Vuelo nocturno

Confusas
Entre los pétalos
Alas de pájaros
M. Shiki

Al terminar la segunda película apagué la luz, y contra el respaldo del asiento delantero plegué la mesilla en la que se apilaban dos revistas y la novela que estuve leyendo casi desde que el avión tomó pista de despegue. Tapado con el cobertor de lana hasta la mitad del pecho, Alberto, mi marido, dormía como un tronco en el asiento contiguo a mi derecha y su profunda respiración era tranquila.

Él, que casi no probaba el alcohol salvo en alguna fiesta o en ocasiones especiales, se había bebido entera la botellita de vino tinto a la hora de la cena que ni siquiera tocó. Además se había tomado dos whiskys dobles en el aeropuerto para atemperar el nerviosismo y mal humor que le producían los vuelos largos, y así conciliar el sueño durante toda la noche, sin que le importaran las turbulencias o las 12 horas de aquel viaje claustrofóbico sentado en los asientos centrales de la última fila del avión repleto de pasajeros.

A su otro lado, una bella española, andaluza y trigueña de labios carnosos y ojos color miel, también dormitaba cubierta con la ligera frazada hasta los hombros. La vi cuando tomó asiento, alisando su minifalda color marfil que descubría unas piernas espléndidas y se ajustaba al relieve prominente de su trasero. Alberto había estado charlando animadamente con ella durante la primera hora del vuelo, e incluso intercambiaron sus respectivas tarjetas de presentación. Se llamaba Fabiola, nos dijo, y era antropóloga. Ella iba también de vacaciones y se hospedaría en el mismo hotel que nosotros, donde ya la aguardaba su pareja. En la semi penumbra de la cabina, resplandecía serenamente el hermoso perfil de la mujer y sus labios tarareaban en silencio la música que llenaba sus oídos.

A mi izquierda viajaba un caballero de aspecto oriental, quizá japonés o malayo de ojos almendrados y edad indefinida como todos los seres de su raza, con el que apenas intercambié algunas frases de cortesía en mal inglés, cuando cenábamos. Sus modales eran elegantes, casi solemnes, y su rostro hierático e imperturbable. El también había estado leyendo un libro escrito en un idioma para mi indescifrable.

El avión parecía estar suspendido silenciosamente en medio de la noche que se agolpaba en las ventanillas lejanas a nuestros asientos, a mitad de un océano que kilómetros abajo era una masa oscura, inmóvil como la sombra que nos circundaba y de vez en cuando daba unos breves saltos que me hacían estremecer.

Recliné mi asiento, me envolví en la manta hasta el cuello y apoyé la cabeza sobre el amplio pecho de Alberto. Aprovechando que bajo su cobertor él llevaba el cinturón y el pantalón desabrochados para descansar más cómodo, le bajé la cremallera y abracé su miembro en reposo con mi mano. En mis auriculares Sting, María Bethania y George Michael se alternaban para cantar en voz baja y me arrullaban. Aunque casi nunca he podido conciliar el sueño en los aviones, traté de dormir. Nos esperaban diez días de vacaciones en las soleadas islas del sur a las que viajábamos por primera vez, y quería estar fresca y despejada para disfrutar del reposo en compañía de mi marido.

La sola idea de saber que unas horas más tarde estaríamos los dos desnudos tendidos en la arena me producía un efecto de sensualidad y tibia placidez. Comencé a tener pensamientos eróticos recordando la forma en que habíamos hecho el amor durante toda una tarde no lejana, a la orilla del mar turquesa de Playa del Carmen. Nuestros cuerpos dorados y resbalosos debido al bronceador, se deslizaban uno sobre otro como dos delfines en rumorosa libertad, lejos de todo apresuramiento y aislados del formalismo citadino.

Aquella vez lo cabalgué como enardecida amazona sobre las blancas arenas solitarias, mirando al sol que se mecía tras el oleaje cristalino. El viento, salobre y denso, humedecía mi frente y mis cabellos; tendido boca arriba y desde atrás, Alberto se aferraba amorosamente a mis caderas y a mis senos, pellizcándome los pezones, besándome los hombros y el cuello transpirados. Yo a la vez me acariciaba oprimiendo en círculos y con suavidad sus huevos contra mi clítoris eréctil, entregando a la luz todo mi cuerpo.

Esa tarde me vine varias veces mientras él se esforzaba en contener su propio orgasmo, y en esa posición acuclillada saqué su verga de su cálido recinto para franquearle la entrada en mi culo aceitado. Abierto, el cielo se incendiaba de violetas y naranjas y nosotros sumábamos nuestros gritos y gemidos al ronco vaivén de la marea. Además de nuestra amiga Amarilis, solamente yo era capaz de engullir enteramente su enorme largura y grosor entre las nalgas, y de disfrutar de sus briosas y dulces embestidas como loca.

Suavemente comencé a humedecerme bajo el reflujo de aquella evocación y extendí las piernas para sentir cómo se hinchaban poco a poco mi clítoris y mis labios. Me saqué discretamente la tanga sin levantarme y sin moverme apenas de mi asiento, y aferrada al pene de Alberto me sumergí en las imágenes de aquella tarde, concentrándome en las sensaciones voluptuosas que inundaban mi cuerpo. Recordé también que al regresar de la playa ese mismo día salimos a bailar a una ruidosa discoteca, y que luego fuimos al hotel para hacer el amor en compañía de Amarilis y de José, su esposo. Ella quería ser penetrada por primera vez por cada orificio de forma simultánea, y después de acariciarnos y besarnos rodando las dos en un larguísimo 69, se montó de un solo golpe y hasta la empuñadura sobre la verga magnífica de Alberto.

José se hincó tras ella luego de lubricar su ano y empujó cuidadosamente su verga que yo me había encargado de ensalivar profusamente. Debido a las sinuosas contorsiones de mi amiga y por error de milímetros, la verga resbaló al interior de la ensortijada y pelirroja vagina de Amarilis que ya estaba ocupada por el miembro de mi marido. Fue así como nuestros dos hombres llegaron al fondo de su vulva mientras ella gemía de delectación y de dolor. Yo lengüeteaba y succionaba el par de huevos que entrechocaban en los umbrales de su ensanchada abertura, contemplando las dos vergas apretadas una contra otra, entrando y saliendo, deslizándose rítmicamente en el interior de su vellosa carnosidad dispuesta al placer, hasta que Juan retomó su camino y la enculó paciente pero salvajemente hasta los pelos. A horcajadas, me senté sobre la cara de mi marido para que éste me devorara al tiempo que Amarilis mordisqueaba jadeante y sudorosa mis senos, mis orejas y mi cuello. Luego las dos cambiamos de sitio sin dejar de besarnos.

El avión avanzaba en medio de la negrura que es la nada, y las frescas imágenes de pasión que se agolpaban y sucedían en mi memoria me hacían sonreír gozosa y me provocaban escalofríos anhelantes. Me estreché más al cuerpo de mi esposo. Aquellos vívidos recuerdos del fin de semana en Playa del Carmen me calentaban tanto como los momentos de deleite que los crearon y que compartía con Alberto.

De pronto, entre la ensoñación y la vigilia sentí un roce tibio sobre mi Monte de Venus. Era la mano de mi vecino oriental y no la mía, la que se había posado sobre mi entrepierna. Mi primer impulso fue el de apretar los muslos ante la turbadora intrusión del extraño, arrojar su mano lejos de mi, incorporarme y reclamarle escandalizada por ese absurdo atrevimiento. Pero alguna incomprensible razón me impidió hacerlo. Pensé que tal vez había advertido que me había quitado la tanga, y que aquello lo había interpretado como una invitación a acariciarme. Con cierto temor, tal vez avergonzada y ciertamente curiosa y excitada, cerré los ojos y dejé que me tocara aquel desconocido a quien no habría de volver a ver después de esa noche.

Permití que su palma reposara su dulce peso y calor sobre mi pelvis, y que minutos más tarde desabrochara cada botón de mi vestido camisero hasta dejarme semi desnuda bajo la frazada.

Sin estorbos, su mano se dio a la tarea de deslizarse, lenta y sabiamente, de arriba a abajo, reconociendo la geografía de mi piel desde la doble protuberancia de mis senos hasta mis ingles, desde el anillo de plata de mi ombligo hasta mis muslos. Al cabo de un largo rato, la mano del intruso se posó semejante a un pájaro de fuego en mi vagina ya empapada.

Yo estaba petrificada por la excitación y por el miedo. Jamás una persona extraña me había tocado sin que yo lo desease y consintiera, y sin que Alberto también estuviera de acuerdo. Además de vez en cuando algún pasajero transitaba por los pasillos hacia los baños, aunque nadie, y en esas condiciones mi esposo mucho menos, podía advertir que bajo mi frazada descansara entremetida la mano tan cálida de mi compañero de la izquierda. Volví el rostro y lo miré de reojo: cubierto también con la manta hasta el cuello, el hombre permanecía con los ojos cerrados detrás de sus anteojos redondos, con la cabeza hacia el frente, inmóvil como estatua de un emperador de un reino magnífico. Sus dedos, ajenos tal vez a su voluntad y a la mía, palpaban con cuidado aunque seguros, un territorio propio, antiguamente y de sobra conocido.

Sus dedos eran largos y llenos de misterio. Con las uñas rozaba apenas mi clítoris, sumergía una yema en la humedad apretada de mi sexo y retornaba al exterior para rascar ligeramente la orilla de mis labios, lubricándome con el jugo que manaba en abundancia. Recibí la sabiduría ancestral de aquellas caricias que desde algún país desconocido y remoto en el tiempo y el espacio iban encendiendo la claridad de mi deseo.

Más relajada y dispuesta a regalarme a mi misma esa experiencia volví a reclinar mi cabeza sobre el pecho de mi marido. La tersa y hábil mano se detenía cuando percibía un mínimo movimiento de mis caderas que instintivamente empezaban a menearse y entendí el mensaje.

Bajo la manta de lana, él haría suave y cadencioso aquel masaje, imperceptible para todos los pasajeros que dormían, incluyendo a Alberto, y yo no debía moverme, tan sólo concentrarme en su disfrute pleno. Así es que contuve cualquier empuje pélvico y solamente abrí un poco más las piernas para dejar pasivamente que sus dedos continuaran crepitando en su deliciosa travesía. Flexioné una rodilla para sentarme encima de mi pie, y por mi tobillo empezaron a descender los primeros hilos de mi lubricación.

