ahí estaba Gina, que había vuelto para comer, petrificada delante de mí, con el bolso y una chaquetita todavía encima y el antebrazo izquierdo estático en el aire formando un ángulo recto con su antecodo. Parecía que hubiese visto un fantasma. Yo estaba confundida por el despertar. Reparé en un zumbido amortiguado y entrecortado: “zoom… zoom…” Ese sonido mate que llegaba a mis oídos no era sino el que producía el vibrador con las pilas casi agotadas. De repente, me vi a mí misma desde la altura, tumbada en el sofá desnuda del todo, con las piernas completamente abiertas y el consolador incrustado en el chocho. “Tierra, trágame”. Jamás en mi vida he sentido tanta vergüenza y tanto pudor que en ese momento. Me quedé inmóvil y horrorizada, mi impropia situación se me antojaba sobre el óleo de una grotesca pintura sicalíptica.

Ella reaccionó con una sonrisa de circunstancia y una exhalación. Me pareció una tímida carcajada que no terminaba de arrancar. Una vez más. Y, poco a poco, esas carcajadas comenzaron a emerger de su garganta convirtiéndose en una enérgica risotada y haciendo añicos mi recién recuperada lucidez cuando empezaba a comprender cual era la realidad, la misma realidad que ahora se convertía en algo rocambolesco, lo que aumentaba mi confusión y mi terror al tener la sensación de estar perdida y de que algo se escapaba a mi entendimiento.

“¿Tú… tú te has… tú te has visto?” me preguntó mientras se descojonaba apoyando una mano en la mesa y la otra en su riñones.

Sus risas quedaron reducidas a una sonrisa divertida cuando se aproximó a mí. Retrocedí mi cuerpo en el sofá como si fuera un animalillo atemorizado en una jaula cuando su captor se le acerca como si ella fuera a hacerme algún daño. Se detuvo extrañada. Volvió a sonreír y me echó una convincente mirada de confianza. Cogió mi pie por debajo, bajándolo suavemente al suelo mientras abría mi pierna dejando de nuevo a la vista su vibrador clavado en mi coño que, a pesar de mi huidizo movimiento anterior, no había salido más de dos milímetros.

Gina se volvió a incorporar y mientras no apartaba su mirada de la mía, fue inclinándose lentamente estirando un brazo hacia mi entrepierna. Bajó su mirada simplemente un momento para que sus dedos pulgar, índice y medio girasen la rueda del aparato para apagar su moribunda vibración, y, mirándome otra vez directamente a los ojos, fue sacando lentamente de mi sexo el dildo, que estaba cubierto de una sustancia blanquecina que había exprimido de mi vagina todo el tiempo que estuvo trabajando mientras mi mente saltaba de un sueño a otro.

Fui cogiendo aire mientras sentía como el consolador abandonaba mi placer y, justo cuando besó el último centímetro de mi vagina, todo ese aire salió disfrazado de quejido: “Ahhh”, y atónita, ya descolocada y confusa del todo, presencié como Gina, con sus pupilas arañando las mías, se llevaba el artilugio con forma fálica a la boca, introduciéndose todo lo que pudo para volver a sacarlo brillante por solo su saliva… solo su saliva.

– Coño, se ha tragado mis flujos.- me dije viendo como ella se retiraba dejándome desnuda y totalmente alucinada.

Durante los dos días siguientes me comporté como si mi compañera de piso fuese una desconocida. Me daba miedo levantar la vista y toparme con sus ojos, me daba vergüenza verla despojarse de su ropa cuando se acostaba a un metro de mí, y también por vergüenza el culotte y el top que apenas cubría mis tetas lo sustituí por un pantalón corto ancho y una camiseta holgada, igual que nuestras conversaciones mientras comíamos y cenábamos por las noticias de la radio.

Así pasó toda la semana y el viernes por la noche, como siempre, salimos a tomarnos una copa con el resto de la pandilla. Gina hacía unas horas que se había marchado a ese sitio misterioso cuando yo decidí irme a dormir. Estando frente a las escaleras de mi casa buscando las llaves en el bolso, sale de repente una chica cuya cara me resultaba familiar. Era Elvira, la chica que vi en el segundo piso que visité cuando llegué a Dublín y estuve buscando vivienda, la compañera lesbiana de la mujer escocesa de trasero enorme: “Entonces reparé en una muchacha muy delgada que estaba camuflada en el sofá del salón mirándome de no muy buena manera y fumándose el filtro de un cigarro consumido.”

– ¿Qué haces aquí?- me preguntó extrañada.

– Vivo aquí- contesté.

