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Cuando yo era chico muchas veces me iba a quedar unos días a la
quinta que mis abuelos tenían en las afueras de Montevideo en un
lugar cercano a Parada Nueva o Parada del Matrero, por allí pasaba
el tranvía que era el único medio de transporte más
cercano.
Eso sucedió antes de nacer yo por lo tanto ya no existía
ese transporte y había que ir en ómnibus bajarse en la Ruta
1 o Simón Martínez como se llamaba entonces y caminar más
de 20 cuadras asfaltadas y algunas más de pedregullo.
Mi abuela viuda, vivía con sus hijos, uno casado y con varios nietos,
pero lo que me interesa tratar acá es a Doña Toribia.
La esposa de mi tío era muy adicta, como toda mujer de campo a
las curanderas, por cualquier dolorcito iba a hacerle una visita a Doña
Toribia.
Una tarde en la que yo estaba allí, mi tía dijo que se sentía
mal, con dolor de cabeza y flojedad por eso dijo que se iba a santiguar.
Yo tendría unos 16 o 17 años y tenía curiosidad en
conocer a una curandera, saber como era y que hacía.
Le pedí a mi tía si podía ir con ella, aceptó
y nos fuimos.
Pero antes agarró una canasta la llenó con huevos, frutas
y verduras, porque como Doña Toribia no cobraba por sus santiguados
los vecinos le llevaban comida y otras cosas.
Para ir a la casa de Doña Toribia había que cruzar varios
campos, primero cruzamos un alambrado y pasamos al campo de un vasco que
tenía un hijo llamado Enrique que en otra oportunidad hablaré
de él, luego de cruzar ese campo con ciruelos, durazneros y otros
frutales que era de lo que se ocupaba esa gente, pasamos otro alambrado
y nos encontramos con un bosque de eucaliptus silvestres, porque nadie
se ocupaba de ellos, seguimos por ese campo hasta que mi tía dijo:
-Este es el último alambrado que tenemos que cruzar...
Lo pasamos y vimos un arroyo o cañada, lo bordeamos hasta que
encontramos unas tablas que servían de puente, lo cruzamos y seguimos
por el otro lado del arroyo hasta un rancho hecho de terrones y techo
de paja.
Mi tía golpeó las manos y se asomó una viejita de
edad indefinida, podía tener 60, 70 o 100 años, era menudita,
con el pelo gris atado en un moño sobre la nuca, arrugas sobre
las arrugas como dice Landriscina, los ojos metidos para adentro, los
labios morados muy finitos, la piel curtida por el sol del campo, las
manos cuarteadas por su trabajo en la tierra, en fin la pobre mujer era
una calamidad.
-¿Qué te trae por acá?
Mi tía me presentó y le contó los dolores que tenía.
-No te preocupes m'hija, será la paletilla káida como la
otra vez... pasá que enseguida te la curo.
Varias veces había oído esa "enfermedad" de la
paletilla caída, pero esta señora lo pronunciaba diferente
"káida" acentuando la a y usando una especie de k al
principio de la palabra.
Entramos a su choza, bastante oscura porque no tenía luz eléctrica,
yo me quedé esperando en el comedor y mi tía pasó
a otra habitación.
Al rato salió mi tía, dijo que se sentía mucho más
aliviada.
Doña Toribia me miró y dijo:
-Este muchacho tiene mala cara. Estás enfermo?
-No, señora, no me duele nada...
-A ver vení, que te mido la paletilla, a lo mejor vos también
la tenés káida.
Me hizo pasar a la pieza de donde había salido mi tía,
mientras ella se quedó esperando en el comedor.
Allí dentro había una mesa alta, con una colchoneta, la
vieja me dijo que me sacara la remera y me quedara bien derecho, luego
agarró una cinta roja apoyó el codo en ella y la extendió
sobre su brazo hasta los dedos, tres veces hizo esa operación mientras
yo la miraba asombrado tratando de descifrar que me haría.
Cada vez que medía se hacía la señal de la cruz.
-Tomá esta punta apoyala en la boca del estómago.
Como yo no supe como hacerlo ella me la apoyó en un lugar sobre
el ombligo, me puso los dedos para que no se moviera, se retiró
de mi y empezó a medir la tira nuevamente, pero esta vez apoyada
en mi cuerpo y no en su codo.