Con lentos movimientos los dedos abrían y cerraban mi sexo, entraban un poco y salían para patinar unos segundos sobre el clítoris; luego presionaba su palma entera contra mi pubis mientras uno de sus dedos exploraba dulcemente mi ano que había dilatado su estrechez, y volvía a extraerlo para dar masaje a la entrada de mi vulva. Penetraba y oprimía lo necesario para hacerme ansiar más profundamente la duplicada intrusión de sus caricias, repitiendo sin pausa ni prisa los mismos pasos una y otra vez, exasperándome casi, palpando en zigzag de abajo a arriba con delicadeza y con pleno conocimiento de los puntos donde el placer se incrementaba hasta hacerse realmente insoportable.

Aquella mano tenía la masculina rugosidad del terciopelo. Me acariciaba como si mi vulva fuera un dócil animal ajeno al resto de mi cuerpo, un gato montés domesticado, un conejo urgido de su fuerza y su fineza. Nadie, a excepción de Blanca o Amarilis quizá, que sabían sostenerme con la punta de su lengua en la cúspide de la excitación sin dejarme precipitar en la vorágine del goce, me había tocado con tal refinamiento, aunque aquel no era el momento de establecer comparaciones.

Como si doblaran secretos origamis, los dedos descendían desde el clítoris hasta el derredor del ano, entraban una y otra vez de forma breve, para aquietarse sin hacerme traspasar los linderos del orgasmo.

Luego de mucho tiempo, el hombre retiró la mano y lo vi inclinarse para sacar de su maletín colocado bajo el asiento delante del suyo una lata redonda y plana, cuyo destello añil metálico creí reconocer entre las sombras. La abrió y metió en ella sus dedos y la volvió a cerrar. Debajo de la frazada su mano regresó al selvático rumor de mi entrepierna. El ungüento con el que él había lubricado sus dedos me produjo inmediatamente un intenso calor que trepó hasta mis mejillas y me hizo percibir con nitidez las aceleradas palpitaciones de mi sexo. Aquella era una pócima extraordinaria cuya atávica composición incrementaba el fuego de un untuoso placer que me encendía, haciendo resbalar una vez más sus dedos por encima y a través de los suaves caminos por donde sus yemas se habían abierto paso con facilidad, arrastrándose sin premura y alternativamente.

Me mordí los labios y contuve la respiración para no gemir, y apreté la verga de Alberto cuando me sobrevino el primero de los orgasmos que la experimentada mano de mi compañero de viaje me obsequiaba. El goce de sus caricias era multiplicado por la intensa calidez de aquella fórmula cremosa que a partir de la raíz profunda y oculta entre mis nalgas se iba ramificando, para crecer por todos los poros de mi cuerpo y enardecer a su máxima pureza mis sentidos en flor. Mi sexo hinchado estaba extremadamente sensible a la sofisticación de su tacto y él lo supo de inmediato. Dejó nuevamente quieta su mano sobre mi pubis, con un dedo inserto en los latidos de mi vagina y otro dentro del relajado anillo del culo, como si sus falanges fuesen dos anzuelos que saborearan mis involuntarias contracciones, prolongando en mi agonía la sensación de su abrasadora destreza manual.

En silencio, con los músculos tensos, me comencé a correr nuevamente, empapada en sudor de la frente a los tobillos. Sentía estar ya fuera de mi, presa de mi deseo y a merced de la sapiencia de aquella mano que, aunque estuviese inmóvil, hacía que mi piel se erizara de pies a cabeza. El hombre interrumpió su dulce recorrido en el momento en que mis caderas empezaron a empujar ansiando más, pidiendo que los dedos engarzados en mi cuerpo entraran más a fondo y sin contemplaciones.

La verga de Alberto se había endurecido por los apretones que yo había estado dándole cada vez que sentía sobrevenir un nuevo destello del éxtasis y había crecido hasta volverse tensa, lista para mis labios que buscaron con ansia su cabeza, y la introduje en mi boca.

Empecé a succionarla al tiempo que la mano del extraño se movía de nuevo y hechizándome me llevaba a la cima de otro orgasmo. Mi esposo seguía sumido en el sueño más hondo sin percatarse del estado al que me había conducido la maestría de mi diestro compañero de viaje, ni de que mi mano y mi lengua envolvían las oscuras palpitaciones de su miembro, paladeando su enhiesta textura, mamando su progresivo grosor y gusto a dátil.

Fue entonces cuando sentí la mirada de la vecina de asiento de Alberto, y levanté ligeramente la cabeza para buscar su mirada. Sus ojos agrandados tenían una mezcla de delirio y estupefacción por la escena que observaban, pero sus labios esbozaban una leve y cómplice sonrisa. Sabiéndome mirada sin cortapisas en mi deliciosa tarea y sin importarme ya que se hubiese deslizado de su sitio la manta de mi marido, regresé golosa sobre el miembro de Alberto. Al comenzar a lamerlo otra vez, aún viniéndome, advertí que bajo el cobertor de Fabiola se movían sus manos nerviosas.

Sin dejar de chupar y envuelta en el oleaje del prolongado orgasmo, estiré mi brazo bajo la manta de la española donde encontré su propia mano. Ella se acariciaba con rapidez mirando el espectáculo de la verga de mi marido entre mis labios. Sin decirle nada, aparté suavemente su mano de su sitio, y puse la mía encima de la sedosidad depilada de su pubis. No tenía ropa interior y mis dedos hallaron de inmediato su clítoris tan erecto como el mío. Metí un dedo en aquella cueva mojada y empecé a masturbarla con la misma ternura que el oriental me acariciaba desde hacía no sé cuántas horas.

Los dedos de Fabiola se disolvieron entre los cabellos revueltos de mi nuca, empujándome hacia abajo para que mi garganta se llenara de la verga de Alberto hasta los huevos resbaladizos, e imprimió un ritmo cadencioso a mi mamada. Me quité un instante para lamer la base del miembro de mi marido, y ella se inclinó para absorber la hinchadísima cabeza que mi otra mano le brindaba.

Alberto continuaba dormido, respirando pesadamente. Introduje otro de mis dedos entre los blandos pliegues de la chica, y di un suculento masaje a su clítoris inflamado. A lo largo de media hora que me pareció eterna, mi boca se unió a la suya, besándonos en torno a la punta de la verga de mi marido, hasta que eyaculó un primer chorro espeso que recogimos las dos con las ávidas lenguas, absorbiendo después los que vinieron y el sabroso miembro volvió, seco por nuestras bocas, a su estado normal sin achicarse.

Ella se echó para atrás contra el respaldo de su asiento y separando aún más las piernas apretó mi mano con las suyas cuando sintió llegar un orgasmo explosivo, al tiempo de que los cálidos dedos del extraño me conducían en vilo hacia la cumbre de otro orgasmo, éste más suave que los anteriores pero también más alto y ensanchado.

Después que el oriental retiró su mano yo dejé chapotear mis dedos en la caliente lubricación que derramaba el sexo mullido de Fabiola, hasta que encendieron la luces de la cabina y entonces tuve que incorporarme con prontitud para cubrir a Alberto y recobrar la compostura antes que las azafatas empezaran a desfilar por los pasillos llevando y trayendo bandejas con agua, café y jugos de fruta.

Desde el hombro de mi marido le sonreí a Fabiola y ella se acercó para besar mis mejillas brevemente y decirme al oído, suspirando: –Eres maravillosa y quiero follar contigo en cuanto nos instalemos en el hotel. Voy a hacer que me alojen en un cuarto junto al vuestro– añadió sonriendo en medio del resuello. Su cabello olía a hierbas silvestres y su aliento conservaba el inconfundible sabor de Alberto. La maravillosa eres tú– le regresé el piropo y fui sincera al decírselo. Yo no me atrevía a volver el rostro hacia el vecino de asiento que me había proporcionado aquellas horas majestuosas en la privilegiada sombra del vuelo. Mi marido despertó minutos después del aterrizaje.

Alberto esperaba impaciente a que salieran nuestras maletas en la banda transportadora cuando vi a lo lejos a mi compañero de viaje frente a la ventanilla del cambio de divisas. Aproveché para acercármele por la espalda al momento que el cajero le daba monedas y billetes. Quería expresarle mi gratitud por aquellas intensas e infinitas horas de placer que me había prodigado entre la oscuridad nocturna. El también me miró, hermético y contenido, sin traslucir emoción de ningún tipo.

Thanke you –le dije con la más amplia de mis sonrisas, satisfecha.

De nada, señora –me respondió inmutable en perfecto español y con marcado acento norteño–, el placer ha sido mío. Aquel hombre de pulcro asppecto oriental a quien debía tantos y tan magníficos orgasmos era tan mexicano como yo. Xicoténcatl Terreros Pérezluna, traductor del árabe y el hebreo, catedrático de griego y latín en una universidad chihahuense, rezaba la tarjeta de presentación que me dio junto con la pequeña lata envuelta en mi tanga todavía húmeda. De inmediato las guardé en mi bolso de mano.

Consérvela en memoria de este viaje –me dijo– a usted yo la recordaré de hoy en adelante para siempre. Sorprendida y sin responderle o darle las gracias en nuesstro idioma común, regresé rápidamente con Alberto que ya había recuperado el equipaje y el sentido del humor, y salimos del aeropuerto.

En el taxi camino al hotel, me sobrevino otro orgasmo, sin aviso previo, sin estímulo de ninguna especie. El ungüento seguía haciendo su efecto y abrí la ventana con el propósito meter el rostro entre las húmedas ráfagas del día, al tiempo que hacía esfuerzos para que no se notaran mis jadeos. Aspiré a bocanadas el viento del verano austral.

Luego de haberme bañado en el jacuzzi con abundante espuma y de recobrar nuevamente la frescura, y mientras Alberto entraba a tomar una ducha que le devolviera la plenitud de su conciencia, salí al balcón del cuarto del hotel para que el aire secara mi piel y llenara de yodo mis pulmones. Aún me palpitaban, abultados, los labios inferiores.

Ahí, frente al mar y a cielo abierto abrí el bolso y saqué la lata azul metálico de su envoltorio de satín y encaje. Para mi asombro, la pequeña lata era similar a la que yo llevaba en mi equipaje, dentro del maletín donde guardaba los bronceadores, el perfume, las cremas y un par de vibradores. Era la misma crema humectante que utilizo desde la adolescencia para quitarme el maquillaje que ocasionalmente aplico sobre mis pestañas y párpados. No tenía nada de mágica o de ancestral como supuse, o como mi imaginación desbordada me hizo creer, cuando la mano de mi hábil y sigiloso vecino de asiento me la aplicó para incendiarme larga y sostenidamente hasta el arrebato de mis sentidos.