– ¿Tú vives aquí?- yo afirmé- ¿Vives aquí?- y se comenzó a reír. Bajó los tres escalones y al cruzarse conmigo con los ojos cerrados por las carcajadas, me golpeó mi hombro con el suyo, ya fuera sin querer o para provocarme.

– ¡Gilipollas!- le grité en español para que no me entendiese mientras se alejaba calle abajo con su risa de subnormal. Si supiera hacerlo, os escribiría aquí la imitación de su risa ecuestre. Solo le faltaba relinchar.

¿Qué coño había estado haciendo esa en mi casa? Cuando entré en el dormitorio, Gina ya estaba sobada o, como dice mi abuelo, en el cine de las sábanas blancas.

El sábado volvimos a salir. Nunca antes me había picado la curiosidad por saber dónde iba Gina. No me importaba porque, como ya he explicado, prefería quedarme con los demás por Collen, pero después de mi encuentro con Elvira, me pregunté adónde acudía cada vez que se separaba de nosotros. Por otra parte, Collen ya se había echado novia, aunque nunca había mostrado el mínimo interés por mí y era con el que menos trato tenía. Con todos los chicos del grupo ya había quedado para ir al cine, a alguna actuación musical o, simplemente, a tomarnos un café, excepto con Collen, con él nunca había quedado para hacer nada y, la verdad, hacía mucho que ya pasaba de él.

Decidí entonces averiguar dónde acababa Gina sus noches de fin de semana. Cuando ella se despidió de todos, yo hice lo mismo alegando un fuerte dolor de cabeza. Fuimos juntas por la Calle Dolores O´Riordan hasta la confluencia con la Calle Zooropa, por la que ella continuó cuando nos despedimos con un “hasta luego”, alegre por su parte y seco por la mía, que todavía seguía de mal rollo por el incidente del lunes. Esperé refugiada en una esquina hasta que ella estuvo a una distancia prudente para seguirla escondiéndome detrás de coches aparcados y contendores de basura.

Bajando por una acera, la vi cruzar al otro lado y meterse en un local que tenía encima de la puerta un cartel luminoso en el que ponía Pink Cat y había un dibujo de una gata rosa guiñando un ojo con un collar de perlas y una pamela azul. Aguardé un poco y entré.

Era un pub en el que pinchaban música dance y en las paredes de color rosa pastel colgaban cuadros en los que se veían chicas acostadas, dándose besos, abrazándose y escenas similares. Al fondo había mesas redondas, altas, iluminadas con un pequeño foco sobre cada una de ellas. Al principio me chocó que la clientela fuera mayoritariamente femenina, hasta que pronto me di cuenta, cuando delante de mí se besaron dos hombres, de que me encontraba en un local de ambiente gay.

Localicé a Gina apoyada de pie en una de las mesas del fondo con su bebida como única compañía. Estaba expectante mezclada entre la gente para que no me viera. No tardó mucho en acercársele una chica rubia con el pelo rizado y corto que hubiera confundido con un tío de no ser por sus dos bastante sobresalientes tetas. Se plantó delante de ella tendiéndole la mano y se dieron dos besos tras presentarse. Intercambiaron algunas frases y la rubia se dirigió a la barra pasando por delante de mí. Si supiera que hacía yo ahí… Gina apuró su consumición en tanto volvía la otra con dos bebidas más, una para cada una.

Hablaban animadamente, reían y la rubia de las tetas grandes empezó a acariciarle un brazo que tenía sobre la mesa. Nunca he sabido leer los labios de la gente, pero su comportamiento era más coqueto de lo normal para con una amiga y las caricias mutuas que empezaron a prodigarse no dejaba lugar a dudas de lo que entre ellas, como entre otras muchas chicas allí presentes, ocurría. En un momento dado, Gina posó una mano en la cabeza de su ligue y cuando llegó a su nuca en una caricia, la atrajo hacia sí y la besó efusivamente, un morreo prolongado en el que no cabía duda de qué eran los bultos que se notaban dentro de sus bocas.

Después de ver aquello, salí del pub cabizbaja y profundamente dolorida, más aun contrariada porque, de no estar enamorada de Gina, no me habría golpeado tan fuerte ese hecho entre ellas. Desde que empecé a vivir con ella, no había dejado de llevarme sorpresas y muchas incógnitas se despejaban, como qué hizo Elvira en mi casa o por qué nunca me contaba nada de sus amantes ocasionales, entre otras. ¿Sus continuas pajas en la cama serían porque la excitaba la posibilidad de que otra chica la escuchase? Me parecía extraño no haberla pillado follando con alguna cuando los findes llegaba a casa. ¿Qué hubiera pasado de haber sucedido eso? Con la moral de una suela desgastada, arrastrando mi estado de ánimo y con el corazón despellejado, llegué a mi casa y a mi cama, en la que las lágrimas de mis llantos me ahogaron en el sueño.