A la primera medida, nuevamente se hizo la señal de la cruz y se
puso a rezar, yo la miraba cada vez mas asustado, midió otra vez
hizo lo mismo, pero a la tercera medida su mano no llegó hasta
mi estómago, se detuvo a la altura de mi garganta y más
no podía bajar porque la cinta no alcanzaba!!!!
Ignoro que truco empleó, porque la cinta era la medida tres brazos
y ahora no se le habían agrandado los brazos???
-Tenés la paletilla káida, sin ninguna duda, no vés
que mi mano no baja más.
Se fue hasta la puerta y le dijo a mi tía que si quería
que se fuese porque yo tenía la paletilla muy káida, además
tenía un mal de ojo tremendo y me iba que hacer un tratamiento
muy largo.
Mi tía le dio la canasta con las cosas que le había llevado
se fue porque tenía que desplumar una gallina para la cena y hacer
otras cosas en la cocina así que yo me quedé solo con Doña
Toribia.
La vieja me dijo que me desnudara y me acostara sobre la mesa esa que
tenía en la sala de consulta.
Con mucha vergüenza me saqué el pantalón y quedé
solamente con el slip a lo que Doña Toribia me ordenó:
-Todo! Esto también!!
Y señalò la última prenda que me quedaba puesta.
De mala gana, rojo de vergüenza y miedo me lo saqué ocultando
mi pija y huevos con las manos.
-Subite, y acostate!
Hice lo que ella me indicó, pero siempre con mis manos me tapaba
mi verga que cada vez se achicaba más.
Doña Toribia me agarró de las muñecas y puso mis
manos a los lados de mi cuerpo y se puso a hacer sonar sus dedos sobre
mi cuerpo como si me hiciese un exorcismo.
El crack crack de sus nudillos retumbaba por toda la habitación.
-Quedate tranquilo, con este santiguado se te va a ir el mal de ojo y
la paletilla se te va a levantar.
No sé si fue por el terror que tenía, por sus palabras
tan suaves o alguna forma de hipnotismo que me hizo, que me tranquilicé.
Sentía sus manos sacudirse sobre mis brazos, pecho, piernas y demás
partes del cuerpo como queriendo extraer de dentro de mi ser los malos
espíritus o algún ente parecido.
Yo estaba como adormilado, se sentía tanta paz cuando sus manos
ásperas me tocaban para luego sacudirse como tirando al suelo lo
que ficticiamente o no, ella extraía de mi cuerpo.
Me olvidé de todo, del pudor que sentía al estar delante
de una señora anciana con mis partes pudendas al aire.
-Ya te estás sintiendo mejor, vas a ver que en unos momentos te
vas a encontrar mejor aún.
Sus callosos dedos debido a su trabajo con el rastrillo y la azada se
apoderaron de mi verga, abrí los ojos para ver que trataba de hacer
esa mujer.
Tenía mi pija en su mano y decía:
-Tranquilo por acá van a salir los últimos vestigios del
mal que tenés adentro.
Estaba tan entregado que ni protesté, la dejé seguir con
su santiguado o lo que fuese.
Mi pija se puso bobona por las manipulaciones que le hacía Doña
Toribia pero no se me ponía dura.
-Acá está el mal, hay mucho mal, este órgano no
responde.
Ante mi estupor la vieja se agachó y se la metió en la
boca, chupó y chupó mientras con la otra mano acariciaba
mis huevos y me apretaba la raíz de la pija allí bien cerca
del agujero anal, hasta que logró una erección considerable.
Pude sentir su cabello grasoso tocar mi pubis mientras la vieja seguía
luchando por meterse mi verga hasta la garganta.
Al rato de ese tratamiento empecé a suspirar, a gemir hasta que
no pude aguantar más y mis vesículas seminales expulsaron
todo su contenido dentro del esófago de Doña Toribia.
-Ahhhhhhhhhhhhhhhh...........
Muy suavecito, muy despacito fue ese gemido de paz y placer que me estaba
dando la vieja con su santiaguado.
Para mi que era una avivada, pero a esa edad indescifrable me parecía
extraño que ella tuviese deseos sexuales???
Cuando mi pija dejó de latir ella dejó de apretar mis huevos,
se incorporó, levantó el cuello para tragarse las últimas
gotas del semen que aún le quedaban en la boca.
-¡Muy bien!! ¡Te portaste muy bien!!! Ya te saqué
todo el mal que había dentro de tu cuerpo.
Reaccioné y lo primero que hice fue cubrirme con mis manos la
pija que ya estaba mustia.