No sabía si reír de mi fantástica ingenuidad o realmente tomar conciencia de que aquellos placeres sensacionales se debían a una simple y sencilla crema limpiadora del cutis, y que la mano prodigiosa que me había transportado en un tumultuoso viaje hacia mis laberintos interiores era realmente poseedora de una sapiencia milenaria, una sabiduría acumulada por los siglos en los que los seres humanos hemos sido capaces de reconocernos en el deseo del otro y en la entrega sin ambages o acondicionamientos. Desnuda en la terraza de un hotel desconocido, de cara un océano luminoso que me abría sus íntimos secretos y me envolvía de brisa y alegría, solté una incontenible risotada. Me sentí feliz por aquel instante, más mágico aún que los que se desgranaron durante el viaje.

Desde el balcón adosado al de nuestra habitación escuché una voz agradable y cristalina–: Hola, ¿de qué ríes, qué te ha hecho tanta gracia? Quien me hacía la pregunta era Fabiola, la hermosa española, desnuda de la cintura para arriba, vestida únicamente con un pareo transparente anudado en la cadera y mostrando sus pechos espléndidos, coronados por dos grandes y sonrosados óvalos, al sol del mediodía. Tras ella, abrazándola cariñosa por los hombros, su pareja también desnuda y mojada como yo, me sonreía intrigada. Seguramente Fabiola ya le habría contado acerca de la manera en que ella y yo nos habíamos conocido durante el vuelo. Se llamaba Rubí y el cabello dorado le caía hasta la cintura sensual de su cuerpo brasileño. Ella oprimía sus senos tiernamente a la espalda brillante y aceitada de mi nueva amiga.

Me río de la vida y con la vida, por el placer de saberme llena de sorpresas y de energía –respondí acercándome a ellas para abrazarlas y besarlas por encima de la barandilla de poca altura que nos separaba–, y less di la lata que contenía la crema milagrosa. Tendríamos diez días para compartir aquel regalo que de mi mano, o de la mano feliz del azar o la fortuna, nos llegó del cielo.

Al unir la humedad de nuestras lenguas, súbitamente sentí ascender, vigoroso y expansivo, el suntuoso temblor de un nuevo orgasmo

 

Por: Rowena Citali

Una noche increíble

No pensé que me sucediera.

Hace unos días me pasó una cosa que en realidad siempre había soñado, pero que nunca pensé posible.
Me llamo Armando, tengo 32 años y soy productor de video. Llevo varios años viviendo con Edna, una chava muy guapa. Si me lo permiten: está buenísima. Tiene una cintura delgada, un abdomen muy firme, piernas largas y bien torneadas, pero sobre todo, tiene un par de tetas de concursoð son deliciosas. De hecho una de las cosas que más me gusta hacer con ella es sobar mi pito entre sus increíbles balones, hasta venirme precipitadamente en su boca. Claro, que siendo sincero, tengo que admitir que lo que más me gusta de ella son sus nalgasð bien paraditas, siempre apretaditas. Su culito es algo que siempre había codiciado y que ella siempre se había negado a entregar. Algunas veces, cuando más excitada la tenía, llegué a meterle uno o dos dedos sé que le gustó, pero dice que mi verga es demasiado grande y jamás entraría por allí.
En fin, pero ese no es el tema de esta historia.
Esta historia comienza hace un par de semanas. Yo estaba trabajando en un proyecto para la filmación de un corto con Germán, un buen camarada. Infinitas veces habíamos compartido francachelas interminables y en una de esas fue que surgió la idea del corto. Él es actor pero había escrito un guión que me pareció valioso. Esa noche habíamos estado trabajando algunas ideas cuando decidimos ir a la fiesta de cumpleaños que daba un conocido de ambos. El decía que quería presentarme a una vieja que seguro nos aportaría buena parte de la lana para la película. Cuando llegamos todavía no había mucha gente. Estuvimos un rato conversando entre un wiskey y otro hasta que se acercó a Germán una chica alta, de pelo negro largísimo y un maravilloso escote que apenas lograba esconder sus erguidos pezones, que yo aproveché para rozar cuando me acerqué a saludarla. Estaba turgentes y ricos. Inmediatamente mi verga se puso dura, pero traté de controlarme porque sabía que la noche sería larga. Se llamada Claudette y era la que podía producir nuestro proyecto.
La fiesta estuvo muy divertida, el cumpleañero había contratado un show de sexo en vivo que nos puso a todos a mil. Yo estaba muy cansado, pero me resistía a irme porque no podía quitarme de la cabeza a la chica que me acababan de presentar y que no había dejado de coquetearme toda la noche. Creo que German estaba en las mismas porque mientras echábamos una firma en el baño pude ver (sin querer) que la tenía bastante tiesa. De hecho aprovecho la sacudida para sobársela unos instantes, y luego se la guardó, ajustando los pantalones para que el paquete no fuera tan evidente.
Cuando salimos del baño, parecía que Claudette había estado buscándonos, pues se aproximó a nosotros con tres copas en la mano.

— Les propongo que brindemos y vayamos a un lugar más tranquilo.
— Por mi encantado — respondió presurosamente Germán.
— A mí también se me antoja — dije provocativamente.

Brindamos hasta terminarnos las copas y subimos los tres al coche de German. De camino a su casa Claudette no paraba de lanzarme miradas ardientes por el retrovisor. Casi podía escucharla rogándome que me la cogiera. Lo único que me incomodaba era Germán. No sabía como íbamos a sacudirnoslo de encima para podernos agasajar a gusto.

Propuse que paráramos por una botella de champagn, pensando que podría emborracharlo hasta que se quedara dormido, pero ella nos dijo que había de todo en su casa.

Llegando a su casa ella nos ofreció un trago y nos dijo que nos pusiéramos cómodos. Bajó la intensidad de la luz y prendió una infinidad de velas que pusieron el ambiente más candente de lo que yo pensaba. Estuvimos un rato comentando nimiedades, hasta que ella comenzó a quitarse la ropa hasta que quedó en una diminuta tanguita qe dejaba al descubierto sus dos hermosos glúteos, y que al centro tenía una rajita por la que ella empezó a sobarse. Sus chichis, grandotas, se balanceaban rítmicamente mientas ella se encueraba.

Se subió a una mesa larga y abrió las piernas.
– Ven Armando, ponme un poco de champagn en mi conchita, me dijo lamiéndose los labios.

Yo le obedecí inmediatamente. Tomé el la botella y le rocié abundantemente el chocho . Ella gemía suavemente y se contoneabað.

— Espera, ahhh, espera—.. decía entre gemido y gemido— esto se siente delicioso— Ahora sí papacito, chupame— venga— chupame.

Yo saqué la lengua y ataqué su clítoris ferozmente. Le metí la lengua por todos lados. Estaba tan excitado que casi me olvido de la presencia de Germán. De reojo vi entonces que había sacado su pinga y se la estaba jalando excitadísimo. Pensé que era justo que pudiera por lo menos mirarnos, y volví a concentrarme ya en los jugos que chorreaban por la vagina de Claudette. Ella con la excitación al máximo se sobaba las tetas apasionadamente.

— Sigue, papacito, no pares de chuparmela, anda mete otra vez tu lengua en mi vagina, ahhh me muero. Y repentinamente volteó a mirar a German y le dijo:
— Por qué tan lejos, guapom ven, únete a la fiesta. Mira que rojito está tu pene. Ven mi amor, cómete estos melones, ándale papi, cómetelos.
Germán ni tardo ni perezoso se unió a nosotros y empezó a lamerle las tetas ya morderle los pezones.
Ella se contorneaba y gemía cada vez más fuerte. Aunque no me molestó tanto como pensé la intromisión de germán, yo quería ser el primero en penetrar su agujerito con mi pene, así es de que le di un par de lamidas más y me quité los pantalones. Ella entonces dijo:

— Vengan acá papacitos, denme un beso, quiero sentir sus lenguas, quiero comerme mis jugos.

Un poco desconcertados germán y yo nos acercamos a su boca y empezamos a besarla cada uno en una comisura, cuidando bien de no rozarnos los labios. Pero ella era toda pasión y nos besaba acaloradamente, tanto que no supe ni cómo cuando ya estábamos los tres fundidos en un húmedo y profundo beso. Poco a poco ella se fue quitando y nos dejó a nosotros besándonos sin poder parar. Mi verga estaba más parada que nunca y noté que la de Germán también, entonces, ella se acostó por debajo de nosotros acercando nuestros cuerpos, mientras nosotros seguíamos lenguetandonos hasta que con sus manos juntó nuestros dos bananos y sin más se los metió a la boca. Fue la chupada más deliciosa de mi vida porque además de la succión y los lenguetazos de ella, sentía el miembro palpitantede Germán creciendo igual que el mío. Ya que agarró el ritmo del mete saca de nuestros pitos en su boca, l! iberó las manos para masajearnos los huevos, despertando así una oleada más intensa de excitación. Así estuvimos un rato. Germán y yo besándonos y ella mamándonos las vergas incansablemente. Cuando sintió que estábamos a punto de estallar, quito su boca y se levantó diciendo
— No quiero que se vengan todavía. Hay mucho más por hacer. Germán, tú no me has chupado el coño, ven acá mi rey. Germán se acercó y comenzó a lenguetarle el clítoris haciéndola gemir.
— Ahora tú Armando, ven, te prometo que te voy a recompensar pero ahorita lámele el culo a Germán ¿quieres, rico?

Yo no estaba nada convencido pero no quería que ella detuviera el juego, así es de que hice lo que me pidió.

Ya que estuvimos los tres nuevamente muy excitados, ella tumbó a German en el piso y después de unas cuantas chupadas se ensartó su verga en la vagina. Estuvo montándolo un rato mientras yo los veía como imbécil, jalándome la verga para no perder la excitación pero muriéndome de coraje de que él la hubiera penetrado primero. Algo debe haber visto en mi cara porque mojándose los labios me dijo:
— Acérate papi, ven que te la mamo. Métela en mi boca.
Me la chupó un rato y ya que la vio bien gorda y erguida, sin dejar de montar a Germán me pidió.

— Ahora si mi amor, rómpeme el culo, venga métemela hasta adentro.

Yo no podía creerlo, definitivamente me estaba reservando la mejor parte, MMMM que rico, sin pensarlo dos veces puse la cabeza de mi pene en la entrada de su ano, y de un golpe se la dejé ir toda. Ella gritó pero en eses mismo momento, el pito de Germán en su vagina concluyó su trabajo y los dos se vinierion. Yo seguí rasgándole el culo con fuertes empellones, hasta que ella no pudo más y se vino de nuevo, entonces sí yo exploté y le llené el culo con mi meco.

Ella me pidió entonces que le limpiara el ano con la lengua, que me comiera mi propio semen. Pero yo estaba tan agradecido que acepté.