Me había enamorado de su persona, de su forma de ser, de actuar, de cómo me trataba y de lo bien que me hacía sentir en su compañía, hablando con ella, jugando o bailando, independientemente de que tuviera vagina o pene, eso me daba igual, como si fuese el individuo más feo del mundo. Me había enamorado de sus virtudes y su personalidad y esas cosas no tienen sexo. Ella me escuchaba cuando necesitaba hablar, y sé que a veces no era recíproco, como he dicho, ella de sus amantes nunca me comentó nada, y si no quería hablar de ello, no tenía porqué obligarla, pero si necesitaba un oído o un hombro, ella era la primera encantada en ayudarme, en levantarme el ánimo… Si todo eso lo hubiera encontrado en un chico, me hubiera enamorado de ese chico, pero esa persona que todos buscamos, nuestra alma gemela, en mi caso era otra chica y no podía luchar contra eso.

Me desperté el domingo a las 10:00 con dolor de cabeza, esta vez de verdad, y los ojos hinchados. La cama de al lado estaba intacta. Hice una tortilla y dejé una nota en la que avisaba de que me iba a pasar el día con una compañera de la facultad, pero solo era una excusa. Me fui a comer a solas, a deambular por la ciudad a solas y a pensar a solas. Me sentía derrotada, defraudada. El lunes anterior me descubre usando su consolador, el sábado me demuestra que nunca sentirá por mí lo que yo siento por ella. Me sentía fatal, quizás sería mejor volver a Barcelona y olvidarme de todo.

Intenté regresar muy tarde. La casa estaba a oscuras. Sin hacer ruido, me cambié en el cuarto de baño y, ya en la habitación, me deslicé sigilosamente bajo las sábanas.

“Buenas noches” dijo Gina en voz bajita. No contesté, estaba enfadada pero ¿con quién? ¿Con ella o, en realidad, conmigo misma? Intentaba castigarla a ella, pero toda la culpa era mía. ¿Qué esperaba? ¿que cayera rendida a mis pies? ¿por qué ella iba a hacer eso? “Yo no estoy a su altura”. La había idealizado y yo la tenía en un pedestal por mi cuelgue por ella sin pensar que era tan humana como yo, aceptando que era inalcanzable para mí, una estrella a millones de años luz.

Está claro que el lunes por la mañana no hubo orgasmo y por la noche, un par de horas después de la cena, Gina decidió actuar y hacer algo. Estaba sentada en el sofá con los pies en los cojines leyendo un libro cuando ella aparece en el salón llevando puesta mi ropa de andar por casa. A ella el top le tapaba completamente los pechos al ser más pequeños que los míos, pero el culotte marcaba mucho más su coño al no tener pelos que disimulasen el contorno de sus labios y su raja, que mordía un poco la lycra de la que estaba hecho el pantaloncillo.

– He pensado que como tú ya no te lo pones y te veías tan sensual con ello, quizás a mí me quedaría igual- me dijo, aunque, como ya he dicho antes, hasta su pestañeo era excitante- ¿Qué tal me sienta?- me preguntó dando una vuelta y demostrándome que a ella, como a mí, se le marcaban esos glúteos redondos dejando ver el principio de los mismos por abajo.

– Bien… supongo…

– Qué va, a ti te queda mejor. Toma, póntelo tú.- se lo quitó y me lo lanzó quedándose como vino al mundo de pie delante de mí- ¿Ves? Yo también estoy desnuda.- Entendí al instante a qué venía aquello y lo decía para restarle importancia al hecho de la pillada.

Era la primera vez que la veía completamente desnuda y me quedé un poco impresionada y cortada. Cuando nos acostábamos se quitaba lo que llevase puesto, sí, pero siempre se quedaba con un tanga y en el cuarto de baño respetábamos completamente nuestra intimidad, por lo que cuando salía de la ducha por las mañanas ya lo hacía vestida.

En los últimos meses había fantaseado muchas veces con sus tetas, las que todas las noches acaparaban mi atención duras y con sus pequeños pezones apuntando hacia el techo. Cuando me masturbaba, me imaginaba cómo sería chuparlos, notar su dureza entre mis dedos y mis labios. Me quedé embobada mirando su chocho, cosa que, afortunadamente, para ella pasó desapercibida.

– No pasa nada porque nos veamos desnudas- dijo sacándome de la ensoñación a la que su pubis imberbe me condujo.

– Ya, pero no es lo mismo.- le dije yo mirándola por fin a la cara tremendamente apenada. Yo me estaba haciendo pajas con algo que es parte de su intimidad.

