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Doña Margarita |
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¡Hola! Mi nombre es Amadeo. Tengo 17 años y desde la muerte
de mis padres en un accidente automovilístico, vivo con mi abuela
paterna. Mi abuela es viuda, tiene 72 años y vive en uno de los barrios
antañones de la capital guatemalteca, el llamado Barrio de la Recolección
y no tiene otros parientes cercanos, por lo que yo me convertí
en su única compañía. Para efectos de contarles mi vida, déjenme decirles que en casa
de mi abuela hay un antiguo Diccionario Enciclopédico Salvat de
12 tomos, en el cual pude encontrar la palabra "Gerontofilia",
la cual define como "Inclinación sexual pervertida hacia personas
de edad avanzada". En este sentido, debo confesar que a mí
siempre me han atraído las mujeres maduras y por ellas he vivido
apasionantes historias. Como a dos casas de la nuestra, vivía don Tomás, un señor
de unos 80 años, acompañado de su esposa, doña Margarita,
una mujer de 69 años de edad, muy amiga de mi abuela. Un sábado
temprano, don Tomás había pedido a mi abuela mi ayuda para
ordenar un cuartito elevado, que estaba al fondo del patio de su casa. Era casi media mañana cuando llegué, e inmediatamente don
Tomás me condujo al lugar que él deseaba ordenar. Era un
cuarto que estaba encima de la habitación dedicada a lavandería,
y al cual se subía por una empinada escalinata pegada a la pared.
Amablemente me pidió que ayudara a su esposa a sacar algunas cajas
al patio, para hacer espacio. Yo dijo con voz lastimera, lamentablemente ya no estoy
para esos trotes y no puedo hacer fuerzas. Don Tomás había sobrevivido a una severa enfermedad y a
un derrame cerebral, que ahora lo obligaba a apoyarse en un bastón
para poder caminar. Era un hombre alto y de buen porte, pese a su avanzada
edad, muy amable y servicial, a quien debíamos más de un
favor. Doña Margarita, por su parte, era la esposa de don Tomás.
Mujer de corta estatura, con pelo teñido, tenía unos hermosos
ojos y una personalidad encantadora. De 1.56 m de estatura y algo entrada
en carnes tenía hermosas caderas y un culo prominente. Pero lo
más notorio, era ese par de grandes y bien formados pechos que
ella gustaba de exhibir a través de generosos escotes. El cuartito estaba ocupado con varias cajas y otros empaques, y tenía
en un extremo una cama cubierta con una vieja colcha de color verde, que
había acumulado bastante polvo con el tiempo. También había
un armario, una cómoda pequeña y un tocador con su respectivo
espejo. La cama estaba ocupada por varios artículos de cristal y cuando
doña Margarita se inclinó a recogerlos, me dio un espectáculo
con el imponente panorama de la generosa porción de sus nada despreciables
senos, que podía apreciarse a través del pronunciado escote.
Obviamente, ella no tenía puesto brassier y las tetas de la mujer
pendían despojadas de su abrazadera y se me mostraban en toda su
plenitud y esplendor. No pude evitar el sentir deseo al apreciar los atributos de la dama,
y me recriminé ese instinto animal que todos guardamos en el interior
de nuestro ser y que nos hacen aflorar pensamientos sexuales. Comencé a bajar al patio algunas de las cajas que estaban cerca
de la entrada y cuando subí nuevamente, la vi acomodándose
uno de los senos en el interior de su vestido. Por mi cabeza se cruzaron
nuevamente unas locas ideas, haciéndome ilusiones de convertirme
en el receptor de los favores de aquélla mujer. Un nuevo sentimiento
de culpa me invadió y traté de convencerme de que debía
portarme como un caballero, y limitarme a cumplir con el favor que me
habían pedido. Amadeo, quiero pedirte un favor. Me subí a la silla e involuntariamente volví a ver hacia
abajo. Pude apreciar, de nuevo el esplendoroso panorama de sus senos a
través del escote y me quedé mirándola embobado.