Pero allí no paró la cosa. Ella le dijo a Germán que ahora era su turno y que me limpara la verga a lenguetazos. El lo hizo fascinado y me lamió el pito hasta que se me volvió a parar, entonces ella puso a Germán en cuatro patas, y ella se colocó debajo para mamarle la verga otra vez, mientras que a mí me dijo que ahora le perforara el culo a Germán. El pareció encantado y hasta paró la colita. Estuvimos largo rato jadeando y gimiendo y sudando, pero Claudette no dejó que nos viniéramos. Antes de que eso ocurriera me ordenó inclinarme sobre una mesa, tomó la pinga parada de Germán y la dirigió a mi culo virgen dando ella misma el empellón que me lo defloraría. Me dolió un poco, es cierto, pero nunca pensé que se sintiera tan rico. Ahora entiendo porqué hay tanto puto.

Ya que todas las vergas hubieron entrado una y otra vez en todos los hoyos. Nos quedamos dormidos. Como a las seis de la mañana yo me levanté para ir a casa. En el camino no pude evitar recordar la noche tan caliente que había tenido y mi verga se volvió a parar por lo que en el elevador me la desenvainé y me la empecé a jalar. Abrí la puerta con la mano que me quedaba libre y sigilosamente pero sin dejar un instante de sobarme el pito, entré a la recamara para encontrarme a Edna, que siempre dormía desnuda, boca abajo con las nalgas al aire. Sin pensarlo, y sin darle tiempo ara reaccionar, me monté sobre ella, le separé las nalgas y de un empujón le clavé la verga hasta e fondo. Ella gritó pero yo empecé a lamerle la oreja y a sobarle las tetas para que se calmara. Poco a poco fue poniéndose más cachonda, hasta que juntos nos venimos. Yo dormí todo el día.

Buscando una tercera

Creemos ser dos seres normales, nos gusta mucho el sexo, nos apasionan ver videos porno y yo tenia deseos de realizar nuevas experiencias, primero comenzamos por comprarnos un consolador y otras cosas por el estilo, ropa sexy pero cada vez yo quería mas y mas hasta llegue a convencer a mi pareja para tratar de tener una tercera persona en nuestro cuarto.

Decidimos ir por la calle y tratar de hacer amistad con alguna mujer, mi pareja me dejaba en un bar y él se iba a levantar a otra mujer para mí, al principio no me gustaba la idea pensaba que se iría 2 o 3 horas por ahí y que volvería con las manos vacías. No era facil pero  un día cualquiera sin pensarlo llega al bar donde yo estaba  (ese día vestida con una mini muy provocativa y una remera en la que se podían reflejar mis pechos.) Hola me dijo, y dirigiéndose a la acompañante le dijo que casualidad acá esta mi mujer de la que te estuve hablando hace instantes, la chica en cuestión debería tener no mas de 24 años era mas alta que yo pechos paraditos, buena cola, estaba en un jean apretado y tenia una camisa fuera de la cintura, me llamo la atención que no usara sostén, pero no le di importancia. Hola me dijo yo soy Ana vos sos Julia o Julita como dice Oscar. Se acercó, me dio un beso en la mejilla y la invite a sentarse a tomar un café, charlamos los tres un buen rato, me atraían sus pechos los cuales me los imaginaba con tan solo ver la separación de los mismos ya que tenia un botón de la camisa desabrochado. Pude observar que me miraba el cruce de piernas y que miraba mucho a Oscar cada vez que se dirigía  hablándome a mí. Bueno luego de tomar algo nos decidímos a irnos, ya que ella vivía cerca le dije que la llevábamos sin compromiso pensando que como no hablamos nada de encuentros no le había caído algo bien. Nosotros tenemos un auto tipo combi para transporte de gente, subimos los tres adelante yo me senté en el medio y ella del lado de la ventanilla, Oscar muy astuto determino ir a la casa de Ana por el camino más largo y más tranquilo, serian las 22 hs ya era bastante oscuro, en una curva mis piernas tocaron las piernas de Ana y ella muy sutilmente me arrimo su mano sobre mi muslo, diciéndome que lindas piernas tenés ¿haces deportes? No, le dije, solo camino y no corro mucho, sentia el calor de su palma en mi pierna, y la sensación era tal que sentia mi humedad surgir de entre mis piernas. Oscar nos dijo porque no se pasan atrás y estan mas comodas, nos miramos y aceptamos el paro la combi y nos pasamos a los asientos de atrás, ya él  sabia que iba a ocurrir, se le notaba la cara sonriente. Ana se animó y comenzó a tocarme las piernas más fuerte, yo hice lo mismo pero me dediqué mas a tocar su pezones principalmente el  izquierdo el cual estaba durísimo, sentía su mano subir por entre mis piernas y llegar a mi clítoris, ya estaba muy mojada, excitándome a cada segundo, intercambiamos un beso en la mejilla y luego otro en el cuello, ella determino que ya era hora y apoyó muy suavemente sus labios en los míos quedándonos varios minutos saboreando nuestras lenguas y abrazándonos apasionadamente. Oscar paro la combi al costado del camino apagó las luces y se pasó al mismo asiento donde estábamos nosotras, acomodó algunos asientos para tratar de hacer un tipo sillón en el cual me acosté, Ana no dejaba de besarme, levantando mi remera y desabrochando mi sostén, se dedicó a besar mis pezones mientras me iba sacando mi tanga, a la vez Oscar le desabrochaba su jean y también su camisa, ya él se había sacado su ropa quedándose solamente con el bóxer en el cual se podía divisar su miembro erecto listo para satisfacerme. Ana bajaba cada vez mas llegando con su lengua a mi clítoris e introduciéndomela en mi conchita, jugaba con sus dedos mientras yo saboreaba el miembro de Oscar, nos estábamos regocijando los tres, Ana sacó su cabeza de entre las piernas y se recostó en el asiento de al lado mío, dejando sus piernas  abiertas para que yo me decidiera a hacer lo mismo que ella me hizo a mí, nunca había hecho algo así, pero mi excitación iba cada vez mas en aumento, Oscar me dijo solo apóyale tu cara en la pelvis mientras yo te penetro, me acomodé, Oscar se apoyó en mi penetrándome totalmente y yo en la pelvis de Ana, era una sensación enorme ella me acariciaba mis pelos y yo introducía dos dedos en su concha mientras que Oscar me hacia tener un orgasmo sensacional, tal era mi excitación que bajé la cabeza apoye mi lengua en el clítoris de Ana y más luego toda mi trompa en su concha hasta llegue a besarle el orto, ella se empezó a mover muy bien hasta llegar al orgasmo justo cuando Oscar estaba acabando dentro de mí, y yo también acababa con él, Los suspiros de Ana eran eternos, el néctar que desprendía mojaba  mi lengua, era sabroso y sentir la leche de Oscar caer entre mis piernas no tenia palabras para decir, Oscar se  separó y todavía tenia su miembro parado (el siempre se echa mínimo 2 polvos seguiditos) así que le dije a Ana si me ayudaba a besárselo cosa que aceptó y entre las dos besamos ese miembro y la colita de Oscar en la que ya yo tenia puesto un dedito así lo excitaba mas, cuando él comenzó a darse cuenta que acababa nos hizo poner la boca juntitas y nos lleno de leche la boca y la cara, para mas luego Ana y yo nos dimos un beso saboreando ese semen.

Terminamos vistiéndonos Oscar paso al asiento del conductor prendió la combi y llevamos a Ana hasta la casa, nos quería invitar con un café pero decidimos que no, que lo preferíamos tomar otro día con mas tiempo. Así que quedamos para vernos y compartir también al marido de Ana (hasta ese instante para mí era soltera), pero esa es otra historia que otro día les contaré.

Si alguien nos quiere escribir proponiéndonos algo parecido prometemos contestar los mail.
alegrias@ciudad.com.ar

Entre a la biblioteca

Entré a la biblioteca, esperando encontrar algunos textos filosóficos sobre la presencia del bien y el mal, tratando de entender la existencia mezquina que hay en mí de tener placer en todo momento…

Comencé a leer… “Sartre inicia su ontología con una recomposición fenomenológica: Ser consciente es ser consciente de algo; la conciencia no tiene que ser consciente de su ser consciente de algo que la llevaría a un infinito, sino que siempre está presente a algo que no es ella y de esa manera es presente a sí misma, aunque siempre en la forma de no ser algo.”

En ese momento escuché un susurro con el timbre de tu voz gire para encontrarme con una pareja en un cuadro sugerente leyendo detrás de un gran libro que cubría parte de sus rostros, quise concentrarme en mi lectura pero no lo logré, se acercaban las 2 de la tarde, hora en que cierran la biblioteca para tomar un descanso, la pareja se levantó y fue a colocar el libro a un estante alto yo los seguí con la mirada, caminé lentamente al estante de al lado cuando escuché que cerraron la puerta y todo quedó en penumbras…

Observé cómo él acariciaba a la chica deslizando suavemente sus dedos sobre la pequeña blusa ceñida a su delgado cuerpo, ella entre cerró los ojos, él besó su cuello por detrás de ella y pude ver como sus pezones se endurecieron y él los apretó firmemente, comenzaron a besarse con pasión, él pegaba su cuerpo a ella, mientras sus dedos se enredaban en su largo cabello negro deslizando su otra mano por detrás de su falda que levantó suavemente y acarició sus piernas, ella lo disfrutaba, y yo lo disfrutaba igual viendo como tus manos, esas manos que me han tocado a mi, la tocaban a ella acariciando cada centímetro de su piel.

Eras tú con ese brillo en tus ojos cuando te entregas al placer, no me has visto aún, pero escuchas una respiración agitada a la distancia, te confundes pues no sabes si es ella o en tu imaginación están plasmados los momentos de cuando me entrego a ti, y eso te excita mucho más, sientes como en las venas corre la sangre y calienta tu cuerpo, él quiere penetrarla ya, pero espera paciente a que ella prepare su cuerpo fluyendo al ritmo de él para darse placer el uno al otro.

Mi sangre también se agita en mí ser, comienzo a tocarme imaginando que eres tú quien lo hace, ella es hermosa, su cuerpo esbelto produce excitación de solo mirarlo, su figura se adhiere a tus manos que la recorren completamente despojándola de su ropa.
No puedo más y me acerco un poco más, ella me mira y trata de cubrirse, yo tapo tu boca con un beso, después retiro sus manos de su cuerpo y vuelve a ella esa sensación de placer que hace un momento reinaba entre los dos, sus senos son perfectos y redondos, los acaricio suavemente mientras nos besamos, tu nos miras desabrochando tu camisa y luego la mía nuestros senos se encuentran mientras yo la toco suavemente, deslizándome sobre su vientre pruebo su sabor, no retiras tu mirada de nosotros y estas a punto de estallar, yo la llevo hacia una mesa en la que tiramos una pila de libros y tu detrás de mí acaricias mi espalda y me descubres toda.