– Pero no me importa que uses mi vibrador- me hizo saber sentándose a mi lado- No quiero que te enfades conmigo. No soporto verte tan triste- me dijo mimosa y estiró su cuerpo para abrazarme por el cuello. Yo rodeé sus hombros pasando mis brazos por debajo de sus asilas y, enterrando mi cara en su cuello, me entró la flojera y me dio por llorar. ¿Cómo iba a estar enfadada yo con ella? Nunca podría, ni tampoco podía culparla por lo que sentía por ella, porque, lamentablemente, era yo quien lo sentía- Además, ya lo sabía.- y mi llanto paró de golpe.

– ¿Cómo que ya lo sabías?- le dije tras separarnos mientras me secaba los ojos.- ¿Qué es… qué es lo que sabías?- con una gran curiosidad por si se refería a lo que hacía con su vibrador o a otra cosa.

– Sospechaba que alguien más lo utilizaba y aquí solo vivimos tú y yo- le eché una mirada interrogativa- Verás, cuando yo devuelvo la polla a su sitio debajo de la almohada, siempre se queda apuntando hacia la pared del cabecero y algunas veces lo encontraba al revés. Esa fue la primera pista. La segunda fue el olor. ¿Te has preguntado alguna vez que hace el bote de toallitas húmedas en la pata de la cama?

– ¿Es para…?

– Sí, es para limpiarlo, y cuando lo cogía algunas veces olía a lavanda, como el jabón de manos, y las toallitas no huelen así. Estas cosas me parecían raras, pero ¿sabes cuál fue la pista definitiva?- negué con la cabeza- que nunca se me gastaban las pilas- sentenció sonriendo.

– Es verdad, vaya error…- dije llevándome la mano a la cabeza.

Temía que Gina se diese cuenta de que yo lo utilizaba cuando viese que las pilas le durasen menos tiempo que antes, así que cuando notaba que el vibrador tenía menos fuerza con la rueda girada al máximo, compraba pilas nuevas para cambiarlas en cuanto tuviese oportunidad. Así estaba claro que yo también jugaba con él.

Nos levantamos las dos del sofá y me volvió a abrazar otra vez.

– Gracias- le dije.

– No pasa nada- y me dio un leve pico en los labios que me dejó completamente atontada y, ¿por qué no decirlo?, también excitada con tan nimio roce.

Este reestablecimiento de las cosas o “reconciliación”, entre comillas porque nunca discutimos ni nos enfrentamos, me hizo sentirme muchísimo mejor. A pesar de que me quitaba un peso de encima, todavía guardaba en mi corazón herido la frustración de que Gina jamás me correspondería, pero, con mucha resignación, tuve que aceptarlo, y así, poco a poco, todo volvió a ser como antes, sin contar que yo ya sabía su secreto y los fines de semana intentaba llegar a casa tarde para evitar la embarazosa situación de encontrármela con su rollete de turno. Y con la rutina de siempre, llegamos al 21 de mayo, el día de mi cumpleaños. Era sábado y teníamos planeado cenar todos juntos esa noche en el Hard-Rock Café de Dublín.

Después de la comida y antes de la cena, mientras Gina lavaba los platos con un pantalón de chándal y una camiseta, yo leía otra vez semitumbada en el sofá con mi atavío de siempre. Cuando terminó de lavar, sacó del mueble de encima de la pila una botella de tequila y flexionando las rodillas y echando hacia atrás el culo, la levantó y gritó:

– ¡Checuila!

– Jajajaja. Nooooo, se dice te-qui-la.

– ¿Chequila?- yo afirmé- Ok, one more- y volvió a guardar la botella en el mueble de encima de la pila para volver a sacarla y, haciendo el mismo gesto, gritar de nuevo- ¡Chequila!- y las dos chillamos mientras en el sofá yo movía mis brazos y mis piernas- Hay que celebrar que my darling cumple hoy 24 añazos.

Quité los pies del sofá para que ella se sentara y puso sobre la mesita baja que teníamos delante dos vasos empezando a llenar uno.

– No, espera, espera. No llenes los vasos. Necesitamos dos vasitos de… de… joder, ¿cómo se dice chupito en inglés?

– ¿Chupitou?- preguntó ella extrañada.

– Sí. Un chupito es un vasito pequeño para bebértelo de un trago, pero no tenemos- le expliqué- Bueno, mira, esto- dije señalando el vaso que comenzó a llenar, que solo tenía dos dedos de tequila- es lo equivalente a un chupito, ¿ok?- vi la etiqueta de la botella- Hey, esto no es tequila, es aguardiente.