-Vestite, y vení mañana, el tratamiento para la paletilla
káida dura tres sesiones y para el mal de ojo te lo hago al mismo
tiempo.
Me vestí, me despedí de la vieja y me fui horrorizado y
pensando que excusa le diría a mi tía para no volver más
por esa casa, que aunque Doña Toribia me había dado mucha
paz y tranquilidad, me asustaba que me hiciese eso nuevamente.
Mi tía me preguntó si me sentía mejor, le dije que
sí y nos fuimos a cenar.
A la noche ya en la cama, le conté a mis primos lo qe me había
sucedido, se rieron de mi diciendo que eran imaginaciones mías,
que decía eso para jorobar, para tomarles el pelo, etc, etc.
Se enojaron mucho, porque para ellos Doña Toribia era como una
especie de Santa, la apreciaban mucho y desde que nacieron les curaba
el empacho, el mal de ojo, la paletilla, las lombrices, las infecciones,
y no sé cuantas cosas más curaba la vieja.
Al otro día llegó la hora de ir nuevamente a la consulta.
Le dije a mis primos que si no me creían, que fuesen conmigo pero
que no se hicieran ver y que luego de que yo entrase ellos mirasen por
la ventana a ver que me hacía.
Aceptaron.
Yo fuí adelante solo, ellos unos metros atrás, pasamos por
todos los alambrados, el arroyo hasta que finalmente golpeé en
su casa.
-Pasá. Te estaba esperando. Estás mejor?
-Siii......
Pasamos al consultorio, me hizo sacar la remera, agarró la cinta,
midió su brazo luego me la hizo apoyar en mi estómago y
esta vez su mano bajó hasta la mitad de mi pecho.
-Va mejor!! Mirá como baja mi mano, la paletilla no está
tan káida como ayer, mañana vas a estar bien del todo.
Yo miré hacia la ventana y vi a mis primos, que estaban afuera
mirando por la ventana.
Todo sucedió igual que la otra vez, me hizo desnudar, me acostó,
con su boca extrajo el mal que tenía dentro y que tenía
que salir por mi verga, pero esta vez no me hipnotizó o algo pasó
porque yo estaba más consciente y de reojo miraba la ventana para
ver las caras de asombro de mis primos.
Después que se tragó todo me dijo:
-Ves, salió menos mal, que ayer, no habrás estado pajeándote
o haciendo algo raro por ahí?
-Nooo!! Doña Toribia como se le ocurre!!
-Bueno, veni mañana que termina el tratamiento.
Salí y no vi a mis primos por ningún lado, así que
me fui solo para la casa de mi abuela, pero antes de cruzar el arroyo
me empezaron a llamar venían atrás mío.
Los esperé y cuando llegaron agitados por la corrida me dijeron:
-Disculpanos era cierto!!!! Nos calentó tanto ver como te chupaba
la pija Doña Toribia que nos pajeamos en su jardín mirando
por la ventana.
-¿Vieron que no mentía?
-Sí, le regamos las plantas con nuestra leche, mucha leche nos
salió entre las dahlias que tiene contra esa ventana....
Mis primos rieron por la travesura de regarle las plantas y seguimos
nuestro camino.
El tercer día del tratamiento, mi tía me mandó al
almacén a comprar tres litros de kerosén, me dijo que era
para pagarle a Doña Toribia, porque como ella no tenía luz
eléctrica se alumbraba con candiles, que eran una latas con otras
más chicas adentro con un pedazo de tela que servía de mecha,
se empapaban las mechas en kerosén y se prendía fuego y
mientras se consumía el combustible daban luz, también tenía
algún quinque con tubo de vidrio.
Según lo que decía mi tía Doña Toribia era
muy pobre, su marido se había muerto y tenía solamente la
pensión de él para sus gastos, compraba pocas cosas, tenía
su quinta propia, criaba alguna gallina y conejos, carne comía
poco, yerba para el mate le llevaban las personas cuando iban a santiguarse,
cocinaba con cocina de leña, agua no pagaba porque tenía
aljibe.
En fin, no sé en que gastaría la pensión de su marido,
porque ropa no compraba andaba con vestidos viejos y algún saco
de lana que se tejía ella.
A veces tejía ropa de bebés y se las vendía a las
vecinas.
Me fui del tema, pero a veces es interesante saber como vive la gente
con poco dinero o vivía hace tantos años.