Las dos bajamos hacia tu pene y te damos placer oral, tu acaricias nuestros senos que rozan tus piernas, entregándote totalmente a nuestros deseos, nosotras estamos a tus pies, eso te excita cada vez más, mueres por penetrarme me volteas y lo haces salvajemente de una sola vez, mis jugos mojan tu pene erecto que fluye en mi vientre suave, provocando todo el placer en mí. Ella nos mira tocándose besa mis labios y mis senos yo acaricio los suyos, luego detrás de ti resbala sus senos mojados de mi saliva y tu sudor, agitada acaricia tu pecho tu volteas y la penetras acostándola en la mesa tu enorme pene no deja de entrar y salir de ella hasta que le causas un orgasmo, enseguida vuelves a mi que sigo besando sus senos y acariciando su piel mojada entonces me penetras hasta que los dos alcanzamos el orgasmo regando en nuestros senos tu semen que escurre hasta mi vientre en espasmo…

LILITH

La dieta / Parte 2

Bueno como siempre pasa cuando las cosas van para mejor, siempre algo las estropea o si lo vemos con otra cara las mejora aun más a la larga.
Pues así fue, un día sin darme cuenta al ir a la oficina de mi mujer, la que me esperaba en la puerta del edificio, a la vista ambos nos saludamos y sin mediar aviso, Francisca saltó encima de mí, me abrazó y me dio un gran beso, por su puesto mi señora nos vio y apresuradamente vino a mi encuentro con una cara que ni se las cuento, venia toda la artillería apuntando, con bandera roja pero roja y a punto de disparar todo arsenal nuclear que tenia el mundo, mi mujer es celosísima a rabiar, antes de que pudiese sacarme a Francisca de encima y avisarle, mi señora ya esta al lado nuestro, por suerte Francisca se dio cuenta y tomo la palabra diciendo que era un gusto de verme, que hacia años que no me veía, que su familia se acordaban siempre. Sin perder tiempo le presenté a mi señora y después de un rato y muchísimas disculpas mi señora se calmó, lo que nos permitió conversar con tranquilidad y apagar las cosas. Por supuesto después en casa, la cosa retoma vuelo, lo que terminó en pelea y nada de nada.

Al día siguiente mi mujer de celos fue a ver a Francisca al Café y decirle las mil cosas que pensaba, yo sin saber nada. Mi mayor sorpresa fue cuando al pasar a buscar a Francisca esta ya se había ido, la llamé al celular y estaba apagados, así que me fui a casa. Mayor sorpresa, estaban ambas conversando como si fuesen amigas de años, y mi hijo jugaba con su hija feliz (principio de caos). Por supuesto esto se produjo reiteradas veces e incluso muchos fines de semana salíamos fuera de la ciudad todos juntos y nos alojábamos también juntos.

Bueno en una de estas salidas, todo se solucionó, el sol brillo, la familia creció, y lo mejor fue que a mi mujer subió de cargo y se estabilizó mejorando sueldo y proyecciones, a mí también, ahora soy gerente de un área de la empresa, Francisca, ingresó a mi empresa y trabaja conmigo, bajo mi supervisión.

De los cafés, ahora somos dueños de 2 de ellos, los que agrandamos, nuestros hijos van juntos al colegio, nos cambiamos del departamento a una casa de sobre 180 mt2 para dar cabida a todos con un patio de miedo, tenemos toda una manzana. Y por su puesto el sexo también, ahora todo es perfecto.
En una de estas salidas a la playa, ya de noche, yo con mi señora empezamos a tener sexo y ….

de repente mis piernas tocaron las piernas de Francisca que muy sutilmente había ingresado a la habitación y se había arrimado a nuestro lado sin darnos cuenta, su mano sobre mi muslo y los de mi mujer que seguía encima de mí más entusiasmada que antes, sentía el calor de su palma en mi pierna, y la sensación era tal que entre pánico y calentura termine explotando dentro de mi señora violentamente ambos a la vez. Todos nos vimos con cara sonriente.

Francisca se animó y comenzó a tocarme las piernas más fuerte, yo hice lo mismo pero me dediqué mas a tocar sus pezones principalmente el izquierdo el cual estaba durísimo, sentía su mano subir por entre mis piernas hasta llegar a mis testículos, muy mojados, excitándome a cada segundo, intercambiamos un beso profundo con nuestras lenguas, mi señora reclamó diciendo y a mi cuando, Francisca dejó de besarme abruptamente para besar a mi señora y se dedicó a acariciar los pezones de mi mujer mientras se iba sacando su babydoll, mientras tanto mi mujer comenzaba nuevamente a moverse encima de mí y a jadear hasta explotar su jugos encima de mí, después recostándose a mi lado, sin perder tiempo ni separándose Francisca pegada a ella empezó a bajar rápidamente hasta abajo, empezando a chupar su sexo y succionar sus jugos intensamente, lo que provocó una nueva explosión ahora más intensa con casi gritos de placer. Cuando me intento dar vuelta para apreciar todo, Francisca y mi señora al unísono me tomaron mi pene y se abalanzaron sobre él, primero a besarlo, luego a chuparlo y entre ambas me profesaron el mejor mamón en mucho tiempo al cual acababa en sus bocas las cuales peleaban por tomar todos mis jugos, dejándome mi pene limpio y reluciente, no sin antes tragarse hasta la última gota, saltaron en risas, me abrasaron, se abrasaban, se besaban, me besaban como si esto pareciera un juego de niños chicos. Ahora comenzábamos de nuevo pero los favores eran para Francisca. Mi mujer empezó a besar y acariciar a Francisca bajando cada vez mas llegando con su lengua a su clítoris e introduciéndomela en su conchita rosada, jugaba con sus dedos mientras yo le entregaba mi miembro a Francisca preparándoselo, nos estábamos regocijando los tres, mi señora sacó su cabeza de entre las piernas y se recostó al lado mío, dejando sus piernas abiertas para que yo me decidiera a hacer lo que ella mas quería, nunca había hecho algo así, pero mi excitación iba cada vez mas en aumento, le dije a Francisca solo apóyale tu cara en la pelvis mientras yo te penetro, me acomodé, empezando a penetrándole totalmente, era una sensación enorme ella me acariciaba mis pelos y yo introducía mi pene en su concha mientras que mi señora comenzaba a acariciar los senos de Francisca, en instantes teníamos un orgasmo sensacional, tal era mi excitación que bajé la cabeza apoye mi lengua en su boca y comencé a bajar hasta llegar a su clítoris recibiendo todos sus jugos y más luego toda mi trompa en su concha hasta llegue a besarle el orto, ella se empezó a mover muy bien hasta llegar al orgasmo justo cuando yo estaba acabando dentro de la boca de mi mujer. Los suspiros de Francisca eran eternos, el néctar que desprendía mojaba mi lengua, era sabroso y al sentir mi leche en la boca de mi señora me di vuelta y nos dimos un beso saboreando este semen.

Así seguimos intercambiándonos hasta el amanecer, sin darnos cuenta. Ya exaustos y con un poco de frío nos introducimos a la cama, abrigándonos, no habrían pasado 30 minutos cuando de bruces fuimos despertados por nuestros hijos que saltaban felices en nuestra cama y que deseaban salir a jugar.
Por supuesto el resto de la historia ya lo saben, llevamos tres años felices juntos, amamos a nuestros hijos y a nosostros, no podemos estar sin los otros.
De la dieta, esta fue lo mejor de todo el mundo, no ha fallado en nada, en tres años mi señora y yo volvimos a nuestro peso ideal, vamos al gimnasio de 4 perillas todos los días, nuestra glicemia y colesterol están mejor que nunca, ahora los tres tomamos PPG y comemos carne todos los días, salvo por ciertos días que al cabo del tiempo comienzan y terminan los mismos días entre ambas.

sexyhistorias@chile.com

Cama de rosas

Mi nombre es Ariadna y voy a relatar algo que me sucedió con mi pareja. Tengo 32 años, piel morena, ojos marrones, delgada y felizmente casada.

Nunca me llamó la atención grabar mis relaciones sexuales con una filmadora de video. A Aroldo mi marido se le ocurrió hacer esa idea, primero me la planteó y luego lo hicimos sin antes incluir a una amiga en el juego. Como yo llegaba temprano a casa, decidí sacar la filmadora y ponerla en un sitio para que me grabara bailando, empecé a bailar de manera sensual y a medida que lo iba ahciendo, me iba quitando la ropa hasta que sin percatarme, llegó mi amiga Mariela, ella se sentó a verme mientras lo hacía, tomó la filamdora y comenzó a filmarme bailando, después de que terminamos, al sentir el carro de Aroldo dejamos la filmadora en la mesa y fuimos las dos al baño. Dejamos la puerta entreabierta y vimos que Aroldo estaba viendo el espectáculo de baile que yo y Mariela después habíamos grabado. Se percató de que los estábamos viendo y abrió la puerta del baño para grabarnos a las dos. Mariela empezó por chuparme los senos, acariciar con su boca todo mi cuerpo mientras Aroldo grababa esto. Yo le quité el sujetador a Mariela y empecé a saborearla completa, empecé por los senos voluptuosos hasta llegar a su mojada chochita para lamer su clítoris, ella empezó a gemir y a acariciarme el cabello, Aroldo dejó grabando la filmadora en el tocador y empezó por chuparme la cosita que estaba en carne viva yo aumenté el ritmo y Mariela tuvo un orgasmo, luego Aroldo me penetró suavemente mientras Mariela tomaba la filmadora y grababa aquel espectáculo excitante, Aroldo se acostó y yo me puse a horcajadas dándole la espalda mientras veía a Mariela grabarlo todo, me excitó tanto que tuve un orgasmo placentero. Luego me tocó el turno de grabarlo todo, Mariela entró dentro de Aroldo y empezó a moverse pausadamente al principio para luego aumentar el ritmo y luego de que Aroldo le sobara los senos tuvo un orgasmo que la hizo gritar dentro de mi boca porque yo la besé de inmediato. Era una noche calurosa cuando esto hace ya dos meses, después de esto, Aroldo lo sugirió de nuevo que lo hiciéramos pero no se nos volvió a presentar a oportunidad.

Para cualquier comentario constructivo escríbanme a hera1984_8@hotmail.com.

Mi amigo Carlos

Eran las nueve de la mañana del domingo cuando sonó el telefóno y yo me había acostado a las seis de la mañana, después de pasar la noche en un par de discotecas y sin haberme podido llevar nada más a la cama que un buen calentón. La noche anterior había conocido a una tía imponente, morena,
alta, con un cuerpo de cine y unas tetas cálidas. Estuvimos bailando bastante tiempo juntos hasta que terminamos por besarnos.