– Es que no entiendo el español y creí que era chequila.- puso cara de fastidio que solo le duró tres segundos- Bueno, da igual, hagamos como si lo fuese.

– Vale, será tequila. Ahora, hummm…- intenté recordar- espera un momento.

Cogí un limón y lo corté transversalmente y luego volví a hacer más cortes verticales consiguiendo así unas veinte rebanadas con forma de semicírculo o media luna que puse en un bol. Cogí el salero y volví junto a Gina.

– Presta atención que te voy a enseñar cómo se bebe el tequila- le pedí- Primero: coges una rodajita de limón- y cogí una rodaja de limón- Segundo: te chupas el dorso de la mano- y chupé el dorso de mi mano- Tercero: echas sal- y eché sal sobre mi mano quedándose adherida por la saliva- y te lo tomas así- chupé la sal, ingerí de un trago el aguardiente y mordí el limón absorbiendo todo el jugo.- Ahhh, cómo arde.

– Ok, ok, ahora yo- y realizó el mismo procedimiento.- Uf, uf, sí, arde, arde.

Según pasaban los minutos por Dublín, pasaban los tragos por nuestras gargantas uno tras otro. Sal, aguardiente y limón; sal, tequila y limón.

Se nos terminaron los trozos de limón y rebané otro en el mostrador. Mientras, debatía con mi cobardía si contarle la verdad y decirle que así no era cómo se bebía el tequila o si era mejor no decirle nada por miedo, pues la manera en que se toma en realidad es mucho más erótica. La incertidumbre nunca ha sido buena ayuda para nada, y era precisamente lo único que tenía claro: que no tenía nada claro. No sabía que hacer y teniendo en cuenta que ella era lesbiana y que yo la deseaba como nunca he deseado a nadie, la chanza del tequila era una bomba sexual que no sabía en qué podía terminar. Pero si yo le hubiera gustado, ella ya habría intentado algo y no había sido así, por lo tanto, podía ser que no pasara nada si yo no lo aprovechaba para tener un contacto más íntimo con ella. Todo dependería de mí, si ocurría lo que deseaba y a la vez me aterraba, era porque habría derribado mi temor, y si ella me reprendía o me preguntaba qué estaba haciendo, tenía la excusa del alcohol, así que yo tenía el control. Con esa seguridad volví a la mesa.

– Te… tengo que…- la seguridad me abandonó a la hora de la verdad y me puse nerviosa- Tengo que contar… contarte una cosa.

– ¿Te pasa algo?- me preguntó alarmada por mi nerviosismo.

– Es que… en realidad, el tequila no se toma así- le dije serenándome un poco, pero trabándoseme la lengua.

– ¿Cómo es entonces?- me preguntó con una alcoholizada vocalización como la mía.

– No se puede hacer, necesitamos un chico- le hice saber para salir del atolladero.

Se levantó y se metió por el pasillo tambaleándose. El aguardiente nos había pegado fuerte. Regresó y se dejó caer otra vez a mi lado como si fuera un plomo y depositó sobre la mesa el vibrador.

– Bueno, esto es mejor que un chico, jaja- bromeó.

– No necesitamos un chico en ese aspecto, para… eso- pero decidí intentarlo a pesar de que la seguridad ya no estaba de mi parte- Inclina la cabeza hacia un lado- le pedí empujándole o, más bien, acompañando su cabeza en el movimiento con mis dedos en su sien y, dubitativamente, le pasé la lengua por el cuello.

– ¿Qué haces? ¿quieres ponerme cachonda?- dijo divertida.

Sacudí el salero en su cuello y, llevando una rodaja de limón a su boca, le pedí que lo sujetase con los dientes por la parte de la corteza. Cogí el vaso con los dos dedos de aguardiente y los nervios volvieron a darse un garbeo por mí para atenazar mis músculos. Me decía a mí misma: “Venga, Laura, tienes que hacerlo, tú puedes”; pero me acobardaba: “No, no puedo, no puedo”. Jamás había sido tan lanzada, nunca hice nada igual. Saqué un poco de coraje seguramente del pedal de aguardiente que llevaba y en un momento dado, me dije: “Venga, va, ahora o nunca”. Mi corazón era un caballo desbocado, pero respiré hondo, y, aunque me dio vértigo, salté al vacío chupando la sal del cuello de Gina, tragando el chupito y mordiendo el limón arrebatándoselo de sus dientes. Nuestros labios ni se rozaron.