Fuí con el kerosén, me agradeció mucho el obsequio,
porque ella no cobraba, aceptaba regalos pero no pedía nada, dinero
no aceptaba, se ofendía mucho si le querían dar dinero.
-Te veo mejor. tenés mejor cara, pasá y desnudate que guardo
esto en la cocina y voy.
Al rato entró en el consultorio, yo estaba de pie con las manos
sobre la pija tratando de ocultarla, no sé para qué ni por
qué, porque ya sabía lo que pasaría, pero a los 16
o 17 años se tienen esos pudores que con la edad se van perdiendo...
Midió la cinta con su brazo, tuve que sacar una mano de mi pija
para agarrar la punta que ella me dio para que la apoyase en mi estómago,
midió las tres veces y su mano llegó justo hasta el dedo
que sostenía la cinta.
-Perfecto!!!
Dijo con una cara de satisfacción tremenda.
-Ya estás casi curado, espera que te mido dos veces más
y rezo para que se te vaya del todo.
Midió, se arrodilló, rezó en voz baja y una vez
terminado me hizo acostar en la mesa y procedió al tratamiento
final.
Otra vez sus manos ásperas apretaban mi pija, acariciaban mis huevos,
hacían presión en la base de mi verga hasta que lograron
una débil erección , la cual aprovechó y se puso
a succionar con mucha fuerza, parecía que me iba a arrancar el
pellejo de la pija!!
Yo me puse los brazos bajo la nuca, deseando que pasase todo lo más
rápido posible.
Ahhhhhhhhh..............
La vieja estaba como poseída, bajaba y subía de mi pija
con toda la deseperación del mundo, pero de su organismo no salía
ningún gemido ni sus manos trataban de tocar ninguna parte de su
cuerpo.
Finalmente se produjo la eyaculación, Doña Toribia como
las veces anteriores se tragó hasta la última gota.
-Bueno, m'hijito, nunca más te va a doler la cabeza. Si algún
día te duele vení a verme y si estás lejos decí
en voz alta.
-TORIBIA SACAME EL DOLOR DE CABEZA.
Me fui, pensando en esos tres días, asco y otras repugnancias
pasaban por mi mente, pero a lo mejor era cierto y me curaba de algo que
nunca tuve ni fui a consultarle.
En ese tiempo se obedecía a las personas mayores por esa causa
no me atreví a negarme, ni a oponerme al santiguado de Doña
Toribia, si eso me ocurriera ahora, supongo que jamás hubiera pasado,
pero también estaba ese temor o la hipnosis o lo que sea que ella
usó para apropiarse de mi voluntad.
Me quedé unos días más en la casa de mi abuela y
con mis primos comentábamos lo sucedido.
Ellos nunca habían oído a nadie decir que Doña Toribia
curase de esa forma!!!
Mis primos tenían 12 y 14 años respectivamente, íbamos
a jugar al bosque de eucaliptus, uno de ellos dijo que se sentía
mal, que yo hiciese de Doña Toribia y lo curase.
Como allí no había mesa se tiró entre los pastos
y las hojas que habían caído de árboles, se bajó
los pantalones y empezó a jugar con su verga dura, porque a los
14 años se levanta de nada.
Yo me agaché a su lado y le hice una tremenda mamada mientras su
hermano nos miraba y se pajeaba.
Mi verga también estaba dura pero ninguno de ellos quizo hacer
de Doña Toribia por lo que tuve que aliviarme manualmente.
Como a los ocho meses de ese acontecimiento, mi tía muy apesadumbrada
vino a mi casa con la infausta noticia de que Doña Toribia había
muerto.
Le dijo a mi mamá que con los fríos tremendos del invierno
a la vieja le había venido gripe la cual se transformó en
pulmonía y su cuerpo muy envejecido no resistió y se murió.
Buscaron los papeles para poder enterrarla y descubrieron en su ropero
una caja con cientos de libras esterlinas, se ve que Doña Toribia
cuando iba a cobrar la pensión de su marido compraba las libras
y las guardaba en esa caja.
Nadie sabía la edad, pero según los papeles que encontraron
tenía 89 años, los había cumplido una semana antes
de enfermarse.
No sé si creer en hechizos y santiaguados, pero casi nunca me
duele la cabeza, y cuando alguna vez me ha dolido recuerdo la frase que
me enseñó Doña Toribia y se me pasa como por arte
de magia.
OMAR
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