Nos perdimos en un rincón de la discoteca y nos dimos un buen lote, pero una amiga suya vino a buscarla y me dejó con el mástil tieso y sin consuelo. Cuando volví a casa me dí una larga ducha y me masturbé derrotado, pensando si la volvería a ver. Ni siquiera me dio su número de teléfono, se limitó a coger el mío y a despedirse con un beso lanzado con la mano. Quizá fuera ella…

– Diga?
– Hola Roberto, soy Carlos. Tengo que hablar contigo.
– Ya lo estás haciendo.
– No, por teléfono no. Ven a mi casa. -Parecía muy preocupado-.
– Pero se puede saber qué ocurre? -No me apetecía dejar de dormir, necesitaba varias horas más-. No puedes esperar hasta que me levante como una persona normal y coma?
– Está bien, te espero a la hora del café. Pero no me falles, estoy muy preocupado.

“Mierda” pensé. Carlos era un buen tipo, nos habíamos conocido en el instituto y nunca me había fallado, pero cuando tenía algún problema sólo existía en el mundo. Normalmente no eran cosas graves. Seguramente había peleado con su novia y necesitaba consejo. Tal vez le había puesto los
cuernos con otra y se había enterado, Carlos era un tipo muy sexual y siempre andaba con aventuras.

Ligaba en cualquier esquina, con su 1,80 de estatura, su pelo negro, sus ojos azules y su cuerpo trabajado. A mí me molestaba salir con él porque me volvía invisible. Yo soy un tipo con muchos encantos, muy bien dotado, pero mido diez centímetros menos que él, soy menos simpático y no gano tanto como para permitirme ir a la última moda.

En fin, cualquiera sabía qué es lo que le pasaba, pero me fastidiaba que fuera tan ansioso.

Continué durmiendo hasta el mediodía. Me duché y pensando en la chica de la noche anterior me puse de nuevo como una moto. Pero no tenía tiempo para placeres solitarios. Tenía que comer algo rápido e ir a casa de Carlos.

Cuando llegué me estaba esperando impaciente. Me sirvió un café y me hizo sentarme en el sofá. Tenía que contarme algo muy importante.

El sábado había ido al cine con su novia, Sara, a ver una película pornográfica a una sala X. Carlos al principio se resistió, porque le parecía absurdo, pero Sara le insistió en que le daba mucho morbo ir a un cine porno con él y que se excitara con la película y que se lo hicieran en el cine. A Carlos terminó por excitarle la idea y allá fueron.

Subieron al piso superior y se sentaron en la última fila. En la misma fila había dos hombres más, casi en los extremos y ellos se pusieron enmedio. La película estaba empezada y entraron en el momento en que un repartidor de pizzas, joven, cachas y con un gran rabo le estaba comiendo las tetas a una rubia ama de casa.

Carlos no tardó en ponerse cachondo a la vista de tamañas redondeces y le puso la mano en la rodilla a Sara, que iba sin medias y con una minifalda. Se dió cuenta que el tío que estaba a su derecha se estaba venga magrear el paquete y un par de filas más adelante otro se estaba masturbando.

Carlos, que ya estaba cachondo con la película, se excitó todavía más pensando que si se ponían así con una película, se iban a volver locos si Sara y él follaban en el cine.

Yo me estaba empezando a imaginar que la cosa terminaría en comisaría.

Carlos empezó a besar a Sara y a magrearle las tetas. Notó cómo los tíos del cine empezaban a mirar. Aquelló lo excitó aún más. Sara se abría de piernas para dejar que las manos de Carlos la acariciaran, pero no se movía, sólo gozaba.

La polla me había crecido dentro del pantalón, se me había puesto dura y me molestaba, así que no disimulé y me la coloqué en una postura cómoda. No pude evitar mirar la entrepierna de Carlos y ví que su polla también se había puesto tiesa. “Es que con esta historia…” me disculpé.

Carlos le abró la blusa a Sara, que no llevaba sujetador y empezó a chuparle las tetas. Sara dejó escapar unos suaves gemidos. Carlos vió que el tío que estaba a la izquierda de Sara se levantó y se sentó a un par de asientos. Carlos se detuvo, miro a Sara, pero esta le indicó que continuara.

Carlos continuó acariciándole las tetas con los labios y la lengua y bajó hasta el ombligo. Le levantó la falda y bajó su mano hasta el coño de Sara. Estaba muy húmedo. El pantalón de Carlos estaba a punto de reventar, así que se desabrochó los botones de la bragueta pero sin bajárselo. Luego se agachó entre las piernas de Sara y llevó su boca hasta su húmedo coño. Sara se dejó hacer y levantó las piernas. Al contacto de la lengua con los labios de su coño, los gemidos de Sara subieron de tono.

Carlos estaba de rodillas en el suelo y se bajó los pantalones y los calzoncillos para poder masturbarse. A esas alturas, el hombre de su derecha, un tío de unos 40 años, se había acercado un poco más y estaba de pie, con los pantalones bajados masturbándose. Algunos otros se habían acercado a la fila de delante.

Imaginarme la escena me estaba poniendo a mil. Carlos también estaba muy excitado y mientras me lo contaba se llevaba la mano al paquete de vez en cuando para colocarse la polla.

Carlos siguió con la lamida de coño, hasta que arrancó a Sara un sonoro orgasmo.

Carlos volvió a sentarse en su asiento con la polla completamente tiesa. En la fila de delante había cuatro hombres, alguno más madurito, con la polla fuera masturbándose.

Carlos cogió a Sara y la hizo sentarse encima de su instrumento y lo empezó a cabalgar. La escena era fantástica. El joven de la izquierda tenía los pantalones por los tobillos y un pollón considerable que se estaba meneando sin piedad. Sara le hizo un gesto con la lengua, como para comérselo, pero el chico ni se movió. Un par de segundos más tarde se corrió abundantemente sin haberse movido del asiento.

El otro tío seguía de pie meneándosela y se acercó algo más. Sara quería meterse una polla en la boca y así se lo dijo “vamos dámela”. El tío no se movió, seguramente no se atrevía por Carlos. Carlos le hizo un gesto con la mano para que se acercase. Aquella situación le estaba dando tanto morbo que no le importaba que a su novia se la follaran todos los del cine. El tío se acercó hasta ellos.

Sara se metió la polla en la boca y la empezó a chupar como si fuera un polo. El tío empezó a gemir. Sara se movía como una leona. El tío le estaba tocando el culo. Poco a poco le introdujo un dedo en el ano, primero el dedo corazón y luego el pulgar. Con los otros dedos, el tío empezó a acariciarle los cojones a Carlos. Carlos estaba a punto de correrse, pero aguantó bajando el ritmo. Las cosquillas del tío le estaban dando tanto gusto que para mostrarle su agradecimiento le alcanzó con su mano derecha y tras acariciarle la pierna también el le empezó a acariciar los huevos.

Sara gemía de placer y el tío anunció que se iba a correr. Carlos dejó de masajearle los cojones y le agarró la polla. El mismo estaba sorprendido pero aquello le estaba excitando sobremanera. Estaba fuera de sí. La leche caliente cayendo sobre su pecho y su cara le llevó casi al paroxismo.

El tío se sacudió la polla y se retiró. Dos de los tíos que estaban en la fila de delante se movieron y se aproximarón hasta ellos, los dos con la polla fuera, completamente tiesa. Ambos empezaron a magrear el culos de Sara. Esta se metió la polla de uno de ellos en la boca y volvió a succiónar. Estaba como loca.

El otro se estaba masturbando delante de la cara de Carlos. Carlos le cogió la verga y se la empezó a menear, hasta que se la llevó a la boca. Nunca había chupado la polla a un tío pero aquello le estaba dando un morbo extraordinario. Al cabo de muy poco tiempo, el tío saco su rabo de la boca de Carlos y desparramó su leche caliente sobre ellos, al mismo tiempo que el del otro lado. Carlos ya no pudo más y con un bramido arrancado por el orgasmo descargó toda su leche dentro de Sara.

Había sido una follada fuera de serie, pero estaba preocupado: “¿es que soy un degenerado?” me dijo.

Yo no sabía qué decir. La historia me había puesto a mil, imaginándome a Carlos cabalgado por Silvia, con todo el cine corriéndose a su salud. Mucho mejor que una peli porno. Era porno en directo. Me había puesto tan cachondo que no me importaba que Carlos me hiciese una mamada si quería.

– No lo sé -le dije-, pero yo me he puesto tan cachondo que necesito correrme, así que si quieres me la puedes chupar a mi también si quieres.
Antes de que contestara, me había bajado los pantalones y mi polla de 20 cm. estaba apuntando al cielo. Carlos se levantó despació, se bajó los pantalones y me la chupó mientras se masturbaba hasta que nos corrimos los dos.

ROBERTO

Noche muy caliente en Cancún

Hay algunos momentos que quedan grabados en la mente. Uno de ellos fue el viaje que hice a Cancún con Leticia que era mi enamorada hace ya 2 años. Con los recuerdos de hoy voy a tratar de explicarles esa noche candente que tuvimos.

Leticia era una chica muy guapa, tenía 28 años, medía mas de 1m70, con unas bonitas piernas que a ella la gustaba mostrar con sus minifaldas que siempre llevaba y que dejaban a mas de uno con la boca mas que abierta. Sus senos no eran tan grandes pero también ellos estaban puestos en la mira y con sus pelos largos que cubrían parte de ellos hacían de Leticia una mujer muy sexy. Ella lo sabía y sabia así moverse de una manera muy particular que gustaba a cualquier hombre que quisiera buscar un momento de lujuria visual.

Para mi, podía mas que verla sino aprovechaba siempre en cualquier lugar acariciar sus piernas para subir lentamente bajo su falda (elle siempre consentía abriéndose) y pasar mi mano y llegar a tocar su vulva, acariciarla lentamente hasta poner un dedo, dos y en momentos muy acalorados empujar toda mi mano dentro de ella. Estos momentos se repetían siempre con nuestro más gran gusto en los ascensores, en el cine, en los restaurantes y cuantas veces en mi auto en el centro de la ciudad rodeados de muchos autos y personas. Me olvidaba decirle que a Leticia le gustaba mucho que la vean haciendo cosas “indebidas”, tanto que a mi a veces me daba cierto temor ya que ella, después de estos preludios con mi(s) manos, estaba tan caliente que se olvidaba de todo a su alrededor. No tenia ningún reparo en abrirme el cierre de mi pantalón y coger mi pene en su boca, cuando yo manejaba y que los hombres, viendo muy bien lo que pasaba, alrededor de mi auto, me saludaba haciendo signos de victoria o las mujeres en los semáforos que miraban haciéndose las que no habían visto nada… Les puedo decir que estos momentos eran inolvidables, sabia chuparme el pene de una forma mas allá del éxtasis. De ahí quizás me vino las ganas de lo que debía contarles sobre mi viaje a Cancún: Sabía chuparmela pero quería saber si sabía también chuparselas a otros hombres.