“¡Madre mía!” dije tras se me pasara el mareo. Me puse la mano en el pecho para comprobar que mi corazón no había salido disparado y seguía ahí, normalizando sus latidos, y yo respirando con alivio. “Ya está, no ha pasado nada, ya lo he hecho” me dije recuperando la serenidad. Ahora sí que lo tenía todo claro: no iba a hacer nada. No pensaba volver a pasar por esos momentos de angustia y aborté la idea de intentar nada con Gina. Seguiríamos bebiendo como habíamos estado haciendo. Ella me sacó de mis cavilaciones y abrí los ojos.

– Me gusta, ahora yo, ahora yo- dijo entusiasmada dando palmas.

Intenté decirle que no, pero la vi tan hermosa, tan contenta, tan tocada, que fui incapaz de rechazarla. Se diluía la posibilidad de que sucediese algo que me satisficiera respecto a lo que sentía por Gina, algo mucho más fácil en lo que no tuviera que hacer yo nada, pero sabía también que adoptando una actitud pasiva, lo más seguro es que nada ocurriese.

Me retiré el cabello despejando mi cuello y ladeé la cabeza. Lo lamió, echó sal, me pasó la rodaja de limón para que la sujetara, recogió la sal, bebió, mordió el limón y nuestros labios entraron en contacto. No fue más que un roce, pero me estremecí hasta los dedos de los pies.

Estábamos de rodillas sobre el sofá una frente a la otra. Algo acababa de cambiar con ese roce. Nos mirábamos, nos apetecíamos, nuestras fuertes respiraciones era lo único que oíamos y nuestros tórax agitados lo confirmaban. Ella estiró un brazo cogiendo otra rodaja inclinando la cabeza rapada que dejaba libre de mechones su cuello largo y poniéndola entre sus dientes. Una vez más pasé mi lengua y Gina suspiró levemente. Recogí la sal, tragué y al morder el limón, nuestros labios produjeron un típico y húmedo sonido: “muacks”. Eso sí fue un beso.

Era su turno. Sentí su respiración en mi cuello al pasar lentamente la lengua erizándome los vellos. Lamió la sal, bebió y, esta vez, el beso fue más intenso, absorbiendo el jugo y mi labio inferior a la vez.

Tres turnos más y tres besos más, cada cual más firme y decidido, volvía a tocarle a ella. Tras coger el limón, le ofrecí mi cuello otra vez y al humedecerlo: “ahhh” se me escapó un gemido que salió de lo más hondo de mi deseo. Sus ojos relampaguearon, olvidó la sal, se bebió el líquido rápidamente y no fue a morder el limón, fue a morder mis labios, los que succionó, los que besó, y la correspondí, con pasión y confianza en mi misma, introduciendo mi lengua en su boca.

Se fue echando sobre mí hasta que ambas quedamos tumbadas en el sofá, yo abajo con las piernas abiertas y flexionadas, Gina entre ellas y con sus rodillas a pocos centímetros de mi sexo que ya estaba mojado de excitación, con el culo en pompa besándome desaforadamente y engrasando mi lengua con su saliva ácida por el sabor del limón, la que me quemaba en la garganta igual que el aguardiente, para que no cesara el frotamiento con la suya en el torbellino que se desataba en nuestras bocas.

Mis manos surcaron su espalda y se metieron bajo su chándal, sintieron la tira de su tanga bajo las palmas y se detuvieron en sus glúteos apretándolos, abriéndose todo lo que podían para abarcar la máxima superficie posible de su culo clavando mis dedos en ellos. Sus nalgas eran pomposas, un poco duras y suaves. Quedamos atrapadas en una telaraña sexual en las que nuestros cuerpos se contorsionaban y se retorcían apresados por el deseo.

Se incorporó y deslicé mis dedos por la parte trasera de sus muslos hacia abajo arrastrando con las muñecas su pantalón. Ante mí aparecía el triángulo de un tanga de listas horizontales amarillas y verdes que cubría su coño. Gina sacó su camiseta por su cabeza y esta vez pude contemplar sus pechos, erguidos y altivos, con toda libertad pues los había desnudado para mí. Apoyó sus manos en el reposabrazos que quedaba justo detrás de mi cabeza dejando así sus pezones rosados al alcance de mi boca, y el primero que se impregnó de la tibieza de mi saliva, fue el derecho. Sentí como rápidamente se endurecía, como su textura inflaba mi excitación. Pasaba la lengua alrededor de su areola y los succionaba como si se los quisiera arrancar mientras oía cómo ella suspiraba y jadeaba quedamente. Luego, cambio, y fue el pezón izquierdo el que introduje en mi boca para saciarme, pero, ansiosa como estaba, sus tetas se me quedaban demasiado pequeñas para todo lo que quería saborear de ella, para sorber su rigidez y comerme a cucharadas la excitación que sus fresones me producían. Buscando algo más que disfrutar con el sentido del gusto, fui lamiendo todo su pecho, por lo que estiró sus brazos retirándose hacia atrás y lo que encontré fueron sus labios. Volví a visitar su paladar metiendo mi lengua para sentir de nuevo el suave roce de la suya, dos lenguas que se apetecían, que se unían y se entrelazaban como si bailaran un tango.