Ella me sonrió y se tocó suavemente un pecho con cada mano,
en un gesto que no supe interpretar. Un tanto turbado, volví a
mi tarea. Le pasé la caja y ella anunció que la bajaría
al patio. Al acercarse al primer escalón, ella inesperadamente tropezó
y cayó de bruces al suelo, donde comenzaban las gradas. Mi reacción
fue inmediata y la sostuve agarrándola con firmeza, para evitar
que cayera. No fue mi intención, pero en aquel momento le puse
una mano sobre el seno izquierdo, y sentí un chicotazo de deseo
en mi cuerpo, al tiempo que le preguntaba sobre su estado. ¿Está bien, doña Margarita? ¿No se
golpeó? Le brindé apoyo para que ella se incorporara, y con el trasero,
se recostó sobre mi pubis, provocándome una erección
que, según creo, no pasó inadvertida para ella. Por causa
de aquella caída y mi forma de agarrarla, el pecho se le había
salido del vestido y yo no podía quitar mis manos de encima de
aquella carne tersa y cálida, con un pezón rosa oscuro que
se ponía firme ante mi tacto e invitaba al amor. La mujer caminó
unos pasos y se dio vuelta, al tiempo que trataba de acomodar su escote,
permitiendo por un instante que la teta se mostrara ante mí. Parece que te estoy dando un espectáculo. ¡Qué
vergüenza! Con el pretexto de ayudarla a llegar a la cama con seguridad, pasé
mi brazo izquierdo por debajo del de doña Margarita, de tal manera
que con la mano alcanzaba el costado de su teta izquierda en forma disimulada
mientras que doña Margarita, como quien no quiere la cosa, movió
fugazmente su mano derecha, rozando el bulto en mis pantalones. La dejé sentada en la cama y volví a trepar a la silla,
para seguir bajando cajas de la parte superior del armario. Ella, ya recuperada,
se acercó a mí y con voz suave, me dijo, al tiempo que me
ponía una mano sobre mi pierna izquierda: Ten cuidado, Amadeo. No vayas a caerte. Comenzó a decirme lo mucho que apreciaba mi ayuda y lo mucho que
le hacía falta un hombre en la casa, ya que don Tomás no
podía satisfacerla en nada. Hizo énfasis en estas últimas
palabras. Hablaba y asía mi pierna, al tiempo que mi bulto notorio
quedaba en frente directo de su cara. De improviso, puso su mano directa y descaradamente sobre mi órgano
genital, haciéndome dar un respingo. Para entonces, la calentura
ya hacía presa de los dos. Ambos nos conducíamos a una inminente
fornicación, disimulada en parte, evidentemente deseada y por que
no decirlo, premeditada. Me bajó el cierre de mis pantalones y, metiendo la mano, me sacó
la verga, la que comenzó a mamar sin esperar nada. Casi me caigo
de la silla ante aquella sensación. Deseé abalanzarme sobre
ella y hacerle el amor. De pronto, se escuchó la voz de don Tomás,
para que viera unas fotos antiguas que tenía en la mano y que él
había encontrado en una de las cajas que habíamos bajado.
Eso me sobresaltó, al grado de hacerme perder la erección. Creo que es hora de irme, antes de que don Tomás pueda
pensar mal le dije. Además, mi abuela ya debe tener
listo el almuerzo. Ella me miró y me dijo: Venite inmediatamente después de almorzar. Tomás
siempre toma una siesta y se va levantando a eso de las cuatro de la tarde.
Te voy a dejar la puerta sin cerrar. No toqués el timbre. Sólo
empujá la puerta, entrás y te venís directo a este
cuarto. Te voy a estar esperando. Sin saber qué responder, me limité a sonreírle y
salí. Eran las dos de la tarde en punto cuando regresé a casa de doña
Margarita. La puerta estaba sin llave, tal y como ella me había
anunciado. Entré sin decir palabra y fui hasta el cuartito superior.
Ella no estaba allí, pero noté que la cama ya estaba aseada,
con sábanas y colcha limpias. Oí unos pasos subiendo por
la escalera y vi a doña Margarita con una bata floreada y fresca,
recién bañada y oliendo a un delicioso perfume. Me sonrió
y me dijo: Ahora sí, tenemos dos horas para nosotros. Deseosa de actuar rápido, la mujercita se recostó en la
cama de espaldas y desenlazó su bata, liberando completamente sus
hermosos senos, que quedaron mostrándose ante mí. Paralelamente
elevo una rodilla y con ese movimiento descubrió el bloomer rosado
que permitía mostrar la preciosa concha y la parte baja del par
de sus deliciosas nalgas, una maniobra descarada de la excitada fémina. ¿Qué me dices, Amadeo? preguntó Yo no sabía que responder, sólo atinaba a deleitarme con
el cuadro de exhibicionismo que se me brindaba; las cortas piernas se
balanceaban frente a mí. Acto seguido el cuerpo de la señora
se giró en 180 grados para mostrar la otra mitad, como tratando
de convencer al cliente de que la mercancía vale el costo que se
pide, el costo de la sexualidad juvenil. ¿Qué te parece? insistió. Embobado, respondí, pero no dejaba de contemplar toda la sexualidad
de la señora, quien no se perdía un solo detalle del efecto
que en mí causaba. No debemos perder el tiempo sentenció. Comprendí que ella urgidamente deseaba realizar el acto sexual
y que yo le regalara ese pedazo de carne que guardaba prisión en
mi ya abultado pantalón. La mujercita se incorporó en la
cama y aprovechó para aferrase a mi duro mástil que ya no
resistía el enclaustramiento. Con las tetas colgando, dimensionó
el aparato: unos buenos 22 ó 23 centímetros. Uyyy... Amadeo, ¡mirá lo que tenemos acá!