Llegamos a Cancún en un hotel con el sistema de todo pagado, es decir que teníamos bebidas (con mucho alcohol) gratis durante todo el día y sabíamos aprovecharlas.

Nuestro primer día fue muy “cordial”, nos tiramos en la playa, repletos de piñas coladas y nos dábamos besos apasoneados en el mar. En la noche después de la cena en este bonito hotel, nos fuimos a la cama y tuvimos mucho sexo, empezando en la cama, siguiendo en el balcón y terminamos con la puerta abierta de la habitación, yo encima de ella en posición de perito, estando excitados por el posible vecino que podría pasar por ahí, No vimos a nadie, eso creemos…

La noche siguiente tenia que ser más candente, y sin decírnoslo, estábamos dispuestos a darlo todo. Fuimos después de los tantos tragos a la discoteca. Era un lugar pequeño, con mucha bulla repleto de gente de todos los países.

Un poco titubeando empezamos a bailar. Leticia llevaba una minifalda amplia, que cuando se movía dejaba a todos con las ganas de saber que mas había por ahí debajo. Rápidamente me pude dar cuenta que ella no llevaba nada por debajo lo que me calentó para pasar de vez en cuando mi mano bajo su falda y acariciar su trasero (también le gustaba que mi mano entre por ahí). Estaba yo muy excitado como ella, no podía esperar mas bailando, así que la jale a un sillón un poco alejado de la gente y le di mi pene. Supo muy bien que hacer con el, primero me lo lameo suavemente y mas y mas deprisa y después se cierto tiempo paso sentada encima mío, yo no podía mas y la penetre, tratábamos de escondernos con su falda pero había mucha gente que ya se había dado cuenta de lo que hacíamos. Aunque en Cancún muchas cosas se pueden hacer, tuve que parar esto y decirle que se calme. Parece que ella quería mas ahí mismo por lo que se disgusto, jalo su falda y se fue al bar que estaba a pocos metros de nosotros.

Yo podía ver de ahí que conversaba con el barman, haciendo poses, sonrisas muy directas que al principio no me disgustaban, por lo que fui a sentarme con ella en la misma barra. Conversamos los tres de una manera muy simpática y empecé a pensar que Leticia quería algo o alguien más que yo para esta noche. Esta idea me pareció que podía darnos un placer diferente y deje a Leticia libre a sus deseos. Estuvimos cerca de 2 horas en el bar conversando, siempre yo al lado de ella tocándola por debajo de su falda y ella siguiendo hablando con pequeños cortes de sonrisas que tenían que ver con la profundidad de mi mano dentro de ella. El barman parecía todavía muy tímido y es lo que nos gustaba. Le pregunte lo que hacia después de cerrar la discoteca y me dijo que estaba libre para ir a otros sitios por Cancún.

Nunca habíamos tenido sexo con otra persona pero los dos lo deseábamos sin decírnoslo. Juan, el barman, no era nada guapo, era chico un poco barrigón pero nos caía muy bien. Fuimos, con Juan a la salida de la discoteca a pasear por la vereda a lo largo de la playa. Eran ya las 4 de la mañana y no había nadie por ahí. Me senté en unos de los bancos que estaban frente al mar y jale Leticia contra mi dejando espacio para Juan que se sentó al momento junto a nosotros.

Leticia había tomado mucho como yo y estaba completamente desinhibida. Esa noche se le podía hacer todo lo que uno quisiera. Empezamos a besarnos, a lamernos la lengua, la cara, el cuello. Tenía una camisa con tres botones abiertos que permitía a mi mano pasar y sacarle el sostén para tocar sus tetas. Tenia los pezones muy duros y cada vez que los tocaba Leticia con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás hacia un largo suspiro que me excitaba mas y mas. Olvidando la presencia de Juan, empecé al succonear sus tetas con mi lengua dejándola a mitad desnuda. Sentada, una de mis manos paso por debajo de ella dentro de su falda, mi dedo daba vueltas alrededor de su ano, ella se levantaba un poco para dejarme poder introducir poco a poco un dedo.

Con mi otra mano pase debajo de su falda por delante para introducir mi pulgar dentro de su vagina mojada y caliente. Así con mis dos manos la tenia rodeada, introduciendo mis dedos mientras que ella gritaba de placer. En uno de estos momentos, vi a Juan que estaba ahí al lado, mirándonos tímidamente.

En ese instante tome la cabeza la mano de Leticia y la puse encima del pantalón de Juan ahí donde ustedes se imaginan.Para empezar tuve que mover la mano de Leticia que estaba solamente pensando en su placer personal.

Juan, con lo que estaba pasando se calentó y abrió el cierre de su pantalón y tomo la mano de Leticia para que ella tome su pene que estaba ya listo para todo… Leticia rápidamente entendió, y de arriba hacia abajo con movimientos muy fuertes le daba todo el placer a Juan. Para seguir más allá, voltee a Leticia para que se encuentre de rodillas encima del banco y le empuje la cara encima del pene de Juan. Ella estuvo completamente de acuerdo, lo tomo en su boca y lo lamió hasta el fondo de su garganta. El cuerpo de Leticia estaba ardiendo. Se movió, jalando su falda hacia atrás para que su culo se quede bien visible delante de mí mientras que seguía con su boca dándole todo a Juan.

Yo ya estaba listo para penetrarla. Empuje mi pene dentro de su vagina caliente y seguimos un buen rato así. Juan sentado con su pene en la boca de Leticia y yo con mi pene que iba y venia por detrás de Leticia. Ella gritaba “Mas, Mas” …“Tómame mi culo”…“soy para ustedes dos”…“Soy una puta que le gusta que se la metan”.

Estaba y estábamos totalmente descontrolados. Para tratar de darle aun mas placer, quería que este llena por todos lados por lo que introduje mi dedo dentro de su culo. Ella se abrió más para facilitarme esto, lo que me permito poco a poco llegar a introducirle tres dedos dentro de su culo mientras seguía metiéndole mi pene en la vagina. Juan al poco rato no pudo más y exploto dentro de la boca de Leticia. Yo seguía dándole con más fuerza, jalándola de los pelos para que grite mas placer.

Juntos llegamos a sentir un momento fuerte para terminar yo encima de ella tirados sobre el banco. Juan había desaparecido.

Fue una noche en Cancún. Una de estas noches que no te olvidas…

Paul infidel_castro@hotmail.com

Orgía con mi compadre

Mi marido siempre me ha insistido en tener sexo con dos hombres al mismo tiempo, hemos tenido muchas fantasias pero llego el momento en que se presento la ocasion en una borrachera con mi compadre beto.

Nosottros somos una pareja que nos gusta la vida nocturna y no nos asustamos de nada, y en una parranda mi marido y mi compadre me sedujeron.
Mi compadre fue a visitarnos a la ciudad donde vivimos, y como festejo de su llegada mi marido compro cerveza y despues de estar tomando por un largo tiempo y como ya era tarde para mis hijos le hable a mi niñera y nos fuimos a un hotel para seguir la fiesta. Antes de salir mi marido me pidio llevar ropa sexy y yo lleve un vestido corto y unas medias con liguero y unas zapatillas.

Al llegar al hotel mi marido pago dos habitaciones una para mi compadre y otra para nosotros ya que nos instalamos mi compadre llego ha nuestra habitacion y pregunto que si ibamos ha continuar la fiesta a lo cual le contestamos que si y lo invitamos ha quedarse para entonces yo ya me habia puesto mi vestido y mi marido me dijo que me quitara la ropa interior.

Nos pusimos ha jugar baraja y empezamos ha castigar al perdedor con quitarse una prenda despues de un rato ya los tenia desnudos a los dos y con la verga bien parada y eso me empezo ha exitar a mi tambien.

Mi marido al ver que yo tambien estaba excitada empezo ha manosearme en frente de mi compadre yo podia ver como mi compadre me comia con la mirada mientras mi marido me metia mano y empezo ha masturbarse en frente de nosotros al mirarlo yo me calente mas y deje abrir mis piernas para dejarlo verme cosa que me gusto y me hizo tener un orgasmo inmediatamente.

Dejamos de jugar baraja y nos fuimos a la sala donde para entonces mi esposo le hizo señas ami compadre para que se uniera a nosotros.

A mi me agrado la idea porque se me antojaba su verga cuando se masturbaba y no desaprobeche la ocacion para sentirla los empezaron ha manosearme por todo el cuerpo y mi marido me dijo acuestate en la cama se colocaron uno ha cada lado mio [YO SIEMPRE HABIA FANTASIADO CON DOS VERGAS HA MI LADO] mi marido empezo ha lamer mi culo mientras mi compadre chupaba mi clitoris algo que me gusto mucho y lo distfrute mucho,les hize una puneta ha los dos juntos y mi compadre estaba tan exitado que termino luego. mientras mi marido me penetraba mi compadre empezo ha acariciarme los pechos y al verlo exitodo de nuevo no resisti la tentacion y me meti su pene ha la boca y se lo chupe hasta tragarmelo totalmente aunque mi compadre tiene la verga grande me la trague toda y lo hice terminar de nuevo.

En otro ocacion ya que teniamos mas confianza dejaba que me mirara mi compadre cuando me cambiaba de ropa y procuraba de acuerdo con mi marido provocarlo a lo cual el respondia inmediatamente porque mi comadre no le gusta el sexo con el .

Me excita que mi compadre mire cuando mi marido me penetra y ver que a el le crece la verga inmediatamente, me gusta verlos parados frente ha mi jalandose la verga los dos y ver como les escurre el semen me gusta sentirlos excitados, me gusta que me besen todo el cuerpo que no quede un lugar sin tocar me gusta ver como mi compadre se excita conmigo porque he visto que con mi comodre no logra que se le pare la verga, todavia no me animo ha que mi compadre me meta la verga pero yo creo que la proxoma ocacion voy ha dejar que me cojan los dos.

En la cima

Os voy a contar una historia que me paso el verano pasado. No tenía mucho dinero para marcharme de vacaciones porque la empresa en la que trabajo estaba pasando una mala racha y andaban algo retrasados con el pago de los sueldos. Un amigo me dio la idea y me fui de camping a un pueblecito de montaña no lejos de donde vivo. Allí podría pasar unos días tranquilo y disfrutar de la naturaleza haciendo algo de montaña. Pensé pasar allí dos semanas. Cogí mi coche, mi mochila y mi tienda de campaña y antes del mediodía estaba acampado preparando la comida.Los dos primeros días los pasé muy tranquilo, leyendo y paseando por los alrededores. Había llevado un par de novelas eróticas con lo que las siestas en la tienda de campaña me resultaron bastante placenteras.