Al tiempo, guiada por el desenfreno presente en ese sofá burdéos, levanté la tira trasera de su tanga y con el dedo izquierdo corazón, la seguí velozmente como si esa cinta que se escondía entre sus glúteos fuera una autopista que me llevara hasta su ano, donde aminoré la marcha e hice una pequeña parada moviendo el dedo circularmente ejerciendo un poco de presión. Derribé los límites de la razón y, al tiempo que Gina comenzaba a acariciarme las tetas descubiertas por el top recogido en mi cuello, mi dedo se lanzó atravesando el ano de Gina y abriéndome paso por su recto hasta el nudillo, lo que hizo que retorciese con fuerza uno de mis pezones. Dos gritos, uno de ella y otro mío, colisionaron en nuestras gargantas.

Nuestra excitación descontrolada, se apaciguó y, con mi dedo todavía en su recto, me susurró suavemente al oído “Shhh, despacio y con tranquilidad…” Me regaló otra de sus directas miradas y vi la luz de la tarde en sus ojos que, sin apartarlos de los míos como tampoco apartaba sus manos del masaje que me daba en las tetas, fue descendiendo por mi tronco señalando con la lengua el camino, despidiendo mi dedo de su culo al retroceder sobre mi cuerpo, cayendo en mi ombligo hasta llegar a mi entrepierna.

Durante unos minutos, estuvo pasando la lengua sobre la tela que cubría mi chocho mientras sus manos me acariciaban los costados. La tela, con su saliva y mi flujo, se transparentaba del todo dejando ver mis labios vaginales y mi pelambrera negra. Cuando sus manos llegaron a la goma del culotte, se la llevaron hacia abajo. Levanté el culo y luego alcé las piernas para que Gina deslizara la prenda hasta sacarla por mis pies que apuntaban al mismo lugar donde lo hacían mis enhiestos pezones, los cuales atendí yo misma con mis dedos y con mi propia lengua llevándomelos a la boca.

Tragó saliva cuando se encontró ante mis piernas abiertas y mi coño sumiso y mojado. Hecha un ovillo ante mi chichi, su lengua, como si fuese un invisible felino, serpenteaba y se movía sigilosamente camuflado entre los vellos de mi pubis esperando el momento idóneo para abalanzarse sobre mi conejo, la presa que le serviría de merienda esa tarde. Su mandíbula cayó contra mi clítoris en cuanto asomó su cabeza fuera de la madriguera de mis labios mayores. Mientras lo devoraba y mordía mis labios saturando mi cerebro de placer, un zumbido empezó a sonar haciendo la base rítmica de la charanga de mis gemidos, quedando amortiguado al introducirse en mi vagina sin que los pelos que custodiaban mi entrada, pudieran hacer nada para evitar la intrusión, pero no me importó al sentir como de nuevo las vibraciones del falo mecánico de Gina me llenaban de placer, liberaban aire de mis pulmones que se convertían en fuertes gemidos y me transportaban al limbo, del que caí en picado arrollada por el orgasmo que encarnizó mis cuerdas vocales casi gritando con las ansias de correrme, con la vista nublada y mi cuerpo convulsionándose. Inimaginable.

Recuperé le serenidad y mi oscilante cuerpo se quedó inmóvil esperando la relajación de mis músculos. Gina se echó sobre mí, me abrazó y me volvió a besar con la misma pasión pero sin el frenesí ni las prisas del principio. Un beso tierno, dulce y erótico con un sabor que me resultaba familiar. Muchas veces me chupo los dedos después de hacerme una paja.

Se deshizo de nuestro abrazo y se puso en pie. Comenzó a bajarse lentamente el tanga mientras cada poro de su piel, cada centímetro de su bajo vientre se iba descubriendo a mi morbo que seguía palpitando en mi clítoris, ya más calmado, pero aun enrojecido por la fricción a la que Gina le había impuesto con su lengua. Cambié de postura y me senté delante de ella para observar su desnudez, que me fascinaba. En sus caderas se habían impreso las tiras de su tanga que pronto dejó visible un arruguita justo donde comenzaba su pubis que, al igual que en sus labios vaginales cuando su prenda cayó sola al suelo, su incipiente vello pinchaba las yemas de mis dedos cuando empecé a acariciarlo tras agarrarla del culo para atraerla a mí volviendo a clavar mis dedos en sus esponjosos cachetes. En su monte de Venus empezaban a formarse sus labios y a separarse para crear la rajita por la que pasé el dedo corazón notando sus manidos labios menores que, un poco más oscuros y viscosos por la humedad de la excitación, sobresalían curiosos. Ella cerró los ojos y suspiró.