Ya habían sido puestas las cartas sobre la mesa, y sin mas recato;
la señora procedió a bajar el cierre que ocultaba el pedazo
de carne que enrojecía a causa de la sangre que recorría
el miembro con una velocidad espantosa, lo liberó y con la mano
comenzó un encantador masaje que me transportaba hacia las extremidades
del placer, la verga parecía haber sido invadida por una enredadera
que la abarcaba en toda su longitud, tal la impresión que le daban
las hinchadas venas del mástil. El latido de nuestros corazones colmaba el cuartito con un ritmo que
se intercalaba de un corazón a otro, mis pantalones se deslizaron
por las piernas y lanzaron un sonido originado por el choque de la hebilla
con el suelo, mientras que desesperadamente la mujer se despojaba de la
bata. Apretó mis glúteos y la erguida verga fue a clavarse
al orificio bucal de doña Margarita, quien sin ningún recelo
comenzó a prodigarle unas lamidas electrizantes, el glande aparecía
y desaparecía en su boca y cada vez que salía adquiría
un color más oscuro, casi amoratado. La excitación estaba al máximo de su potencia, la vieja
se dejó caer de espaldas en la cama, halándome consigo,
provocando de forma impresionante que el falo fuera a introducirse directamente
al humedecido agujero de la mujercita. Era tanta la humedad de la concha
que la capacidad de la verga reemplazó una cantidad equivalente
de jugos y por supuesto, entró como surfeando en un mar de placer
y yo instintivamente empujé con mis nalgas para ahondar mas en
la profundidad de doña Margarita. Mi instinto animal salió a flote y colocando las rodillas en la
cama, tomé de las piernas a la hembra y la alcé a la altura
de mi vientre para perforar con todas mis fuerzas a esa mujer que me brindaba
su intimidad, la sensación fue lo mejor del momento; la vieja sentía
que sus entrañas eran invadidas por el mástil y no quería
que el intruso se le escapara, por lo que apretó las piernas para
aprisionar al miembro y contrajo su interior y el masaje me brindaba un
placer indescriptible. Decidí incorporarme en la cama y paralelamente aprisionaba las
nalgas de la mujer, lo que hice con tal vehemencia que parecía
que la hembra se partiría en dos, literalmente la estaba descuartizando;
con los ojos cerrados y alzando la vista hacia el techo, atraje las nalgas
de la mujer y el falo alcanzaba lo más recóndito de la intimidad
femenina, la que a su vez sentía como su cabeza apenas rozaba la
cama y con las manos trataba de dar estabilidad a su cuerpo, sintiendo
como la penetración le daba un gozo de proporciones inimaginables,
un poco de dolor mezclado con un cosquilleo placentero le anunciaba un
cercano acto de clausura, la sangre se calentaba al compás de las
embestidas. El chapoteo que se escuchaba con cardíaco ritmo, aumentaba la
sensación de placer; los cuerpos se tensaban y las piernas temblaban,
la fuerza con que yo apretaba las nalgas de la mujer, hizo que el tronco
de la hembra se incorporara y la ayudé con una mano en la espalda,
al momento que las piernas femeninas abrazaban mi cintura y nuestras bocas
se fundían en un húmedo beso, las tetas comprimían
su volumen en mi pecho y se producía la inevitable descarga de
semen. Una corriente eléctrica recorría ambos cuerpos y
el efecto me obligó a doblar las piernas y caer arrodillado en
la cama mientras la hembra caía sentada en mis piernas de él,
sin soltar al prisionero mástil, completamente envainado. Las fuerzas nos abandonaron a ambos y pesadamente nos desplomamos hacia
un costado, las jadeantes respiraciones delataban un acalorado ajetreo
mientras la tarde seguía su curso, el tiempo había avanzado
inexorablemente, y en cualquier momento se despertaría don Tomás. ¡Qué momento, qué cogida, qué estupidez! pensé,
sintiéndome culpable de haber traicionado a mi amable vecino, pero
sabiendo también que había valido la pena. Apenas un instante después de haber bajado al patio, apareció don Tomás apoyándose en su bastón. Sin casi poner atención a lo que él decía emprendí mi labor de ordenar las cajas en el patio, al tiempo que vi a doña Margarita sonriendo desde la ventana de la habitación superior. Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí |
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