Al tercer día una pareja llegó al camping y pusieron su tienda en la parcela contigua a la mía. Como confirmé después eran recién casados y esas eran sus primeras vacaciones después de la luna de miel. El era un tipo atlético y ella una rubia muy mona que se presentó con unos pantalones cortos que dejaban enseñar unas piernas muy sujerentes. Nos saludamos muy amablemente y después de montar la tienda se marcharon. Yo me quedé en el camping tomando el sol.

A la noche volvieron bastante tarde. Yo ya estaba dormido y me despertaron con la cremallera de la tienda. Debieron de estar cenando y bebiendo algo, porque no paraban con las risitas. Esperé un rato a que se hiciera silencio para poder dormir. Al día siguiente tenía previsto hacer una larga caminata y necesitaba descansar. Pero qué va. Las risitas continuaban, así que decidí salir de la tienda para fumar un cigarro.

El cielo estaba estrellado, anunciando un día siguiente estupendo. Los vecinos tenían la luz de la tienda encendída. Me alejé un poco y pasé con curiosidad por delante de la puerta de la tienda: la tenían abierta de par en par y estaban medio desnudos. Ella ya tenía las tetas al aire pero llevaba las bragas puestas; el también tenía puestos los calzoncillos. Se estaban besando apasionadamente. Yo apagué el cigarro y seguí mirando.

Después de un largo besuqueo, el chico la tumbo boca arriba y le empezó a mamar las tetas y luego todo el cuerpo hasta llegar al pubis. Luego le bajó las bragas y mientras le lamía el vientre con la lengua con una mano le acariciaba las piernas, cada vez más arriba. Ella no paraba de hacer risitas.

El chico fue acercando su boca hacia el pubis de ella, hasta, poco a poco meter toda la cabeza entre sus piernas. Las risita dieron paso a pequeños gemidos. Aquello me estaba poniendo a mil. Desde mi posición veía a la chica, acariciándose las tetas, completamente abierta de piernas y el tío de espaldas, con la cabeza lamiéndole el coño a su mujer.

El tío se quitó los calzoncillos y se empezó a masturbar mientras seguía mamando el coño. Ella cada vez gamía con más sentimiento y prontó alcanzó un orgasmo. Entonces se incorporaron los dos y se pusieron de perfil, de rodillas. La polla del marido se veía perfectamente erecta. Ella le empezó a hacer una mamada. Se la llevó a la boca y empezó a succionar lentamente mientras con las manos acariciaba el culo y los cojones de su marido.

Yo me había quitado el patalón corto que llevaba y me estaba masturbando placenteramente. El tío no quería correrse y saco la polla de la boca de su mujer y la volvió a tumbar, pero esa vez para metérsela por el coño. Desde donde yo estaba se podía ver el musculoso culo del tío subiendo y bajando. Era una escena muy sugerente. La tía volvía a gemir, era un polvo excelente. Al cabo de un rato el tío también empezó a gemir y se corrió. Yo derramé toda mi leche sobre la hierba y me aparté rápidamente del campo de visión.

A la mañana siguiente mientras estaba preparando mi café, la tienda de los vecinos se abrió y salio la mujer toda risueña. Llevaba el pelo revuelto y una camiseta larga, ajustada que dejaba adivinar unos pezones sabrosos y un culo sin bragas debajo. Nos dimos los buenos días y comenzamos a charlar. Nos presentamos (se llamaba Ana) y me preguntó si iba a hacer alguna excursión. Yo le dije cuáles eran mis planes y me dijo que tal vez ellos se animaran también a acercarse a la zona que le dije.

Después salió el marido (Angel) en calzoncillos, con una media erección que trató de disimular poniéndose una camiseta (son una pareja caliente, pensé). Mientras preparaban el café les ofrecí fruta y ellos me ofrecieron galletas. Después cogí mi mochila y me despedí. Cogí mi coche y recorrí pronto los diez km. que había desde el campìng al puerto de montaña desde donde partía mi caminata. Dejé el coche apartado de la carretera, al abrigo de unos árboles que le darían sombra durante la mañana.

Caminé unas tres horas hasta la cima. Me acomodé al abrigo del aire, en un rellanito de hierba que había tras una roca. Me desnudé para tomar un poco el sol. El calor y el recuerdo de la escena nocturna me volvieron a poner cachondo. Estaba sólo así que podía hacerme una paja lentamente, en plena naturaleza con las rapaces sobrevolando mis cabezas. Estoy bastante bien dotado (18 cm.) así que me entretuve con mi polla, subiendo y bajando lentamente mis dedos por el tronco, primero secos y después un poco mojados con saliva.

Pero no pude terminar la operación. Oí ruido, me incorporé y vi que eran Ana y Angel que llegaban a la cima. Rápidamente me incorporé y me puse el pantalón. No vieron mi erección pero si mi culo peludo.

“Hola!” Dijo Ana “¿Aprovechando para que el sol no te deje marca?”

“Sí, me gusta tomar el sol desnudo y el camping no es nudista así que aprovecho estos ratos”.

Me dijeron que, al final se habían animado a siguirme y que no se arrepentían porque el paisaje era precioso. Comimos algo. Angel comentó: “Parece que por aquí no viene mucha gente ¿no? Parece un sitio tranquilo.”

“Así es, las veces que he venido no me he coincidido con nadie. Es la primera vez que me encuentro con alguien en la cima”, respondí.
“Así podremos tomar el sol tranquilos” dijo Angel. Dicho y hecho se quitó el pantalón y el calzoncillo y se quedó desnudo. No tenía un pelo en el cuerpo. Le pregunté si se depilaba y me dijo que sí, que el vello le molestaba para hacer atletismo. El también estaba bastante bien dotado y me atrevería a decir que su polla no estaba del todo relajada. Se puso crema protectora en los brazos, las piernas y en los genitales y le pidió a Ana que le pusiera en el culo y en la espalda.

Luego Ana se quitó la camiseta y el sujetador y el pantalón corto que llevaba. Se quedó con una braguita y también se puso crema. “Vamos, puedes quitarte el pantalón tranquilamente, ahora que no hay nadie podemos tomar el sol desnudos.”Yo no me atrevía ni a moverme porque tenía una erección de caballo y me daba vergüenza, pero al final Ana insistió tanto que me quité el pantalón tumbado de espaldas a ellos y me tumbé boca abajo. Angél dio crema a su mujer y se ofreció a darme también a mí. Pensé que era mas prudente estar protegido y le dije que me diera. Tenía unas manos grandes y calientes. Me masajeó la espalda y luego los gluteos, lentamente. Luego se tumbó a mi lado boca arriba y Ana en el otro extremo.

Yo intenté relajarme para que se me pasara aquella erección y cerré los ojos. Pronto noté que a mi lado Angel se movía y se acercaba a Ana. Mire y vi que se estaban besando. Me seguí haciendo el dormido, pero no podía evitar abrir los ojos y mirar. Angel estaba completamente empalmado y Ana se había tumbado encima suyo.

“No te importa que nos besemos un poco, ¿verdad?” dijo Ana. “Estamos recien casados y nos encanta besarnos”.

“No, bueno”, balbucée. “Somos personas adultas así que tranquilos”

Se siguieron besando tórridamente. Ana se sentó a horcajadas sobre Angel y empezó a masajearle el torso, los pectorales, sentada con sus braguitas sobre la polla erecta de su marido. Angel le acariciaba el culo y terminó bajándole las bragas. El juego continuó con el coño húmedo de ella sobre el tizón ardiende de Angel. Ella empezó a hacer un movimiento de vaivén con sus caderas, hasta que, poco a poco, la polla de Angel se intrudujo en su vagina.
Estaba claro que aquello era más que unas simples caricias y que no podían pretender que yo me chupara el dedo.

“¿Puedo participar?”, pregunté.

“Por supuesto, como tú prefieras”, respondió Angel en un tono sugerente.

Me inporpore y me arrodillé al lado de Angel para lamerle las tetas a Ana. Aquel contacto me hizo temblar. Le acaricié el culo lentamente y le ofrecí darle crema. Ella asintió. Cogí el bote y puse bastante cantidad. A dos manos le masajeé bien el culo con la crema y le introduje lentamente un dedo. Ella gimió mientras movía el culo rítmicamente. Después le metí otro dedo y después otro, parecía acostumbrada a aquello.

Tomé posición a ambos lados de las piernas de Angel y le puse el glande en la entrada del ano, previamente untado con crema protectora. Empujé un poco y entró lenta pero suavemente. Sentir aquella estrechez resbaladiza y cálida abrazando mi polla estuvo a punto de hacerme correr. Angel y Ana se movían rítmicamente y yo tratataba de adaptarme a aquel ritmo con las manos apoyadas en el suelo. Angel me sujetaba las piernas y me las acariciaba.
Pero la postura no era muy cómoda para Ana y me pidió que me retirara. Luego se levantó, se puso de rodillas y le pidió a su marido que se la metiera en el coño por detras. Angel se incorporó y con las piernas flexionadas le introdujo todo el aparato en el coño. La escena era espectacular. Yo me agache ante ella y le metí en rabo en la boca para que me lo mamara.

“¿Por qué no me das crema en el culo?” pidió Anglel. Yo me quedé un poco sorprendido de que me pidiera aquello, pero asentí. Tenía un culo muy suave, sin pelo, como el de una mujer. Verle en aquel mete saca con los huevos bailando me hizo sentir ganas de penetrarle. Nunca había follado con un hombre pero me empezó a excitar la idea. Le dí mucha crema, con las dos manos. El gemía y movía el culo como ofreciéndomelo. Le metí un dedo con suavidad para ver lo que decía. Pareció gemir de placer, luego metí otro y otro. No protestó, también parecía acostumbrado.
“Vamos, metéme tu aparato por el culo”, instó.

No me lo pensé dos veces. Suavemente le ensarte mi aparato. Primero le cogí por las caderas y luego por los hombros. Al principio fui suave, pero el ritmo de Angel era cada vez más fuerte, así que aceleré. Ana chillaba como una loca:

“Sí, fóllatelo. Dale más fuerte para que me la meta hasta el fondo.”

Al cabo de unos minutos noté que el culo de Angel se contraía alrededor de mi polla y no pude resistir más. Me corrí mientras el se corría en el coño vibrante por el orgasmo de Ana.

Quedamos exhaustos. Después de descansar, volvimos tranquilamente para abajo. Esa noche no me quedé fuera mirando su tienda de campaña. Compartimos cena y lecho.

ROBERTO