Me levanté yo también con el vibrador. Llevé una mano a su nuca de pelo cortísimo para besarla una vez más. Me encantaba tener su lengua en la boca como la había tenido en el coño. Luego la bajé con una larga caricia por sus cervicales, su espalda hasta rodearla la cintura con el brazo. La mano que sostenía el vibrador, colocó la punta en los lumbares para irlo bajando lentamente y recorrer la regata que separaba sus nalgas hasta que llegó a una zona más blanda. Ahí estaba el agujero por donde debía introducirlo y así hice, penetré la vagina de Gina con el vibrador por detrás, besándola el cuello cual vampiro queriendo morder su yugular, pero yo no obtenía su sangre, sino su total entrega a mis ósculos y a mis lametones.

No quería dejar pasar la oportunidad de saber si los fluidos de su vagina eran tan embriagadores como su saliva, por lo que hinqué mis rodillas en el suelo y desenfundé el consolador de la funda de carne húmeda que hicieron sus labios. Ella abrió más sus piernas y con los dedos índice y corazón de sus dos manos, se separó los labios para dejarle el paso libre a mi lengua hacia su interior. Comencé a notar un ligero saborcillo dulce que disuadió mis reticencias y me afané en llenarme la boca de su carne, que, elástica, estiraba sus labios mordiéndolos con los dientes sin hacerle el menor daño una vez que fueron mis manos las que sustituyeron a las suyas para abrir bien la entrada a su vientre.

Cada envite de mi boca, la hacía tambalearse e, incluso, dar un paso hacia atrás para no perder el equilibrio, y en uno de ellos su pie chocó contra una pata de la mesita y su culo cayó de golpe sobre ella alejándose mi boca de su sexo casi lampiño por los pelillos que se desperezaban y delimitaban lo que en su preadolescencia empezase a ser una pradera oscura.

Gina se tumbó en la mesa con sus hombros sobresaliendo y su cabeza colgando. Sin un segundo que perder, volví en mi empeño de hacer que Gina se corriese y, para mayor efectividad, el vibrador volvió a entrar en escena y en su chocho enrojecido y, ya a esas alturas, empapado. No le di tregua a su almibarado clítoris mientras empecé a oír unos gemidos más fuertes. Debía demostrarle mi cariño produciéndole un placentero orgasmo aunque me estuviese asfixiando con las fosas nasales tapadas contra su abultado monte de Venus. En el momento en que su cuerpo comenzó a convulsionarse, sus talones hicieron fuerza contra mi espalda y mis pulmones demandaron oxígeno sin falta. Alcé mi cara e, instintivamente, con un golpe de caderas, empujé el vibrador con mi pubis haciendo el fondo de su vagina, y haciéndole emitir por el dolor un grito más agudo que los que su orgasmo le producía.

Gina rodó hacia un lado de la mesa, estiró los brazos para apoyar las manos en el piso y depositar su cuerpo sobre el frío suelo para que su temperatura bajase y se le fueran de la cara los colores del sofoco. Me acerqué de rodillas y me tumbé sobre ella abrazándola con todas mis fuerzas. Encaramada a sus hombros, con voz débil y plañidera, le dije: “I love u”. Me pareció que sonreía y contestó: “Yo también”. Sé que no se refería al mismo tipo de amor, sino a uno de amiga, pero para mí fue suficiente.

El 1 de junio fuimos al aeropuerto; volvía a Barcelona. La despedida fue muy emotiva y lloré un mar con todo el dolor de mi corazón.

Lo siento pero debo terminar aquí mi relato. Me gustaría contaros lo que pasó durante ese año en Barcelona, aunque solo fueron dos rolletes y un chico con el que estuve cuatro meses, pero nada serio.

Hoy vuelve a ser 1 de junio, ha pasado exactamente un año. Estoy emocionadísima y los nervios me están carcomiendo. El capitán ha anunciado que en breves momentos tomaremos tierra. Dentro de diez minutos, volveré a abrazar a Gina.

Dedicado con cariño a Gina.

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3 comentarios en “I love Dublin

  1. Woooow!!! He leído tu relato sin poder un solo instante separar mis ojos de él.
    Es una historia realmente bonita, espero que algún día cuentes como han seguido las cosas, por que a mí me has dejado realmente enganchada, pero sobre todo espero que todo te haya ido bien, a veces encontramos el amor donde menos lo esperamos.

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